El filántropo
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Vi a un presunto ladrón escapar velozmente por una bocacalle. Dos minutos después un tosco policía que igualmente corría se paró junto a mí, me preguntó por él y yo le respondí señalándole otra. Es cierto que mi máxima es decir la verdad, mas igualmente es cierto que otras veces me impongo aquélla que me obliga a ayudar al más débil. En fin, que aquél cayó torpemente en la trampa y me sentí feliz, caminé satisfecho e hice que este mundo, al menos un instante, fuese un poco más justo. Al volver una esquina un simple «¡Muchas gracias!» me arrojó de esa nube. Aquellas dos palabras las dijo el policía, que conducía preso al pobre delincuente: por desgracia la calle que yo le señalé era, en aquel momento, por la que transitaba aquel desprevenido.

© Antonio Redondo Andújar (2003) - Revista Almiar - Volver a página inicial