La mayor pérdida

Como aún era joven y, en consecuencia, no le atormentaba el menudo saber que es la edad que uno tiene, sufría algunos lapsus acerca de la suya, pero no de importancia. ¿Tenía veintinueve o treinta años? ¿Tenía treinta y tres o treinta y cuatro? Pronto solucionaba tal dilema restando el año de su nacimiento al año en el que entonces se encontraba. Pero un día olvidó la fecha de su hermoso advenimiento y ya no se dignó a preocuparse por el fugaz presente. Poco después oyó que lo llamaban por un extraño nombre que no reconocía. Respondió con recelo en aquella ocasión pues, pese a que sabía que el citado no lo identificaba, no lograba encontrar en su memoria el que consideraba verdadero. Optó por ignorar toda llamada y, puestos a ignorar, no respondió ni su correspondencia. Y en soledad vivió el resto de sus días, ya que sus conocidos, resentidos, ya no le dirigían la palabra y él, que todo olvidaba, se olvidó del lenguaje.

© Antonio Redondo Andújar (2003) - Revista Almiar - Volver a página inicial