El laberinto de los sueños

por
Víctor Montoya

 

El siquiatra suizo Carl G. Jung, en su abundante contribución a la comprensión de la psicología humana, manifestó que el sueño no sólo es un desván de los deseos reprimidos, sino también un mundo que forma parte de la vida real del individuo, así el sueño no se manifieste como un pensamiento racional sino por medio de imágenes alegóricas. Sigmund Freud, por su parte, insistió en que los sueños son importantes en la vida de las personas; primero, porque ayudan a resolver los conflictos emocionales acumulados en el subconsciente y, segundo, porque tienen la función de satisfacer los deseos inhibidos y censurados por el entorno social.

El sueño es el lenguaje simbólico del inconsciente, un cuarto de espejos donde nos miramos la cara; unas veces más joven y, otras, más viejo; unas veces más sano y, otras, más enfermo. Los sueños se parecen a las películas de ficción, cuyos directores y protagonistas somos nosotros mismos. En el sueño todo es posible, incluso volar, amar, odiar, morir o sobrevivir a los peligros. No es casual que parte de nuestros instintos reprimidos se proyecten en los sueños eróticos, donde el sexo, como en los cuadros surrealistas, está simbolizado por una llave introduciéndose en la cerradura, una mano empuñando el bastón o un ariete echando abajo una puerta; una suerte de alegoría sexual que nos permite satisfacer los deseos reprimidos en el inconsciente.

Si el sueño tiene la función de aliviar la realidad existencial, entonces es saludable zambullirse en los sueños para encontrar el cofre escondido del inconsciente. Y si el cofre, en lugar de contener riquezas, contiene maldades como la Caja de Pandora, lo mejor será abrirlo para dejar huir a las criaturas que atormentan, como Aladino dejó escapar al genio escondido en la lámpara maravillosa; de lo contrario, se corre el riesgo de que el cofre de los sueños se convierta en una carga pesada para el cuerpo y la conciencia.

A pesar de las explicaciones sicoanalíticas, que intentan interpretar nuestro fuero interno, hay todavía quienes ocultan y niegan el mensaje de los sueños, atrapados por un miedo profundo y supersticioso a la novedad y lo desconocido. Peor aún si en los sueños se revelan los instintos agresivos y demoníacos, como en este grabado de Francisco Goya, donde los búhos y murciélagos bullen sobre la cabeza de quien sueña junto al epígrafe: «El sueño de la razón produce monstruos», puesto que el sueño, como un acuario, tiene vida propia debajo de la superficie.

El sueño es una suerte de laboratorio, donde no pocos pensadores encontraron la solución a ciertas ideas que les zumbaban en la cabeza. René Descartes se planteó varias de sus tesis en los sueños. Albert Einstein se formuló la ley de la relatividad en el sueño. Isaac Singer, que conocía el mecanismo del telar, inventó la máquina de coser a partir de un sueño en el cual, contrariamente a la sabia advertencia de Cristo, vio atravesar camellos por el ojo de la aguja. August Kekulé von Stradonitz descubrió la estructura molecular del benceno luego de soñar con serpientes que se mordían la cola y a Robert Louis Stevenson se le reveló en el sueño la trama de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hydde.

Los sueños son la voz del inconsciente, una llave que sirve para abrir las puertas de la vida pasada y, quizás, para allanar el camino de la vida futura, pues algunos aseveran la existencia de sueños premonitorios, en los cuales creen encontrar, como en una bola de cristal, el destino final de sus vidas. Martín Luther King decía tener el sueño de que un día los afroamericanos serían libres, en tanto Martín Lutero tenía ataques de pesadillas, como si su mundo inconsciente quisiera salir a gritos hacia la superficie. Y, aunque en su vida oficial era un hombre recatado y un cura que se autocensuraba ante sus feligreses, en los sueños se veía paseando por las catacumbas del infierno, al igual que Dante en su Divina comedia.

Ya en el mundo bíblico se explicó la importancia de los sueños, como una forma de ponerse en contacto con Dios y como una forma de explicar las causas y consecuencias de una historia escrita de antemano. El profeta Daniel, siete siglos antes de Cristo, tuvo sueños premonitorios en una prisión de Egipto, así como por medio del sueño se enteró José de que su esposa —la Virgen María— concebiría un hijo por obra y gracia divina. Por lo tanto, los sueños premonitorios tienen la virtud de anunciarnos los sucesos mucho antes de que ocurran en la realidad. No en vano Jung intentó explicar este fenómeno onírico cuando afirmó que el sueño no sólo servía para restablecer el equilibrio psíquico, sino también para advertir los peligros de la vida presente. «Si se desdeñan las advertencias de los sueños —sentenció— pueden ocurrir verdaderos accidentes».

Con todo, si los sueños premonitorios fuesen ciertos, yo quisiera que alguien me explicara, en lenguaje claro y conciso, cuál será el futuro que me depara el destino después del último sueño en el cual se me quitó la vida, pues en él vi la imagen de una bestia parada al lado de mi cama, entre el velador y la cabecera. Estaba cubierta con una capa negra y sujetaba un enorme cuchillo en la mano; tenía los ojos y los pelos de Medusa, mientras sus labios, rojos como flores de amapola, esbozaban una sonrisa dejando entrever los escorpiones de su lengua.

La miré absorto y, aunque intenté moverme y gritar, permanecí petrificado entre el terror y el espanto. Ella se abrió la capa de un tirón y me enseñó su sexo, cuya abertura desprendía una hilera de gusanos blancos a lo largo de las piernas. Luego levantó el cuchillo y me lo asestó sin asco. Me cortó la carne y me dispersó en pedazos. Yo tenía la cabeza intacta y la sensación de seguir con vida. Escuchaba mi respiración entrecortada y veía cómo mi corazón latía en el suelo, arrancado ya de mi pecho, y cómo los pedazos de mi cuerpo se movían como la cola cuarteada de una lagartija.

Consumado el acto, la bestia se esfumó entre las penumbras del cuarto y yo junté los pedazos de mi cuerpo para huir del sueño. Desde entonces no he dejado de pensar en este grabado de Goya, quien, sin ser profeta ni sicoanalista, sabía que en el laberinto de los sueños moraban los monstruos domados por la razón.


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-Ilustración artículo: Capricho 43 (El sueño de la razón produce monstruos), aguafuerte
por Francisco de Goya, dominio público.

Versión en inglés de esta crónica
 

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