La Biscuit Box:
Cerveza, sexo y rock and roll
______________________________
Entrevista y fotografías: Pedro M. Martínez


He recorrido más de trescientos kilómetros para ir a Pamplona. El objetivo: ver a un grupo que se llama La Biscuit Box quienes presentan su segundo álbum. Les vi tocar en un concierto al que fui para escuchar a otro grupo y me encontré con su actuación también. Tanto la música de La Biscuit como las letras de sus canciones me atrajeron de inmediato. Seguramente coincidirán conmigo en que cuando escuchas a un grupo y te gusta su música a la primera no es cuestión de dejar pasar la posibilidad de conocerlos más. Unos meses después de aquel concierto han tenido la gentileza de invitarme a la presentación de Fue divertido nacer, un disco que acaba de salir de la «tostadora».

Para mí cualquier viaje es una aventura. Lo digo porque mi sentido de la orientación es nulo: soy capaz de perderme en el sitio mejor señalizado del mundo. Cuando enfilo una carretera tengo la sensación de que los carteles de dirección son una especie de juego de los barcos en el que siempre me hundieran a la primera; tendría que comprar un TomTom, pero no me gusta una pantalla delante de los ojos mientras conduzco, así que, sin ningún satélite artificial que me ayude, me pierdo a la salida de Vitoria. Sin saber cómo termino en Nanclares de Oca (quizá parezca espectacular pero les juro que es cierto), donde consigo encontrar a alguien que me indica la forma de llegar a la A-10.

Ya en Pamplona, no voy a extenderme en cómo llegué a la Estafeta desde el hotel, pero al fin me siento a comer en un restaurante limpio y cómodo de la estrecha calle, famosa por los encierros sobre los que escribió Hemingway. Siento no poder dedicar un tiempo más reposado al casco viejo de esta ciudad en donde cada esquina parece que tiene algo que decir, y me propongo, por enésima vez, venir a los San Fermines.

Cristina, la representante de la Biscuit, me cita a las seis y media, en el Dodo Club. No me arriesgo esta vez y cojo un taxi. El trabajo en el restaurante, algo incómodo para el concierto de un grupo de rock, es frenético. Después de las presentaciones me doy cuenta de que va a ser difícil charlar con todo el grupo a la vez pues van mal de tiempo y quieren comenzar el acto puntualmente, un detalle que no debiera sorprenderme pero estoy acostumbrado a Madrid donde todo el mundo llega tarde por costumbre, salvo los protagonistas del acto, claro. Acodado en la barra, observo los preparativos. Alguien pregunta sobre cómo hacer la tortilla y le responden que de treinta huevos. Me gusta el Norte, que no falte de nada, como debe ser…

Álvaro, el cantante de La Biscuit, deja cables, amplificadores y micrófonos y se acerca; comenzamos a hablar:

—Os vi en el Rumbo Rock 2009, en Madrid, y me pareció una actuación muy potente y divertida. No había escuchado nada sobre vosotros, sin embargo tocáis desde el año 2004…

—En la universidad yo tenía un grupo de música que se llamaba Lady Jane y, claro, cuando acabas la carrera uno se va a Madrid otro a Zaragoza… El grupo se desintegró solo, pero yo tenía unas canciones escritas, me apetecía seguir con el tema. Me puse en contacto con Javi que era el batería de otro grupo para plantearle el proyecto que tenía y luego hablamos con Fermín, guitarra; bueno, así se fue forjando esto, fue en septiembre de 2004 cuando empezamos a ensayar las primeras canciones y durante la primera semana nos llamábamos Lady Jane, o sea lo que yo quería era retomar el grupo que tenía en la universidad, pero nos dimos cuenta enseguida que esto era otra cosa, que lo que surgiera era bienvenido pero no era lo mismo que antes… Había una canción de Lady Jane que se llamaba La caja de galletas y decidimos cambiar de nombre y ponernos el de dicha canción, que también lo fue durante una semana. Ocurre que en los locales donde ensayamos todos los días, al tío que apunta en una pizarra los grupos que van cada día le resultaba muy largo escribir «La caja de galletas» y ponía «Biscuit Box», nos hizo gracia y decidimos llamarnos así —castellanizado— La Biscuit Box.

—Vuestro primer disco lo grabasteis en 2007…

—Sí, con la discográfica Etxe-Ondo sacamos Luz verde en el 2007, el único que teníamos hasta ahora que presentamos el segundo: Fue divertido nacer.

—Hablemos del primero de ellos, si te parece… Es inevitable que cuando escuchamos un disco busquemos influencias en sus canciones. Te cito una de este disco que a mí me parece espléndida, y creo no exagerar —Álvaro sonríe y bebe un poco de su cerveza—, que es Por ti. Me suena a U2, a veces a Pachelbel, ¿me confundo…?

—No, no te confundes. Sí que tenía la misma tónica, la misma armonía que With Or Without You, de U2, y también me han dicho que suena algo a Bunbury, también puede ser. Influencias… son grupos que he escuchado mucho. Fundamentalmente me nutro, musicalmente hablando, de los Beatles, la música que escucho normalmente —no sé si para bien o para mal— es del año 1970 para atrás: Beatles, Doors, Rolling Stones, menos, pero bueno (me parece como si Álvaro quisiera disculparse ante el mítico grupo de Jagger), Beach Boys, ese tipo de cosas; de lo último que ha salido quizá sea U2 el único grupo que me ha llegado a calar un poco.

—Volviendo a la canción Por ti, pienso que en su letra tienes unas imágenes muy elaboradas: «Hace más de mil besos que no te quiero» o «Hace más de mil camas que no te deseo» me parecen hallazgos felices, buenos encuentros con la literatura… ¿Letrista o poeta…? En otras letras del disco, bien resueltas también, se aprecia un estilo más ¿festivo…?

—Tenemos esas dos vertientes, nos salen canciones muy serias y así, o de cachondeo, divertidas, como en el disco del que hablamos: Kikiriki, Superguay, Be Water… y luego hay otras más «duras», más serias como Por ti y Hasta siete, siempre tenemos, como te digo, esas dos vertientes y luego otra tercera que en este último disco se prodiga un poco más que es el surrealismo, también nos resulta divertido, sobre todo por las imágenes de fantasía, pero siempre con equilibrio armónico, bonitas, no decir tonterías por decir sino imágenes que para nosotros —o al menos para algunos de nosotros— significan algo.

—¿Ser de Pamplona, de la ciudad de los San Fermines, condiciona a la hora de hacer canciones?, en algún sitio dijiste que Kikiriki, una canción divertidísima, la cantaba la gente en los bares…

—Fue la tercera canción más escuchada de los San Fermines del 2007. Aquí en Navarra, no sé porqué, hay mucha afición por las rancheras. En nuestro disco Luz verde, como decía Cristina, nuestra representante, hay algunas canciones con un toque de tex-mex, también en el nuevo hay alguna pincelada de Méjico. Y luego, claro, están los San Fermines, que es la segunda fiesta más importante del mundo, después del Carnaval de Río, es inevitable que te condicione. A la hora de meterle un ritmo a una canción, o de darle un toque más festivo o menos, te imaginas tocándola en la Plaza de los Fueros, en San Fermín.

—En alguna canción me ha parecido encontrar rastros de la Orquesta Mondragón, como es el caso de The castores

—No ha sido voluntario. Es una versión de una canción de Los Ramones. Todas las canciones son originales excepto esa, nosotros la hemos castellanizado y, evidentemente, la hemos dado un giro…

—Está feo preguntarle a un niño que a quién quiere más: a papá o a mamá, y te cito el tópico porque me gustaría saber qué canción os gusta tocar más…

—¿Tocar o escuchar?, porque, claro, es diferente… A mí escuchar Por ti, del disco Luz verde, y para tocar Kikiriki porque es en la que mejor me lo paso, incluso The castores porque es en la que ves a la gente saltando, metida en concierto y a gusto.

—Citáis mucho a la cerveza —le digo que a mí me gustaría ser un buen teórico de la misma—, ¿hasta tal grado os inspira?

—Todos los que nos gusta salir hemos tenido fases… Yo, por ejemplo, en mi etapa universitaria era más de cubatas, lo que pasa es que de cubatas se pasa del 0 al 5, del 5 al 10, del 10 al 15 y, de repente, del 15 al 60 y se jodió la noche, sin embargo la cerveza te va del 1 al 2, del 2 al 3 y así sucesivamente… es más fácil de controlar, te avisa antes: ten cuidado que una más te puede fastidiar la noche; no es una cosa que te cae tan de golpe, es algo que conduces tú. Luego, aparte, por lo buena que está: el sabor, el refresco que da…

—Volviendo a lo de Pamplona, ¿tú crees que si La Biscuit Box estuviera en Madrid o Barcelona, las galletas estarían rellenas de chocolate…?

—Pues no lo sé, quizá no. Supongo que siempre la tierra te condiciona un poco, te hace ser el que eres, el entorno en que vives, las experiencias que tienes, las conversaciones… y todo eso está impregnado de San Fermín. Yo me imagino que no… que estarían rellenas de otra cosa.

—En vuestro primer disco he echado de menos el ambiente rural, una temática que está muy presente en numerosos grupos del Norte. Las ovejitas de la portada de Luz Verde desaparecen en el interior, habláis de barras de bar, de ligar americanas…, se puede considerar un disco urbano, o consideraros urbanos, ¿no?

—Hombre, la verdad es que nosotros vivimos en Pamplona, es una ciudad pequeña pero es una ciudad. Yo soy de un pueblo de la ribera de aquí y Rubén también es de un pueblo. No sé, las únicas referencias rurales que hay es en la canción Tres, dos o uno que está dedicada a Joaquín Luqui, que era de mi pueblo, de Caparroso. El resto de las canciones pues son un poco la cotidianidad, la cerveza, las chicas…

—¿Conociste a Luqui en persona?

—Sí, tenía amistad con él. De hecho, por así decir, era el único padrino que tenía en el mundillo de la música…, desgraciadamente ya no lo tenemos con nosotros —le digo que coincidí con Joaquín Luqui en muchas ocasiones, en El Castillo una casa de comidas que había en la calle Augusto Figueroa, de Madrid. Álvaro me apunta que Luqui frecuentaba también la Cafetería Nebraska. Me interesa la opinión de Álvaro sobre las «radio fórmulas», algunos se han mostrado muy críticos con Luqui por ser el supuesto inspirador de las mismas)—... —Todo degenera, ¿no?, es como culpar a Einstein de la masacre de Hiroshima, al final Einstein hace una genialidad y luego el resto de la gente puede hacer con esa genialidad una cosa u otra. A mí me parece que lo que hizo Joaquín Luqui está muy bien, que la aportación que hizo es fabulosa, luego se han ido degenerando las cosas y al final el poderoso caballero don dinero es el que se impone…

—Hablemos de vuestro último disco —Fue divertido nacer— que yo no he podido escuchar todavía ¿es más de lo mismo o aportáis cosas nuevas?… —el CD se acabó de imprimir el día anterior a esta conversación que mantenemos, hace un rato que me dieron un ejemplar.

—Es más serio. Es un disco mucho más serio, quizá menos festivo. Tampoco renunciamos ni nos avergonzamos, sino todo lo contrario, de nuestra parte o faceta festiva; es un disco quizá más profundo, más elaborado. Está producido por Rafa Domínguez, guitarrista de «El huracán ambulante» que acompañó a Bunbury, y se nota mucho su sello en la riqueza instrumental, en la riqueza de estructuras. Sin alterar las melodías y las letras te cambia la estructura de una canción y la canción crece. Es un disco con un poco más de evolución.

—¿Incorporáis nuevos instrumentos en Fue divertido nacer?

—Sí, clavicordios, gong, campanas, hay también mucho teclado «raro», así como en el primer disco eran pianos en este hemos incluido un teclado ochentero, una Farfisa, un vibráfono… Rafa nos ha ido asesorando, es un tío que tiene muchas tablas y todo lo que te dice lo dice por algo.

—Supongo que distribuiréis el disco por Internet…

—La verdad es que no nos hemos parado a pensar en una estrategia. De repente vamos a presentarlo ya y a ver… Luego lo iremos viendo sobre la marcha, pero sí, supongo que lo distribuiremos también a través de la red.

—¿Tenéis distribuidora?

—Este disco lo hemos hecho sin discográfica, el primero estaba con Etxe-Ondo como te he dicho, el segundo lo hemos hecho por nuestra cuenta, así que imagino que la distribución también, a no ser que a alguna discográfica le guste y decida reeditarlo. En principio vamos por libre… —le digo aquí que una autoedición aporta un sello de «independiente», de «marginal» a la obra, ¿es por una decisión meditada o por necesidad?—. Con la anterior discográfica no quedamos satisfechos, hubo bastantes desacuerdos y desavenencias y entonces nos salimos pues tampoco teníamos compromiso para más discos y ahora mismo las discográficas que nos quieren no nos interesan y la que nos interesan por lo menos de momento no nos quieren. La que nos interesaría muchísimo, te lo digo abiertamente, por su filosofía, honradez y por su ética musical y artística es Grabaciones en el mar, de Zaragoza.

—¿Os hacen caso las radios?

—Sí. Los medios de comunicación aquí en Navarra la verdad es que se portan bastante bien, nos suelen llamar de las televisiones locales y de las radios locales también, nos entrevistan, nos ponen las canciones, los periódicos también nos sacan reportajes…, mañana (hoy es 21 de enero), en el Diario de Navarra sacarán una entrevista que nos hicieron ayer… La verdad es que sí, que hay bastante apoyo de los medios.

—Cuando se hace un segundo disco, quizá se puede tener ya algo de perspectiva sobre lo hecho… ¿qué pondrías o qué quitarías ahora?

—Pues es difícil la pregunta, no te sabría contestar porque, claro, a toro pasado, no sé… Yo hay alguna canción que habría añadido en el primer disco, tenemos una canción por ahí que se ha quedado en la nevera, que se ha quedado un poco atrás para el estilo que ahora hemos adoptado, y quitar… yo creo que no quitaría nada.

—John Lennon dijo que «La vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes», después de este disco ¿qué planes tenéis?

—La vida es una enfermedad de transmisión sexual… ¿Planes? Ahora los planes que tenemos son promocionar el disco, hacer todos los conciertos que podamos en los próximos meses y, como ya tenemos repertorio suficiente, grabar otro disco, a ver si podemos hacerlo el próximo verano…

—Y Madrid, ¿para cuándo volvéis?

—Pues estuvimos en noviembre, en la Sala Tabú, y de momento no tenemos nada, de eso es Cristina la que se encarga, pero en cuanto nos llamen porque siempre mola ir a Madrid y a Barcelona…

El grupo empieza a probar el sonido de los instrumentos y nosotros estamos al lado de uno de los altavoces, temo por la integridad del micrófono de la grabadora. Hablamos de salas en Madrid: de Clamores, Galileo Galilei, Moby Dick y de La Riviera (me dice Álvaro que esta última sala ya son palabras mayores).

—¿Tú crees que la música en CD tiene futuro? —le pregunto justo cuando deja de sonar el bajo de Pepe.

—Yo creo que no, físicamente como CD no, la música en CD no va a pasar, ha pasado ya a formar parte del merchandising del grupo, igual que quien se compra una pegatina o un llavero pues se compra el disco también. Creo que el futuro de la música no está ahí, no sé por dónde tirará si por Spotify o ese tipo de cosas, o a lo mejor por la publicidad, por regalar el disco de tal grupo con la compra de tal cosa, no sé…

—Y los conciertos, por supuesto…

—Por supuesto. Y luego los emisarios del grupo son las radios, las televisiones. Todo esto se definirá y pienso, además, que tiene que ser en breve porque ahora mismo ¿quién se compra discos?, si además ahora con menos dos mil discos vendidos estás en la lista de los diez más vendidos en España, una salvajada…

—¿Qué te parece el vinilo?

—Me parece un paso atrás. Sí, porque no suena igual, aunque luego viene el friqui que te dice lo de la aguja que le da un rollo rockero, venga… no compares como suena un CD a como suena un vinilo; el vinilo se acaba estropeando y el CD no y luego además que no evita nada de la piratería porque tienes un montón de programas para pasarlos a ordenador, lo cuelgas y la gente se lo baja igual. A mí me parece una involución, un coletazo de las discográficas que, en mi opinión, se resisten a asumir la realidad.

—Me siento obligado a hacerte esta pregunta: dime un grupo…

—Beatles.

—¿Y una canción…?

Let It Be —le gustan The Beatles, está claro. Álvaro viste, también, una camiseta con el nombre de los de Liverpool. Le pregunto si es posible volver a escribir una canción como con la que él me ha respondido—: Estoy seguro que dentro de muchos años tendremos una cantidad ingente de himnos como Let It Be, seguro, la música es infinita —la firmeza de Álvaro al decir esto es meridiana. ¿Piensa que en la música no se ha dicho ya todo?, ¿o que después de los ’70 todavía queda por hacer algo nuevo…?— … No, no, ¿qué pensarían en los ’70?, quizá que todo lo hizo ya Elvis en los ’50 y no: hay mucho por hacer, grupos que ya hacen cosas, por ejemplo el tema del tecno, que es muy diferente, incluso el rap, son cosas que se han innovado y hay gente que les gusta, a mí personalmente no, pero no estaba todo hecho y seguramente aparecerá otro estilo que no sea el tecno o el house que a lo mejor me encanta, aunque todavía no se ha hecho.

—¿Crees que hay gente que si das un buen espectáculo, pero eres un manta tocando les gusta de todas maneras y dicen que está de puta madre?

—Mira los Ramones… —reímos; le insisto en cómo ve el tema—. Yo pienso que somos más divertidos que buenos, soy consciente de que no soy Frank Sinatra y que ninguno de mi banda tampoco es Jimmy Hendrix, pero tiene que haber de las dos cosas: espectáculo y técnica.

—Cuéntame una anécdota de alguno de vuestros conciertos…

—Pues recuerdo que estuvimos tocando en Italia en una carpa —fue una mini-gira de dos conciertos—, y entramos en ella como ocho horas antes de que empezara para hablar con el técnico cuando empezó a arremolinarse gente en la puerta y pensamos que pasaba algo, que había alguna pelea o alguna cosa, entonces me asomé para ver lo que ocurría y resulta que la gente estaba allí por nosotros, la gente agolpándose en la puerta para pedirnos autógrafos, nos quedamos flipados; la policía hizo un cordón, pasamos y la gente sacándonos fotos y dándonos rotuladores con papeles para que les firmásemos, pero, bueno, esta gente ¿quién se cree que somos?, que somos La Biscuit Box no U2, hace por un lado gracia pero por otro lado mucha ilusión. Y luego también me hizo gracia que hay mucha gente en Italia que se sabía las canciones en castellano, supongo que se las habían bajado de Internet y las cantaban al mismo tiempo que nosotros.

No da tiempo para más pues la presentación va a comenzar. El periodista Ricardo Beitia introduce al grupo que se ha sentado tras una mesa improvisada. En el Dodo Club hay lleno hasta la bandera. Beitia habla de los personajes que viven en las canciones del segundo álbum de La Biscuit: La Mujer Tubería; el Hombre Cañón, el Hombre de Patata, el Hada Pez Espada y un tal Johnny el comunista sobre el que el periodista se detiene: un comunista avispado que fuma Winston y muy solidario… con el dinero de los demás, un tipo de solera, dice la canción. Se abre la barra para el piscolabis en donde abundan los pinchos; la tortilla hecha con cariño y treinta huevos durará muy poco. Beitia anuncia el refrigerio resumiendo unas estrofas de Una tarde de cervezas: «Con la primera se traga el bocata y te quita la sed; con la segunda uno se pone unos años de menos; con la tercera cerveza uno empieza a hablar en inglés y canta bien las jotas; con la cuarta, dice Álvaro, uno recuerda a la tía rubia del pueblo a la que le entró…» —aquí se puede empezar a entender el universo biscotes, destaca el periodista; aplausos después de que llega a la duodécima birra, y podemos imaginar cómo se puede hacer surf en el río Arga. Álvaro agradece la presentación y dice que este disco, fruto de mucho esfuerzo, es el resumen de la filosofía de La Biscuit Box: cerveza, sexo y rock and roll, no sabe si hay algo más que añadir a la trilogía, si existe alguna cosa más en este mundo…

El público se entrega durante el concierto que sigue a continuación. Muchos grupos quisieran tener fans de este calibre. El concierto termina con las canciones Tutty Frutty; Great Balls Of Fire; la música del anuncio de Danone y, como no podía ser menos, Kikiriki. Una última foto al grupo, acalorados por el esfuerzo, y pregunto a Cristina cómo llegar al Parque de Yamaguchi, me recomienda que llame a un taxi pues, aunque el parque no está lejos, si me pierdo quizá no encuentre a alguien para preguntarle dado que ya es un poco tarde.

Antes de irme tomo la segunda cerveza, a ver si es cierto que me puedo quitar unos años de encima. Mañana me levantaré muy temprano, para continuar viaje; queda despedirse de los nuevos amigos, apuntar alguna dirección de correo…

Brilla la niebla entre las farolas en esta noche pamplonica. El taxi tarda poco hasta el hotel. Las calles húmedas están desiertas, todo el mundo está ya en casa y recuerdo una de las canciones de La Biscuit Box:

Y hay marines ondeando
en alto la bandera blanca
no hay más hielos en marengo
y tengo que volver a casa…

____________________

Vídeo: Kikiriki. Actuación en directo de La Biscuit Box, en Pamplona (2006). Grabado por Eli Martín.



__________________

La Biscuit Box son:

- Álvaro Maldonado (voz y armónica)

- Rubén Alen (teclista)

- Ignacio Erro (guitarras)

- José Cruz (bajo)

- Javier Vera (batería)

Páginas web del grupo:

http://www.labiscuitbox.com/

http://www.myspace.com/biscuitboxmusic