Un hombre de larga melena rubia,
rodeado de teclados

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Pedro M. Martínez


Pensando en que hace bastante tiempo que no voy al cine, me sorprendo reflexionando sobre los álbumes conceptuales. Me explico antes de proseguir: cuando digo ‘álbumes conceptuales’ no me estoy refiriendo a que contengan una grabación de música conceptual (no sé si ustedes han escuchado a Erik Satie), no, hablo de las obras musicales que parten de una historia completa cuya música, canciones y/o narraciones se escriben expresamente para la misma. Curioso viaje, me digo, el que me ha llevado desde mi falta de interés por el cine en estos últimos tiempos (tengo que pensar por qué), hasta la citada clasificación de obras musicales. El caso es que después de dar unos cuantos tumbos por las carreteras comarcales de los recuerdos, me veo saliendo del cine después de ver Tommy (del siempre exagerado director Ken Russell), la adaptación de la ópera rock de The Who. Estamos —estoy— en 1975. Calle Martínez Campos, barrio de Chamberí, de Madrid, frente al Cine Amaya.

—No me ha gustado… El rock no es eso —le digo a la amiga que me acompaña.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te creías entonces que era el rock…? —me responde ella riendo.

Eso, medito ahora, ¿qué pensaba yo entonces sobre el rock? Recuerdo que contesté a mi amiga con divagaciones sobre el carácter revolucionario de esta música, el poder de convocatoria que tenía, la capacidad de transformar a la gente y otras lecturas «profundas» de un fenómeno musical que según ella, para mi escándalo intelectual, llegaría como mucho a cambiar alguna forma pero nada del fondo. Cuestión de significante y significado. Yo había escuchado demasiado blues y jazz. Mi amiga sabía de semiótica mucho más que yo.

No existe comparación, me parece, entre escuchar a The Who y ver la adaptación de su obra al cine, es mucho mejor lo primero (aunque merezca la pena ver en la película a Tina Turner como la Reina Ácida) si tenemos en cuenta, además, el parvo conocimiento que por lo general se tenía del inglés; los mod’s, en mi opinión, no salieron bien parados de la película.

Antes de que The Who publicaran la que se considera la primera ópera rock —a mi entender Tommy (1969) es un álbum que podríamos clasificar como conceptual—, The Beatles habían dado el campanazo, en 1966, con un disco singular: Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band que no partía de una historia concreta, pero cuyas canciones formaban un ciclo inspirado en el mismo tema. A partir de este vinilo, los álbumes conceptuales proliferaron: cualquier grupo que se preciara tenía que grabar el suyo.

De la pléyade de publicaciones de obras de este tipo me viene a la cabeza con insistencia una de las obras que podríamos escribir con mayúsculas: Journey to the Centre of the Earth, del teclista ingles Rick Wakeman, quien había grabado con el grupo Yes otros dos LP’s conceptuales (Close to the Edge; 1972 y Tales from Topographic Oceans; 1973) y un tercero en solitario, The Six Wives of Henry VIII (1973), después de que abandonó el citado conjunto. Las seis esposas de Enrique VIII tuvo un éxito espectacular en aquel entonces. Un año después, Wakeman graba en directo Viaje al centro de la tierra, el 18 de enero de 1974, en el Royal Festival Hall, de Londres. El LP tiene un éxito fulminante y, al parecer, es el disco de este tipo de música (rock progresivo conceptual, o rock sinfónico) que más ejemplares ha vendido en el mundo hasta la fecha.

Para la adaptación de la novela de Julio Verne, Wakeman utilizó numerosos teclados con los que se rodeaba casi por completo; lucía, por aquel entonces, una larga y cuidada melena rubia y vestía con una capa blanca incrustada de pedrería en los hombros, que acentuaba un aspecto místico que contrastaba con el de los componentes del grupo rock que le acompañaba en los conciertos. David Hemmings —el actor que interpretó al fotógrafo de Blow Up, la película de Michelangelo Antonioni— actuó de narrador y The London Symphony Orchestra y The English Chamber Choir redondearon el fantástico grupo de artistas que el teclista supo reunir a su alrededor para el evento.

Por seguir el hilo, habría que decir en este momento que no existe comparación entre leer a Verne y escuchar la composición de Rick Wakeman: Cierto, pero la música que él escribió para narrar la aventura del mundo subterráneo que imaginó el novelista francés, también hay que mencionarlo, no se llevó al cine. Es imprevisible el destrozo que se podría haber cometido con la lectura musical que Wakeman, por entonces inmerso en serios problemas con el alcohol, hizo de la aventura que transcurre en las entrañas de la Tierra, trasladando el mundo perdido del novelista a un intricado universo personal —o viceversa— carente de imágenes en que poderse soportar.

Una de las glorias de la música —y tiene muchas— es que puede generar imágenes muy potentes en el que escucha. Traducir dichas imágenes interiores a un plano «objetivo» conlleva un elevado riesgo de desposeer al original de su atractivo, de su capacidad de despertar significados que, de otra manera, no habrían aparecido. Supongo que Rick Wakeman no era consciente de esto, pero sí fue capaz de montar un espectáculo en donde el protagonista era el propio público a quien, además, se le implicó con unas pinceladas escénicas parecidas a las que después utilizó el grupo Pink Floyd con maestría indiscutible.

Wakeman plantea en este disco un oscuro viaje interior, tan tenebroso como las propias galerías que recorren los personajes de la historia de Verne y tan excitante como el sentido último de la aventura que depara momentos exultantes de descubrimiento, de violencia, de triunfo y de placidez, que tiene sentido en sí misma. En el «centro de la tierra» del teclista hay un mundo interior por descubrir —del que se tienen pocas pistas— y ese viaje se narra sólo con la especial habilidad de sus dedos sobre el teclado, mientras cierra los ojos. La impecable narración de Hemmings y las canciones cantadas por Garry Picford-Hopkins y Ashley Holt (cuyas letras pueden resultar cursis en algún momento) parecen una «anécdota» más dentro de la parafernalia ideada para conseguir que la música sea la historia principal. Entre el significante y el significado hay mucho trecho, seguro que más que la distancia que hay que recorrer para llegar al centro de la tierra…

De todo esto no hablamos mi amiga y yo aquella noche frente al Cine Amaya. A Rael aún no le habían afeitado el corazón y el cordero no dormía sobre Broadway, pero es probable que presintiéramos que Peter Gabriel escribiría muy pronto que «La salamandra se escurre hacia las llamas para ser destruida/ Criaturas imaginarias que al nacer son capturadas en celuloide...», en otro viaje subterráneo condenado a abrasarse en la lava que hierve en el centro de la Tierra y que nadie pudo aprisionar en una pantalla.




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PEDRO M. MARTÍNEZ es escritor y fotógrafo. Entre sus obras publicadas se encuentra el libro de relatos Nunca llueve sobre el Sáhara (2008). Web: www.martinezcorada.es

Ilustración artículo: Rick Wakeman en uno de sus conciertos
(captura de pantalla en vídeo de YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=RP64j589WPk).