El barrio
de Mosalto

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Ariel Bustos


Este cuento me
lo contó Pando


Sucedió que en una ocasión, hace ya mucho tiempo, José Luis Soto se encontraba explorando un gran terreno inhabitado, y después de mucho recorrerlo y analizar sus características le pareció apropiado para instalarse en él y vivir junto con su gente. Muchas familias de su comunidad habían abandonado tiempo atrás la ciudad capital y estaban buscando un buen lugar para poder establecerse y reiniciar por completo sus vidas, ya que todo lo que tenían lo habían dejado lejos, y como lo hicieron en cada uno de los terrenos a los que habían llegado, enviaron a José Luis Soto para explorar el lugar y decidir si se quedaban en él o si tenían que proseguir con su marcha.

A José Luis Soto le pareció que ese terreno totalmente despoblado era el mejor de todos los que había visto hasta el momento ya que ofrecía todas las comodidades para asentarse: provisión de agua potable suficiente para todos gracias a un arroyo que recorría el terreno y cuyo cauce no representaba ninguna amenaza de desborde, muchos árboles para obtener fruta, madera y para sombra, suelo fértil suficiente para todos los que quisieran vivir de su cultivo, lugar amplio y sin dueño y buen clima. Entonces, una vez finalizado su análisis del territorio, tomó siete tizas que traía en un bolsillo y comenzó a trazar una M en el suelo para delimitar el lugar que sería ocupado. Gastó todas las tizas, y cuando terminó de establecer los limites empezó a tender una cerca que cubría 17 kilómetros cuadrados, la superficie que abarcaba la M, y al terminar puso un cartel en la cerca: PRÓXIMAMENTE BARRIO DE MOSALTO.

Le gustó tanto el nombre como el trabajo realizado y como se sentía bastante cansado como para volver a donde lo esperaban los suyos desde algunos días durmió en el terreno cada noche. Al día siguiente, temprano por la mañana, fue a buscar a su gente para mostrarles el terreno y comenzar la ocupación. Durante horas caminaron por todo el lugar, probaron las frutas y el agua, removieron algo de tierra y escucharon las razones que José Luis Soto expuso para justificar su decisión. Ese mismo día cada familia empezó a construir su casa. Para acelerar las obras cada uno que terminara de edificar ayudaría a un vecino, a fin de terminar más rápido y cimentar la solidaridad, ya que sólo contaban con sí mismos para llegar a ser grandes.

Se trabajaba de sol a sol, y algunas veces más también si la noche estaba linda y el entusiasmo que los impulsaba para edificar su casa y sus vidas superaba el cansancio, bajo la dirección de José Luis Soto, quien al mismo tiempo también construía su hogar. Algo más de dos meses después de su llegada terminaron la construcción de las ultimas casas, y quedaba inaugurado oficialmente el barrio de Mosalto. Para conmemorar la ocasión los habitantes expresaron sus deseos y prometieron unirse para llevarlos a cabo, y también se levantó un monolito de recordación, en el que se grabó la fecha de fundación y se lo instaló en el centro del lugar en el que poco tiempo después se haría la plaza.

Una vez concluida la ceremonia, mientras los demás pobladores comenzaban a preparar todo lo necesario para trabajar las tierras que habían sido repartidas con justicia antes de edificar o salían a buscar trabajo, José Luis Soto se encargó de legalizar la situación de todos ante la autoridad municipal, para no ser expulsados del nuevo barrio. Aunque tuvo que pagar una pequeña multa por intrusar las tierras municipales, cosa que hizo para no esperar largos meses el permiso, logró conseguir el reconocimiento oficial.

En el principio, muchos años antes de su partida, José Luis Soto y el resto de Mosalto vivían en la capital, y tenían su casa, su trabajo y mucho más. Pero perdieron la tranquilidad en sus vidas y decidieron abandonar la ciudad cansados de una larga serie de asaltos en los que perdieron mucho de lo que tenían. Entonces, cuando la situación se volvió critica, se reunieron para deliberar qué hacer, y por decisión unánime eligieron dejar su ciudad y emprender la marcha lejos de lo que ya no era su lugar, sin rumbo definido.

Con esa idea fueron recorriendo los caminos y llegaron a muchos lugares, que eran recorridos y analizados por José Luis Soto, que había descartado bastantes sitios tanto por falta de agua, por ser pequeños para su gente, por la mala calidad del suelo y otras razones. Peregrinaron durante un tiempo, hasta que una mañana llegaron al lugar en donde se quedarían y enviaron una vez más al líder. El nombre Mosalto no tenía ningún significado especial y fue elegido por José Luis Soto porque le gustaba como sonaba. Una vez que pudieron quedarse acordaron hacer de Mosalto el mejor barrio de todos, un lugar distinto, en donde la igualdad basada en las diferencias superficiales fuera una realidad y no una linda intención que no se llevaría a cabo.

Aunque lo que habían acordado era difícil y eran conscientes de ello, decidieron intentar cumplir su promesa aunque tuvieran que trabajar muchos años para ello. Así fue que una vez concluidas sus casas y la plaza, cuando en verdad sólo unos pocos estaban reacomodando sus vidas, comenzaron la edificación de las instituciones: escuelas, hospital, la biblioteca pública, la iglesia y el cuartel de bomberos. En otra decisión unánime no instalaron comisaría por considerarlo algo innecesario para el funcionamiento de su sociedad, ya que se consideraban bastante civilizados como para tener policía.

Pero para poder hacer su sociedad tal como querían les faltaba lo principal: la libertad. Cuando se dieron cuenta enviaron a José Luis Soto a hablar con las autoridades municipales para solicitarles la independencia del barrio. Como él también quería lo mismo fue a parlamentar con los gobernantes para tratar de llegar a un acuerdo. Después de unas cuantas reuniones que les llevaban todo el día y de superar todas las dificultades presentadas por los gobernantes, se firmó el acuerdo: el municipio reconocía a Mosalto como barrio independiente, y no participaría en ninguna elección local y se manejaría con sus propias leyes. A cambio el barrio debería pagarle al municipio, durante tres años, una cuota mensual en concepto de indemnización y costo de las tierras. José Luis Soto fue negociando el total de la cuota, y cuando llegó a un precio relativamente bajo dio su conformidad, para cobrarse la multa que tuvo que pagar al principio. Desde el momento de la firma Mosalto era independiente, y cuando José Luis Soto volvió con la noticia se realizaron elecciones para nombrar al gobernador del barrio libre. José Luis Soto presentó su candidatura por la presión de su gente, y ganó con casi todos los votos, y así formalizó su posición de jefe.

La primera medida que tomó fue traer gente para ocupar las instituciones. Trajo a todos los profesionales que se necesitaban para el funcionamiento del hospital y la escuela, solicitó que enviaran un sacerdote para la iglesia, trajo a los encargados de la biblioteca y organizó colectas para equipar el cuartel de bomberos. En algo más de medio año todo funcionaba a pleno: el nivel de la enseñanza era superior, la biblioteca no sólo estaba bien equipada y actualizada sino que era fuente de consulta permanente, el hospital tenía profesionales que amaban lo que hacían y brindaban una atención excelente y el cuartel de bomberos no había tenido que acudir a combatir ningún incendio. Tampoco se habían cometido delitos, lo que mostraba que una comisaría hubiera sido algo superfluo. Poco después de tomar su primera medida convocó a la gente para la discusión y la sanción de las leyes de gobierno.

José Luis Soto se felicitó a sí mismo durante toda su vida por haber elegido esas tierras para el barrio. Pese a que su gente tenía voluntad de trabajar duro para el crecimiento del barrio, que también era el de todos, y que él también tenía grandes dotes de líder, hubieran podido hacer lo mismo que hicieron en Mosalto incluso en un lugar hostil. Una vez aprobadas las leyes fundamentales del barrio se encargaron de llevarlas a la practica, y José Luis Soto ayudó en la construcción de los canales de riego. Eso, sumado a la fertilidad del suelo, hacía que todos los años la cosecha diera lugar a grandes festejos para agradecer. La prosperidad de Mosalto se basaba en la calidad de sus cultivos que se vendían bien y a buen precio en todo el municipio vecino y más lejos de allí también, y así la fama del barrio se extendió por todos lados junto con el nombre de su fundador. Las muchedumbres afligidas que conocían la sabiduría de José Luis Soto para hacer un pueblo de la nada creían que también tendría la capacidad de ayudar a los necesitados, y acudían desde lugares apartados para pedir su consejo o para que solucionase toda clase de problemas.

Era considerado un mito viviente, como el sentido común hecho persona, desde los tiempos en que consiguió evitar un duelo mortal entre dos vecinos, los más exitosos y adinerados de toda la comunidad, pero se tenían envidia. Aunque no competían entre sí cada uno deseaba fervientemente la ruina del otro, alegando que el rival no merecía nada de lo que tenía por no haberlo conseguido con tanto esfuerzo como lo había hecho el acusador de turno. Al final, después de mucho tiempo de odiarse, decidieron pasar a la acción y batirse a duelo con pistolas. José Luis Soto se enteró de lo que iba a suceder, y aunque nadie se lo había pedido empezó a pensar alguna razón que impidiera el duelo. Luego de muchos días de pensar halló lo que creyó como mejor razón, y era que la envidia que se tenían era para cada uno una importante razón para seguir viviendo, y que la situación de odio había llegado tan lejos que el uno sin el otro no podría vivir, y que el sobreviviente del duelo no tardaría en ir a hacerle compañía al otro. Habló con los dos por separado, y logró convencerlos de bajar sus armas.

Aunque por sí misma no era una solución coherente, era la única que se podía emplear, y con ella José Luis Soto demostró que las vidas estaban por encima de toda razón y lógica, algo así como «el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado», y después de todo la lógica no es algo que sirva mucho en la vida cotidiana. Por eso empezó a ser respetado y considerado de otra manera por los suyos, pero en verdad era un hombre común y corriente, casado, con dos hijas y un hijo, y que no poseía una virtud, un don que lo ubicara por sobre el resto de los mortales, alguna cualidad que sólo él poseyera, ya que su sensatez no era ni tan rara ni tan común. José Luis Soto nunca ambicionó ningún tipo de poder, ni mucho menos fama o riqueza, y si aceptó el cargo de gobernador de Mosalto fue sólo para no decepcionar a sus vecinos, y poco antes de finalizar su mandato convocó a elecciones, y aunque la gente se lo pidió no presentó su candidatura para la reelección. Sus vecinos aceptaron la decisión, aunque más allá de quien gobernara por elección popular continuó siendo el verdadero líder del barrio, ya que muchos de los emprendimientos que se llevaron a cabo cuando se retiró tuvieron su sello, tanto porque él siguió proponiendo ideas o por dar su consejo a los gobernantes que lo sucedieron.

Durante su gestión logró consolidar la independencia del barrio y se pagó el costo fijado en el acuerdo, construyó canales de riego, sancionó las leyes que con pocas modificaciones habrían de regir en el barrio, ayudó a vender las cosechas, logró que no se cometiera ningún crimen durante su mandato, se rodeó de la gente más capacitada de Mosalto para que lo asesoraran, que eran los mismos que propusieron irse de la ciudad, logró que todos tuvieran trabajo digno, y mucho más. Enterados de esto, mucha gente vino a vivir a Mosalto. Pasados seis años concluyó su mandato, y una vez que salió de la gobernación se retiró a vivir con su familia del cultivo de la tierra, con la satisfacción de haber hecho un buen trabajo.

Había conocido a su esposa veinte años antes de fundar el barrio, en el cumpleaños de un amigo común. Su noviazgo duró casi tres años, y se casaron legalmente tanto ante los hombres como ante Dios. Al momento de fundar Mosalto sus hijas tenían catorce y once años, y su hijo cinco, y sería nombrado heredero de los dominios de su padre, para que dispusiera de ellos a su voluntad. Mientras tanto estudiaban.

Los años pasaban, y ahora el barrio era gobernado por los asesores de José Luis Soto, que habían sido elegidos por su pasado. José Luis Soto recibía a gente del gobierno que pedía su consejo, y también ayudaba a los que venían con problemas en su vida. Además labraba, y de tanto en tanto iba a la gobernación con algún proyecto. Todo continuaba como antes por su espíritu progresista y porque sus antiguos asesores eran muy capaces. Sus hijas ya estaban en la universidad, y su hijo en la secundaria. La vida de José Luis Soto transcurría activa pero sin sobresaltos, y siguió siendo así hasta el momento que su hija mayor anunció que se casaría, anuncio que sacudió la vida del patriarca. Durante unos días José Luis Soto anduvo desconcertado por la noticia, fuera de sí pero feliz. Recién entonces se dio cuenta del paso del tiempo, pero se recuperó y comenzó la organización del casamiento junto a su esposa y los padres del muchacho. También contaron con la ayuda de todo Mosalto, que se brindó de corazón para ayudar. Todos estuvieron en la fiesta, que se prolongó por cinco días con sus noches, y que sería recordada como el festejo más grande de su historia junto con el casamiento de la hija menor de José Luis Soto, realizado cuatro años después. Los maridos de las chicas no vivían en el barrio y tampoco quisieron quedarse en el lugar, y se fueron con sus esposas lejos de Mosalto.

Pasadas las bodas ocurrió otro suceso importante, aunque sólo de importancia personal: el hijo de José Luis Soto, el heredero, terminó sus estudios secundarios. El pibe no había sido muy estudioso, pero nunca repitió y a los 17 egresó por merito propio. Aunque no era vago la idea de seguir estudiando no lo convencía mucho como tampoco salir a buscar trabajo, por lo menos en un corto plazo, y entonces comenzó a trabajar las tierras que algún día serían suyas y se dispuso a seguir los pasos de su padre en la atención de los asuntos de la comunidad. Cuando su padre gobernó Mosalto él era muy chico y no recordaba mucho esa época. Ahora el barrio era gobernado por los antiguos colaboradores, que en cada nuevo período de gobierno todos rotaban sus cargos, y así el que ahora era gobernador había sido secretario en el gobierno anterior, y el antiguo vicegobernador era el nuevo encargado del área de salud. Aunque los gobiernos pasaban José Luis Soto seguía siendo el eje de Mosalto y ningún gobierno quería o podía despegarse de su figura. Viendo esto, su hijo le ofreció acompañarlo cada vez que tuviera que ir a hacer una propuesta o cuando vinieran enviados del gobierno o gente común a pedir su consejo, para verlo en acción, y de esa manera, impregnándose del ambiente, aprender para el futuro, y a José Luis Soto le gustó que su hijo quisiera seguir sus pasos, y entonces comenzó a adoctrinarlo.

Mientras labraban José Luis Soto le contaba detalles del oficio y aclaraba las dudas de su hijo, quien participaba de las reuniones que casi todas las semanas tenía el líder con los que venían a escuchar su palabra. Se sentaba a escucharlos con atención, y en algunas ocasiones intervenía dando su opinión. En alguna ocasión vinieron los antiguos asesores con la propuesta de levantar una estatua suya para homenajearlo, y él no dio su aprobación y dijo que destinaran el dinero en mejorar las escuelas, y también aprovechó la ocasión para disponer que no hicieran ningún homenaje póstumo, sino un sencillo funeral.

Mientras tanto el paso del tiempo se hacía sentir, no sólo en José Luis Soto y sus colaboradores, que envejecían, sino que también empezó a amenazar la existencia de las nuevas generaciones. La calidad de vida en Mosalto disminuyó de repente y en forma alarmante. Los médicos y las enfermeras se jubilaron, algunos murieron y los nuevos no eran tan buenos profesionales como sus antecesores, y hacían su trabajo sin amor. El nivel de la educación también bajó bastante, los alumnos no aprendían nada y repetían muchos cada año, y a los maestros esto parecía no importarles y no enseñaban como en los tiempos pasados. La biblioteca, que años atrás era un emblema del esplendor del barrio estaba por desaparecer, porque no se hicieron gastos de mantenimiento para conservar el edificio y una fuerte lluvia la inundó y se perdieron casi todos sus libros. Y las cosechas, base de la riqueza y la gloria económica del barrio, se acabaron por agotamiento del suelo.

Todo parecía ser el fin de Mosalto. Pero José Luis Soto seguía vivo, y sobreponiéndose a la vejez, a la muerte de su esposa y de muchos de sus compañeros, a la partida de sus hijas y a otros golpes de la vida, tomó esta crisis como un ataque a su obra más importante, a lo que iba a garantizar su inmortalidad más allá de que los honores no le importaban y no había hecho el barrio para recibir alabanzas de nadie, y se encargó personalmente de solucionar todos los problemas. Convenció a los antiguos médicos para que volvieran a trabajar en el hospital de Mosalto, y contrató a otros más capaces que los que estaban en ese momento. Organizó colectas junto con sus vecinos para comprar nuevos libros, y todo el barrio donó parte de sus bibliotecas personales para reequipar a la vieja biblioteca pública. Instruyó a los niños y supervisó la tarea de los maestros. Y el trabajo más monumental de todos fue reemplazar la tierra agotada con tierra nueva, y para que la situación no se repitiera dio consejos para su conservación y mejor aprovechamiento.

Haciendo un gran esfuerzo logró detener los avances del tiempo y aseguró la existencia del barrio por muchos años más. Conmovidos por la vitalidad de su patriarca cada habitante de Mosalto trabajó con todo por su barrio en cada tarea que tuvieron que hacer. José Luis Soto demostró que no permitiría la desaparición del barrio y sus vecinos lo acompañaron sin necesidad de convocatoria. Volvió el espíritu solidario de los tiempos de la fundación, alentado por la energía del inagotable José Luis Soto, que estaba dispuesto incluso a conmover a poderes superiores al suyo para asegurar la vida del barrio. Sus vecinos, más jóvenes que él, no podían hacer más que considerarse honrados por vivir junto a un mito y tratar de ser como él.

En poco menos de un año se recuperó lo perdido y el barrio volvió a la normalidad. La calidad de la atención en el hospital volvió a ser igual a la de los tiempos iniciales; los chicos ya no repetían y aprendían mucho, y los maestros volvieron a tomarle el gusto a su vocación, por lo que José Luis Soto dejó de enseñar y de supervisar y regresó a su vida habitual; se volvió a cosechar, y para agradecer se hizo la fiesta de la cosecha más grande de todas, aunque no tuvo la magnitud de los festejos por las bodas de las hijas de José Luis Soto. Y no conforme con todos sus logros una vez que la biblioteca volvió a funcionar la convirtió en parte de un centro cultural que incluía teatro y museo entre otras cosas, como si fuera una muestra de que no sólo podía superar al tiempo y recuperar lo perdido sino que además le sobraban fuerzas para darle un escarmiento.

El barrio volvía a vivir cuando José Luis Soto recibió la noticia de que se estaba muriendo. Aunque había vencido de momento al tiempo, no podía hacer nada para evitar su propia desaparición. Quería morir de muerte natural, pero no tendría esa satisfacción. El tiempo había soportado el contraataque, pero era más fuerte y se vengaba con los males que trae la vejez, y uno de ellos acabaría con su vida. Una noche, después de cenar, el jefe barrial se sintió mal, pero no creyó que fuera algo grave y se fue a dormir. A la mañana siguiente, como el malestar persistía, fue al médico, y le diagnosticaron que estaba muriendo por envenenamiento. Por error José Luis Soto le echó veneno a su comida en lugar de condimento, y esto estaba acabando de a poco al viejo héroe. Una vez difundida la noticia sus hijas y sus vecinos acudieron a su lado, y aunque querían ayudar ya era tarde. Incluso hubo uno que estaba dispuesto a venderle su alma al diablo a cambio de la recuperación de José Luis Soto, y luego de anunciar su decisión intentó salir de la habitación para hacer el acuerdo. Pero el fundador del barrio, apenas escuchó esto, desde su lecho de muerte logró convencerlo de que no lo hiciera. Ese fue el último acto grande que hizo el líder, y ahora lo único que le quedaba por hacer era preparar su testamento. Pidió que lo dejaran solo con sus hijos y comenzó a redactarlo. En él dispuso repartir su dinero de la siguiente manera: en dos mitades iguales; la primera se destinaría a las instituciones del barrio, también en partes iguales, y la otra mitad se repartiría de igual manera entre sus hijos. Además le dejó al varón su casa y sus tierras para que hiciera lo que quisiera con ellas. Firmó el testamento, lo hizo legalizar, y antes de que la situación cayera en el melodrama llamó a sus vecinos para hablar. Unas horas después, a la noche, el tiempo le ganó la ultima pelea, y el gobernador anunció en la plaza que el más grande benefactor de Mosalto acababa de entrar en la historia.

Esa misma noche se hizo su velorio, en su casa, al que no sólo acudió todo el barrio, sino también gente de los barrios vecinos y también de lugares más alejados, que en años anteriores habían pedido su consejo y fueron ayudados por su sabiduría. José Luis Soto había dispuesto que no le hicieran ningún homenaje después de muerto, que el único homenaje que quería era que trabajaran con todo por Mosalto. Pero aunque cumplieron con las disposiciones referidas a los posibles homenajes póstumos no cumplieron con otra de sus voluntades, la de un funeral sencillo, porque aunque hubieran querido hacerlo les resultó imposible, ya que tanta gente lo lloró y vino a darle el último adiós que sus honras fúnebres duraron seis días. Una vez que todos se despidieron de José Luis Soto sus amigos, los que lo acompañaron más de cerca en la peregrinación que los llevó hacia esas tierras, los que más colaboraron en la fundación del barrio, los que fueron sus principales colaboradores cuando gobernó a Mosalto, los que lo sucedieron en el cargo cuando el líder no quiso seguir, los que siempre necesitaron de él para llevar adelante al barrio, cargaron el ataúd en sus hombros y seguidos por la triste muchedumbre lo llevaron hasta el cementerio, donde lo enterraron con toda la gloria que merecía como fundador, líder y salvador de Mosalto.

La conmoción que siguió a su muerte se prolongó por un mes. Durante todo ese tiempo la gente guardó luto y anduvo sin ganas de nada, suspendidos en su realidad cotidiana, como espectadores que se limitan a ver pasar la vida sin intervenir. Parecía que todos estaban dormidos, y se debía a que experimentaban la soledad. Habían quedado huérfanos de José Luis Soto, y vagaban por las calles del barrio sin voluntad, sin alma. Pero como la vida no admite ningún intento de estancamiento siguieron con el curso normal de sus existencias. Cuando pasaron los largos días de la conmoción los habitantes de Mosalto comenzaron una nueva etapa, en la que tendrían que valerse por sí mismos. Los dejaba tranquilos el saber que su hijo seguía sus pasos, y así fue durante diez años. En ese tiempo venían a pedirle consejos de todo tipo y para no desanimarlos trataba de ayudarlos, pero le costaba mucho hacer el trabajo de su padre, y también los consejos que daba no eran muy buenos. Además intentaba colaborar con el gobierno, pero no se le ocurrían buenos proyectos.

Al principio creyó que se debía a su inexperiencia y que con el tiempo podría llegar a ser más o menos como su padre. Pero después de todo ese tiempo de tratar de ser líder y luego de mucho pensar llegó a la conclusión de que no tenía ni tendría nunca la capacidad de su padre para manejar el barrio, que no podría contribuir al bienestar de Mosalto por más que pusiera toda su buena voluntad, y así fue que abandonó el barrio para no volver nunca. Antes de irse fue a la gobernación para anunciar su partida y que dejaba a disposición del gobierno su casa y sus tierras. Pese a la insistencia para que se quedara no cambió su decisión y partió de Mosalto apenas salió de la gobernación. Con su partida el barrio volvió a verse sacudido por el caos. Algo más de setenta años después de su fundación perdieron a su líder, y una década más tarde, el heredero los abandonaba.

Pese a que se consideraba a sí mismo un incapaz, y la verdad lo era, sus vecinos lo necesitaban por la carga de su apellido y cuando se fue crearon un grupo de notables, formado por los antiguos ayudantes, para aconsejar al gobierno y a los vecinos. Los notables, ya muy viejos, aceptaron formar el grupo porque tenían la intención de rescatar al barrio tal como su mentor. Aunque durante un tiempo el grupo funcionó sus integrantes fueron muriendo uno por uno y en menos de cuatro meses todos fueron a hacerle compañía a José Luis Soto, dejando más desamparado al barrio.

Durante esos cuatro meses los pobladores vieron que el equilibrio en el que vivían era muy frágil, y con poco el barrio podía venirse abajo, porque el gobierno que tenían no hacía nada por mejorar la calidad de vida en el lugar, y los notables no tardarían mucho en morir, pero para ellos era preferible ese delicado equilibrio que el caos, y aunque se prepararon para mantener la calma cuando murieran los notables no pudieron evitar caer en otra crisis. También durante esos años fueron muriendo o mudándose los habitantes originales de Mosalto y sus descendientes, y cuando se fue el último una nueva generación habitaba el barrio, sin conocer nada del antiguo esplendor ni tampoco la historia de sus fundadores. Esta nueva generación trató de administrar el barrio lo mejor que se pudiera, ya que el paso del tiempo fue acabando con todas las glorias del pasado y el nivel de vida había vuelto a descender hasta un punto alarmante. Quisieron reconstruir el barrio, pero no tenían ni capacidad ni un modelo a seguir.

Sus emprendimientos no se basaban ni en la cultura ni en la salud, la educación o cualquier otra labor que los hiciera crecer, sino en las comunicaciones y en tratar de subsistir como se pudiera. Mejoraron los caminos existentes y los teléfonos, además de agrandar el edificio del correo. Pero también acabaron con lo poco que quedaba de la vieja gloria, argumentando que eran gastos innecesarios en ese tiempo de crisis. Cerraron el centro cultural y desmantelaron la biblioteca, que siguió funcionando con material básico, con menos de la mitad de los libros que había tenido en su peor momento, y los textos más importantes que tenía fueron vendidos a precio muy bajo. Cerraron escuelas, alegando que había demasiadas en el barrio. Recortaron los fondos destinados al hospital, y también vendieron el cuartel de bomberos por considerarlo el gasto más inútil de todos. Los habitantes ya no cultivaban las tierras como antes y trabajaban fuera del barrio en empleos con los que apenas podían sobrevivir, y como no habían vivido los tiempos de esplendor se habían acostumbrado a vivir de esa manera y no se quejaban.

Esta nueva generación celebró el centenario de Mosalto. Lo hicieron sólo porque el monolito del centro de la plaza, que no había sido demolido porque ese gobierno no había pensado ninguna excusa para hacerlo, tenía grabada la fecha de fundación del barrio, aunque no tenía los nombres de los fundadores. No existían archivos de sus actividades, tampoco en sus lápidas estaba grabado algo que diera testimonio de sus actos, y no se había levantado ningún monumento en honor a ninguno de ellos. Por esas razones nadie se acordó de ellos en el acto realizado, que fue muy modesto.

Pero José Luis Soto no se olvidaba del barrio. Desde el otro mundo había presenciado el derrumbe de su obra y se sentía muy mal. Hasta que un día se cansó y decidió volver del más allá para ayudar a esa pobre gente que apenas sobrevivía, porque aunque estaba muerto no había perdido ni su capacidad de liderazgo ni su amor por el barrio de Mosalto, y tomo la decisión de regresar para ayudar a recuperar la gloria en los días que se festejó el centenario. Una vez que siguió la rutina diaria su alma apareció una tarde ante unos pibes, con la intención de presentarse, comentarles su plan y pedirles que lo llevaran ante el gobernador. Sólo alcanzó a saludarlos amablemente, porque de inmediato los pibes huyeron.

José Luis Soto se quedó sorprendido con esa reacción, pero luego se dio cuenta que era lógico. No se desanimó y decidió esperar unos días más para volver a presentarse, y también para pensar la mejor manera de hacerlo. La semana siguiente volvió a aparecer, a diferentes personas y varias veces en el mismo día. En todas las ocasiones la gente escapó asustada, sin saber quién era el aparecido ni cuáles eran sus intenciones. José Luis Soto fue al cementerio y trató de meterse en su cuerpo, pero de esa manera hubiera causado peor impresión y desistió. Lo único que le quedaba era esperar hasta que se acostumbraran a él y lo escucharan. Pero no estaba acostumbrado a esperar, así que siguió insistiendo hasta encontrar a alguien que no se asustara. Cansado de que todos se espantaran con su aparición fue a ver al gobernante actual, para presentarle su plan de salvación y solicitar su ayuda.

—Muchacho, soy, o mejor dicho, fui José Luis Soto, fundador de este barrio y alguna vez su salvador. Morí hace muchos años, y decidí volver para ayudarte a rescatar de la destrucción al barrio.

Apenas pudo terminar de decir esto, porque sin escuchar más el gobernador de Mosalto escapó asustado de su oficina. El espíritu de José Luis Soto se quedó solo, sin poder contar su plan, pensando que no merecía que lo trataran así. Intentó destruir la oficina, tirar el escritorio y las sillas, romper los cuadros, tirar las macetas contra las ventanas, arrancar las cortinas, sacar las puertas de sus bisagras, pero no pudo hacerlo porque no podía agarrar nada.

De tanto en tanto volvía a aparecer en cualquier lugar, presentándose ahora con el nombre de Mosalto, porque consideraba que tenía todo el derecho para llevarlo, y también porque creía que de esa manera llamaría la atención de los que lo vieran y creyendo que era el espíritu mismo del barrio el que les pedía su ayuda no escaparían y se sumarían a su plan. Apareció muchas veces en un mes, en las casas, en las calles, en la iglesia, en la plaza, en las escuelas, en lo que quedaba de la biblioteca, en cualquier momento del día, pero siempre huyeron todos.

Pero además algo extraño acompañaba cada aparición del fantasma Mosalto, y era que un desconocido que llegaba al barrio cometía un crimen después de que se presentaba. En medio del estado de confusión, un extraño escuchaba los gritos de la gente y asaltaba a algún vecino, incendiaba una casa o robaba en la biblioteca o en algún negocio. Siempre era alguien distinto, así que no podía saberse quién podía ser el nuevo criminal. Entonces los habitantes se reunieron con el gobernador para tratar de solucionar entre todos el nuevo problema.

Dos noches después de esa reunión volvió a aparecer el espíritu de Mosalto, dispuesto una vez más a intentar hablar con los pobladores. Mientras tanto permanecía ajeno a los delitos que seguían a sus apariciones y a la reunión de la gente. La resolución tomada fue la muestra del espíritu de esa generación, que había llegado a la conclusión de que el espectro y sus apariciones estaban relacionados de alguna manera con los crímenes. Cuando Mosalto volvió a aparecer alguien dio la alarma, y cada vecino encendió el fuego que acabaría con el barrio y con su fantasma, y se fueron, ya que habían decidido escapar de ese fantasma del pasado y volver a empezar la vida en otro lugar, lejos de donde sólo habían tenido inconvenientes de todo tipo.


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Ariel Bustos nació en Buenos Aires en 1983. Considera que escribir ficciones es como jugar a la pelota o manejar, no se aprende en una escuela, sino con la lectura, con la práctica y sobre todo, viviendo. Ha colaborado en revistas de Internet como Mis Escritos, Voces y El Hablador, además de haber sido convocado a sitios como Sane Society.org o Dae Poetas.com

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arilinares[at]yahoo.com.ar

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