El castaño
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Javier Farto


1

La movía con precisión de cirujano. Era una pala grande y pesada, pero en sus manos callosas y duras, que la habían manejado cien veces y aún ciento una, parecía no pesar nada, como si fuese una pala infantil, de esas que, mucho tiempo después, harían pasar gratos momentos a los niños en los domingos de playa. Y vieja, era una pala vieja y mal cuidada, que delatando su edad en los grandes manchones de óxido que la habían invadido, cubría rítmicamente el camino que su amo, el enterrador, marcaba.

Porque Antonio González había muerto y casi el pueblo entero estaba presente esa tarde en el cementerio. Era esta una tierra de grandes ceremonias fúnebres y desde muy temprana la tarde, el sonido mortuorio de las campanas lo había estado llenando todo y ahora, en la ceremonia, había sido sustituido por canto de enlutadas plañideras, que hacían los coros a una desconsolada viuda. A su derecha, con la mirada perdida en las tierras verdes que se dominaban desde el camposanto, como si su alma pretendiese emprender un largo viaje para escapar de la realidad que en la tarde del día anterior lo había golpeado, y que aún en ese momento no cedía, trataba de prohibir las lágrimas su primogénito Juan González, en un intento de convertirse en hombre antes de tiempo. Alguna de ellas, en acto de rebeldía, se deslizaba por su cara tostada por el sol y en la que ya comenzaba a irrumpir la suave pelusa que precedería, cuando años más tarde sus quince años fuesen sólo un recuerdo, a una cerrada barba. En este día sus lágrimas podrían ser fácilmente achacables —pensaba él— al sol de mediados de abril que le castigaba la cara mientras comenzaba a ocultarse en el horizonte. A la izquierda de la viuda, Antonio, hermano pequeño de Juan, lo observaba todo con asombrados y llorosos ojos, consciente de que algo terrible había ocurrido aunque su temprana edad no le permitiese saber con exactitud qué.

Tendría que matarlo, como él había matado a su padre. Juan no estaba seguro de ser completamente un hombre, pero sí que creía estarlo de no ser sólo un niño. Conocía todas las tierras y los montes que lo rodeaban de haberlos recorrido a pie y a caballo con su padre. Sus manos conocían la mordedura de la azada y la hoz. Sabía lo que era pasar una noche en el monte, bajo la única compañía de las estrellas y el ulular de las lechuzas. Había visto el ataque y fuga del jabalí al ser descubierto en furtiva actitud, en pantagruélico festín de guisantes en las tierras de su familia. Este año iba a conseguir cazar uno. Ya estuviera a punto el año pasado, pero lo sorprendió el fuerte retroceso de la escopeta. Ni siquiera había vuelto la cara, aquella tarde de invierno, en la que el frío laceraba la piel y un manto blanco cubría las montañas, y hasta el valle y una gruesa capa de hielo coronaba el río y se escuchó cuando ya el sol agonizaba en el horizonte y amenazaba la larga noche, el aullido del lobo, que cada invierno se acercaba intentando el ataque a vacas, ovejas, cabras, gallinas y cualquier otra cosa que asaltado por el hambre pudiese conseguir.

El declinar de la tarde comenzó a llevarse a la mayor parte de la asistencia, dejando junto a la lápida únicamente a la familia. La mañana del valle había amanecido con niebla, esa niebla que difumina la realidad y que ayuda a alimentar todas las magias, mitos y leyendas de estas tierras, y aunque había sido ahuyentada casi al mediodía por la caricia del sol de abril, esto no había despertado de su pesadilla a los González en este día que ya declinaba, anclados como estaban en los sucesos de veinticuatro horas antes. Sólo un instante, cuando vio, como si fuese un amigo consolador que hubiese aparecido inesperadamente, al Castaño que tantas horas de imaginación le había hecho gozar cuando era más niño, apartó Juan la mente de los macabros pensamientos que la dominaban y esbozó un conato de sonrisa, que sintiéndose culpable de su existencia, desapareció al unísono con él y con el resto de su familia del cementerio, mientras dirigía su caminar por el sendero que bajaba del camposanto hacia su casa, donde esa noche y tantas otras en el futuro, los recuerdos del muerto acecharían detrás de cada rincón.

El camino, que unía casi de forma directa la casa de los González y el camposanto y que tras superarlo serpenteaba por la ladera hacia lo más alto, donde, en los cálidos días de verano, se perfilaba la vigilante figura del águila real, pasó a ser seguido por la enlutada familia. En abril, en estas montañas el tiempo ya refresca cuando comienza a caer la noche. El caminar de los González era indiferente de la distancia, que dicho sea de paso, no era mucha, ya que sencillamente todo suceso de la vida cotidiana carecía de importancia para ellos, como si esa dimensión hubiese sido eliminada y el tiempo con ella.

En la mente de Juan González iban definiéndose como si surgiesen a paso lento de entre la niebla de estas tierras, pensamientos de desolación y muerte, asesinatos y sangre. La venganza iba perfilándose en su cabeza hasta que tras todo este aluvión de escenas fue sustituida por la imagen de García, el asesino, el hombre que había matado a su padre; el que pertenecía a esa familia que desde que él tenía uso de razón y desde mucho antes, habían estado tratando de eliminarlos, de echarlos de aquellas tierras en las que habían estado durante generaciones. Se cerró la puerta de la casa de los González y Juan y toda su familia acudieron al encuentro de los ávidos fantasmas familiares.

2

—Ven pronto. No me gusta que andes por ahí cuando ya ha anochecido.

—Sólo iré a dar una vuelta por las tierras, como es mi costumbre —contestó Antonio González a su esposa—. Ya sabes que me gusta dar un paseo justo al anochecer para descansar del trabajo del día. Le echo una última ojeada a todo para ver que no hay nada raro y me pierdo un rato en mi cabeza.

Porque aunque lo sospechaban, nadie de la familia sabía a ciencia cierta lo orgulloso que se sentía Antonio de sus tierras: —No hay otras en kilómetros a la redonda tan bien cuidadas y que den tantas patatas y maíz —había dicho en una noche de alcohol y confidencias a un vecino con el que lo unía una cierta confianza.

Antonio ya había andado un trecho y posteriormente giraría a la derecha por el puente que atravesaba el riachuelo de regadío. Apenas se vislumbraba ya la casa familiar, en la frontera de las tierras que trabajaba. La forma de éstas era la de una ele mayúscula, encontrándose la vivienda próxima al extremo derecho del trazo inferior. Ya había atravesado las tierras de maíz y legumbres, y ahora el terreno alumbraba patatas, que en estas fechas de finales de abril ya habían criado unas lustrosas hojas. Al llegar a la parte superior de la ele, donde se encontraban los prados, y antes de girar para reemprender el camino inverso, observó a sus ovejas que en estas fechas, lejos del invierno y de las nieves, podían pasar la noche bajo la luz de las estrellas.

Una vez satisfecho el ritual, y ya de vuelta a casa, pensaba en el esfuerzo para conseguir todo aquello. Porque parte de aquellas tierras eran suyas y quizá pronto lo fuesen todas —soñaba, mientras una leve sonrisa en su enjuto y normalmente serio rostro se perfiló un momento en su cara, para desaparecer tan rápido como había llegado—. Lo cierto es que ya hacía un tiempo que era propietario, que había conseguido la redención de algunos arrendamientos. Eso le subía su autoestima —dentro de la que un individuo como Antonio González, profundamente desconfiado, podía llegar a tener en si mismo. —Un hombre sin tierras no es nada —había confesado a ese mismo vecino otra noche, muy poco tiempo después de conseguirlas en propiedad. Y lo cierto es que ese era su verdadero pensamiento, independientemente de que hubiese esperado una ocasión ventajista para decírselo a alguien.

Era una noche de luna tan llena que casi parecía proyectar sombras. El tiempo era prácticamente veraniego, con un cielo estrellado y sin asomo de nubes y una temperatura magnífica para aquella época del año y la altura de estas tierras. Ya iba para un par de semanas que no llovía, lo cual comenzaba a ser excesivo en estas montañas siempre sedientas. El canto de los grillos llenaba la noche y por encima del constante sonido se elevaba el croar de alguna rana solista en los márgenes del riachuelo. Para completar la orquesta intervino un ulular de lechuza, que era ya vieja conocida y a la que Antonio, a pesar de su fantasmagórico aspecto, quería bien.

Antonio giró la cabeza y sus ojos quedaron apuntando a la dirección donde se vería el bosque si fuese de día. Tras tantos años no necesitaba verlo; podía sentir su grandeza a través del viento, que producía ese familiar sonido ahogado al agitar los árboles, sonido que se mezclaba de vez en cuando con el de alguna alimaña y en los inviernos más fríos con el inconfundible aullido del lobo. Adoraba la tierra, su tierra y aún más el bosque. Ese bosque de grandes cacerías, y que sentía como parte de sí mismo, sólo en él tenía sensación de completa libertad. Sentía que podría pasarse allí, en su regazo, la vida entera. Los no pocos beneficios de las cacerías que allí había logrado eran insignificantes, menos que nada. El placer de la cacería no está en matar, sino en acercarse lo suficiente para poder hacerlo y para ello hay que ser uno con el bosque y esto sólo se puede hacer si éste te reconoce como suyo.

Grande había sido su alegría cuando consiguió convencerse de que a su hijo Juan le gustaba tanto como a él. Desde muy pequeño lo había habituado a vagabundear por este territorio, cuando Juan tenía edad y costumbre suficiente para no perderse en sus laberínticos senderos, y poco a poco fue dejándolo solo y estas estancias solitarias aumentaron en duración, Antonio supo que su hijo ya no quería su compañía. Porque uno sólo puede disfrutar del bosque si está solo con todo él. Y Antonio decidió enseñarlo a cazar.

Juan se mostró alumno aplicado, con la aplicación que procede de la pasión. No sabía Antonio si a su segundo hijo le gustaría tanto todo este asunto. No había mostrado hasta ahora ningún interés, aunque en su descargo hay que decir que aún era muy pequeño. Siguiendo la tradición familiar el primer hijo varón había sido bautizado con el nombre de Juan y el segundo como Antonio, como su padre, cuyo hermano mayor había muerto años atrás de tuberculosis.

Y ya muy próximo a la casa, tocó el tronco del castaño. Ese árbol magnífico, centenario cuyo origen él desconocía y que recordaba familiarmente desde siempre.

—Cuando estés aquí ten siempre bien puestos los pies y si subes más alto sujétate a más de una rama —había dicho Juan a Antonio en aquella tarde de verano, mientras Antonio lo observaba como a un ídolo, como si por pestañear tuviese miedo de perder parte de la valiosísima información que aquel le daba—. Si no lo haces puedes caerte y morirte.

—Sí, sí, —Antonio, embelesado, hablaba con monosílabos, más pendiente de los movimientos de su hermano mayor y sobre todo del propio castaño que de sus propias palabras. Sentado en una horquilla, observaba atentamente las alargadas hojas verdosas, y que más tarde serían amarillentas y acercaba sus manos de tiernos dedos sólo fortalecidos por sus infantiles juegos a los bordes ligeramente aserrados de las hojas, como si necesitase su contacto para convencerse de que estaban allí.

Y muy cerca del castaño, y en parte invadidas desde las alturas por las ramas del mismo, que no conocían frontera definida por el hombre, las tierras de los García. El Antonio adulto pensó en ellos mientras anestesiaba los últimos recuerdos, siempre agradables, del Antonio niño. La raza de los García era la de gente peligrosa, raza de bandidos, criminales y sabe Dios cuántas cosas más. Hacía ya varias generaciones habían matado a un González. Los actuales, sospechaba Antonio, no serían mucho mejores si tenían ocasión. Por el momento se mantenían tranquilos, pero había que estar siempre ojo avizor con ellos. Con este pensamiento al que siguió el que debía de ser tarde y que mañana quería ayudar a un vecino, entrado en años, con la limpieza de malas hierbas, se escuchó el sonido de la puerta de los González al cerrar.

3

—Buenas tardes Manuel García —dijo Juan González desde puerta de entrada del alpendre de los García, mientras este trabajaba al fondo—, ya sabe a qué vengo. Recuerdo a mi padre aquella mañana de invierno cuando yo era pequeño. ¿Y usted? He esperado mucho tiempo para esto así que empecemos ya —proclamó con un aire de jactancia mientras su nervuda mano derecha mostraba un cuchillo.

A pesar de no haberle dirigido nunca la palabra y de sus cambios físicos en los últimos años, García se dio cuenta al instante, incluso antes de que comenzase a hablar, de quien era su rival. Acudió presuroso a la mesa del fondo y tomó un cuchillo, el primero que encontró; tampoco la situación le permitía pensar más. González no hizo movimiento alguno hasta que García tuvo su cuchillo en la mano; sabía que bloqueaba la única salida de la casucha de mala muerte que sería el escenario de la batalla. Pero no quería matarlo en una noche oscura, por detrás. Tan importante como su muerte era que García supiese quien lo mataba.

Si alguien hubiese mirando a los contrincantes, pensaría que no habría pelea y sí una masacre. García era un hombre de mediana edad pero el trabajo del campo y su genética lo seguían manteniendo tan fuerte como cuando era joven —o eso al menos pensaba él—. Era de estatura superior a la media pero sobre todo era de una complexión muy robusta. Esto era conocido en toda la región, donde lo llamaban para los trabajos más duros.

Y por un breve instante, el comienzo de la misma pareció confirmar la hipótesis. Pero sólo fue un momento. García arremetió con todo. Embistió como un toro. Su cuchillo atacó mortífero contra González, enjuto y seco que pesaría veinte kilos menos que él. Y el blanco que encontró fue el aire. García pronto llegaría a ver que González, mucho más joven, también era mucho más diestro. Sabía lo que era batirse con arma blanca. Y ya sabía lo que era matar un hombre con ella. García había tenido también varias peleas años atrás, pero las había siempre solventado a puño limpio.

González llevaba años esperando esto. Y no quería fallar. Y no lo haría. El movimiento de García fue brusco, repentino. Volvió a repetir su maniobra. Y los dos cuerpos se cruzaron en su baile mortal. Y hubo la primera sangre. García volvió a no encontrar cuerpo. González desgarró el hombro. La primera sangre de la tarde apareció y cayó sobre la tierra oscura, casi negra del suelo de la casucha. Y García, enfurecido por esta afrenta en aquel hombre aparentemente tan débil, fuera de sí, volvió a atacar y esta vez su cuchillo, que casi se rompe con la violencia del impacto, trató de horadar la pared.

Después de ver que no tenía nada que temer de él, después de humillar a su adversario, de mostrarle su impotencia, de enseñarle que no tenía nada que hacer, que estaba hundido, derrotado, que era un cadáver pero que todavía no se había enterado, González decidió comenzar la verdadera faena.

García volvió a atacar, esta vez con menos seguridad, como si supiese de antemano su fallo, inevitable, escrito por el Dios todopoderoso al que su mujer rezaba. Y González se movió como antes, como una bailarina, como un experto esgrimista o una mariposa que flotase ante los torpes ataques de su rival. Y luego picó como una avispa con su aguijón. Y la sangre volvió a manchar el suelo y un grito de dolor la tarde. Y García por fin se dio cuenta, como si le hubiesen quitado un velo de sus ojos: vio su muerte y al mirarla vio la redención; su salvación y la muerte de González. Como si fuese un caimán que pelease con un jaguar en la orilla de un río amazónico, decidió irse a su elemento, que no es otro que las aguas oscuras y cenagosas y continuar la lucha allí.

Un González seguro, mirando a su adversario ensangrentado y jadeante, apoyado en la puerta de la casucha, confiado de su victoria, atacó por última vez. Sonriente, sabía que no tendría necesidad de otro ataque. Y en la mitad de su carrera se encontró con un cuchillo que volaba hacia él. Giró su cuerpo y lo evitó. Pero no pudo hacerlo con el gigantesco tablero de madera que acto seguido impactó contra él. Porque ese maldito alpendre estaba lleno de trastos, que García, al lado de la puerta como él antes e impidiendo cualquier huida, escupía con su enorme fuerza como si fuese una ametralladora. Pudo evitar dos objetos más, pero no una gran caja llena de hierrajos que le golpearon la cara y lo aturdieron y no le dejaron ver el largo taco de madera que blandía García y que le inutilizó un brazo, su brazo derecho que le traicionó y soltó el arma que lo mantenía con vida.

4

—Ya está, listo —dijo mientras bajaba raudo por la larga escalera de madera como si temiese que el estado de ésta pudiese jugarle una mala pasada.

Cuando llegó al suelo, García se quedó un buen rato contemplando su obra. Había invertido casi una semana en la reparación del tejado de su casa y verdaderamente había sido un éxito, pensaba mientras lo observaba orgulloso. La magnitud de la limpieza podía ser observada desde lejos; ya no más nidos de gorriones, aviones o vencejos. Tampoco más dichosas goteras que además de llenar la casa de humedad, le producían un gran malestar, con su monótono repiqueteo; y la clásica solución de colocar cubos de agua aliviaban el primer problema, pero aumentaban el segundo.

Con gran facilidad, debido a su poderosa fisonomía, levantó la vieja escalera de madera y la colocó en su lugar, que venía a ser simplemente apoyada contra un viejo pozo, a merced de todas las inclemencias meteorológicas, lo que permitía intuir que quizá la escalera no fuese tan vieja como parecía y que su mal estado seguramente vendría provocado por la mala vida que llevaba.

—Una casa es lo más preciado que tiene un hombre y tiene que estar bien —había dicho a un vecino que lo había contratado como jornalero en la época de recogida del maíz, allá por septiembre. Y García refrendaba esta opinión con su ejemplo. Tanto el exterior como el interior de su casa labriega estaban siempre en magnifico estado de revista. De hecho el estado de su tejado lo había traído por la calle de la amargura todo el invierno pasado, pero tuvo que resignarse a esperar a que ya estuviese bien entrada la primavera para comenzar las obras.

Y el interior no le andaba a la zaga al exterior. Tenía la estructura clásica de casa de labradores, como si hubiese sido diseñada por aquellos autores que mucho tiempo después, en aquellos libros que constituirían el tormento de muchos escolares y quizá la alegría de otros, las describirían. La planta baja estaba dominada por la cocina, de dimensiones considerables y en cuyo centro había una larga mesa, que podía dar comida y tertulia a mucha más gente que a la propia familia. Al fondo, tras un escalón que la elevaba de la cocina, un fogón, que en invierno lucía un fuego eterno, y cuyos vapores se escapaban por la alta chimenea para reunirse con las brumas de la montaña. En una de las dos puertas de la cocina, beneficiándose del calor que despedía, se encontraban los establos de los animales y que no solían ser muy numerosos, una vaca y un cerdo y a lo sumo unas cuantas gallinas. Por la otra puerta, separadas por un breve pasillo que daba al exterior, unas escaleras de madera, llevaban a la familia a los dormitorios.

El enorme interés que Manuel García ponía en el cuidado de su casa, contrastaba con el desorden de todo lo ajeno a ella. Y en esta categoría entraban el resto de las tierras y alpendres circundantes. La escalera, vivía casi permanentemente al lado del pozo, y el frío, el viento y la lluvia y en los días más fríos del invierno el efecto producido por el aumento del volumen del agua que se colaba en sus grietas, que al convertirse en hielo las aumentaba; y la nieve y en verano el sol que la golpeaba sin piedad hacían que su estado fuese tal que sólo fuese utilizada por la valentía casi suicida de su dueño.

La escalera era un ejemplo paradigmático de todo el exterior. Cerca del pozo había también un carro que acompañaba a la escalera en su estado de putrefacción. El tejado del alpendre que había muy cerca de la casa se caía a trozos. Lo del tejado ya no eran goteras, por sus agujeros podría colarse un cuervo. Y dentro el desorden era total, aperos de labranza abandonados por doquier y mezclados con patatas, montones de hierba seca o cualquier otra cosa. Pero para Manuel García aquello no «era» la casa, y por tanto no sentía ninguna obligación de su cuidado; es más, si alguna vez había sido visto adecentando un poco todo aquello, había sido únicamente por las continuaciones peticiones de su esposa, que tenía miedo de que Manuel García hijo fuese sepultado por una estantería en mal estado cuando jugaba dentro del alpendre.

Y es que Manuel García no creía demasiado en la vida labriega, en el afán por cultivar cuanta más tierra mejor. Para él la casa lo era todo, las tierras nada. Las pocas que había alrededor de la casa eran tierras salvajes, sin trabajar y sólo de nuevo cuando los lamentos de su esposa lo azotaban a diario, buscaba Manuel por todos los sitios una hoz y, a regañadientes, limpiaba todo aquello de zarzas. Había vivido siempre del trabajo como jornalero con las tareas más duras del campo en las tierras de los vecinos, en épocas muy determinadas de recogida y plantación, que aún ahora, a pesar de no ser ya un niño, seguía desempeñando con su vigor habitual. Y sólo trabajaba en tareas agrícolas cuando su economía se lo exigía. Ni un día más. Podría estar trabajando desinteresada y duramente una semana para adecentar su casa; ni un minuto para un trabajo del campo que no llevase asociado un reembolso inmediato y para el que además, existiese la necesidad monetaria del mismo.

Al dejar la escalera, García se acercó al muro que separaba sus escasas tierras con las de los González. Y vio éstas tan logradas y perfectas y en las que Antonio González trabajaba cada día casi sin descanso. Y un sentimiento de compasión se apoderó de él. Trabajar todo el día esas malditas tierras —¿para qué? —y la casa cayéndosele a trozos.

Manolo García había trabajado como jornalero en las tierras de casi todos los vecinos. Nunca en las de los González. Sabido era por todos la raza de gente que eran y como aquella familia había estado haciéndole la vida imposible a la suya desde siempre. Hacía tiempo ya que nada grave había sucedido, pero en el pasado hubo fuertes enfrentamientos y su padre le había contado que tiempo atrás un González había matado a un García. Ahora todo parecía tranquilo, pero él no se fiaba de aquella estirpe de gente pequeña y menuda, pero agresiva, rápida y nerviosa y que tenía fama de echar mano de la navaja a la mínima excusa.

Lo único que le gustaba de ellos era el Castaño. Ese árbol magnífico y centenario que aunque establecido en las tierras de los González, cerca del muro de separación, desconocía las fronteras y lanzaba sus ramas también por tierras de los García. Adoraba el rumor de sus hojas balanceándose con el viento y el ruido de los erizos en otoño, cuando chocaban contra el suelo preñados de castañas. Y sobre todo adoraba el sabor de las castañas y los pantagruélicos festines de la fiesta de noviembre. Sólo por esto soportaba la visión de sus vecinos cuando coincidían en la recogida, y se miraban de reojo con miedo no confesado, amparados por el muro que separaba las tierras.

Sí, ese árbol es lo único bueno de ellos, iba pensando mientras el sonido de la puerta de su casa al cerrarse se fue difuminando por sus tierras y las de los González.

5

Juan González, primogénito de su mismo nombre muerto de avanzada edad hacía tiempo ya, no lo había visto llegar. Era otoño, avanzado octubre, esas fechas en las que la montaña se cubre del color parduzco dorado de las hojas de los árboles caducifolios, que cruelmente abandonadas por ellos y sembradas por el viento que precede la llegada del invierno, cubren con parduzco manto los montes de la región. Y Juan estaba recogiendo castañas y no lo había visto, atareado abriendo los erizos, ya de un verde oscuro por el número de días que llevaban en el suelo, y repetía maquinalmente la operación: abrir erizo con los pies, extraer su preciado contenido y echarlo al cubo y la faena ya le ocupaba toda la tarde.

Y entonces, como si un oráculo lo hubiese avisado, se percató de su presencia. José García, segundo hijo de Manuel García, muerto hacía ya tiempo por una piedra cuyo itinerario fue trazado por la mano de Juan González estaba a un par de metros de distancia. El ruido del viento y su enfrascamiento habían impedido que González lo escuchase. Y ahora ya era tarde, era tarde para evitar la carga de la fornida figura que se abalanzaba contra él y cuya expresión furiosa deformaba su cara. Y el perro de González, un gigantesco perro negro que quiso ser lobo, bien sujeta su cadena en el regazo de la ele mayúscula que forma su casa, ladra con violencia. A lo lejos, en la casa de un vecino rico y recién llegado de la ciudad, suena Chopin en el piano y sus tristes notas escapan huidizas por la ventana y se mezclan con el viento.

Y González, enjuto, seco y navajero como todos los de su estirpe echa mano al bolsillo. Consigue sacarla y García fuerte como un oso como todos los de la suya, se la hace volar de un golpe seco y luego hay otro que lanza la escuálida figura contra el castaño. Y dos figuras que ruedan por el suelo. Más golpes y una costilla quizá rota o al menos astillada y sangre que llora por la comisura de los labios y empapa las hojas ocres. Un hombre rápido y fibroso, pero ya viejo y acorralado entre el castaño y el muro, que trata de escapar de uno joven y fornido y no puede porque lo tiene atrapado en un abrazo mortal. Levanta los brazos como si clamase al cielo cuando realmente clama al infierno y a Mefistófeles por la costilla al menos astillada y por la sangre que sigue brotando. Y el Castaño, ese árbol magnífico y centenario que tanto placer y comida al González joven y también adulto había dado, le proporciona a su mano suplicante un erizo, verde y punzante que estrella en la frente de García.

En el caer de la tarde, el grito suave y melancólico de Chopin se mezcla con el aullido de dolor de García que afloja su abrazo y el manantial de su frente empapa de rojo su vista. Y González, sintiéndose fuerte golpea con saña la nariz. Y más sangre y más gritos que violan la música: la sangre y el aullido de la nariz de García; la sangre y el aullido de la costilla de González que se ha movido al descargar el golpe.

González se siente muy mal, su valentía se desvanece como su adrenalina. Siente terror. Descarga un golpe fuerte en la rodilla de su adversario. Busca ganar tiempo para huir. Ya no es joven y no quiere más batallas, ni demostrar su valor. Si la guerra reaparece será en sus términos y la ganará con cualquier medio a su alcance.

Y huye. Se dirige a su casa. Allí tiene su escopeta. Pero la huida es lenta, la huida de un herido de gravedad, de un Conde de Montecristo presa del delirio de su celda. Y mientras poco a poco se va alejando, la fuerza de García actúa. Se empieza a sobreponer al dolor de su frente, de su nariz y de su rodilla y comienza a perseguir a su adversario en una carrera kafkiana de caracoles y dantesca de sangre. Dos sordos que se gritan. En su agónica lentitud, García lo es menos, y va comiéndole terreno a su rival, acercándose poco a poco. Ya está sólo a unos cinco metros cuando González dobla la esquina de su casa y lo pierde unos instantes. En la cara de García se dibuja una mueca, mezcla de sonrisa de triunfo y rictus de dolor. Ya está cerca, sólo doblar la esquina.

Y su mueca es sustituida por otra de terror. La marcha fúnebre de Chopin toca su fin y García ve un enorme perro negro, que quiso ser lobo, y que libre de toda cadena y suelto a sus instintos, es la última imagen de sus ojos rojos de la sangre que empapa su frente.

6

La verdad es que era hermoso. Y a la luz del sol, cuando como preludio de la noche, éste se ahoga en el horizonte, todavía más. Era una maravilla de perfección: un producto de alta tecnología con su chapa metálica, los tapacubos y los círculos olímpicos de la marca Audi reflejando la luz de ese sol que ya declinaba. También era el último juguete de Antonio, su nuevo Audi, que lucía impecable delante de la vieja casa de los González.

Porque Antonio González gozaba de una buena posición a pesar de su juventud. Abogado, licenciado en la última época en la que ser abogado todavía significaba algo, había conseguido entrar a formar parte, siendo como era un recién titulado años atrás, de un bufete relevante. Al principio su trabajo no era agradable, siempre a disposición de todos, realizando labores insignificantes y lo que era más humillante para él, recibiendo un salario insignificante. Pero ya no, los años pasan y la paciencia y un par de buenos contactos y la suerte de bajas en el bufete en el momento adecuado le permitieron medrar dentro de él. Y ahora ya no sólo era importante, sino que con su nuevo coche además lo parecía, y para él eso era tanto o más relevante que lo primero.

A diferencia de sus antepasados, ya no llevaba navaja. Ahora tenía la ley como arma. No era el único cambio. Antonio vivía en la ciudad, donde se encontraba su bufete. La casa familiar le servía únicamente como casa de vacaciones o fin de semana cuando el tiempo lo permitía. La mitad —o quizá más— de las tierras de la familia las había vendido. —¿Para qué las quería? —pensaba—, trabajarlas es una atadura enorme y que además no da dinero. ¿O alguien se había hecho rico trabajando tierras? —del enorme cuidado que los González habían tradicionalmente dedicado a sus tierras ya no quedaba nada. La zona de alrededor de la casa era víctima del abandono, del desorden; no era un desorden activo, fruto de una incesante actividad, que al menos da impresión de vida, de alegría, sino un desorden de completo abandono. En esas tierras pasaban años sin que se tocase nada.

—Ahora que tengo dinero puedo contratar a un jardinero, echar césped y colocar una piscina o pista de tenis. Quizá las dos cosas —pensaba Antonio, mientras miraba por la ventana y su vista se dirigía a la caseta, huérfana, desde hacía años ya, de alguno de aquellos perros que quiso ser lobo. La civilización ya había llegado a aquellos lugares y rompiendo el perfil de la montaña se veían varias urbanizaciones de chalés adosados a medio construir, cuyos armazones colgaban de las laderas como murciélagos en la noche de una caverna, mientras albañiles, paleadoras, camiones y demás miembros de la industria de la construcción trabajaban para cubrir aquellos esqueletos en una carrera al unísono hacia el progreso y contra el tiempo.

Y lo que sucedió y cómo todavía no está claro. No es que sea un completo misterio sino que tiene partes que se difuminan en la niebla. Algunos vecinos dijeron haber oído, al pasar al lado de la casa, a Antonio González en frenético abrir y cerrar de cajas viejas en el desván. Se rumorea que encontró en esas cajas el motivo de la primera disputa entre un García y un González y que originaría la primera muerte. Dicen. Completamente cierta es la visita de Antonio González a la casa de Manuel García con una carpeta bajo el brazo, que quizá llevase el documento delator, además de una propuesta de acuerdo.

La negociación debió ser rápida porque a los pocos días ya se observaron los efectos. No podía ser de otra forma, entre dos individuos civilizados y que querían dejar atrás la barbarie del pasado. Algunos dicen que García ni miró el manuscrito delator, deseoso como estaba de llegar a un acuerdo que enterrase ese pasado de odio y de muerte y sangre. Eso quizá nunca lo sepamos. Sea como fuere García firmó el documento.

Y unos días después, lo primero que se notó fue su ausencia. El jardinero contratado por Juan González había pasado el día anterior cavando un agujero enorme, con aspecto de fosa gigantesca, con una pala muy vieja, grande y pesada y casi completamente cubierta de óxido, que había en la finca de los González. Pero las raíces eran demasiado profundas y estaban demasiado ancladas a la tierra. Las largas raíces del Castaño, que lo habían protegido de la pala de manos humanas y desde muchos años atrás del frío y del viento y del sol de la montaña, no sirvieron contra una de esas máquinas amarillas, hijas del progreso, que dejando de lado momentáneamente su labor en la construcción de homogéneos ataúdes habitables, se afanó en el asesinato del árbol magnífico y centenario.


Las historias de las vidas humanas, y más si son de una o varias familias, son como un conjunto de fotografías tomadas en diversos instantes. Hay saltos entre ellas. Esta historia es un conjunto de fotografías que pretenden carecer de orden. Perdóneme el lector por no haberlo conseguido totalmente: el último capítulo es realmente el último; los otros deberían poder ser leídos en cualquier orden.

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De este autor puedes leer, también, el relato La fábrica

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