El castillo de la
piedra bermeja (5)


por PABLO SANZ


(...) La primera jornada que pasó Alberto solo, sin la compañera que últimamente había llenado cada instante de los días y de las noches, le pareció interminable. Las ocupaciones que le retenían allí, lejos de Elena, no lograban entretenerle lo suficiente como para no echarla en falta de continuo. A cada paso se acordaba de ella, cada vez que respiraba; suspiraba por ella. Se sucedían los días y las noches con una lentitud exasperante, y el deseo acuciante de volver a verla, acrecentado por la ausencia y la distancia, terminó por convertirse en pura ansiedad.

La tercera noche, cuando ya tenía más que comprobado que le costaba mucho conciliar el sueño sin Elena, decidió hacer algo para ella; algo que le conmoviese y le diese una idea cabal del afecto que le guardaba. Propuso a sus dos compañeros de aventuras repetir la excursión al cementerio.

—Pero si ya estuvimos la otra noche para nada...

—Bueno, pero acabo de saber que ha vuelto a salir el fantasma en una foto que hicieron las chicas.

Tampoco tuvo que esforzarse mucho en convencerlos. En el pueblo, entre semana, no hay mucha oferta de entretenimiento y se aburrían soberanamente. Apenas cayeron las sombras de la noche sobre el valle, los tres bajaron al castillo. Demasiado pronto; todavía salían mujeres rezagadas de la última misa vespertina en Santa María, que en esa época y a causa del cambio horario se empalmaba con la noche. Aún estaba abierto el cementerio, así que se colaron dentro y aguardaron allí, discretamente apartados para no ser vistos, a que el sacristán o el sepulturero encargados de echar la llave se marcharan.

En cuanto oyeron el sonido quejumbroso del portón cerrándose para la noche, se dirigieron al patio de honor. Hicieron un largo y concienzudo reconocimiento visual. Allí no había más fantasmas que los nacidos de sus fantasías exaltadas por el momento y el lugar. A través de la enorme brecha abierta en el muro por los obreros entraba una leve claridad de luna creciente que allí les resultaba extraña, pues estaban habituados a verlo sumido en la más completa oscuridad. El pálido halo que se extendía como una sábana mortuoria sobre las sepulturas y cascotes cercanos al trozo de muro demolido, se prestaba mejor que la pura negrura a las fantasmagorías de la imaginación, pues requería esfuerzos constantes de la vista y de la mente para descifrar lo que el amago de luz dejaba solo a medias esbozado e intuido.

Alberto dirigió la expedición hacia un rincón oscuro y sacó una palanqueta que traía en la mochila.

—¿Qué pretendes?

—Ayudadme, venga. Quiero sacar una de estas lápidas antes de que las destrocen los albañiles.

—¿Estás loco?

—A eso hemos venido, dejaos de tonterías y de fantasmas. Además, hay una para cada uno.

—Yo no quiero para nada una cosa tan tétrica y tan triste.

—Ni yo. Me da reparo.

—Vale, pero ayudadme con mi ración. Venga, ¿no veis que es una pena el destrozo que están haciendo aquí?

—Bueno, vale. Operación rescate... Mientras no te de por querer salvar todo el cementerio...

Debilitado por los años, quebradizo y carcomido, el marco de madera que recuadraba la losa contra el muro cedió con facilidad. Pero la piedra no salió con él, estaba algo agarrada con yeso a la pared y despegarla era tarea un poco más ardua. Con cuidado para no romper ni arañar el mármol, escarbaron bajo los cantos con la palanqueta. Les parecía que todo el pueblo estaba al tanto de cada una de sus maniobras. Cada roce de la herramienta contra la piedra o el yeso, cada uno de los golpes, secos y sordos en realidad, se amplificaban exageradamente en sus oídos tensos tras pasar por la caja de resonancia de la inquietante emoción del momento.

—Ya es mía, por fin.

Alberto levantó la piedra en los brazos en ademán triunfal, saboreando por adelantado la cara de sorpresa —y seguro que de alegría— de quien iba a ser su verdadera dueña.

Se disponían a salir con el botín cuando un movimiento extraño sobre el sudario tendido por el halo de la luna les dejó instantánea y totalmente paralizados.

—¿Qué ha sido eso?

Algo voluminoso batía pesadamente el aire en la brecha del muro mientras se alejaba del patio con la misma velocidad que su sombra, apenas esbozada por la claridad del cuarto de luna, se diluía de nuevo entre las tinieblas.

Los tres habían enmudecido tan profundamente que ninguno parecía querer ser el primero en reaccionar y buscar algún alivio al tremendo susto. Al cabo de un rato, Alberto, sin ninguna convicción pero íntimamente obligado a descongelar el ambiente y terminar con bien la expedición de la que se sentía responsable, aseguró haber visto como un pájaro, tal vez una lechuza o una corneja...

—Sí, o un avestruz, por el tamaño.

Respondía el otro con un hilo de voz queda y temblona, jurándose para sus adentros no volver jamás en la vida a alterar el orden fúnebre del camposanto. Por mucho que le aburriesen las noches de fútbol en la televisión y las discusiones deportivas de los bares, de ahora en adelante iba a hacerse asiduo de ellas y de la repugnante telebasura. Ya había colmado por una buena temporada su ansia de novedades y aventuras.

Alberto, que en plena faena de extracción de la losa había pensado aprovechar el viaje y llevarse también las otras dos, no se atrevió a insistir y se marcharon todo lo rápidamente que pudieron.

Aún cabizbajos por la impresión, llegaron al bar donde solían reunirse tras la cena. Esta vez no alardeaban ante los amigos de sus hazañas nocturnas, en parte por mantener discretamente entre ellos el hurto de la lápida, no fuera a correrse la voz por ahí y alguien se molestara, en parte por el susto sufrido, al que aplicaron el antídoto de unas copas bien cargadas.

Elena apareció al día siguiente, sin avisar, para pasar el fin de semana e indagar algo más sobre el asunto del cementerio y la misteriosa figura de la foto. Le mostró a Alberto una ampliación que le dejó vivamente impresionado, y más tras los recientes sucesos. Le contó la aventura de la noche anterior sin mencionar nada de la lápida; quería sorprenderla con un regalo inesperado.

—No he venido solo por el espectro. La verdad es que no podía estar más sin ti, te echaba tanto en falta que llegaba a sentir dolor físico con tu ausencia.

Una oleada de calor invadió a Alberto de arriba a abajo al oír esta confesión y terminó de expulsarle del cuerpo el frío que aún había quedado agazapado tras la visión nocturna, y que a veces afloraba en pequeñas sacudidas nerviosas que no terminaban de templarle ni desentumecerle el alma aterida por aquellos breves momentos de intenso espanto. Decididamente, Elena merecía eso y mucho más. Y sin decirle nada, para no aguarle la sorpresa, retomó otra vez su idea original de regalarle no una, sino las tres lápidas; las tres losas hermanas para que no se sintieran huérfanas.

Elena barrió el pueblo buscando descendientes de la familia de los tres niños muertos por ver si habían guardado alguna historia de aquella lejana tragedia. Todo en balde, los apellidos de las lápidas no aparecían por ningún lado. Recurrió al censo municipal. Al alguacil tampoco le sonaban.

—No creo que se me escape ninguna familia del pueblo, que aquí nos tratamos todos. Ya le adelanto a usted que aquí no vive nadie con esos apellidos. Ahora, como a muchos los conocemos por el mote, podía ser...

Sacó en el ordenador los ficheros del padrón. Listó el censo por el primer apellido, luego por el segundo, pero en la relación de cerca de cuatro mil nombres no aparecían los que ella buscaba.

—Ya le decía yo. Aquí en la guerra y después de ella se marcharon muchas familias. A saber dónde habrá ido a parar ésta, si es que duraba.

Salió desencantada y algo mohína del Ayuntamiento. Ya no sabía qué mas intentar.

—Bueno, al final me quedaré sin saber qué pasó hace ciento quince años.

—Está visto que el misterio del cementerio no quiere ser revelado, así que confórmate. Quizás si lo supieras todo con detalle perdería el encanto y la emoción.

—Pero yo no busco encantos y emociones; yo quiero saber qué pasó para explicar lo que sucede ahora. Lo otro también tiene su intriga, pero no es serio.

—Pues tómalo como una aventura, no como una parte de tu tesis.


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ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía realizada por el autor ©


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