La caverna


Javier Fullea


Iván Santxotena, de sienes sudorosas coronado, profirió un bufido de locomotora mientras sorteaba el flujo de bullicioso vaho envuelto en gorros, abrigos y bufandas que se interponía en su nervioso avance por la Gran Vía. Cascabeleaba. Sus piernas se agitaban acompasadamente, encarceladas por una gabardina de fieltro verde moco un tanto ajada. Entre los destellos rojizos y amarillentos arrojados por farolas y escaparates logró percibir perfilados dígitos:

20:47: -4 ºC

Apoyada sobre la pared, la cara enrojecida, una diminuta mujer china le ofreció vitualla.

—¡Bocadillo! Jamón, chorizo, salami. ¡Espagueti! Dos euros, por favor.

Reverencialmente contestó:

—No, gracias. Hay que tener valor: con este frío…

Aún antes de llegar a la Plaza de Callao un semáforo postrero detuvo su avance.

—¡Maldita Babel de automóviles!

Se retiró las perlas de sudor de la frente.

Una mano gigantesca de lomo velludo golpeó suavemente dos veces en su espalda.

—¡Eh! Ah, eres tú, Ugarte. Menudo susto chico. ¿Cómo es que te has decidido a venir? Bueno, lo pasaremos bien, ya verás. Llegamos algo tarde, de todas formas.

Ugarte asintió, casi imperceptible, con los ojos de lobo de mar y la poderosa barbilla.

Mientras atravesaban el centro de la plaza, Iván Santxotena divisó próximos a un quiosco a Cándido, Fernando Cuevas y Raúl Consuegra.

—Ahí están —dijo.

Raúl Consuegra y Fernando Cuevas, el uno frente al otro, las mandíbulas oscilantes, formaban un curioso perfil de escalón.

—Esos dos hablando de fútbol, seguro —dijo Iván Santxotena ladeando la cabeza.

Cándido, alejado de ambos, estudiaba con atención los flujos humanos que entraban y salían continuamente de la boca de Metro.

—… muchas estrellas pero no cazamos ni un resfriao, macho.

—Ya te he dicho mil veces que no es una cuestión de pasta, sino de tenerlos… ¡Sanchito, por fin! se interrumpió Raúl Consuegra. Parece que estás dispuesto a batir la marca de tocar los cojones llegando tarde del Papagayos. Pos no, te vas quedar con las ganas, el tío no ha aterrizao todavía.

—Yo también me alegro de verte, Raulito. Así que el Sr. Alberto Papazachos no se ha presentado todavía. Hum, era de esperar. Llegará tarde a su entierro este menda.

—Fernando, un placer volver a verte, compañero, dijo Iván Santxotena mientras estrechaba afectuosamente la párvula mano de alambicados dedos de Fernando Cuevas.

—Lo mismo digo, chaval. Dichosos los ojos.

Los ojos de Iván Santxotena esquivaron los de Fernando Cuevas, dirigiéndose con destreza hacia una figura estilizada y de estrechos hombros.

—Estimado señor doctor Cándido, ¿me permitiría vuecencia postrarme genuflexo ante sus insignes aunque ligeramente patizambas piernas para mostrarle mis más humildes respetos y jurarle vasallaje eterno?

—Menos sarcasmo Iván, veintiún minutos de espera son una cifra considerable —dijo Cándido inexpresivamente. En un instante sus facciones mudaron esbozando un gesto cordial. Bueno, bueno, cuanto tiempo camarada, me alegro mucho de que nos volvamos a ver.

Ambos se abrazaron amorosamente bajo la atenta mirada de Ugarte.

—Por cierto —dijo Iván Santxotena retorciéndose por su derecha—, este titánico caballero de nacionalidad catalana pero alma vasca es Ugarte. Poco hablador pero buena gente.

—Encantado, dijo Ugarte, las manos en los bolsillos, torciendo crispadamente la sillería románica de su mandíbula.

—A buen entendedor pocas palabras, se dice en mi pueblo —dijo Fernando Cuevas—. Un placer.

—En tu pueblo y en todos, idiota —dijo Raúl Consuegra ensayando una media sonrisa—. Todos lo vascos son callados, callados pero buena gente. Hasta que dejan de serlo.

Cándido, reprobatorio, dirigió su mano salomónica hacia Ugarte.

—Bueno, sí, como en todas partes, ¿no te parece, Raúl? Encantado de conocerte, Ugarte.

El gigante le devolvió el saludo.

La comitiva guardó silencio. A derecha e izquierda grupos heteróclitos de gente caminaban, conversaban, reían, discutían. Una pareja vestida con largos abrigos negros, pintados labios y ojos, orejas y nariz cubiertas de aros pasó rozando el fieltro ajado de la verde moco gabardina de Iván Santxotena.

—Negros espectros de la noche… —comentó guiñando el ojo Iván Santxotena, una vez que las negras espaldas se fundieron entre la muchedumbre que poblaba la plaza.

—¿Vamos al Sherry o qué? —espetó Raúl Consuegra frotándose las manos frías.

—Vamos —contestó Fernando Cuevas—. Papazachos ya sabrá donde encontrarnos.

Abandonaron la plaza en alargada formación. Al llegar a un tramo peatonal se extendieron en abanico. Doblaron la primera a la derecha. La puerta verde del Sherry batía profusamente dejando pasar riadas de gente. La mugre translúcida del ventanal enrejado no permitía discernir el interior del tugurio.

—¡Atestado como siempre! —bramó Raúl Consuegra.

Let’s go!

Los dedos huesudos de Fernando Cuevas hicieron batir la batiente puerta. Uno a otro sucesivamente se cedieron la carga del resorte. La cancela maciza se cerró tras el bulto agigantado de la espalda de Ugarte. La voz atiplada de Robert Plant acompañada de guitarra reverberaba estridente en las paredes.

Se dirigieron hacia la barra fluyendo entre un mar de cabezas parlantes.

—¿Qué va a ser caballeros? —dijo el rostro aniñado de Raúl Consuegra describiendo una semicircunferencia.

—Vino estaría bien… —principió Fernando Cuevas.

—¿Para todos pedimos o lo suyo cada uno? —se atrevió a preguntar Ugarte.

—Establezcamos una hermandad dionisíaca, al menos al principio —dijo solemne Iván Satxotena—. Tiempo habrá para el alcoholismo apolíneo.

—Me parece bien— dijo Cándido—. Sugiero vino y cerveza para comenzar. Después, ya se verá.

—¿Cuántos minis de cada? —inquirió Raúl Consuegra.

—¡A discreción! —aulló Iván Satxotena, doblando con cuidado su gabardina verde moco sobre el brazo izquierdo.

Raúl Consuegra se giró con decisión hacía la pegajosa barra de madera veteada. Se arrancó la chupa de cuero del cuerpo y se la ató por las mangas a la cintura. Los ojos verdes pícaros humedecidos le refulgían. Inclinó el tronco apoyando el codo derecho. El largo antebrazo lampiño estaba rematado por una mano alargada de largos dedos rollizos. Ejecutó un movimiento brusco con la mano derecha y esperó.

—¡Oye!

A la derecha, rebosando sobre un delgado taburete metálico, un orondo cuarentón mal afeitado se revolvió inquieto.

—No corras chaval, que llevo ya un buen rato esperando para pedir. No tengas tanta prisa…

—Claro, claro —le respondió Raúl Consuegra con media sonrisa—. Tiempo nos sobra por aquí, jefe.

Los rollizos dedos de la alargada mano izquierda embolsillada de Raúl Consuegra se contrajeron violentamente sobre su palma.

Doblando la cerviz, Fernando Cuevas encasquetaba su gruesa chaqueta de pana marrón en una oquedad bajo la barra veteada de pegajosa madera. Mientras se incorporaba, su aguzado codo solicitó complicidad a los riñones de Iván Santxotena:

—Ese zagal siempre haciendo amigos, no te digo…

Arqueadas pobladas amistosas cejas le respondieron.

—No tiene alma templada: carne prisionera de los humores biliares.

Marmóreo Ugarte, sobre su jersey a rombos de cuello alto encaramado, divisó el suave de los Cándidos labios deslizar.

—¿Habéis escuchado la historia del tipo ese que se había caído por un pozo? —preguntó Cándido parapetado tras su perilla rectangular negro azabache, corta, bien cuidada.

Ninguno la había escuchado.

—Es algo ciertamente curioso —sentenció—. Ha ocurrido en un pueblo, claro está. Por el centro, en alguna de las dos Castillas, no recuerdo bien.

Elegantemente, suavemente, elevó los hombros hacia el techo poblado de telarañas, angostándose, estilizándose. El vello de azabache que le cubría la barbilla comenzó a agitarse de nuevo.

—Un buen día el tipo iba paseando por los alrededores de su pueblo. Tal vez por un paraje poco frecuentado. Sí, así debió haber sido. Pues bien, el tipo, por el ciego azar del destino, va y se topa con una antigua mina, pozo o algo. El tipo no lo sabe, claro, y asoma la nariz a ver que se cuece entre las zarzas y las escobas.

—¡Menuda imprudencia! —gruñó ronco Fernando Cuevas, escandalizando con sus pequeñas manos roturadas—. Es lo primero que enseñan en las escuelas: a no husmear lo que no se conoce.

Enmarañados rizos canosos se le agitaban monocordes en la testa, triste cometa vacía.

—La curiosidad es la partera de tantas fatalidades en este mundo… ¡Ah! —enarcó las cejas con suficiencia y afectación Iván Santxotena. Una expresión bobalicona se le instaló en la faz lechosa al ladear de derecha a izquierda los labios apretados. Con delicadeza litúrgica trasladó su gabardina verde moco, de brazo izquierdo a brazo derecho. Como arrepentido de su intervención preguntó: —¿Cómo es posible que el labriego, siendo del pueblo, no conociera la existencia de ese pozo o mina?

Sobre la madera pegajosa de la veteada barra, las uñas alargadas, ligeramente curvadas como tejas, de la fofa e imberbe mano de Raúl Consuegra golpeteaban impacientes. Unos leves, pegajosos crujidos anunciaron un mandil cochambroso, gafas de pasta hortera y moño rubio tintado, todo insertado grotescamente sobre una gelatina informe de arrugas tostadas por el sol. La dueña del garito dirigió una mirada torva a Raúl Consuegra.

—¿Qué quieres?

Atrincherado en su jersey a rombos de cuello alto Ugarte sudaba profusamente. Hilos transparentes le corrían por los flancos de la cara inmensa, curvándose al pasar por el mentón. A duras penas podía contener la riada desviando los torrentes con los lomos velludos de sus gigantescas manos. Primero la derecha y luego la izquierda, una y otra vez, sin cesar.

—Lo bueno de la historia es que el tipo supo sacar partido de su desgracia. Quiero decir, el tipo se asoma demasiado y lo siguiente que sabe es que le duele la pierna y que todo a su alrededor está oscuro como la boca del mismísimo lobo.

Interrumpió Fernando Cuevas: —No le arriendo la ganancia a ese diablo. En invierno, en un pueblo pequeño, alejado de las casas… ¡No le arriendo la ganancia, no señor!

Bajo la franja de cuidado azabache unos dientes felinos de tonos amarillentos se asomaron a la luz.

—Bueno, a eso voy —dijo Cándido sonriendo ampliamente—. Al principio el tipo siente pánico, claro, y se pone a gritar inútilmente. Cuando se aburre de gritar, su pequeño cerebro rural se pone a pensar maneras de escapar: todo inútil, demasiado profundo, demasiado oscuro, demasiado dolor como para levantarse.

—Pero bueno, digo yo que aquel pobre villano habría avisado a alguno de que se iba de paseo y todo lo demás —terció Iván Santxotena—. Ahí radica el discreto encanto de los pueblos, en que todo el mundo sabe exactamente lo que haces en cada momento, ¿no es así?

Raúl Consuegra arrojó despreciativamente unas monedas sobre la veteada barra de pegajosa madera indicándole a la dueña que se cobrara con un leve movimiento de cabeza. Sin esperar el cambio agarró los recipientes de plástico blando, dos conteniendo vino y uno cerveza, ambos coronados por resplandecientes bloques de hielo, y se dio la vuelta.

—Bueno, y eso qué puñetera importancia puede tener en este punto de la historia —una cortina de lacio pelo castaño le ocultaba el verde pícaro y refulgente ojo derecho.

El auditorio sediento acogió con entusiasmo la bebida que ofrecía impaciente Raúl Consuegra.

Las grandes manos de Ugarte estaban tan empapadas de sudor facial que su utilidad como sacos terreros había quedado seriamente comprometida. Con dificultad extrajo un pañuelo arrugado del bolsillo izquierdo de su pantalón. Miró hacia los lados con rictus de preocupación y se restregó el pañuelo por la frente y las sienes.

—Raúl tiene razón, Sancho. Pero concentrémonos en el asunto —pulcramente Cándido apuntó su dedo índice a la sien.

Iván Santxotena calmó el fuego que le abrasaba por dentro, desde la funda de los testículos por la boca del estómago hasta a la garganta asomándose a sus mejillas: dio un largo trago de vino, sus labios posados sobre el plástico, natural lenitivo, a través de los dientes, lengua abajo, dos veces en este río no, sedando, sedante, gélidos resplandecientes bloques de intemporal, tranquilo ahora, resopló suspirante.

—Cuando le alcanza la desesperación, aparece la lucidez: le pasa la vida por delante.

Por delante de Fernando Cuevas pasó un sudamericano, el cuerpo cubierto de mecheros, collares y otras inutilidades de plástico, rutilantes, parpadeantes. Se ofreció.

No estaban interesados.

Los irritados mofletes de Raúl Consuegra espantaron al bronceado hombre escaparate. Del bolsillo trasero del pantalón vaquero sacó una cajetilla de tabaco, y de ella un cigarrillo, índice y corazón a modo de pinzas. Se lo arrojó malabarmente a la boca.

Abierta sorprendida complaciente boca Fernando Acuevada le ofreció lumbre. Algún día le tendría que enseñar, claro, claro, algún día.

—Y transido del negro presentimiento del filo de la guadaña, mareado ya por el obsceno vaivén de la carontiana barca, resuelve iniciar un viaje chamánico al interior de la sustancia autopensada; hacer suyo, tardíamente, el tan querido precepto socrático: ¡Conócete a ti mismo! N’ est-ce pas, monsieur Cándido? —desde su tribuna peroraba, buche barbotando, retomando, Iván Santxotena.

Raúl Consuegra expelió el humo con violencia en dos tiempos, nariz y boca, en dirección a la máscara empantanada de Ugarte. Se rascaba los huevos jactanciosamente, haciéndolos transitar por entre sus largos dedos rollizos. Azotó el cigarrillo humeante implacablemente, despiadadamente. Siguió el curso ascendente del humo, desde el fino tallo que brotaba de las brasas hasta la explosión de volutas arborescentes que se desintegraban marchitas, la pared más distante del local como telón de fondo. Retuvo allí la mirada, distraído. Vagaba. Por entre los furiosos bustos parlantes ascendió hasta encontrar un televisor.

Nadie lo miraba.

Los ojos verdes de Raúl Consuegra sonrieron mientras hacían el recorrido, parsimonioso, de vuelta hacia el brillante pórtico de negro azabache.

Cándido se acarició la perilla. Se impuso al rumor general adelantando el torso.

—Pasan las horas y el tipo piensa y piensa. Piensa tanto que se da cuenta de que no ha pensado realmente en toda su vida, «pensar debe ser esto», se dice nuestro hombre en íntima confesión. Privado de estímulos sensoriales y de esperanza comienza a pensar y las piezas del puzzle empiezan a encajar, lenta pero inexorablemente, como fichas de dominó empujándose las unas a las otras.

Empujado en el brazo derecho por una mujer que pasaba, Ugarte brincó como un cervatillo asustado, el corpachón reconcentrado trémulo. Gimoteó una disculpa balbuciente. Notó el sudor calafateándole el cuerpo, inundándole la ropa, rebosándole los párpados. Bebió con desesperación, figurándose odre picado, el vino que engullía siendo transferido instantáneamente, desde la garganta a todos los poros de su cuerpo. Como insignificantes arroyos perdidos en la inmensidad montaraz de la cara, los ojos le lagrimeaban.

Fernando Cuevas se recostó pensativo sobre la barra del bar. Con el alambicado dedo índice su diminuta mano derecha se rascaba el cráneo cubierto de abundante maleza. Sin haber logrado despejar sus dudas titubeó:

—Bueno, espérate, ¿a qué te refieres exactamente con eso del puzzle y el dominó?

—Está claro: el panadero se tiraba a su mujer —dijo Raúl Consuegra palmeteando con satisfacción los pequeños hombros de Fernando Cuevas—. Le engañaba, la muy pendona, esas cosas pasan cada día, je, sobre todo en los pueblos —agarró la cerveza de las manos de Fernando Cuevas y de un largo trago se la terminó. Mientras se secaba los labios con el antebrazo lampiño agregó: —¿Tú eres de pueblo, Ugarte?

Iván Santxotena escrutaba el suelo poblado de huesos de aceituna, servilletas arrugadas y colillas; se mesaba con delectación los ensortijados pelos de las cejas. ¿Cómo deben de ser los suelos de los bares de pueblo? Iguales que los de. La misma porquería en todas partes. Sin embargo allí, sentados, la gente de pie solo en la barra. Vino para todos. Aquel verano en el pueblo de Cuevas. El alcohol nos iguala pobres-ricos-listos-tontos. ¿Cómo se divierten? Juegos, mus, dominó. Los hombres cuando no tienen nada mejor, ¿era así?, se intercambian naipes. ¿Quién?

—En mi opinión, el tipo se libera de los apetitos de la voluntad, al menos de los de la voluntad más primaria —dijo Cándido—. Simplemente deja de desear o de esperar nada, ¿comprendes? Como un asceta o un budista voluntarioso.

Raúl Consuegra sostenía con los labios una colilla agonizante. El humo ascendía con suavidad, lamiéndole la frente, cubriéndole el lacio pelo castaño, elevándose fantasmagórico hacía el techo poblado de telarañas. La ceniza se derramó sobre sus botas de piel negra.

—¡Bah!, esa canalla oriental… si no se bebe ni fuma, si no se folla ni se odia, ¿qué puñetero sentido tiene toda esta farsa? Esos no quieren vivir, a mí no me engañan. Puñeteros suicidas, cadáveres andantes. Mejor sería que estuvieran muertos.

—El nihilismo, cual bárbaras hordas, hostigando nuestra querida y occidental Roma —apostilló Iván Santxotena alzando la mirada. Después, la bufonesca máscara hacia Ugarte sermoneó: —¿No tienes calor, con todo ese pertrecho puesto? Quizás si te quitaras el jersey… En este antro del diablo suben tanto la calefacción en invierno que se le cuecen a uno las ideas —le alargó uno de los recipientes con vino.

By the way, ¿qué opinión te merece toda esta historia de cuevas y revelaciones?

El titán se estremeció, cada rincón crepitando, el colosal corazón martilleando las sienes, la frente; el pecho amurallado se le quebraba. Abrazó el vino y comulgó, bendito. Con dulzura pió: —En una ocasión un marinero de tierras lejanas me contó una hermosa historia. Era más o menos así. Infló el velamen y su figura, recio mascarón de proa, zarpó en dirección a un semicircular auditorio de escollos amenazantes, expectantes:

—En un pueblecito costero vivía un joven pescador cuya ambición sólo era igualada por su audacia o, según el parecer de algunos, su temeridad. En todo se mostraba superior a sus camaradas: lanzaba y recogía la red como ninguno, intuía mejor que nadie el día y lugar más propicios para capturar los peces más grandes y sabrosos. Cuando había tempestad, no podía encontrarse timonel más fiable y seguro. Siempre era amable con aquellos que se le dirigían con educación, y bebía y bailaba como el que más cuando tocaba. Pero, a pesar de todo ello, el joven pescador no era feliz. Sentía un vacío espantoso anidado en su corazón. Así, una noche fue a pasear a la playa y, sintiéndose triste y cansado, se sentó sobre la arena a llorar, cubriéndose la cara con las manos. Tras un rato, el sonido del mar embravecido le sobresaltó: le pareció como si un bajel enorme estuviera justo delante de él, en la misma orilla del mar. Al descubrirse la cara, sus ojos no podían creer lo que veían: el Padre Neptuno, compadecido de su llanto, había acudido ante él. «Joven hijo, ¿qué pena te aflige el alma? Por mis fieles heraldos sé que tu destreza en mi Reino no tiene parangón», le dijo gravemente. El joven pescador le respondió con toda la serenidad que pudo: «Padre, es así, no te han mentido tus heraldos. Sin embargo, y a pesar de todo, no encuentro cosa alguna sobre el mar o tierra firme que me parezca verdadera. Por más empeño que pongo, no logro amar las cosas ni a las gentes. Allí donde miro sólo veo juegos de niños, voluntades ciegas movidas al azar, como la hierba en las tormentas; allí donde escucho sólo oigo ruido, risas, llantos y embustes. ¿Puede haber piedras en este mundo, Padre, con las que edificar un faro que guíe el alma?». Neptuno reposó largo rato sobre su tridente, acariciándose las verdes y luengas barbas. Finalmente dijo: «Joven pescador, si es así que es tu más profundo deseo contemplar la música divina, pues las industrias y haberes de este mundo no bastan para aplacar tu corazón, harás lo que te diga. Mañana, al anochecer, desamarra tu barca y rema con decisión hacía el acantilado que linda con la playa, donde tantos barcos encuentran su última morada. A nadie revelarás, bajo ninguna circunstancia, el propósito y rumbo de tu travesía. En la oscuridad mis heraldos serán tus ojos. Una vez alcances la pared del acantilado hallarás una gruta que por ventura no conocen las canciones de los hombres. Introdúcete en ella sin tardanza, tales son mis órdenes. Descansa entonces, duérmete. Mas cuando despiertes mira bien con los oídos, escucha atentamente con la mirada, pues lo que entonces se te revelará no lo conoce criatura mortal sobre la Tierra». El joven pescador se deshacía en agradecimientos y bendiciones; ya se disponía a arrojarse a besar los pies del Rey de todos los Mares cuando este le advirtió con severidad y tristeza: «Ahora bien, querido hijo mío, has de saber que nunca el pez es pescado sin sudor. Conoce que, desde ese fatídico momento, las noches y los días te pertenecerán en exclusiva, sin que puedas compartirlos con hombre alguno, así estación tras estación, durante todas las edades del mundo». El joven pescador guardó entonces silencio y observó como Neptuno se retiraba majestuoso por entre las aguas. Al día siguiente no pudo llevar tarea alguna a fin, pues a cada momento le asaltaba la inquietud. Hacía el final de la tarde, mientras se oscurecía el cielo, ya no podía pensar con claridad de tanto que le dolía la cabeza; dudaba ahora de la realidad de la visión de la noche anterior. Sin embargo, y con buen cuidado de ocultarse de la vista de los demás, desamarró su barca y remó en dirección al acantilado. Al día siguiente, nadie podía encontrar al joven pescador, ni en tierra firme ni en el mar. Durante una semana todos buscaron con ahínco en cada rincón, pues sentían gran afecto por el joven y diestro pescador, pero todos los esfuerzos fueron en vano. Jamás se volvió a saber de él. Algunos lugareños dicen que por las noches, cuando recalan con sus barcos cerca del acantilado, pues en esta zona abunda la pesca, el rumor de la mar se hace extraño. Dicen que entre el romper de las olas contra la pared de piedra se escuchan voces. Los marineros más jóvenes aseguran que son de júbilo, los más viejos escupen el tabaco sobre la cubierta y mascullan, pues creen que son los llantos de la muerte, por las vidas de los pescadores que ha de tomar. Unos y otros sienten entonces el miedo espoleándoles los costados, punzándoles las entrañas mientras recogen el aparejo y abandonan a toda prisa el acantilado. Ningún barco ha vuelto a hundirse allí desde aquel fatídico día.

Exhausto, Ugarte dejó caer sus anclas velludas y bajó la vista.

—Marineros, Neptuno, música, pero, ¿de qué coño habla éste ahora? ¿Dónde has encontrado a este tío, Sancho?

A los aspavientos de Raúl Consuegra Fernando Cuevas acudió, ojos bien abiertos, seguras boyas, sin pestañear.

—¡Quiá! Pues a mí me ha gustado son bonicas las historias que se cuentan por ahí. Una parábola maja, sí señor.

Cándido se acarició los pliegues de la frente, apuró hasta las heces uno de los recipientes de vino y, extendiendo el labio superior hasta cubrir completamente los dientes, se restregó una servilleta de papel vehementemente por el vello de azabache. De soslayo atisbó, en el espejo situado tras la barra de veteada madera pegajosa, una figura estilizada de estrechos hombros, augustamente negro emperillada.

—Es posible que por la luz haya siempre que pagar un precio —dijo—. Sin embargo, esa luz que ciega, enloquece o aísla al individuo es absolutamente necesaria al colectivo.

—Poseidón mediante —rió sofocado, absolutista bufón, Iván Santxotena.

—¡Y que lo digas! Menuda factura me ha llegado este mes, está por las nubes la luz —dijo Raúl Consuegra, enfatizando la palabra luz.

Los Cándidos brazos se abrazaron al torso, los ojos entrecerrados. Laureado césar. Después, mesiánico, extendió los brazos hacia la plebe expectante y la perilla, magnifico pórtico, se dilató ampliamente para acoger su egregia sonrisa.

—El conocimiento se va abriendo camino a impulso de fogonazos ocasionales, desplegándose. A cada paso nos revela una estructura de complejidad y sofisticación creciente, pero bella, terriblemente bella. Matemáticas, Leyes, Física, Historia, Medicina… No poco luminoso es el camino que el hombre ha recorrido desde su infancia de piedra, hueso, horda y glaciar. Dominando y poniendo el orbe y todos sus recursos al servicio de su desarrollo material e intelectual; desde el fuego y la rueda hasta la electricidad y el átomo, últimamente la inteligencia artificial y los organismos sintéticos que heredarán la Tierra, sus legítimos descendientes. Ha vuelto resueltamente, cuando ha correspondido, la vista hacia su propio interior, donde encontró un territorio proceloso, inexplorado, poblado de pasiones, egos, tabúes, miedos y falsos dioses. El niño que caminaba con pavor y respeto por entre los tótem, que ofrecía en sacrificio bestias y aún otros hombres para implorar clemencia y sobrevivir otro invierno, es ahora un adulto valiente, consciente de su inmenso poder y de su necesaria e inevitable labor de demiurgo, libre por y para la verdad.

Se detuvo e inspiró profundamente, paladeando con satisfacción los ecos, la sonoridad cavernosa de sus últimas palabras. Finalmente añadió:

—Sí, es posible que haya retrocesos puntuales, pasos atrás, periodos de penumbra. Pero son la excepción en un proceso que tiene una clara orientación. Dolorosas y ejemplificantes lecciones, todo lo más.

Fernando Cuevas, que se había bebido con grandísimo interés el soliloquio de Cándido, abrió su pequeña boca para decir algo, pero un graznido de matasuegras se le adelantó:

—Sí, sí, claro. Todo eso está muy bien, pero deja ahora que te diga algo. El hombre es el mismo cabrón egoísta ahora que cuando salió de las cavernas. Nos seguimos matando los unos a los otros por las mismas cosas. Y conste que no es que me parezca mal, el hombre es un animal que sabe donde está y lo que tiene que hacer cuando escucha sus tripas. Es sólo que ahora, y eso es lo que me parece más repugnante, que matamos y ejercemos nuestro dominio territorial a escala planetaria, ahora precisamente, nos ha entrado la enfermedad senil y decadente de la falsa piedad. De decirnos lo contrario de lo que sentimos, de tapar la realidad. Matamos, pero matamos para preservar la vida, la libertad, ¿pero qué coño es eso? Como unos cachorros malos que esconden su propia mierda enterrándola con las patas, como si no hubiera salido de su puñetero culo. ¿Dónde ves tú ahí la madurez y la responsabilidad? ¡Bah!, el hombre se ha envenenado con tanta sofisticación. Y no te engañes: la gran mayoría de los hombres son completamente imbéciles o incultos, o ambas cosas a la vez: mansos. ¿O si no, cómo te crees que se mantiene todo esto? Depredadores y presas. Siempre ha sido así, nunca se ha ocultado. Pero ahora se tapa, se miente deliberadamente, se les dice: vosotros, escoria cobarde, gobernáis la Tierra, nosotros somos vuestros puñeteros amables servidores, representantes, vuestra voz. No, no creo que el hombre vaya a ninguna parte en absoluto, en todo caso va huyendo de sí mismo, asustado de su sombra. Sólo hay una verdad de verdad, sobrevivir.

—Pues vaya…, ahora sí que estoy confuso —dijo Fernando Cuevas rascándose por entre la maraña de encanecidos rizos. Por ahí se oye que ahora que vivimos mejor que nunca… bueno, lo dicen con otras palabrejas, pero eso es lo que quieren decir. Aunque cuando pongo las noticias de la tele… vaya, casi sería mejor dejarla apagada.

Sobre el espejo situado tras la barra de madera pegajosa veteada un niño famélico vestido con pantalones cortos y alpargatas, la cara tiznada de barro y cubierto de costras le observaba. Lloraba.

—En el pueblo los padres pasaron tanta hambre…

Sobre nubes de alcohol vaporizado flotaba Iván Santxotena. La gabardina verde moco pendía arrugada de su mano izquierda ¿qué decían? Luz nubes, cielo marino, Olimpo. Está cara la vida, castigo, Prometeo, ¿prometedor? Protector de los hombres. El fuego, todo proviene. Iluminar las cavernas, calentarcocinar, ¿qué he comido hoy? Estomago revuelto. Cabrón desalmado o egoísta, sátiro cabruno, concupiscente hijo de Dionisos. Difícil de tratar. Mala idea traer a. Él tampoco preguntó, de todas formas. Habla por las vísceras, riñón, hígado, corazón, no. Despojos, despojado, fuera del manto protector de. Idealista el otro, ya en la universidad. Cuantos rollos de cafeta, plomizo, plúmbeo decían los. Retórica, sí. Equivocó su profesión. ¿Quién no? Cuevas, pero claro, sin elección no tiene gracia. Ugarte, ¿qué? Ni idea. Vasto bardo de medicinales. Ideas, ideas. ¿Hay muchas o pocas ideas en el mundo? Nos las pasamos de unos a. Como dinero. La mayor parte calderilla, pasar el rato. Algunas sin embargo portan. Portador. Portador del fuego. Piromante pirómano pirofactorbenefactor, me pirro por, hum. Idiota. Buscando siempre el estertor ajeno. Matarlos de risa. ¿No te queda dignidad? Bueno, tampoco exageremos. De tanto en tanto no creo que sea. Humana condición, condicionante, risas y saliva. No hay remedio. Ni remedo, único en mí. Ideas, ¿para qué? Búsqueda. Verdad, atrevimiento, ¿beso? Laurel. Otra cosa no. Verdad de verdad, verdaderamente, ¿verdad? Verdades matemáticas. Esas son las únicas que. Dosydoscuatro. Pero son tonterías, tautologías. Un convenio, acuerdo. ¿Y qué? Nadie mata por un logaritmo. Divertido sería, sí. Una escalada exponencial de. Vaya golpe, hum. La gente en cambio. Cabrones territoriales. Banderas, himnos. La verdad de la patria, la nación. Yo y mi terrorífico terruño. Como vegetales. Plantados a la tierra. Raíces. Cortas por lo sano y se acabó. ¿Puede haber verdad en eso? La Historia. Un convenio también. De verdades. Más nocivas que. Te marcan la vida. Cuando naces. Donde naces. ¿Hay elección? Hermano Cuevas. Relativo, relativismo, relativissimo. Si yo creo que es verdad y estoy equivocado y no lo sé, ¿es verdad? Más parece fe. Una más entre apariencias. ¿Es un medio o un fin? Escurridizo. Hum. Me duele la. Inocencia, ignorancia, inconsciencia. Divino tesoro. Sedante. ¿Vino? No, ¡Maldita nada! Ni aún en esta hora de desgarro me abandonas…

El esforzado consejo de los hombres enmudeció. Uno miraba al suelo, otro se rascaba la cabeza, otro asentía levemente y resoplaba, otro se rascaba la nariz y aún otro simplemente sudaba. Sobre sus cabezas las telarañas refulgían iridiscentes, suavemente onduladas por el aire caliente que ascendía preñado de humo, vanas palabras y melancolía.

De entre las tinieblas una voz rasgó el tártaro caliginoso:

—Bueno, espérate, y al final, ¿qué narices pasa con el tipo aquel del pozo, el que se había caído?

—¡Ah!, es cierto —dijo Cándido—, olvidaba lo mejor de todo. Veréis, resulta que…

Todos se giraron hacía la puerta batiente. Por entre la muchedumbre se abría camino a grandes zancadas la tragicómica y asalmonada figura enlutada de Alberto Papazachos.


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ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 30 / octubre-noviembre 2006
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