El dibujo


Paolo Diz Liba
(primera parte)


«A la suite d´un acte du vandalisme la ligne D será fermée pendant plusieurs minutes, merci beaucoup madame/monsieur...» (son las 23:40, hay una retención, voy a perder el último tren), vuelve «is this love» en el hilo musical. Sobre el andén jóvenes hienas árabes fuman ora costo ora tabaco. Mujer rubia, ancianos, pelo blanco, una joven abrazada a su perro. En los asientos, junto a mí, un mendigo. A la derecha trabajadores del metro.

El mendigo rubio ceniciento sale de su pasmo y exclama: C´est pas vandalisme, c´est Bob Marli. Se sienta y se levanta. Está medio borracho: «Avec soixante-deux millions de bob marlis il y aurait pas du vandalisme».

En grupo los mamporreros ríen. Se destaca uno de ellos decidido a increparle, pero iniciaba él, previsor la retirada. Sus pies de tierra y de mendigo; o aquí, o en cualquier otra parte.

A su marcha me detengo en la autoridad (en todas partes y en ninguna). Cimentada de uniformes grises, de verdugos de mendigos deslenguados; para volar, sentando antes la cabeza; para reír, si estoy con ellos, legitimado.

Han acotado un pedazo de andén donde reír y charlar a voces. Las hienas atisban condescendientes. Los borran con nubes de humo.

Para ellas está el colarse por las claraboyas en el teatro. Idealizar su marginación.

Cuando la hiena puede la hiena es autoridad, la autoridad no quiere ser hiena; el mendigo nos subyace a todos.

Hay sin embargo una solidaridad, invisible, que hoy nos une y alzamos así las orejas al percibir un fragor cercano. ¡Llega el tren de la redención!, nos atropellamos en su seno. Esbozamos gestos de alivio, ¡ya funciona el engranaje! Con qué regocijo reímos. Tan fuerte, que nos estrangulamos de risa. Madame/monsieur veuillez vous sortir...

Hacinados de nuevo en el andén. Los empleados velan la realidad con un tupido halo de misterio: Sortez vous s´il vous plaît, solicitan a grito pelado. Queda al final una hiena impasible en el vagón. Sortez vous monsieur, dice uno de los tipos de uniforme. Hiena le mira una vez doblando la extensión de su boca, cierra después ambos puños y los coloca en tensión sobre las rodillas. El tipo se le aproxima: Monsieur... silencio de hiena, humedad en las miradas... allez sort, entonces, la arranca del asiento, la zarandea y saca a empellones del interior del vagón de tren: Petite pute. Hiena le mira y sonríe satisfecha, después se agacha, recoge sus auriculares y se aleja del lugar caminando con parsimonia. Anda y ábrele la cabeza. Si te degollase, tranquilo. Aquí nadie va a mover un músculo; ni siquiera un parpadeo.

El tipo desdeña para mi pesar la perspectiva heroica que se le ofrece y, desaprobando con la cabeza, avanza unos metros por el andén para cerrar filas junto a sus compañeros. Se abre un impasse de espera, de maldiciones entre dientes, de preguntas sin respuestas. Súbita desbandada en nuestro punto de referencia; la confirmación de una noticia que llega por megafonía: xxxxxxxxxxxx. No queda más opción que hacer el trayecto a pie, los habéis visto, los conocéis, la noche esta llena de mártires.

El exterior me recibe con viento frío que cala en los huesos. En la calle es noche de fiesta, todo dios feliz, hay música por todas partes. Cervezas tibias de tienda a veinte francos. Muchas hienas al acecho.

La masa; monocroma, unicéfala, sube y baja como la marea, deja en retirada un puñado de cadáveres semidesnudos sobre la acera. Polizón en el océano de chusma, mar negro que bulle y hormiguea. Me salpican sus alientos. Apuñálanme sus manos. Hay sangre en mis oídos, riadas de sarna en mis costados. Bellos anos femeninos, blancos dientes, labios, esclavos. Rien las furcias... burdel soñado.

Contagiado quizás por el ambiente me entretengo en mendigar un cigarro que enciendo furtivo contra un muro; la vida de un nuevo cigarro en aritmética combustión. Fumo un poco, doy unos pasos, sin poder elegir; por calles atestadas de gente. De repente una hiena en mis barbas, de dónde coño había salido. Pequeña. Sucia. Huele a humo y a sudor. T´as un clope —Je n´en ai pas. Violenta ante la evidencia que sostengo entre mis labios; instintos porcinos; la búsqueda del donante. En una ciudad cuadriculada, hiena, yo, y sombras en el viento; en un círculo que se abre en la noche, un círculo que es de color negro.

Una presencia de avispa, vela por mí en lo alto; despliega sus alas de alambre, sonríe, opera el milagro: hiena aprende entonces mi condición de extranjero, no habiéndola demás hienas secundado, me concede seguir gozando del resto de la velada. —Je ne nique que les français dice, y yo me alegro de no serlo.

Me alejo entonces reptando, feliz entre la turba espasmódica; en segundos es sólo un recuerdo, que se disfraza de tierna muchedumbre. Quiero saber lo que me aguarda, salir indemne de sueño tan funesto. Cambio de acera, doblo una esquina; cruzo la calle, giro a la derecha; topándome con la luz enfrente de un bar: un árabe gordo que aporrea con dulzura la jeta de un juerguista. Los puños caen blandos, como en los sueños. Es bonito, parece una coreografía. El resto, adormece la danza del líder, alguna patada que otra, cuestionando la nobleza de la lucha; nada demasiado grave, el francés estaría, seguro, de acuerdo, qu´est ce que c´est passé chilla, y bracea entre las hostias, momento en el que estalla una violenta carcajada,
pédé, tu l´as entendu le pédé. Contéstole que sí, que estamos en el mismo bando, después me diluyo en la noche por si acaso me rompieren la cara. Subo, bajo, salto, recorto y esquivo, los peligros acechan; están reventando paradas en la plaza del Ayuntamiento; zumban los coches de policía y el enjambre se disgrega. Radian entonces mi camino espectros de hienas fugaces, agazapadas ahora en lúgubres callejones. Se resiente así mi marcha; ¡malditos!, no soy yo más importante que una lámina de cristal. Obligado de nuevo a elegir, de entre todas la más solitaria. Rápido, más rápido. Dejando estela de bocacalles en penumbra.

Me tranquilizo, pero sólo un momento, porque entonces; se alarga una sombra, hay pasos en el pavimento; es mi nuca la que me gira; es a la realidad deformada; es atroz el carnívoro, el carnívoro al degüello. Siluetas dos irrumpen en la acera. Paralizo movimiento. Hágase tu voluntad. Así en la tierra, como en el infierno.

Después, los nervios calmados, todavía presente en el planeta tierra, me conmueve el aclarar la mirada y obtener dos peleles descoyuntados por el alcohol. Celebrando entre risas, es cómico mi rostro, y como palpan alborozados. Il faut s´amuser monsieur c´est la fête. No me toques apestado, que ya yo sigo mi camino. Suéltame por favor, por favor suéltame el brazo.

Los alegres borrachos, ante la reticencia de nuestro amigo, acaban por desistir de tan innoble mensajero, aunque antes le ofrecen un cigarro que él rechaza escabulléndose con su viscoso reptar de culebra.

Llego a un río, ya sólo tengo que seguirlo. Gritan algo desde un coche marrón; me recoge el silencio.

Calles mudas y muertas; las aguas fluyen, negras.

Me siento en un banco, mi humilde morada a tiro de piedra; alumbro un porro que me cuartea la garganta; fumo despacio, la soledad vibra a mi alrededor. Es así como quiero esperar a la eternidad, un porro en la mano y la polla en la otra; los días segundos; las personas imágenes. Se disuelven las juntas del organismo que me acoge, se apelmazan después los pensamientos, el fuego se extingue entre mis dedos; desaparece su luz en la negritud del tiempo. Lo proyecto y vuela, náufrago hacia el río.

Urgido por el frío, la noche, el viento, el mas allá, mi cuerpo se tambalea, triste figura al caminar. Conoce bien el camino y lo ejecuta como autómata, aunque no sea en fin, tan difícil atinar con el coloso de hormigón, incluso yo sé que al final de la calle ondea la estructura que te esconde, ven a mí dice, en mis tripas sólo hay nombres, te obedezco porque eres sabia, que sabré yo ser deforme, que si acaso me devoras, será en mi bien, y en el de los hombres.

Alcanzo sedado el umbral de mi fortaleza, un moro de los buenos tutela la propiedad. Duerme en sus babas, decapitado sobre el mostrador. Le doy las buenas noches pero sólo para joderle. De sus sueños transportado, turbio presente con gilipollas incluido. Bonsoir. Paso de largo, él se retuerce inquieto, me mira sin desvelar malicia, respira; y lo dejo desvelado, inclinado sobre su pupitre, deseándome quizás la muerte, mientras yo me deslizo, desnudo, hacia el ascensor.

Es entonces, y a raíz de estos pensamientos, cuando él se precipita enajenado hacia la escalera, más con capacidad para advertir, en un pensamiento reflejo, lo tétrico de la subida, y se abría en ese instante la puerta del ascensor. Lo vemos ahora, frente al espejo, en su ascensión hasta el séptimo piso, tantear las llaves en su bolsillo derecho y optar al final por sacarlas, presa siempre de un pánico que nosotros no comprendemos. Intentamos no obstante comprender, de manera que al volver a situarlo él se encuentra ya frente a la puerta de su habitación, lívido en el manejo de las llaves desaparece en su madriguera. Y es aquí cuando le dejamos que retome la narración: pierdo la conciencia entre los gestos habituales (creo haber cerrado la puerta del cubículo), un extraño brillo rodea la ventana, me acerco extraviado a los cristales, desaparecen a mandato de mis dedos. Acodado estoy en la ventana, exhalo jirones de humo que se desvanecen sobre la ciudad; me hundo en el pavimento; no pienso durante la caída; eso es, no pensar, tan cerca, tan lejos; la noche se cierra sobre sí misma.


El Sábado me despierta la desazón en el estómago; no es angustia sino hambre. No se filtra ni haz de luz ni el más leve de los murmullos, sólo, un atronador silencio. Me abraso los ojos con la luz cenital; las cuatro de la tarde; en los límites de lo humano. Salgo vestido de la cama y el espejo es mi enemigo; cojo las llaves, mi gorro y un puñado de monedas, cierro la ventana y salgo de la habitación.

En la entrada fósil el moro juega al ajedrez en su tablero diminuto, Ça va, late una amistad en su mirada, Oui ça va, la primera sonrisa del día, que quiere ser palabra; mas se queda en letanía. A plus me desliza, pero yo ya emboco la puerta. La empujo para descubrir que las aceras en Francia están sembradas en mierda, que el aire aquí no es más gris que en otras partes, que tampoco lo son las pupilas, que la lluvia cae, y que moja a todos como a iguales. Me calo mi gorro negro y camino bajo la lluvia por la acera solitaria; istmo de soledad (soñada; deficitaria) desembocando inédita en una ensalada de voces. Al otro lado de la calle, donde curva la acera, dos mujeres desarmadas velan por la integridad de sus perros; el uno, gordo y peludo, se estrangula en su furor asesino; el otro, pobre, es apenas una rata. Puedo por fin observar; invisible dibujo de lluvia, la correa marrón traslúcido, una bestia que imagino en libertad; el desencanto inmediato cuando la realidad me alcanza. Un caniche que chilla ensartado por los aires, una mujer que golpea rendida por el pánico; las íes que gimotea bajito; la quietud que ha violentado.

¡Preciosa ratita! que cruento es el mundo tras la vagina de mamá. Mechant, lache-le mechant. Mami y su súplica amortiguándose al hilo de mis pasos. Las dos y veinte en el reloj solar. No se oye nada.

No era esta mi aventura, hoy voy al supermercado. Salpican las ruedas de un coche; vibrando desde el más allá. El agua me despierta, me da un punto de agresividad; retomo el pulso y el control; he de girar en la siguiente, en la tercera esquina, segunda bocacalle, única existente a mano derecha; avistar y decidir; pensar; ejecutar, aunque a veces, en el seno mismo del proceso, se oculta la duda existencial: qué comprar.

Resuelvo el problema guiándome por los precios y compro lo que hay que comprar, sin un lujo, bueno, uno, pura química. Casi me engaña la cajera, Bon weekend monsieur, se lo dice a todos. Cinco minutos más tarde de vuelta en el edificio dedico un rápido espasmo a la atención de mi moro guardián; su latido es ahora opaco, Monsieur, y que esperabas. A las cuatro cuarentaiseis tengo ante mí un gran bocadillo, tiro casi todo el pan, nada que hacer hasta la cena. Todo ser es todo yo; hay también una mosca que vuela a mi alrededor.

Noble voladora, qué del aire sin la traza de tus círculos. Abnegada eres; por sino, pocos días y un mundo por tejer. Alma viva, las ideas te rondan; qué inalcanzables tras el cristal. Ahora te plantas, un poco caminas; hada golosa... destripada tenaz.

Se arrastra todavía un trecho. Maculando con sus tripas la superficie transparente.

Envuelvo después en humilde mortaja ínfimos vestigios de su agonía; total, una pelota, inocente y de papel, donde quizás yazca un cadáver. Sabemos que en la papelera, ceteris paribus, existen: trozos de miga de pan; el cadáver de una mosca; pedazos de papel higiénico periódicamente rasgado al dictado de mi animosidad eyaculatoria. Sabemos qué es la papelera y es la mesa ancha y blanca de estudiante, un cuarto de baño con ducha, mesita de noche, ventana y cama. La cama es estrecha y está además sin hacer, pero domina la habitación de manera casi tiránica, en ella es donde cosecho la mayoría de mis certezas. Ha visto tantas cosas: cerdos lloriqueando, eternidad de delirios de grandeza, hímenes que han experimentado un quebrantamiento místico y privado, individual y fascinante. Me tumbo en cama y espero... no más moscas, nada que leer, bordeando el ecuador de la decimoséptima hora del día; el techo permanece blanco e inmutable; las paredes conservan siempre su textura de escayola; emprendo recorrido por el perímetro de mi rectángulo. Cerebro, carga insoportable; si pudiere uno desconectarse a voluntad... no lo niego la situación es insostenible, dos semanas y apenas cruzo palabra; no avanza el aprendizaje, o no como debiere, o quizás es que ni me importa; puedo tumbarme en la cama; puedo también levantarme; revolcarme en la moqueta, o soñar que no soy nadie; pero hay un objetivo, en realidad dos, y puedo alcanzarlos con la misma llamada.

Extrae un papel de lo que en él ha de ser cartera y lo memoriza, después coge el auricular y marca el siguiente número: 262552.— ¿Hola, Manoli? —Sí, ¿quién es? —Soy el hijo de Laura —Ah bon, mais on t´attendait ¿cómo no has llamado antes? (dejo pasar unos segundos de contrición que al final me evitan responder) —Bueno bueno ¿y qué tal?, conoces ya gente y eso —Bueno, tampoco gran cosa, me he hecho amigo del portero del edificio —Ah que bien, eso está muy bien, y la ciudad ¿qué tal?, magnífica, ¿no? (su entusiasmo es intenso, ciertamente contagioso) —Sí muy bonita, un poco melancólica... o quizás es el invierno... (pero que estoy diciendo me va a tomar por gilipollas) —Oye por qué no te vienes a cenar a casa esta noche, vamos si no tienes otros planes —No... no tenía nada previsto —Perfecto, nosotros cenamos a las ocho, quiero decir a las ocho y media, bueno sabrás que en Francia cuando te invitan hay que llegar media hora tarde ¿no? —Porque me lo acabas de decir —¿Qué? ¡ah!, aunque yo de francesa nada, bueno en realidad cojo lo mejor de ambas culturas, sí, yo es que soy muy ecléctica ¿sabes? —Ya, ya —Bueno, ¿tienes ahí donde apuntar?

—Sí dime —Rue Lalande, número setenta, octavo derecha, la parada de metro es Massena, esto está en la línea A, ¿te sabrás manejar ya en el metro? —Sí sí claro, sin ningún problema —Pues, hasta esta noche entonces, bueno en realidad hasta dentro de unas horas —Vale, a las ocho y media ¿no? —Exactamente, ocho en España ocho y media en Francia —Muy bien, espero no equivocarme... ocho y media... Rue Lalande... pues hasta luego entonces —Adiós.


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Paolo Diz Liba es el seudónimo de un autor que reside en Granada.
alvaro_espantaleon[at]yahoo.es
Sobre esta novela corta dice el propio autor: «Aventuras y desventuras de un joven español en una ciudad cualquiera de Francia. El amor, los celos, la pasión o el odio serán compañeros de viaje de tan singular y atribulado héroe».

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