El dibujo


Paolo Diz Liba


(primera parte - continuación)


Emerge lúgubre de la nada el centro comercial. Yo camino en trance, sobre charcos y basura; vuelo hacia su brillo fantasmal. Es el ágora que ha gestado el devenir. Alberga en sus entrañas tiendas y más tiendas, cines y montañas, el sol y las estrellas, y claro, la red ferroviaria. ¡Te respeto oh totémico! Porque la ley la fraguan los cerdos que la cumplen, porque llevo además más de media hora sin fumar, permíteme centinela que me recueste un rato en tu lomo, saque papel y tabaco e improvise un cigarro. Es tan suave tu cemento almohada de hormigón... arrópame con tus vértices, ¡cántame esa canción!, ésa que tanto nos gustaba, te lo ruego haz memoria, decía así el estribillo: ta, ta, ta-ta, ta, ta-ta, ta, ta-ta...

¿Dónde están, Padre, los tesoros que me prometiste?. ¡Dime!, ¿no soy yo también tu hijo? ¡Mírame! me he abierto las muñecas (ofrenda a la huella de tu busto disforme), no merezco tu arrogancia, entre todos uno más; bien sabes que no es eso cierto, que hay lazos que nos unen; aunque tú no lo quieras, Padre. Pero tú me engulles sin distinción (pronto ignoras que no estoy en el comercio de los hombres), por qué Padre si teníamos tantos planes... una cabeza más de ganado, sí, pero una que ha hollado las grietas de tu piel; te he matado cada noche y has vuelto a despertar, callas, también yo se callar; en silencio por tus salas, alhajas tras el escaparate; que son mías por derecho; hallo consuelo en el odio, aunque tú ya lo sepas, Padre.

Padre se vuelve vaporoso en mi mente, asediado como estoy por jóvenes procaces; que ninguno marche solo cosa extraña para los tiempos que corren; los hay que se regurgitan, en invisibles redes portátiles, nunca hartos, parece, de reencontrar su pestilencia; los hay y no los hay, y ni ellos saben quienes son; en lo físico caminan rápido como si fueran a alguna parte: objetivos que cumplir, una vida que llenar, parada y fonda, siglos habéis, con vuestras luces de iluminar.

Saco un billete de ida y vuelta por ocho francos y lo guardo en el bolsillo de la camisa, después floto por el andén en busca de un sitio vacío; ávidas me escudriñan rapaces de ojos mezquinos, curvos picos amarillentos, crueldad en sus miradas; colgajos indolentes, attrezo de túnel de metro. Paro entonces porque había de parar, parcela libre sino impávido carroñero; me calibra por costumbre y clasifica en inoperante, endurece después la mirada, pero es todo lo que va a hacer, por siempre fiera menor; hurtando aún dos caladas al inminente fragor del metro. Se abren las puertas y entramos, pero él deja medio cuerpo fuera para dar la última calada, descapulla entonces el cigarro con un capirotazo certero, se lo encaja en la oreja y espira la bocanada de humo en el interior del vagón de tren. Le provoco todavía un momento; él se da la vuelta ignorándome. Recorro a continuación los contornos y acepto muy pocos desafíos, juego siempre con ventaja. Cuando en la siguiente parada baja ya sólo miro mujeres, la más fea la única a la que tiento con mi amor; hipnotizando me está, con sus dulces ojos de monstruo, tan intenso, hasta el punto, de casi saltarme la parada. Massena. Tiene pinta de barrio burgués, por aquí, seguro, me han de dar bien de cenar.

La rue Lalande es una pulcra calle arbolada, pocos e íntimos restaurantes, remanso de la belleza de la noche. El edificio setenta es como todos los demás, puerta ancha, antigua, de madera, surcos en el suelo, de cuando reinaban los dinosaurios.

Traspaso el umbral, una segunda puerta abierta y me introduzco en el ascensor junto a un tipo con tirantes; Bonsoir, viste camisa azul gastada, chaqueta y pantalones de pana marrón; resulta, que vamos al mismo sitio. Nos recibe la sonrisa de Manoli; acogedora hasta la nausea. Le damos los abrigos, hace las presentaciones; se llama Jack. —Así que tú eres el hijo de Laura, vaya, hacía años que no sabía nada de tu madre, y de repente... la vi, vamos a ver, sería en el noventa y algo... claro, en el noventaidos, cuando murió mi madre, imagínate que sorpresa cuando me llama después de tanto tiempo... pero bueno, y creía que nunca ibas a aparecer, ¿cuánto tiempo llevas aquí?, por lo menos dos semanas... hay que ver las vueltas que da la vida... y bueno, ¿qué te parece la France?, al principio te costará porque no tiene el calor humano que hay en España... y el francés ¿qué tal?, il faut faire l´oreille, n´est-ce pas?, al principio cuesta, pero luego te acostumbras... y las clases, porque estarás dando clases ¿no?, te tendrás que buscar amigos, aunque ya me has dicho que tienes uno... en mi casa como verás se habla mucho español, aunque hoy tienes aquí a Jack para practicar... lo que son las cosas, la última vez que te vi tenías... no sé, pero eras tan pequeño... ¿qué edad tienes?, tu madre es mayor que yo creo, sí, dos años (oh mamá acúname en tu seno), tu madre y yo crecimos juntas en Alicante, aunque ya te lo habrá contado ella... nos queríamos como hermanas... con decirte que en el pueblo nos llamaban las mellizas (conozco vagamente la historia... y Padre te folló... y volaste, y al final se fue con la otra). Interrumpe la conversación una niña preciosa de ojos azules, —Mama Jack, il ne veut pas jouer avec moi, —mais laisse-lui tranquile, que tu as dit Bonjour au Monsieur, —Bon jour Monsieur, —Allez on passe à table, aide moi Sylvie, —ven por aquí, espera coge otro plato; sí, de ahí, de la alacena, —te gustarán las lentejas, ¿no?, como hayas salido a tu madre que se comía hasta las piedras..., tú dirás cuanto te echo, ¿así?... bueno, luego repites si quieres. Jack cuelga una servilleta del cuello de su camisa, llena su copa de vino y se sirve de la sopera con austera libertad; coge después la cuchara y la introduce rebosante en su boca, me mira, sonríe satisfecho y girándose hacia Manoli comenta: —Um que c´est bon. Agarra entonces la copa y bebe un sorbo de vino, la sostiene en el aire, la agita y se queda mirando, pensativo, su contenido, finalmente dice: Si vous me excusez je dois parler avec Manoli, mais je connais pas l´espagnol.

—D´accord.

—Ne t´inquiétes pas Jack, il est ici pour apprendre le franis.

—Ah bon.

Me abandonan en la soledad de mi plato de lentejas, aunque no por mucho tiempo: Monsieur, que vous voudriez m´entendre jouer le piano?

—Oui.

—Mama, mama, est-ce que je peux jouer? vas-y, s´il te plaît.

—Non après.

—S´il te plaît mama, j´ai presque fini.

—Bon d´accord, mais ne derange pas trop le Monsieur dice Manoli, y a la vez me sonríe, y se hincha como un sapo.

Brincan los deditos sobre las teclas del piano; yo agasajo reverente a la madre; Sylvie mece la melodía con su rubia cabeza de ángel. Con la última nota de la pieza asume serena los aplausos de Jack, hasta que la timidez la quiebra y corre a cobijarse en las faldas de su madre: allez allez calme-toi, assieds-toi on va manger du fromage.

—Bueno como habrás comprobado aquí se come mucho queso, es obligatorio servir una buena fuente de quesos, de buenos quesos, ¿verdad Jack?

—Tu dis quoi toi?

—Pobrecito no entiende.

—Bon, donc quelles sont les dernières nouvelles de Benoît —pregunta Jack.

—Comme je disais, le lundi je l´ai appelé a l´hôpital, et moi, je lui ai tout simplement dit: va, et tu sais qu´est-ce qu´il m´a repondu, je suis pas, je suis pas, ríe cómplice de su propia estupidez y me percibe traslúcido en el anhelo; bullen raíces en la ciénaga de su boca, la abre pero inmediatamente la cierra, cuando ubicua interrumpe mi dulce princesa de caramelo.

—Monsieur est-ce que vous croyez en dieu?

—Oui.

—Vous vous moquez de moi, se queda un momento suspendida en el espacio, parce-que il y a la maison, après la ville, le pays et après le monde et l´univers mais qu´est-ce qu´il y a après?

—Mais c´est dieu.

—Et après lui?

—Il est là infiniment.

—Et avant lui?

—Il a toujours été la.

—Je ne comprend pas.

—Tu es tout petite.

Mamá languidece ebria de celos, —esta niña es que se pasa el día preguntando, además es muy pequeña para ti, ¿eh?, que tú ya tendrás alguna por ahí, ¿o me equivoco?, sé que he abierto la boca, puedo imaginar lo que digo, de camino al baño lo presiento... el orín mana, infinito.

Relajo un poco la concentración y me intereso por el cuarto de baño, hay pequeños cuadros en dos de las paredes, un dibujo en el espejo en el que evito a toda costa mirarme. Al terminar me lavo las manos y me las seco sin contemplación en los pantalones, revierto la fuente de luz y salgo de una habitación cuya puerta dejo entreabierta.

En el pasillo ilustrado mi tránsito cesa ante una foto que pende, del salón llegan sonidos que mi cerebro estructura en palabras, que tú mi rémora has extirpado, y si había en mi pecho corazón.

—Mama qu´il est méchant le monsieur, et qu´il est laid.

—Mais tais-toi Sylvie s´il te plaît.

Me siento a vuestra mesa, escucho vuestras palabras y como de vuestra comida; si queréis mi desidia, yo os la brindo; y mi odio es vuestro. Sylvie tira de la manga de mamá y me explora impertinente; arranco de la silla sus doce años y los tumbo boqueantes sobre la mesa; los horado con mi polla homicida. Ya no corre el aire por tu traquea de princesa; la sangre se encharca sobre su corrector de dientes.

Sylvie, mi amor, oréeme que lo siento...

Sylvie es niña sensible, inquieta por mi tez sombría, su intuición le punza con un matiz de culpabilidad: —Monsieur est-ce que vous voudriez encore m´entendre jouer le piano? —Monsieur, monsieur.

—Tío, que te has quedado transpuesto, mucho vino, no?, igualito que tu madre, a la segunda copa se ponía que bueno, y pasaba lo que pasaba.

—¿Qué pasaba?

—¿Cómo?

—¿Que qué pasaba?

Jack se asusta y corta en seco el disfrute de su queso: —Çava?

—Oui, oui, il s´est faché un petit peu, hay que ver que susceptible cariño, si no decía nada, en eso has salido a tu padre, el susto que se ha llevado Jack —Çava Jack çava. Jack hace un gesto de resignación apabullado por una idiosincrasia que no le concierne; nos sonreímos mutuamente y continua con su queso. Me cae bien el tipo, me siento nuevamente aceptado; a Manoli dedico una mueca reconciliadora, ríe ella a carcajadas, apoyando a la vez ambos senos en mi brazo. Río yo también, todavía tiene un polvo, poderosas nalgas de caballo, hediondo hálito de vino; demostrar más tarde mi interés o avivar el fuego de la cháchara, conseguir que Jack se marche; falso pudor después de ramera de cuarenta años, quizás me equivoque lo siento, no, si no es eso, pero podía ser tu madre. ¡Húndeme mamá el útero en la boca! (mamá cabalga, sobre la polla de su pequeño), ¡quiérele esta noche!, ¡abrázalo una vez más!; aunque os odiéis por la mañana.

—¿Tú tomas postre?

—Café.

—¿Café, tan tarde?, a ver si no vas a dormir, me tomo yo un café a las cuatro y ya no duermo... figúrate sí... voy a acostar antes a Sylvie que está cayéndose de sueño, Viens Sylvie on va se coucher.

—Mais je n´ai pas sommeil mama.

—Vas-y, on y çava, pas de question.

—C´est bien, Bonsoir Jack, Bonsoir Monsieur.

—Mais un bisou Sylvie, dice Jack.

Sylvie se acerca a Jack, apoya una mano en su hombro de leñador y se empina para besarle en la mejilla; Jack salta de su asiento, la pasea por los aires y besa en ambas mejillas; Sylvie rie, risa risueña.

—Laisse moi Jack, tu es mechant.

—Jack s´il te plaît, elle doit se coucher.

Sylvie aterriza, me mira y corre a esconderse entre los pliegues de la falda de su madre.

—Arrête tes conneries Sylvie, va dire bonsoir le Monsieur.

—Je veux pas.

—S´il te plaît Sylvie.

—Je veux pas, je veux pas.

—Esta niña se pone de tonta a veces, d´accord Sylvie, comme tu veux, dit-lui bonsoir.

—Bonsoir Monsieur.

Sin acritud Jack, aunque seas el besado.

Madre e hija, de la mano, se desplazan hacia el dormitorio; Jack se levanta y sale de la habitación; me entretengo en probar varios quesos, otro pedazo de pan, un rumor conocido anuncia noche de lluvia. Dejo el queso y me asomo a la ventana: la lluvia cae, invisible en la oscuridad; el viento estrella gotas de lluvia en mi cara. —Il pleut —Oui. Ha vuelto Jack con un paquete de cigarros, se ha sentado en su sitio y ha encendido uno, después me ha mirado y ha dicho: —Il pleut, para añadir más tarde: —Est-ce que vous en voulez? —Oui merci. Cojo el cigarro y vuelvo a la ventana; respiramos juntos el aire húmedo de lluvia; disfrutando por esta vez de la magia del tiempo muerto. Qué difícil saber parar, que no se torne angustioso; pero hoy la noche viene cargada, cargada de tiempo muerto. Si pienso en una vida, por un puñado de minutos, y no querer sin embargo morir; brisa de lluvia, remota como el tiempo, caemos esta noche limpiando la ciudad; eternamente clavados en el reverso del trapecio, en el abismo moramos, espíritu de la rue Massena.

A mi espalda, en alguna parte, ha pitado una cafetera, indicando el momento de volver otra vez a la mesa. En ella encuentro a Jack empezando un nuevo cigarro, con nosotros la voz de Manoli anticipando su llegada. Trae consigo la cafetera y una jarra pequeña con leche, deposita todo en la mesa y emprende la búsqueda de lo que ha quedado en la cocina. Me siento en espera de la taza, el azúcar, la cuchara, que no tardan en llegar. Es una cafetera pequeña, fácilmente para dos cafés; preparo el primero y bebo un sorbo, cojo un cigarro y lo enciendo; todo listo, parece, para mi dosis de tiempo muerto. Pero no llega. Llegan mecánicas las caladas, el vértigo, la ansiedad; bebo un sorbo, pienso: ahora otro, último sorbo, aún dos caladas; una mujer, de mi costado, me está arrullando; acunándome en un tono a ratos desagradable, casi siempre maternal.

—Así que al final te has decidido por la traducción, y tu padre qué opina, porque teniendo el la consulta ya podrías...

Manoli me mira esperando una respuesta. Entre asentir, decir que sí, callar o la negación, me lanzo sobre un ambiguo: ya. Después continua pastando; de vez en cuando mira a Jack y abrumada se relame ante tan manso y abundante pasto: aunque quizás este prejuzgando eh, que una nunca está libre de toda tacha.

—Claro...

Entonces, y por primera vez en la noche, Manoli repara en mí; quién es, qué piensa; qué oculta, por qué no habla; y se le pudre el ecosistema.

—Tú no eres muy hablador ¿no?

—No, afirmo categórico, y me descojono en sus tupidas barbas.

Ella bosteza con disimulo, mira su reloj de pulsera y dice: —Vaya si son más de las once y media.

—Sí.

—Bueno...

Como no lo diga me enciendo un cigarro; ella se levanta, murmura y empieza a recoger la mesa; con la lógica ayuda de Jack; ante el agravio de mi inacción absoluta. Terminada la tarea me pongo en pie y digo: —Me tengo que ir, van a cerrar el Metro.

—Sí, pues... date prisa que el último creo que es a las 11:47. Espera que te traigo el abrigo.

Bon Jack, bonsoir.

—Vous partez?

—Oui.

—On se verra j´espere.

—Oui peut-être.

—Toma. Saludos a tu madre. A ver si nos vemos otro día.

—Sí, ya nos veremos.

Se queda todo en el aire... sé que no volveré. Añoraré acaso al espíritu de la rue Massena, a su pavimento mojado reflectante de luces de ciudad, a su sepulcral silencio a estas horas de la noche; también a la soledad impune, que de mi brazo la recorrió.

Llego a la parada con siete minutos de adelanto. Poca gente en el andén. Me siento, dejo pasar un minuto. Por las escaleras bajan aullidos demenciales; anuncian el fin del mundo.

Choca primero, por supuesto, el estrépito, pero choca también, después y en mayor medida, la tozuda inmovilidad (de cuerpo, quizás de espíritu) con que los allí presentes recibimos la noticia. Tan intensamente inanes no puedo evitar acordarme de Wells, y sus Warlocks, y la máquina del tiempo. Entre tanto el vaticinio va y viene rompiendo los sonidos de la noche, materializándose en un guiñapo que baja las escaleras como alma que lleva el diablo. Apenas desciende vuelve a subirlas para alivio de los concurrentes, comparto con ellos la certeza de conformar la raza humana. Se extinguen los alaridos por el pozo de la noche y nos sentimos tan humanos, se hace la calma y se quiebra, entra el intruso en la farsa; nos miramos asustados. El pequeño hombre que en tal día reventó con su cabeza corta a frío de navaja nuestros segundos en milésimas. Su mensaje ya lo conocemos: C´est la fin du monde, no cabe sino implorar: que hoy no me toque a mí.

Recorre el andén en lo que dura un escalofrío, vomitando su mensaje al azar sobre los viajantes. Ellos miran ahora, que me quiten esto de encima; y ciertamente bastarían dos o tres voluntades para desencadenar una furia devoradora de locos que diera con el adivino pateado entre las vías del tren. Queda sólo por determinar quién ha de ser el primero. Desde luego yo no, yo me nutro de delirios, por aquí no se ha acercado; son las once cuarentaiseis, cuarentaisiete van a dar, irrumpe el metro en el andén, cabía esperar puntualidad.

Los viajeros abandonan diligentemente su letargo, el tren los acoge, los distribuye entre sus vagones; hay sin embargo uno que queda parado en el andén; esperando a que el engendro decida cuál de entre los vagones. Entran entonces al unísono, uno por extremo; sendos pedazos de metro, después se pone en marcha y lo vemos detenerse—respirar en cada parada, momento que aprovecha el loco para saltar al siguiente vagón, no en vano es el elegido que transporta a Dios en su palabra.

Nuestro amigo, ajeno a tales movimientos, ha encontrado un asiento vacío y dormita, o más bien lo finge, protegido en el vagón de cola. Dos paradas más y llega el loco al vagón adyacente, él lo advierte, sonríe; se ríe de los rostros pétreos, lívidos por el pánico; los mismos que desde otro vagón contemplarían a un loco matarife con una sonrisa en el ánimo. Aunque es extraña su sonrisa siendo como es el siguiente, y mantenemos la extrañeza hasta que la lógica nos dice que la próxima es su parada. Baja, en efecto, él a la vez que sube el loco, y ni siquiera obtenemos que se crucen en la entrada. Libre. Entonces y para nuestra sorpresa se sienta en el andén, saca papel de fumar y se lía un porro, lo enciende después allí mismo y se fuma más de la mitad, luego se levanta instado por los mamporreros y sin desprenderlo de sus labios sale de la estación. Quizás queramos bajar a las profundidades de su mente.

Mis pies besan el asfalto, no hay vehículo que me detenga. Puedo aún marcar mi existencia, fumar solo parado en medio de la carretera. Cada paso es único en esta tierra; ha querido el universo que flote en su conciencia.

A mis pies fluye un río, eterna corriente de muerte; me sumerjo y salgo a flote; impasible tú, impasible yo. Estás ahí como está la noche, como la acera o el viento; y mi ser impera sobre vosotros. Yo.

Caminad junto a mí, os acercaré hasta mi edificio; al llegar, quedaos fuera; yo os lo ordeno. Sólo yo puedo entrar en él, en mi edificio; magnánimo como me siento respeto el sueño del durmiente. Se agita él un poco, atisbando entre sueños, sin llegar a despertar. Imagen gloriosa en el espejo. Pasillo triunfal. Mis cuatro paredes. Mi soledad. Una ventana abierta. Sin más tiempo que quemar. Dormir. Nada más.

Domingo; me despierto con la angustia que causa la vida, la resaca de la nada. El corazón late desbocado sin que pueda yo hallar el motivo, recopilo mas no encuentro temores de los que acordarme, peligros en lontananza; debe ser eso que siempre me acecha: por qué estoy aquí, cuál es mi objetivo; y ya quedo aclarado. Miré a Padre y dije: Padre, quiero ser traductor; Padre velo los ojos, resumiendo en una frase toda la emoción del momento: haz lo que te salga de los cojones. Y es a partir de aquí que Padre me deja en la incertidumbre, con esa crueldad que sólo puede tener un Padre. Y haces mal Padre, porque un día mirarás; un día, mirarás en el espejo; ¡mira! llueven lágrimas de sangre; ese día cogerás, tu puta-tus lágrimas-tus escamas, en tu nicho de invierno, por la abulia del verano.

Salgo de la cama empujado por el odio, que ya es algo por lo que vivir. Al otro lado de la persiana se encuentra un edificio gemelo en proceso de construcción; bañado por la luz invernal de las doce de la mañana. Visto así, en su desnudez, no parece tan imponente. Hay dos hormigoneras, abajo, en la planta sexta, un par de camiones inmóviles en la entrada, llega el Domingo con su sobredosis de tiempo muerto. Es el Domingo el día de los restantes animales, perros que ladran y ladran, pájaros que no paran de piar; campanas a lo lejos; en iglesias semivacías. De lo que desde aquí puedo ver, pueblan la calle: dos niños, tres palomas, un adulto, un perro; de ahí quizás mis reflexiones. Los niños, cuando todavía lo son, sueñan, pero un día despiertan. Aun no les enseñaron que en la vida están las horas, los minutos por llegar, la primavera y el otoño, viernes-sábado, la libertad; bajo el desván del cielo; en un paraíso terrenal, y habitando este mágico zoo, que llamamos Sociedad.

Yo me digo que violo las reglas si recién levantado me enciendo un porro, conciencia de vulneración que en mi mente viene a surtir el mismo efecto. La cárcel. Qué sociedad la nuestra, se autodestruye y después se retroalimenta, y todos resultan perjudicados. Me torturan las reglas, las normas invaden mi cabeza; una fijé, hoy hace apenas una semana, es por lo tanto mi deber, sí, es el Domingo el día en el cual me toca hacer la colada.

Omito para ello lo que queda del porro, cojo una bolsa de plástico y la voy llenando de ropa sucia, una vez llena, coloco en su interior el detergente, un vaso de plástico vacío, compruebo por enésima vez las monedas y me voy a la lavandería. Está la lavandería a dos manzanas de distancia, abierta las veinticuatro horas del día. No encuentro en ella otra cosa que el vacío más absoluto, eligiendo, así, la que quiero de entre las máquinas. Es hermosa la lavandería, hay diez máquinas de lavar según el peso de la ropa, tres para secar y una para pagar; hay además, en el centro, una mesa ancha y negra necesaria para doblar la ropa, seis sillas junto a las ventanas y dos máquinas expendedoras. Tan simple. Por fin un orden que comprendo, capital: quince francos, trabajo: el coste oportunidad, y otra vez me están diciendo que lo que hago no vale nada. Meto la ropa en una de las lavadoras, echo a la vez el detergente, la pongo en funcionamiento desde la central de pago. Me siento en una silla, espero. Del reloj saltan, uno tras otro, los minutos, el tambor gira bajo mi constante vigilancia; tan adormecedor; me pesan tanto los párpados... los voy cerrando poco a poco hasta que dejo de percibir movimiento.

—Bonjour Monsieur.

Una voz de ultratumba me saca de mi sueño: Bonjour Monsieur. Abro los ojos y encuentro un oso enorme a mi lado, luego, fijándome bien, observo que no es oso sino un enorme mendigo. Bonjour, tartamudeo.

—C´est un beau jour n´est-ce pas.

—Oui pas mal.

El mendigo se sienta a una silla de distancia y me mira con ojos socarrones, viste los habituales andrajos y una barba roja y salvaje, a sus pies ha dejado un saco donde quizás lleve sus pertenencias.

—Il fait beau aujourd´hui quoi qu´il fait beau.

—Oui.

—Vous avez l´heure monsieur?

—Il est une heure quart.

—Vous étés sure?

—Oui.

—Ah bon.

Abre entonces su saco y lo escudriña furtivamente, se echa después a reír mostrándome sus dientes destartalados: —Non Monsieur, vous vous trompez.

—Quoi?

—Regardez.

Señala el saco con un dedo.

—Pardon?

—Allez, n´ayez pas peur.

Me inclino hacia la derecha para ver el contenido de su saco. Está lleno de relojes.

—Vous avez vu?

—Oui j´ai compris.

Saca el mendigo un reloj adhesivo que marca las seis de la tarde: C´est quelle heure?

—C´est six heures.

—C´est une bonne heure?

—Parfois seulement.

—Parfois... bon tout ce que je sais, c´est qu´il est tempe de manger, vous avez mangé?

—Oui —miento.

—Allez... on va mange ensemble.

Extrae un paquete blanco del interior de su chaqueta, lo desenvuelve y coloca su contenido sobre la silla que nos separa. Hay dos bollos de pan marrón, un trozo de queso blando y una lata de sardinas. El mendigo abre la lata y permite que sea el primero en meter en ella los dedos. Cojo sólo una sardina. A continuación corto igualmente el queso y me apropio de mi pedazo de pan. Masticamos con fruición. Sonreímos cuando se cruzan nuestras miradas.

—Vous avez un nom monsieur?

La respuesta me viene automática: No. El mendigo asiente en tanto logra digerir su bolo alimenticio: Voila, moi non plus. Entonces se sacude algunas migajas de la barba, mete el reloj adhesivo en el habitat de su saco y, envolviendo los restos de comida en el pedazo de papel, dice: Je vais y aller.

—Où? —exclamo, él me santigua y dice entre risotadas: Je sais pas. Lo veo después salir, sé que no puedo evitarlo. Me quedo en cambio vagando por las brumas de un espejismo, por las aristas de las máquinas, los rincones de la lavandería, mudando la ropa al calor de la secadora, con la secreta esperanza de que la magia vuelva a repetirse. No importa. Aún así viviría en tu cieno eternamente, fosilizándome en tu lodo, con tus fantasmas de lavandería. Y cuando el tiempo llegue me será tan duro marchar; me despediré de las máquinas, rotas todas por el llanto; desconsoladas estarán las sillas; y acariciaré la mesa, la mesa ancha y negra. En el exterior paciente lo que queda de Domingo, cerniéndose el resuello de la conversación semanal con Padre.

Padre ha despertado a las siete de la mañana, destemplado en su pelo ralo, sorprendido en sus ojos de recién nacido.

Padre desayuna primero, se ducha y afeita después; Padre sale a pasear por el páramo del Domingo, siempre solo, transita, por la llaga que es su vida. Padre quiere crecer mil metros, pisotear algunas almas, salir al balcón y brillar; porque hay luz en el universo. Padre prohíbe primero, incita y coadyuva después; finalmente te juzga, ejecuta después lo juzgado.

Jamás Padre se traicionó porque el nunca creyó en nada, bajó los posters, quemó los libros, dijo que en fin cuando los otros. Hoy Padre ha llenado el saco de tesoros, mujer, hijos, amantes, la muerte aún un poco lejos.

Padre jamás discute, porque ante quién justificarse, una mujer desdibujada en carcasa de robot mezquino. Él tiene, su voluntad, él, sus circunstancias, la autarquía de un cobarde, odio hacia su creación.

Padre come, solo en su escenario, hace siesta en la cama, despierta al anochecer. Ha hecho siesta de muerte de la cual resurge perdido, por un instante no es nada, cero en la creación.

Padre se recompone, por el pasillo hacia la cocina, bebe, de pie junto a la nevera, dos vasos de agua fría. Padre coge el teléfono, hace memoria, marca un número, al cuarto tono descubre que ni sabe ni quiere decir.

—¿Sí? ¿Qué pasa?

—Habíamos dicho a las seis.

—¿Y?

—Por el tono.

—¿Qué tono?

—Estás aprendiendo.

—Bueno...

—Mañana mismo a una Academia.

—Ya lo había decidido.

—Eliges la que tú quieras y ya sabes.

—Ya lo tenía decidido.

—Academia.

—Se va a poner ésta o te cuelgo ya.

—Hijo, ¿qué hay?

—…

—¿Cómo es el tiempo allí? ¿Has ido a ver a Manoli?

—Sí, el sábado por...

—Y la comida, bien, comerás supongo.

—Sí.

—Pues yo no me encuentro muy bien últimamente, la espalda, pero tu padre dice que no es nada, aunque en cuanto llegue tu hermano le pregunto. ¿Has hablado con él?

—No.

—Tiene una novia nueva, guapísima, ésta yo creo que sí, que le va a durar, aunque ya conoces a tu hermano.

—…

—¿Ya lo sabías?

—Sí.

—Y bueno, se quedó con el coche viejo de tu padre, se fue ya con él desde aquí.

—Que sí cojones, que ya lo sé.

—A ver si te sacas tú el carné... aunque también, para lo que te iba a servir.

—Oye que tengo que colgar, que me llaman por la otra línea.

—¿Qué línea?

—Que te avisa el teléfono si te llaman.

—Ah pues yo no he oído nada.

—Es una luz que parpadea.

—Bueno pues ya hablaremos, que estudies eh, y cuídate.

—Adiós.

—Adiós hijo.

La mañana del Lunes amanece temprano, he decidido que me instruyan en una academia. No recuerdo la última vez que mi reloj marcó hora tan ingrata. Un viento frío barre la ciudad, esculpe hachazos en el hielo de mi rostro. Entro en un bar; pido croissant y café. Me siento después junto a la ventana para contemplar el fluir de las gentes: se erige en iceberg somnoliento, dios, hogar y espada, el centro comercial.

Han entrado, abrazados por el aire yerto, un mendigo y su perro. La barba larga y negra, el gorro negro y calado, lleva un abrigo que quedó estancado en el tiempo, y andares rotos de borracho. Conserva cierta dignidad en la pose, amables órdenes al perro y ojos de carbón enrojecido; despega billetes que parecen húmedos cartones y pide con voz deshecha: un cognac s´il vous plaît. Se lo sirven al momento, él se lo bebe de un trago; después se gira en redondo y busca un asidero en mi mirada, la desvío, me reprocha su fiel compañero con estoicos ojos perrunos.

Caen los minutos, los coñás y los cigarros, pero el perro no deja de mirarme. Cuando empieza a rebosar el cenicero decido que he de marcharme. Diría que ha amainado el viento, que hasta la estación no hay ni cien pasos.

Son tres paradas y un trasbordo hasta Guillotiere. Una escalera esta cortada por obras; la otra, nos vomita en una nube de hienas. Pululan ociosas tejiendo sus dominios. Las más viejas airean sus dientes oxidados. Otras venden cachivaches infernales.

La travesía, alá es grande, no se alarga entre las fieras. Paso junto a varios camellos que me silban su mercancía, algún bazar reinventado y el ocre de la que será mi escuela. «Bienvenue aux etudiants du monde», se puede leer sin ironía encima de la puerta de entrada.

La misma alimaña que me da la bienvenida me conduce marcial hasta la segunda planta: he ahí mi aula. Profusión de orientales, cartelones con el eslogan «on aime la France» y colorido mapa con la división administrativa. La profesora, una rubia postiza, despliega una sonrisa glacial que me fulmina, después, y dirigiéndose a toda la clase dice: Est-ce que tu peux faire une petite presentation? Je viens de l´Espagne, contesto. Est-ce que tu l´a entendu Chong?, pregunta ella. Chong sonríe y asiente. Comment , et toi Narumi? —Oui oui. Donc peut-être c´est moi qui est sourde, et... tu t´appelles comment? Escupo todas las letras de mi nombre, breve impresión sonora, de quién estamos hablando. Bon, on est en train de faire un questionnaire de Proust, tu connais qu´est-ce que c´est?, peut-être Kyongi pourrait te l´expliquer. Kyongi es ingrávida muñeca oriental, gozo eterno pederasta, una cascada negra esconde su rostro aniñado. Me inclino un poco pues no alcanzo a oír su voz y tímida se retira; imaginó sus dedos de juguete abarcando el mástil de mi polla. Hacemos juntos el ejercicio, su timidez me enerva, quizás porque la ostenta, porque no finge ser otra persona.

El cuestionario es enormemente estúpido, si fueras una flor..., pienso en una margarita y a la vez me represento una amapola, pero al final le digo que una rosa. Ella escribe mis respuestas, yo anoto las de ella; Madame me escruta, no sé si tendré que leerlas. En ese momento dice: On va faire une petite pause. Aprovecho y meo. Deambulo por el edificio. En la planta baja encuentro una sala de ordenadores, un atisbo de biblioteca, dos máquinas expendedoras. Me decido por las últimas. Sorbo después mi café negro perdido en nubes que amenazan tormenta; cómo caen las primeras gotas, cómo lloran sobre nuestras vidas. Un puñado de basureros surcan las aceras con anchas escobas marrones; portan atuendo amarillento (anfibio y estigma). Los niños dejan sus juegos y corren a casa excitados por la lluvia, que súbitamente arrecia, que oscurece el cielo; interrumpiendo a los barrenderos, que se apiñan bajo una cornisa. Forman una mancha amarillenta. Desdibujada tras la cortina de agua.

Pasa K a mi lado y sonríe al reconocerme, va, oui ça va, desintegrándose a continuación en un corro de estudiantes. La localizo más tarde en animada charla y la azoro con mi interés. En segundos se descompone, no acierta a pensar lo que dice, por lo que busca consuelo en la absolución de otra estudiante. Su amiga delfín se escora para descifrar sus cuchicheos, atesora un trasero inquietante, una elasticidad plástica que enciende mis alarmas. Anda date la vuelta, veamos que contienen los pantalones azul marino.

De repente se vuelve (me deslumbra con su luz), qué Dios te ha condenado a vagar por el planeta. Me observa un momento, sin buscar ningún pretexto, sonríe certera, desafía pensativa, y se gira entonces, dejándome con su espalda imposible. Será que brilla la melancolía en sus ojos de pantera, que he muerto de amor en un marco de ventana; quizás la soledad terrible; el temor a estar maldito.

Después ella desaparece, borrada por la muchedumbre, dime dónde estás. Y si no ha sido sino soñado; otra vez las máscaras, vuelven los uniformes; quiero que me lleves doblado en tu maleta, arráncame los ojos y te guiaré hacia la nada. Se enfanga la angustia, desborda mis pulmones, no puedo respirar, te lo ruego, dime, dónde estás. Por fin, ya veo: recordar, tu pelo, que es rubio; la primera sonrisa en el planeta tierra. Nuestros ojos se rozan, o eres omnipresente, y todo lo irradias. No sé cuánto va a durar. Me temo lo peor; ha empezado una marcha lenta de estudiantes hacia sus clases; te miro, quién sabe si por última vez, y tú decides que termine ahí mi tiempo. Se aleja flotando, resaca de corriente negra; veo su rostro, languidece en el hueco de la puerta; y al final nada, solo y confuso, agarrado a un vaso de plástico vacío; creo en el mañana.


Por la noche, al amparo de las sombras, sueño con su luz. Me pregunto de qué país vendrá, cuál es su nombre. Te imagino hija única, o con un hermano pequeño, y patinando sobre hielo.

Tus ojos son verdes, lo sé porque los he visto. Tu blanca piel refleja los estados de tu alma. Cuando sonríes amanece, y me devuelves a la escuela.

Desde tu ventana puedo ver: montañas en el cielo. Azul marino, es el color del mar. Frágiles esquifes surcan tus aguas. Briznas nosotros; ¡caliéntanos con tu fulgor! ¡Abrázame! tengo frío. Hold me tightly, anochece ya. Ensartados, tú, yo, la amargura; en el espejo; sobre el mar.

Hoy nos hemos despertado con el ruido de los muelles; por la ventana abierta el aire frío de la mañana. Ella despierta y viene hacia mí medio dormida; cierra entonces los ojos, apoya su pecho en mi cabeza; después se desnuda, poco a poco se deshiela, alza su blanca mano, destierra el saber por la certeza.

Resulta extraño cómo muta el espíritu. De quién era ayer ya no me acuerdo. Tumbado en esta misma cama, anónimo en la oscuridad impenetrable, pensaba que era aquello lo más cercano a la nada. Hoy la nada qué me importa. Podría entrar en ella abrazado a tu belleza; que volara después libre hacia el reino de las ideas.

Ya me vence el cansancio, pronto nos veremos, tal vez aparezcas en mis sueños.


El Martes te encuentro donde menos te esperaba, a unos metros de distancia, siempre vestida de azul, con tu rubia cabeza posada en la ventana del tren. Aprietas contra tu pecho dos libros marrones, viajas perdida en tus sueños. Qué tristes son hoy tus ojos. Podría sentarme frente a ti, y sostener tus manos blancas, y ya nunca tendríamos miedo.

Hace el metro su penúltima parada y me despierta el trasegar de cuerpos, vuelvo después a ti, pero ya no estás. Primero pienso que has olvidado algo, cruzando el barrio árabe me digo que es para eludir a sus habitantes, entrando en clase veo un apartamento extraño y a un hombre que te espera. A mi lado hay un objeto que resulta ser K, por el gesto me doy cuenta de que me debe haber saludado, le doy réplica que adivino seca, o así lo expresa su rostro.

Llega madame no sé qué y empieza la clase; puedo espiar por la ventana un amplio trozo de la calle, o quizás te encuentres ya recogida dentro de la clase, has paseado un rato respirando la ciudad, te has comprado un recambio de tinta azul.

—Monsieur Dumont est-ce que vous rêvez?

Por el tono de su voz se dirige sin duda a mí, pero por qué Dumont.

—Mais réveille-toi, on corrige les devoirs.

Quién eres, qué dices, me expongo y me pisas, déjame que vigile tranquilo la ventana.

—Je ne les ai pas fait.

—C´est pas grave, il fallait inventer un dialogue entre Monsieur Dumont et madame Blanche, donc tu vas le représenter avec Chong.

Chong y yo dialogamos. Utilizo los malentendidos para lanzar vistazos al exterior, pero tú no vienes. Quizás si cuento hasta cien... no, tú nunca faltas a clase, nos separan tres tabiques, en la pausa te veré. Cuando la pausa llega busco el azul y el amarillo, pero sólo hallo gris. Sale K a mi encuentro (estoy junto a la máquina expendedora), supongo que podría sonsacarle sobre ella, aunque es tan precario su francés, sea yo tan cobarde.

Çava.

—Oui
çava.

—Il fait beau aujourd’hui.

Me giro hacia la cristalera para pensar en una respuesta pero me topo con mi imbecilidad.

—Oui il fait beau.

—C´est comme
en Espagne?

Qué España, ah sí, España.

—Oui à peu près.

—Je veux aller en Espagne en été.

—Moi aussi.

Sonríe timidamente y dice: Mais tu viens de l´Espagne.

—Donc c´est pour que je vais y retourner.

—Ah, je ne veux pas retourner à Korea.

—Ah bon et pourquoi?

—Parce que J´aime bien la France, et toi?

—J´y commence.

Nos quedamos un rato callados. Ella sonríe un poco cohibida y al final opta por marcharse.

—D´accord, je veux aller à la classe.

—Moi je reste ici un peu plus.

Decido meterme en la biblioteca para controlar la puerta de entrada. En el interior hay una mujer gorda que ordena una estantería. Interrumpe su tarea, me mira por encima de las gafas y dice: Bon jour, jeune homme. Bon jour, replico yo.

—Est-ce que vous cherchez un livre?

—Oui.

—Quel type?

—Je ne sais pas, un livre facile, peut-être.

—Vous connaissez le petit prince?

—Oui, je l´ai déjà lu, j´en voudrais un encore plus facile.

—Donc, il y a les bandes dessines.

—Oui, ira.

Pone un tebeo en mis manos y continua con su tarea. Me coloco en un ángulo idóneo, abro el tebeo sobre la mesa y empiezo a contar los minutos.

Es inútil que te espere, ambos lo sabemos, pese a todo y con tu permiso yo te espero. Sabes, en clase la angustia me atenaza y madame me hace astillas, si tú le explicaras cuán débil me siento ella sin duda escucharía, romperle el cuello, tu bello rostro, conocer a Dios y a la familia.

Una voz de mujer me sobresalta: —Bonjour Monsieur, amusez-vous bien, es la bibliotecaria que acaba su jornada, Bonjour madame. No bien ha cerrado la puerta se me ocurre curiosear su fichero, por si encuentro allí tu nombre, aunque no pueda reconocerlo. Tiene el fichero dividido en dos hileras, en una los comprobantes de los libros prestados, en la otra lo que parecen ser fichas de estudiantes. Aaron Thomas. No me suena como autor. La segunda lleva foto: son estudiantes.

Empiezo a buscarte en la D, en la E no estás, vuelvo entonces a la A y las voy mirando una por una, salto la D y la E, ninguna más hasta la K, en la M te intuyo, es en la P al final: Persson.

Ella dice que te llamas Karin. He aprendido que vienes de Suecia.

Llego al Miércoles febril, cojo el tren de las ocho y veinte y te rastreo por todo el vagón, te busco además apoyado en la puerta divisoria, te imagino a través del cristal. Pero sólo hallo sombras. Tampoco hay suerte en el trasbordo, ni bendices el último tren, me despeño en el minuto veinticinco pero sano en el veintiséis, las puertas se abren imperativas, me siento a esperarte en el andén.

Los trenes paran, descargan y aspiran, llenando cada tres minutos el espacio con imágenes. Frente a mí están pasando con cadencia de celuloide: madres sin hijos, niños sin escuela, jóvenes que merodean los treinta, todos árabes, todos desempleados. Un desocupado se sienta junto a mí, mete una mano en el bolsillo de su cazadora y extrae un paquete de cigarros, después elige uno y lo despanzurra sobre una de sus manos, el resto ya me lo conozco. Transcurren dos, tres minutos, o los que en esta atmósfera embriagadora haya él necesitado. Aparecerás Karin ahora, harás mi dicha completa. El tipo se marcha, me quedo con su olor; puntuales por el andén asoman los primeros estudiantes; periódicamente un tren, estudiantes que siguen llegando.

Las nueve y veinte Karin, por qué no vienes. Vas a llegar tarde a clase, voy a perder mi segundo día de colegio. Espera que ya lo oigo, tú siempre vienes en el último tren.

La veo enseguida, de pie en el vagón de cola, que es para mi desgracia el que para frente a mí. Ella sabe que existo, qué va a pensar cuando me vea, mejor me levanto como si esperara el tren, pero qué imbécil, entonces tendría que entrar. Decido que tú quieres que te sostenga la mirada, y por lo tanto la fijo en medio de la puerta que frena, pero ella baja por la otra. Me pego aliviado a sus cortos pasos felinos, cruzamos juntos, de árabes, la nube infecta. En el ángulo de la calle me coloco al fin al lado de ella; vigila inclemente, calzada que ha de cruzar, se abalanza, para el tráfico, gruñe en silencio y con orgullo; después acelera el paso, existe y se mete en el edificio. La sigo apesadumbrado; bajo el cielo planea una sombra de humillación, cruzo también la calle y me cuelo a continuación en el edificio; entro en un pozo de ansiedad; recibe el gastado eco de la muerte.

Doy unas vueltas, inquieto, me acerco a la biblioteca, increpo a las máquinas expendedoras; me siento en medio del hall, hojeo una revista, bebo mi café negro. Elijo al fin la biblioteca y dejo mis útiles de trabajo reposando sobre la mesa, después voy hasta la máquina expendedora a por otro café negro. Lo tomo allí mismo apoyado contra la máquina y me entra nostalgia del hombre del tiempo. Es ya un trozo de mi vida, más fuerte que la amistad. Si quisiera Karin ser otro trozo de mi vida... el pedazo que me falta, dejar de ser y de pensar. No tengo más que esperarte dentro de hora y media donde nos vimos por primera vez. No olvides traer contigo tu sonrisa hacia el infinito, la soledad de un alma perdida en la gran ciudad. Karin esta ahora absorbiendo conocimiento, derramándose su amor sobre las hojas y cuartillas, convirtiendo en única la basura que le rodea. Cuando Karin entiende algo hay música en sus pupilas, y si alguna vez se aburre saca sus lápices de colores y pinta mundos paralelos sobre las hojas de papel. Tomo a Karin de la mano y la llevo a la biblioteca, la siento allí justo a mi lado y le doy un libro para leer; lee ella con atención las palabras sucias que hay en los libros, y en su rostro leemos las emociones que le asaltan. Esperándola he sido yo el que ha tenido que coger un libro, en él me encuentro con palabras que todavía no comprendo, y que voy anotando sobre los márgenes del papel, para después, leídas las suficientes, averiguar su significado con la ayuda de un diccionario; y así va pasando la mañana; aumentando en la luz que me lleva a la claridad de las once y media.


Empieza siendo un saltamontes japonés rebotando a mi alrededor, al cual se unen después algunos de sus compañeros, provenientes todos, al parecer, de la misma clase, hasta que en un instante, y sin tiempo para reaccionar, empiezan las oleadas de sedimento estudiantil. Entre las últimas viene, majestuosa en su porte, una pantera de las nieves. Conocido he que te llamas Karin, silenciosa en medio de la espesura.

Karin compra una lata en la máquina expendedora, la abre, mira al cielo, se difumina en la multitud. Camina un rato sin rumbo hasta que topa con K su amiga, junto a ella se sienta, bebiendo a ratos de su lata.

Yo la miro obsesivamente y encuentro por fin sus ojos, prodigio de honestidad que me hace desviar la mirada. Vuelvo después a ella como vuelva ella a mí, fascinada como está con la rata que se ha colado en su jaula. Termina su bebida, sonríe, habla un momento con K que se gira para mirarme; Karin se sorprende, lo piensa y vuelve a sonreír. Como resultado es K la que se levanta y viene directa hasta donde estoy, para en seco sus dos pies diminutos y dice:

—Ça va?

—Oui ça va.

—Pour quoi tu n´es pas dans la classe?

—Je viens d´arriver.

—Ah bon...

Se queda esperando un momento pero no obtiene ninguna réplica. K se apoya en la risa estúpida de los tímidos.

—Tu as fait les devoirs aujourd´hui?

—Non... y añado después piadoso, J´ai oublié.

—Moi non plus.

Karin deja su asiento. Su figura incendiándose en pos de la escalera. —Je vais prendre mes choses. K sonríe sin comprender.

—Ils sont dans la bibliothèque.

—Oui, oui.

Cuando salgo de la biblioteca K sigue allí esperándome, mitad por cortesía, mitad ya sabéis porqué. Al pasar junto a la mesa donde estaban ella y Karin le pregunto: —Et ton amie, elle est où?, je sais pas, elle fait comme tout le temps.

—Eh bon voilà, bon jour monsieur —dice la rubia maestra.

—Bon jour.

—Vous nous manquez.

—Vous aussi.

La profesora airea un poco los dientes en señal de simpatía y da por zanjada la charla: —Hereusement que nous nous sommes rencontrés.

—Heuresement.

La clase transcurre hoy sin que haya ningún sobresalto, sólo una lentitud exasperante que me aleja del sueño de Karin. Desempeño una labor placentera de maestro para K, me invade un sopor pederasta que el recuerdo de Karin logra tornar en vergüenza. Por la ventana entran destellos de un universo en clave árabe, en la pista de baloncesto los niños juegan al fútbol. Los veo acaparando las más ínfimas de las labores, viviendo siempre sin prisa en su mosaico paralelo. Voy de tejado en tejado, viajo de color en color, el rojo intenso es violencia, de la pantera que es Karin. Karin me habrá dedicado al menos un minuto, la habré hecho sonreír; acaba la clase, no me recuerda, entonces me encuentra en medio del pasillo. Me intuye ella indefenso mientras hablo con la maestra; sólo por verme pensaría, no si no piensa, mata, oye, respira, se fija en mí. Le intriga mi mirada, se acerca, empiezo a temblar; llega a mi altura, para, se abre su boca; sus ojos verdes, su lengua de animal: va? Oui va, digo yo, va, et toi?, dice la maestra.

—Oui, Je fais des progrès.

—Mais évidemment que tu les fais.

—Bon c´est pas si évident.

—Mai oui, que tu es une bonne étudiante.

—Ah oui?, merci bien... Bon a plus tard.

—Au revoir Karin.

—Au revoir —digo yo. Karin sonríe.

Baja las escaleras, yo la sigo con la mirada, más tarde ya con los pies. Karin entrando en la biblioteca, Karin eligiendo un libro. Me ve, sonríe; me escabullo.

La mujer rubia de raza aria busca una lectura adecuada a sus conocimientos, ha oído la puerta y se gira con la esperanza de encontrar a la bibliotecaria, en su lugar se topa con un ser como alimaña, esquivo con su mirada, cogiendo un libro al azar y haciendo después que lee a hurtadillas desde su banca. En su impostura ha cogido un libro en inglés, Principles of sexology, suerte para él que Karin no pueda saberlo. Entonces Karin se acerca, decidida, hasta donde él está, un libro cuelga de su brazo, sonríe en Enero, después empieza a hablar: Excusez-moi, est-ce que vous savez où est la madame?

—Je crois qu´elle part à midi.

—Ah c´est dommage.

—Mais j´ai vu comme elle fait, vous devez tout simplement noter votre nom là bas.

—C´est permis?

—Mais oui, pas de problème.

—D´accord, donc, j´écris mon nom... et voilà...

—C´est.

—Bon merci bien au revoir.

—Au revoir.

Me diluyo en tu mirada amor, vuelas tan lejos de mí. Rómpeme sea con tus zarpas; haz presa, alimento; enigma de la espesura.

En otra vida, tal vez, me consuelo. Y vívela ya no creas; la vida de un hombre.


El Jueves amanezco dominado por el sueño, un reflejo de Karin y cierro de nuevo los ojos. Media hora y un cuarto, todavía puedo llegar; tensan hilos infectados en el reino del deber, yo me embozo en las mantas y resisto como puedo; a las nueve y treintaiseis el peligro ya ha pasado. Sin fuerzas para ti Karin, sin fuerzas para nada. Dígome que ya he estado en este trance, que algo no marcha por mi cabeza, que sí, que el pasillo, y si te veo, y si te saludo, y todo es nada. Y tú eres órganos, sangre y química, impulsos, mi deseo. Y es así que eres perdedor: cuando hay lo que perder, no pudiera mejor ser, pared, polvo, firmamento; sólo un desecho humano.

Salgo un momento de la cama para ir hasta la mesa coger mi alma y volver. Mi alma se lía, con tabaco, en papel de grano, se fuma después con ansia en grandes caladas de angustia infinitesimal. Mi alma me ha enseñado que está de más en el planeta, que se muere por morir; que anhela ser liberada del pellejo que la retiene, mi alma dice que la deje ya partir. Que se asfixia, dice, en el cuerpo de un cobarde, que querría poseer; colarse por los agujeros, digerir algunas almas; conocer por fin las ideas; inmutables; tan constantes. Tú carne, dice, no tiene ya sabor, estoy harta de tu miedo, tu pereza, tu inacción. Mi alma se equivoca; yo voy a por Karin, con método, con lo que tengo; y si quiero ir iré, y si nada quiero nada obtengo.

Karin y yo adentrándonos en la jungla; ella lame mis heridas; sonríe y se abre un claro en la selva, frotando contra mi cuerpo su enorme cabeza de tigresa.

Son más de las diez y el cuadro es como sigue: un cuarto en semipenumbra, atmósfera viciada por el humo y un tipo en la cama con la manta subida hasta las orejas; parece haber encontrado un pensamiento reconfortante con el cual dormirse acunado por las drogas; mientras él duerme podemos ir a cualquier parte, a la entrada donde se aburre el vigilante del edificio, a la lavandería o al supermercado, podemos vagar por el centro comercial contemplando la vida de las gentes, y también podemos volar hasta la Academia y observar a Karin desde el exterior por la ventana. Karin es sin duda un magnífico ejemplar, aunque esté desubicado; pone tanta energía en cada cosa que hace, se diría un dibujo animado; nadie es así; esperemos que los años no nos devuelvan a un ser humano.

Karin remonta cada día su vía crucis hacia el arco iris, más sola de lo que parece, menos fuerte que aparenta ser. Karin sube y baja, siempre dando (o eso dice); de tres piedras saca un cuadro, de dos palabras una historia; amor puro que dar a poco que des a cambio, tan real que asusta, y absorbe toda la luz. Pero veamos que hace Karin: Karin sigue sonriente las explicaciones, cierra a veces los ojos, combate el aburrimiento; baja en la pausa a la biblioteca y devuelve el libro que ayer se llevó, excusas para la bibliotecaria y un breve recuerdo para el tipo que allí se encontraba. Nada importante. Quizás mire sin embargo de reojo a su alrededor al pasar rubia y etérea por el hall de los estudiantes; quizás se lleve una pequeña desilusión, imperceptible aún para la mente, tan pequeña que no hay porque negarla; y quizás eso unido al día desapacible y a quién sabe que más circunstancias provoque en Karin una punzada leve mientras cruza la clase rubia y etérea hasta su sitio. Karin se sienta y se vuelve hacia la ventana, el mundo gris, indefinidamente triste. Y no puede vernos, flotando en el exterior, porque nosotros somos invisibles para ella.

Nosotros volamos de vuelta al edificio para reencontrar al ser que habita sus dependencias. Lo encontramos donde lo habíamos dejado, nuevamente vivo; delirando en la cama, chapoteando en su propio jugo (sin duda encomiable su instinto de supervivencia); come y ha comido ya, fuma y se paladea, se da un punto de sabor con la música del estéreo, se viste y sale a por más drogas. Toma café en un bar desnudo. Fuma tabaco de pie en la barra. Pasea un rato por el centro comercial. Odia en silencio.

A partir de ahí las cortinas empiezan a correrse, remanso de paz o bajada a los infiernos, a él habrá que preguntárselo. Qué imbécil he sido; quién era el ser de la mañana; por qué me salgo de mi camino, para no ser, para ser nada. Por compensación el oxígeno, objetivo respirar, comer y no siempre, algún sueño, estar. El sueño Karin, que lo inhalaré algún día, que quizás me lo sirvan en la mesa. En esta vida tengo disponibilidad absoluta, incapacidad para angustiarme. Dirijo, así, mis pasos hasta un río, a su vera hay árboles, otras veces nada, secundado en ambas orillas por sendos muros de piedra; tan fáciles de sortear. Discurre el río bajo puentes que lo cruzan, un pescador hurga en sus aguas procelosas, se cuela un rayo entre las nubes y colorea las aguas de verde. Me coloco junto al pescador, él me mira; meto la mano en el bolsillo y saco los útiles de fumar, después lío un cigarro que enciendo parapetándome en cuclillas tras el muro. El pescador sonríe: —Il fait du vent, eh. Asiento a la vez que aseguro la combustión, mis ojos fijos en la invisible línea de nylon. El pescador es un viejo de ojos acuosos y temblor imperceptible, tan libre como yo, con demasiado tiempo. —Est-ce qu´il y a du poisson?, le pregunto, —Bon, à peine, me contesta, se queda después pensativo mirando las aguas negras: Avant il y avait, beaucoup, mais… je ne pechais pas si souvent, il y avait d´autres choses à faire. —Chaque chose a son moment, no? —Mais forcement, c´est ça qu´il y a. Doy una calada y levanto las cejas asertivo, acaso temiendo que él me descubra como impostor; aunque porqué habría de hacerlo, no es condescendencia, tampoco me proyecto en él, o si lo hago es inmanente, inevitable a mi condición humana. —Vous savez, moi, je pechais souvent en Espagne, et tout d´un coup les poissons ont disparu, pareil…mais bon… c´est surtout pour trouver quelque chose à faire… les poissons… je m´en fous vraiment, se echa a reír y concluye: en fin… je peux toujours aller au Marché, —Mais évidement, si c´est pour vous amuser, —oui, oui, c´est , a mon age il faut sortir, tu sais?, laiser les souvenirs chez toi et vivre encore, eh?, personne va vivre pour toi, —oui, —Mais, pour quoi vous dites oui?, vous êtes un gamin, —non je veux dire que je comprend, —ah bon, ca, je sais pas; has acabado por irritarme, viejo; me dedico a meterle frases hechas.

—Il faut être jeune d´esprit, c´est pas que vous voulez dire monsieur?

—Oui… à peu près.

—L´age et dans le cerveau, n´est-ce pas?

El viejo no responde, sólo asiente mecánicamente.

—Bon monsieur je vais partir, bon chance.

El viejo continua sin responder. Parece jodido.


Un ruido metálico, feroz, ensordecedor, anuncia el Viernes la llegada del nuevo día. En pleno desconcierto me incorporo en la cama, cerebro perdido en búsqueda de mis coordenadas; me localiza certero, razona, me lleva hasta la ventana; del otro lado el milagro de un edificio que vuelve a la vida, de un edificio hermano.

Los obreros gesticulan a un palmo de mis narices, las hormigoneras giran abajo en la planta sexta; llueve, un camión entra marcha atrás con su mercancía, sus pitidos intermitentes melancólicos bajo la lluvia. Están acabadas de la primera a la quinta planta, la sexta a medio hacer, la séptima salvaje. La colonia de obreros se encarniza con la séptima, vuelan los golpes sobre la lluvia hasta mis oídos, extiendo los brazos y los toco con mis dedos. Los obreros fuman, absortos, sacando astillas; enciendo yo también un cigarro en un impulso mimético; me acuerdo a la tercera calada: Karin.

Karin perdona. Karin persevero. A tu encuentro parto Karin, a mi linchamiento, bajo la lluvia y el frío, bajo los elementos.

Entro en el ascensor y aprieto la flecha descendente: el ascensor baja dos pisos; después aminora la velocidad y enciende una luz pequeña y roja que indica que va a detenerse: para en el cuarto. Entran dos nativos y un foráneo, dos machos y una hembra, la hembra me mira y sonríe: es K.

Reacciono tarde al aroma del destino: —ça va?, —oui, ça va.

—Tu habites ici, toi?

—Oui et toi?

—Oui, au septième étage.

—Moi au quatrième.

—Oui, j´ai vu.

—Quoi?

—Rien.

Los franceses nos miran con un punto de sorna en sus miradas.

—Quel numéro?

—Moi, le 711, et toi?

El ascensor termina su descenso, dejo que ella salga primero.

—Moi, le 413.

—C´est de mon coté.

K sonríe sin comprender: —Attend un moment, K busca en la casilla con su letra si hay carta para ella.

—C´est trop tôt.

—Quoi?

—Le monsieur n´arrive avec les lettres qu´à douze heures.

K me mira un momento y dice: —Oui je sais, mais hier… y hace un gesto con la mano, y mueve a la vez la cabeza, y al final la baja confusa baja, —Tu comprends?

—Oui —digo yo, y la miro, y sonrío por si acaso.


—Bon jour Samir, dice K.

—Bon jour Kyongi, dice S.

—Bon jour, digo yo.

—Bon jour monsieur, de nuevo S.

En el exterior llueve. Me pongo mi gorro negro, K abre su paraguas.

—Tu prends le metro?

—Oui.

K camina de mi lado derecho, unos pasos retrasada, distanciada de los coches. Giro la cabeza sobre mi hombro derecho y pregunto: —Tu es ici depuis longtemps?

—Cinq mois, et toi?

—Environ quatre semaines.

—Et tu fais quoi ici?

—J´apprend le français.

—Oui je sais… —sonríe.

—C´est pour mes études.

—Mois aussi, je veux étudier à Paris.

—Quoi?

—La mode.

—Oh c´est bien.

—Et toi, tu vas étudier quoi?

—La traduction.

—Ici.

—No, no, en Espagne.

—Pour quoi? Tu n´aimes pas la France?

—Je sais pas encore, —entonces lo deslizo—, je ne connais pas beaucoup de gens.

—Moi non plus.

—Mais je t´ai vu avec des amis.

—Oui, mais pas beaucoup.

Con estas palabras entramos en el centro comercial y mi conversación con ella queda en segundo plano.


No es sino en el recreo cuando los acontecimientos se pintan de amarillo; K y yo, ya íntimos, conversando junto a la entrada; Karin nebulosa, flotando en la distancia; su andar sigiloso, sus pies almohadillados; impronta maternal que me hace sentir tan débil. La recibo templado; aguantando su mirada, el verde reflejo: de la maldad que hay en mi alma. Karin desciende unos metros, poco a poco me desarma; su sonrisa y sus blancas manos; el despertar de una fe laica.

Ça va Kyongi.

—Oui, ça va Karin.

Ça va [mon amour].

Ça va —dice ella.

—Tu le connais?

—Oui, on a parlé l´autre jour à la bibliothèque, mais… excusez—moi, je ne connais pas ton nom.

—Je m´appelle Ernesto… vous êtes Karin, n´est-ce pas?

—Oui, mais on peut se tutoyer, on n´est pas français… Ernesto.

—Bon… Karin.

Mi sonrisa maliciosa, la inteligencia de Karin, en conexión inquebrantable.

—Il vient de l´Espagne —dice K, Je lui ai dit que je veux aller en Espagne en été.

—Quelle partie? —pregunto yo.

—Au Catalogne.

—Je suis allée là bas, dice Karin, quand j´avais 16 ans.

—Et a été bien?

—Oui, incroyable, on a vu Gaudi, la Sacré Famille, beaucoup de choses, Dalí…

Es por Karin que asiento, orgullo por la que no es mi patria.

—Tu viens d´ou en Espagne?

—Du Sud.

—Je vais aller au Sud aussi, à Sevilla —dice K—. C´est bien?

—Je ne sais pas.

—Tu n´est jamais allé?

—Jamais.

Karin retrocede dos pasos, se adentra en su dimensión, una fuerza que la articula y se la lleva por donde la trajo.

—Elle va ou?

—Elle fait comme toujours.

Siempre que será nunca; inmóvil a mi lado. Con esa convicción paso el resto de la mañana, sin rastro de Karin, atenciones para K. K revolotea un poco a mi alrededor, invitándome a decir, al terminar la jornada; lo digo: —Tu vas a la Residencie?

—Oui, mais je dois acheter quelque chose avant.

—Ou?

—À coté du Metro.

—Bon.

K compra fideos chinos en una tienda del ramo. A tres francos el paquete aparto unos cuantos para mí y se los pago religiosamente.

—Tu as déjà goûté.

—Non.

—Tu peux manger avec moi si tu veux.

—Maintenant.

—Oui… pas maintenant, à deux heures.

—C´est bien parce que j´ai pas de casserole.

—Donc, pour quoi tu as acheté?

—Bon, je savais… —sonrío.

K se ríe denotando comprensión plenamente occidental.

Las puertas se abren al alcanzar el ascensor, en su recorrido, la cuarta planta; K se entretiene para confirmar nuestra comida de negocios: —Chambre 413, —dans une demie heure?, —Oui, después las puertas se mueven obligándome a avanzar y colocar un pie a modo de freno, salvando así la impericia de K. Su cuerpo es frágil como hoja seca; tembloroso porque lo he tocado; el pájaro que con los años dejamos morir asesinado.


A las dos en punto estoy llamando a su puerta, traigo un paquete de los míos, las mejores intenciones. K me conduce hasta el fondo del pasillo donde cocinan sus semejantes; una vez allí, rechaza mis ofrecimientos, abre sus dos paquetes y los vierte en agua hirviendo; escurre después casi toda el agua tapando la olla con un plato y, compadeciéndose de mi ignorancia, me conmina a seguirla en un traqueteo infantil que nos lleva de nuevo hasta su cuarto. Pulcritud asiática que ella desmiente; hablamos de su país y del mío; yo interrogo, ella contesta; me pregunta ella, le respondo yo; tomamos café; nos compenetramos. Descansamos luego un rato agotados por tanto trajín; vemos su televisor, el mundo en la ventana. A las cuatro y veintiséis considero que me estoy excediendo y así se lo hago saber: —Si tu veux demain on peut faire quelque chose.

—Demain… attend, —K revisa un calendario que cuelga de la pared— je sais pas, il y a la fête d´une amie.

—Bon, un autre jour peut-être.

—Peut-être tu peux venir.

—Je sais pas, ton amie ne me connaît pas.

—Je peux lui demander si tu veux… elle est très sympa.

—Bon… d´accord, c´est quelle amie?, la fille de la clase à coté?, tu sais dans le couloir.

—No pas elle, une autre, mais elle sera là aussi.

—Et… donc…comme on fait?… tu l´appelles et après…

—Demain je t´appelle dans ta chambre.

—A quelle heure?

—A midi.

—Donc… d´accord, a demain.

—A demain.


Con rigurosa puntualidad la vibración agónica de un objeto que llegué a considerar inerte. En dos tonos erguido en el espacio, uno más en proyección, un hilo gutural concebido como respuesta:

—Oui, —con dos minutos de adelanto, chilla el despertador— un moment, es Sábado.

—Oui.

—C´est Kyongi.

—Oui… je sais Kyongi.

—Bon j´ai appelé mon amie.

—…

—Elle m´a dit que tu peux venir si tu veux.

—Oui… donc… c´est bien… et a quelle heure?

—À huit heures.

—Mais c´est tôt non?

—Oui je sais, comme en France.

—Et… on part à quelle heure?

—A sept heures peut-être.

—Oui, a sept heures c´est bien, donc à sept heures en bas, oui?

—Oui.

—Donc à tout a l´heure.

—Au revoir.


Las siete habitan en un glaciar que hiendo antes de tiempo. Retratado en el vestíbulo junto a Samir el moro. Él ocupando su lugar, pedazo de mobiliario; yo refugiado en un vértice, evitando sus miradas. Duchado y afeitado, con la ilusión de antaño; he sacudido de mis ropas pocas esquirlas de muerte. El comienzo de algo nuevo, va a ser, tiene que serlo; arcadas de reencarnación; dolorosos recuerdos. Un ser del que abomino, palabras que nunca dije, el rostro que no es el mío. Porque no es cierto que lo esté, porque yo no lo estoy: predestinado.

Me dejo llevar por el olvido y Samir intercepta mi mirada, después se agarra a ella, como anfitrión y huésped, esbozando una sonrisa.

—Vous allez sortir?

—Oui.

—Vous attendez quelqu´un?

—Oui, une fille.

—Kyongi?

—Oui.

Dios bendiga a K que aparece en ese instante, del ascensor a mis brazos, con su sonrisa por mampara.

Çava.

—Oui çava.

—Bon jour Samir.

—Bon jour Kyongi.

K sonríe dejándome la iniciativa.

—On y çava?

—Oui.

—Au revoir Samir.

—Au revoir, amusez vous bien.

En la calle sopla el viento; hay estrellas en lo alto. Mi gorro negro por costumbre. K camina junto a mí. Pero a dos pasos de distancia.

—Il est sympa non?

—Qui?

—Lui, le monsieur, Samir.

—Oui.

Imagino a Samir moviéndose furtivo por el subsuelo; envenenando el aire que respiramos.

—C´est qui ton amie?

—Nicole.

—Elle est sympa?

—Oui beaucoup.

—Elle vient d´où?

—Elle est... Kyongi rebusca entre sus palabras... anglaise¡

—Ah bon tu parles anglais?

—Non mais elle parle français très bien.

K camina siempre retrasada, siempre pegada al muro; con su sempiterna sonrisa de honestidad incomprensible.

Llegamos a un coche que usurpa un trozo de acera y me paro cediéndole el paso, ella se queda inmóvil. La miro y le hago un gesto con la mano, ella sonríe. Acabo pasando el primero.

—Pour quoi tu fais comme?

—À Korea toujours comme, l´homme avant.

—Ç´est vrai?

—Oui.

—Et pour quoi contre le mur?

—Parce que il y a des voitures.

—Donc c´est moi qui dois mourir.

—Quoi?

—Rien, c´est une blague.

K ríe porque es ésa la reacción ante las bromas.

—On va où?

—Saint Juste.

—C´est quoi?

—C´est en haut.

—Et la fille dans l´école habite là aussi?

—Qui?

—...Karin.

—Oui aussi.


Karin vive en una colina. Alejada de la escoria. En su nido de ermitaño.

Karin otea vigilante, picotea corazones, vuela sobre el asfalto.

Vuela Karin más alto; milenaria sobre la inmundicia; sur mon destin de escarabajo.

—Tu n´est jamais allé?

—Non, il y a le metro pour monter?

—Le funiculaire.

—Donc il faut payer deux fois.

—Non c´est comme le metro.

—Et... pour retourner... c´est avant minuit?

—Oui à peu pres.

Ernesto abriendo camino, detrás camina K, entrando en una plaza enorme y agusanada, pústulas que marchan unidas por el universo de baldosas. Hipnotizado él por la vorágine se deja absorber sin lucha por el centro comercial. Su aliento hoy es menos fétido, hoy porta un escudo de vidas imaginadas, un animal obediente que cubre la retaguardia. Laberinto de túneles, ansiedad subterránea, mantiene conversaciones inventadas con su amada. Verbaliza a Karin con reflejos de tigresa, inteligencia que dimana, lenguaje extraño a otras especies. Con la mirada perdida, viajando en el metro, asistiendo impasible a las peripecias de K.

K se ve rodeada de tres hienas de cortos años; un animal seboso de como mucho nueve; dos motas de polvo para acatar sin dudar sus órdenes. Hablan ellas con K mas saben que K no entiende. K se encoge y enrojece; el suelo barre con su mirada. Ellas palpan sin mesura, en manada acosan, simultáneamente jadean; y las respuestas ofrecidas principian en ellas un lento pero a la vez irrefrenable acceso de histeria. Pobre víctima indefensa. Logra salir del círculo y se coloca de espaldas en una esquina. Entonces, Ernesto sale de su mutismo: —Çava Kyongi?, Kyongi no contesta. Llega él hasta su lado y le toca en el brazo levemente: —Çava? (El cuerpo de K se revela impoluto al contacto de su mano. Existencia inerme, agitará el ritmo de su sangre) K se vuelve reafirmando lo necesaria que es la sonrisa: —Oui çava, mais qu´est—ce qu´ils veulent? Ernesto se hace de nuevas: Qui? —Les garçons. Ernesto desplaza su semblante en la dirección que indica K: Qui?, —Ah¡, mais c´est pas important, tu as peur? Para el metro, espoleados los niños, detrás Ernesto y K. —No mais je sais pas qu´ils veulent, —tu sais les gamins ils aiment bien rigoler, —très different à Korea, —c´est par la oui?, —Oui.

Ernesto y K llegan al funicular que sube a Saint Juste, entran en uno de los vagones y se sientan en espera de movimiento. Ernesto apoya la cabeza contra el cristal: el vagón silencioso, el andén medio vacío; después el tren se pone en marcha y se desarrolla una acción viva que le angustia un poco. El funicular queda un momento suspendido sobre la ciudad, hay un gato negro tumbado sobre un alfeizar, un agujero en la colina que se abre con vocación de túnel.

—C´est la prochaine?

—No il y a deux... il y en a deux.

—Très bien Kyongi, tu fais de progresse.

—Je sais pas.

K hace un mohín y baja los ojos sumisa, se ha maquillado para la fiesta, sale inesperadamente de su recato en la segunda y última parada: —C´est ici. Empieza entonces una extraña procesión en la que el guía marcha rezagado. Cruzan una calle, tuercen a la derecha, bajan un corto trecho, atraviesan la carretera. K se detiene de repente junto a la puerta de un ultramarinos: Attend je vais acheter une bouteille du vin.

—Pour la fête?, donc je devrais acheter quelque chose no?

—C´est bien... —K hace un gesto con la mano que nos une en el espacio, saco veloz unas monedas, ella me rechaza tajante: —Apres.

—D´accord j´attends ici.

Casas de una o dos plantas, un paso para peatones, lavandería y Kebab, pizzas, limpieza en seco. Para un autobús, descienden unas pocas hienas. K sale de la tienda y las mira con desconfianza, después se da la vuelta y dice: —On y va? Qué mundo injusto éste, un encontronazo que ha tenido K y ya prejuzga a toda una raza. Meto una mano en el bolsillo para coger unas monedas pero no vuelvo a sacarla, al fin y al cabo no fue idea mía. Me limito en cambio a obtener información de la cual poder valerme.

—Donc ton amie elle s´appelle comment?

—Nicole, j´ai déjà dis.

—Elle est a notre école aussi?

—Oui le matin.

—Comme nous?

—Non après, l´après midi.

—Tu veux dire à deux heures.

—Oui.

—Et tu la connais depuis longtemps?

—Oui parce qu´elle est... était l´amie de Karin.

—Donc vous vous connaissez depuis longtemps.

—Pas longtemps, quatre mois peut—être.

—Bon c´est un univers.

—Quoi?

—Rien.

Dejo entonces de hablar porque la cuesta empieza a fatigarme, al fondo se vislumbra un edificio mustio y de color negro, el azar lo mece, perdido en un mar de segundos.—C´est , —No. Pero sí es, o pertenece al menos al conjunto, según intuyo más tarde a la falda de nuestro objetivo. Son edificios varios, todos residenciales, el negro un vestigio histórico, solemne tras una entrada que nosotros hemos obviado, accedido por un colateral. Todo él reposa en la meseta que corona la colina. Los dominios del águila, por aquí habita Karin.

—Tu sais il y a un autre espagnol.

—Quoi? Où?

—Dans la fête.

—Ah bon.

Me coloco mi rostro impenetrable, me enmascaro en mi total desconocimiento, un autre espagnol ella lo ha dicho, será el que busco desde hace tiempo.

—C´est ici, —K echa raíces junto a la puerta de un edificio— —eh bien?, —on peut pas entrer, —pour quoi?, —la clé.

K mira al suelo. Yo miro a K. Ella me siente, interpreta y sonríe; no por ello dejo yo de mirarla. —Quoi? —Rien. Me divierto calculando el peso probable de K, su sexualidad de muñeca inerme entre mis brazos. —Quoi?, mais rien?, —quelqu´un.

Sale un francesito apolillado con aire circunspecto y nos colamos de rondón en el edificio. Me mira de soslayo, quizás con envidia; gilipollas. Subimos a la segunda planta. Avanzamos por un simétrico pasillo hasta la habitación que se descubre pronto por el volumen de la música. Sin exagerar, simplemente música. K llama dos veces a una puerta que se abre al instante, espero no equivocarme: Nicole debe ser la gorda, Karin sentada junto a la ventana, el español en pura lógica tras el proceso de eliminación.

Çava, dice Kyongi.

—Oui, çava Kyongi, et toi tu es?

—Ernesto.

—Enessto.

—Ernest if you want.

—Je vois you speak english.

—Un peu oui.

—C´est bien.

La gorda me da, golosa, el visto bueno. Llegar ha sido y a continuación besar el santo.

—You are spanish, isn’t it?

—Yes.

—Bon ici Eduardo, il est espagnol aussi.

—Qué pasa macho,

Inseguridad o maledicencia, se ha saltado varios peldaños.

—Et ici... bon je crois que tu la connais.

—Oui je la connais, çava Karin.

—Oui va Ernest, çava Kyongi.

Qué guapa está Karin desdibujada contra la ventana, serena en su sonrisa, indomable en soledad. Mi mirada, creo, no admite paliativos, y eso que tras ella van además mis palabras: —Tu parais un tableaux Karin.

—Ah bon.

—Oui, tu connais pas un tableaux de Dali avec une femme dans une fenêtre?

—No.

—Peut-être qu´il n´est pas à Figueras.

—Tu aimes la peinture toi?

—Un peu oui —miento.

Nos envuelve entonces un espeso silencio durante el cual conseguimos reinventarnos.

—C´est pas très bruyant cette fête

—C´est bien comme .

—Tu t´amuses.

—Oui.

Inesperadamente interrumpe el español: —Mais tu t´amuses toujours, n´est-ce pas Karin? Karin no contesta, él se levanta de la silla y viene hasta donde estamos, pasando a la vez un brazo alrededor del cuello de Karin. Envuélvemelo amor con muchas vueltas en un trapo, aprieta después con fuerza, hasta que deje de latir. El cerdo vuela hacia la boca de Karin, su hocico pestilente, la pesadilla de existir. Karin levanta un brazo, lo estira e intercepta; apartando después con dulzura, horrendo rostro de bestia infecta.

Otra vez me he precipitado, casi me pongo al descubierto. Miro al español volver contento a su sitio, lloro después con K, me legitimo en los ojos de Nicole. El español, al que por brevedad llamaré Z, se sienta de nuevo en su silla sin mostrar a simple vista traza alguna de humillación; me recreo aventurando que es un maricón reprimido, después cojo una cerveza caliente del montón que hay sobre la mesa y dirigiéndome a la gorda pido un abrebotellas: —Nicole, est-ce qu´il y a une ouvrebouteilles?

—Ici, —Merci.

—So Ernest, what are you doing in France?

—Well, I´m learning French.

—Pour tes études?

—Oui, j´en ai besoin, et toi?

—I´m taking a sabbatical year before I start my studies.

—You must be young then.

Z masca su ignorancia ante una lengua que le es desconocida, Nicole lo advierte y accede a sus requerimientos: —dix-huit ans.

—Et toi Kyongi? —le pregunto.

—À Korea on ne dit jamais.

—C´est bien.

Voy bebiendo mi cerveza, entrando poco a poco en calor, deshaciéndome en banalidades a gusto de K y Nicole. Ríen ellas, celebrando, algunas de mis ocurrencias, si bien es cierto que ocupan el lugar más bajo en la escala, y K ni siquiera es escala. Sin olvidarme de Karin, fisgando en sus avatares con Z.

Cuando las bromas expiran, los murmullos se acrecientan, no he sido yo, lo han decidido ellas: —On va au toilette. En su ausencia me acerco a Z, el cual es amigo de Karin, cuyo coño hierve en mi cabeza. Me reciben dos sonrisas, un presentimiento de hostilidad; he de someter esta última. K me ha traído hasta aquí, bien, pero ya no me sirve, y Karin es lenta, inaccesible al primer intento. He de hermanarme por lo tanto con un reflejo hacia el que siento odio, traerle una cerveza, aplaudir sus estupideces. Adoptada una personalidad, granítica como la de Padre, en las primeras escaramuzas, la que alimenta mi proyecto de éxito.

—¿Y de dónde eres tú?

—¿Yo de Madrid, y tú?

—De Cádiz.

—¿Andaluz?, pues no te había notado el acento.

—Yo a ti tampoco.

Karin asiste, apenas interviene; de espíritu sensible, en el hombre inseguridad; dice adorar la poesía, cavar un foso donde ocultarse. Indomesticada y asocial, dos años mayor que yo; me describo como vagamente culto, específico y distante, ni una broma sexista, ni un lugar común.

—Te ha gustado mi sueca, ¿eh?

—Esta buena sí, ahora que si tú tienes algo con ella...

—No, no tranquilo, yo me la he intentado hacer un montón de veces y ahora es como una broma, aunque si cae cae, n´est-ce pas Karin?

—Tu dis quoi toi?, ne l´écoute pas Ernesto il dit de betisses.

—Pas du tout, he is saying very interesting things.

—Why do you speak in English?

—You know.

Ella me sigue el juego: anyway, where did you learn it, in the school?

—Peut-etre...

—You are a mysterious man.

—I had an english girlfriend.

—She was your teacher then.

—Well, she improved it.

—Qué pasa macho que eres políglota.

—No, el inglés sólo.

Alrededor de las diez de la noche empieza a romperse el encantamiento; K acaba de anunciar su próxima retirada:— Je vais partir. —Deja?, —Oui, —mais c´est tot Kyongi, —Je sais mais... comme . En ese momento quedo yo sorprendido y medio en pelotas, hasta que el bueno de Z se ofrece a sostenérmela: —Tú te quedas, no, —...no sé, no sé, —Quédate y nos tiramos a estas tías..., —...bueno, je vais rester un peu Kyongi, on se verra le lundi, —Oui, au revoir tout le monde, —Au revoir Kyongi, —au revoir dice K, después, desaparece de mi vida.

La música que hemos oído; las cervezas que fenecieron; definitivamente de bajada. Palabras que eran asertivas en equilibrio balbuceante; las pupilas que me abandonan. Sin rigor, creo, no hay quien hable con Karin; echarme entre sus piernas y decirle que la quiero.

Me siento de repente violentamente desubicado; Karin está volviéndose cada vez más concreta. No debería no, yo ya no quiero rester plus ici.

Quiénes son estas personas que ahora me rodean; seres que saben quizás lo que buscan, jodidos estrategas. Decidme entonces compañeros qué es lo que he de querer, o si es sino morir en vida, y si alguna vez hubo alguien que de verdad no quiso nada.

—Te tiras tu a la gorda, ¿vale?

—Voy al water y ahora hablamos.

Cierro la puerta, respiro hondo, cuento mis dedos, me tranquilizo.

Encuentro el water en medio del pasillo, lindando con la cocina, otra metáfora de la vida. Más que water son servicios, a la derecha las duchas, a la izquierda para mear. Entro en uno de los cubículos y meo, después voy a la cocina y abro la puerta del frigorífico. Está dividido en compartimentos individuales asegurados con un candado, siendo así no cojo nada. Voy en cambio al fregadero y bebo un poco de agua, después abro a tope el grifo y meto debajo la cabeza. Sacudo al terminar a ambos lados, cojo un cigarro del paquete y lo enciendo junto a la ventana.

Un camino, algunos estudiantes, edificios hermanos, luces encendidas. Hay un trozo de césped, hay un árbol milenario, el viento que sopla sacudiendo su estructura. Nada me lo impide, podría marcharme ahora mismo. Necesito una señal. En verano son estrellas fugaces, en Febrero hay que inventarlas. Si entra aquél estudiante en el más lejano de los edificios quiere decir que vuelva. Vuelvo.

—Qué pasa macho que no te la encontrabas.

Z sonríe, lo noto nervioso.

—Bueno qué, qué hacemos.

—Yo con la gorda nada.

—No te jode, y yo tampoco.

—Qu´est-ce que vous racontez?

—Rien Nicole, il dit qu´il t´aime.

—Ah bon mais il me connaît à peine.

—You know, it strikes you.

Ella me mira. La angustia inunda sus ojos.

Nicole hace ya un rato que varó sobre la mesa (desde allí ha seguido la evolución de nuestra charla), interpelada a veces, descollando una depresión; Nicole se solaza en su desventura.

Me complace el dolor ajeno. En eso al menos me confieso comunista. Aunque tengo después un lastre de moral, mitad miedo, mitad condenación, que me impele siempre en la dirección equivocada.

Se passe bien Nicole.

—Oui Ernest, I´m just a bit tired, you know... I went with Kyongi early this morning to buy all the stuff.

—Where did you go?

—Actually we went near your place, what’s the name of that commercial center?

—I don´t know.

—How come?

—Comme.

Estos sonidos estúpidos, Z que repasa los cds, y Karin despega volando hacia su dimensión.

—Oye y ésta ¿a dónde va?

—Pues a su cuarto supongo, se pira siempre así.

—Pues la hemos jodido.

—Sí.

Çava Ernest?

—Oui, oui.

Un momento, miradas, algo que se ha roto. Llaman a la puerta. Ilusión que se extingue estéril.

—Entrez.

Çava ma petite Nicole.

—Oui çava, on t´attendait Vincent mon chéri.

—¿Y éste?

—Este es el que se tira a la gorda.

—Pero parece medio maricón.

—Sí, creo que lo es.

He dicho medio maricón y he reposado mis cuencas en los ojos de Z. Sólo un momento.

—Bueno pues yo me largo.

—Joder no me dejes aquí con el maricón y con ésta.

De repente se ha forjado, entre nosotros, una amistad íntima; tengo que marcharme, lo sé perfectamente; si me paro me hundo, ahí soy especialista.

—Pero estos querrán follar y eso.

—Es verdad... joder que mierda de fiesta, bueno pues podemos ir a otra parte.

—Es que he venido sin dinero.

—Joder… oye y si vamos a mi cuarto, tengo cervezas y unos cuantos porros.

Fumar con un desconocido. Una idea horrorosa. Entonces porqué acepto.

—Nicole on va partir.

—Toi aussi Ernesto.

—Oui.

—On va fumer dans ma chambre.

—Ah bon, toujours, toi aussi Ernest?

—Oui, j´aime bien.

—D´accord, au revoir.

—Au revoir.

A plus dice Vincent. Yo no digo nada.

Z me guía por el edificio hasta la tercera planta. Exige demasiada información y le contesto con monosílabos. Vive en la 111, a dos puertas, según dice, de la habitación de Karin. Karin puede que esté, metiéndose en el coño sus poemas, lamiendo las baldosas con su áspera lengua de gato. Si mi odio es irracional será porque lo tengo enquistado, a mi bien me gustaría que pasase entero a la conciencia.

—¿Te lo lías tú?

—No líalo tú.

—Te gusta (no sé qué grupo).

—Sí.

Z se levanta y pone música; es un gilipollas; quiero abrirle la cabeza. Tararea después sin disimulo a la vez que fabrica el porro; lo termina, me mira y me lo ofrece; cojo el encendedor, lo enciendo y sonrío: —Como entra esto. Él habla entonces con satisfacción de su costo, yo le pego tres, cuatro caladas y a continuación se lo paso; lo observo mientras fuma; él sonríe y empieza a hablarme de música.

Supongo que podría follármelo. Que más da si es un objeto. Aunque estoy tan fuertemente atado a mi llamada identidad.

Preferiría desde luego matarlo. Claro está si quedara impune. Si no tuviese que pagar el precio de una espantosa incertidumbre.

Mejor siempre la indiferencia, vivir en la inanidad. Controlar el pulso, la ingestión de oxígeno. Mirar sin ver. Definitivo y animal.

Por más vueltas que le doy nunca logro estabilizarme. Me despeño o bien me inflo; me agacho después vencido para recoger los pedazos (el eterno retorno que he conocido).

Así van pasando los segundos. Consumido alrededor de un tercio. Días que nacen y mueren. Y me sonríen con sarcasmo.

—Ves, aquí entra el solo. Asiento y me embuto mi dosis, ya se dejan sentir los efectos. Es ahora cuando he de marcharme, lo pienso mas no abro la boca, no muevo si quiera un dedo. Z me mira, me miran sus labios, enrojecen y se abaten; ciertamente deseables. Si sólo él supiera que no puedo ya moverme, que me recorre un hormigueo que ha paralizado todos mis músculos; espero que no lo note, si no estoy perdido. Lo miro fijamente y consigo oscilar la cabeza, después entorno los ojos para que me haga en un limbo de sueños. Cuánto tiempo habrá pasado, necesito más minutos. Lentas unidades de tiempo (mis ojos semicerrados), tiempo para aniquilar mi presente (que me arrebata cada momento), el infierno, todo el tiempo del mundo. El mismo que ha visto a Z levantarse de la silla de repente, a Z pasar a mi lado, a Z salir del cuarto. Empiezo por fin a mover los brazos, las piernas, la cabeza; abro de golpe la boca y la dejo por completo abierta, intento caminar pero acabo sentándome en el suelo.

Cuando Z regresa me mira como si fuera otro; habla pero apenas oigo, sus ojos laten asustados. Quiero decirle que la quiero, que moriría de amor por ella; pero es entonces cuando me doy cuenta de que no puedo parar de reírme.



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Paolo Diz Liba es el seudónimo de un autor que reside en Granada.
alvaro_espantaleon[at]yahoo.es
Sobre esta novela corta dice el propio autor: «Aventuras y desventuras de un joven español en una ciudad cualquiera de Francia. El amor, los celos, la pasión o el odio serán compañeros de viaje de tan singular y atribulado héroe».



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