F R Í O


DARÍO VASCO MELERO


1

Frío. El hielo en los dedos que sostienen un vetusto y cansado rifle, rojos, vacilantes, temblorosos... La mirada fija en el horizonte, donde la bruma y la nieve se confunden en un blanco difuso, interminable. A ambos lados del camino, los inmensos edificios de metal y bronce se apagan dejando caer sus sombras sobre la invernal carretera. Sólo las luces rojas y amarillas de las naves en llamas permiten apreciarlas, ya que el nublado cielo entristecido llora lágrimas heladas y duras, que caen como piedras sobre la gorra de piel vieja que reposa en la cabeza de un soldado muerto... Pero no se nota el frío. Sólo los dos ojos abiertos esperando, dos ojos inexpertos de quien nunca ha sostenido un arma. En ese momento estás aislado del resto, tus compañeros, pese a estar a tu alrededor, te dejan solo, todos ellos están solos, temerosos de su destino... cada uno hará su trabajo para vivir otro día más y volver junto al improvisado fuego del campamento.

Silencio. Siempre se hace estridente en una espera. La respiración contenida, restan segundos para que las máquinas se definan en la niebla; será entonces cuando comenzará realmente la batalla.

Al primer atisbo de un cañón enemigo, los habitantes del complejo industrial abrieron fuego, desplegando todo su arsenal sobre los dos únicos puntos visibles. Sólo yo me quedé quieto, mirando, aún con los nervios en tensión, mientras los demás saltaban sobre mí con estrépito, infundiéndose valor en un grito de angustia. Yo estaba paralizado, no de miedo, ni de pánico, no, nunca arrastrado por nadie, sino de asombro. Las espaldas se entrecruzaban alejándose cada vez más, dejando un mar de huellas en la nieve blanca y granate. Poco a poco iban cayendo, cada vez más a menudo... pero al mirarlos, no veía a Dionisio, siempre con su vieja chaqueta de Yes, ahora atravesada por una fría bala... ni a Alicia, con aquella sonrisa que tantas veces me hizo perder la cabeza, ahora con la suya hundida en el hielo... sino a cuerpos que eran parte de un paisaje desolado.

...«¡Levanta de una puta vez!, ¡a qué esperas cobarde!,¡levántate y lucha!...». Guillermo me alzó del hombro, haciéndome salir del estado casi de embriaguez al que había llegado. Sin darme cuenta, los soldados enemigos habían invadido ya la fábrica, a menos de 500 metros de mi posición. Más de la mitad de mis compañeros estaban muertos, tendidos en el suelo, pero yo seguía atascado, mientras Guille me miraba a los ojos, atravesándome desde sus pupilas cubiertas de lágrimas. Un momento, nada más, y salió corriendo hacia el aparcamiento de camiones, donde ahora mismo batallaban como perros el fruto de la tecnología y la ambición por errores ya cometidos. Y yo le seguí.

Salí corriendo tras él, fijándome sólo en el camino, sin alzar la vista. Mis piernas temblaban, empezaba a reaccionar. A medida que iba dejando el limbo donde me encontraba, mi respiración iba aumentando de ritmo, mi corazón cobraba vida a pasos desmesurados. Dolor en el costado, el alma golpeándome fuerte, como el arma que sostenía en mis manos. Luces, difusas pero intensas, llamas que veía corridas, confusas, las piedras de hielo cayéndome fuerte en la cara, las rodillas que apenas soportaban mi carrera, los pies fríos, un palmo de nieve arrastrando a cada paso. El corazón por la boca y los sentidos perdidos, ahogando mi vista en muros que pasaban rápido, en cuerpos que iba sorteando entre el humo de color y el olor a azufre de las bengalas de luz esparcidas por la carretera. Salimos de la eterna calle, llegando al patio del aparcamiento...

Alcé la vista, ya no seguía a Gille, aunque era igual, paré de correr. Recibí un disparo. Caí al suelo.


Me desperté helado. No sentía dolor, mi brazo derecho estaba demasiado frío. Apenas podía moverme. Miré a mi alrededor .Mis ojos sólo veían tejados y edificios invertidos, y un cielo gris y negro. Al posarlos a ras de suelo los cerré, ya que la visión de todos esos hombres y mujeres en grotescas y ortopédicas posiciones me hizo recordar dónde estaba.


Por qué sigo todavía luchando? ¿Por qué no he encontrado la muerte, qué suerte es la mía que me ha hecho seguir vivo donde mis compañeros cayeron? Ojalá todo haya terminado... ¿Sigo vivo, o acaso estaré en el infierno?, un infierno frío y muerto, donde el ser humano se convierte en caos y furia, llantos, locura, miedo, obsesión...


Al poco tiempo de abrir los ojos logré sentir algo en la pierna, y me intenté incorporar, sin éxito. Un hombre dejaba una camilla tirada por perros en la carretera, a mi lado. Aquí fue cuando me di cuenta de la gravedad de mi situación, cuando por un momento volví a sentir por mí, a preocuparme de mi persona... sus labios se movían, pero no salían palabras de su boca...

SILENCIO

No oía el fuerte viento que azotaba los muros y llevaba cascotes de hielo de un lado para otro. No escuché los disparos lejanos, síntomas de que la batalla se había trasladado a otra parte, ni el jadeo de los pocos supervivientes de la masacre acaecida en mi antiguo hogar.

SILENCIO

Me encontraba en una burbuja de vacío, y no sentía nada. No me di ni cuenta de que me estaban subiendo a la camilla y que me desplazaba del sitio. Tampoco sentí el cada vez mas latente dolor de mi brazo. Sólo quería que toda aquella pesadilla acabase pronto y pudiera volver a mis investigaciones y proyectos, a conocer chicas, a la odiada rutina que ahora se me hacía el cielo, perdí el conocimiento...

2

Al abrir los ojos me encontraba en una inmensa estancia blanca. Noté mi brazo rígido... poco más tarde supe porqué, estaba escayolado. No podía mover el cuello, asegurado a un collarín muy molesto. Pero había una ventana grande en el techo, que veía sin problemas. Desde ahí se reflejaba el resto de la habitación. Sólo distinguía la silueta difusa de un cuerpo femenino postrado en una cama paralela a la mía, el resto de la habitación vacía, sin muebles. Toda blanca ella, como las paredes lisas y solitarias de la gran estancia, retozando en aquellas blancas sábanas. Se levantó y dirigió hacia mí al sentirme despierto. Su expresión era divertida, esbozaba una sonrisa de oreja a oreja. Ciertamente, era bellísima. Me recordó un poco a Marta, mi ex-novia, aunque sólo fue en la primera impresión.

La verdad, pasado un tiempo, en el que ella no se movió del sitio, contemplándome siempre, tranquila y sonriente, empezó a parecerme si cabe más extraña, pero a cada instante más familiar. Quería dar la impresión de no advertir mi conciencia, y siguió observándome un rato más, dejando que me recreara en cada parte de su cuerpo, con mis ojos entreabiertos, escudriñando a esta linda rubia con bata blanca, olvidando, por un momento, mi situación de convaleciente. Entonces abrí los ojos poco a poco, y ella hizo como si no hubiese notado que la observaba momentos antes. Esbozó una sonrisa mientras decía:

—¡Gracias a dios que has vuelto en ti!, ya pensábamos que no te despertarías nunca —su voz sonaba dulce, agradable, cálida—. ¿Cómo te encuentras?

—A ver... no siento el brazo, ni puedo mover el cuello... me duele bastante el costado... pero en general... estoy bien.

—Ja, ja, ja, ja!! —qué dulce sonaba esa risa—. Sí, yo diría que estás inmejorable —qué diablos me pasaba, ahora me estaba sonrojando—, ja, ja, ja...

—Esto, eh... bueno... pero ¿dónde estoy?

—¿No sabes donde estás? Ah, je je, por supuesto, te encuentras en el hospital para heridos en combate del complejo de refugiados, vamos, el que estuviste defendiendo con valor hace un par de días. Caíste en combate, herido de bala en el costado. Suponemos que alguien cayó sobre ti de tal forma que te rompió el brazo y bueno, también has sufrido una luxación de cuello, pero creo que te recuperarás pronto. De hecho, estás bastante despierto y fresco, diría yo. Ya pasó la fiebre y tras la operación, parece que te has quedado bastante a gusto.

—¡¿Operación?! —empecé a marearme.

—Ja, ja, ja, no te preocupes, te veo tenso, tranquilízate —puso su mano en mi frente, se acercó a mí lo suficiente para que pudiera escuchar su respiración, y sentirla—. ¿Ves?, ya estás mejor —volví a sonrojarme, joder, siempre que me gusta una chica no controlo mis reacciones—. Te extirparon la bala que tenías en el costado. Con respecto al brazo, tienes 36 puntos y varios tornillos en tu codo. No te preocupes, no los sentirás siquiera. A todo esto, aún no me he presentado. Yo soy tu enfermera, mi nombre es Norah.

—Yo soy Gabriel.

—Gabriel Vargas Gil, sí, ya me lo dijeron. ¿Sabías que te has convertido en toda una celebridad dentro del hospital? ¡Verás cuando todos se enteren de que has despertado!

—¿Cómo?¿Por qué?

—¿No recuerdas por qué te dispararon? Guillermo te ha creado tal reputación que aquí te consideran ya un héroe. Lo encontraste herido en combate, y cargaste con él exponiéndote al fuego enemigo largo rato, atravesando todo el aparcamiento hasta aquí, al hospital. Lo dejaste en la camilla y volviste a la batalla. Te encontramos al día siguiente, en muy mal estado... Pese a todo, has mejorado mucho a lo largo de estos días.

—¿Cómo está Guille?

—Está perfectamente, muy recuperado, ya puede hasta caminar. Sin embargo no le dejaremos venir a visitarte hasta mañana al menos. Ya tendréis tiempo de hablar largo y tendido. Por ahora, ¿qué te parece si bajo a traerte algo de comida? Seguro que te mueres de hambre...

3

—Perdóname otra vez, amigo, nunca podré agradecerte lo suficiente... perdóname, por mi culpa ahora estás así.

—¡No me cambies de tema! ¿No estábamos hablando de mujeres? ¿ Y no es eso, en el fondo, lo único importante ahora? —sabía cómo iba a reaccionar, je je, puse esa cara de no aceptar contradicciones.

—Je, je, je, estás hecho todo un cabrón, siempre pensando ´con´ lo mismo, incluso ahora que estás herido... hombre, tal vez ahora te vean más frágil y ahora ligues más. Al menos ya puedes presumir de cicatrices, el resto lo he hecho yo por ti, je, je. Ya sabes, los héroes reconocidos son como átomos, ellos son el núcleo, siempre con cantidad de mujeres en torno a ellos, girando, jejeje.

—De verdad que no tienes remedio, ¿de dónde me sacas esas comparaciones tan cutres? Ya sabes que no debes preocuparte más por mí. Te agradezco todo lo que has hecho durante estos días. Mañana ya podré salir de la habitación y dar un garbeo por el edificio. Estoy harto de estar acostado. Necesito aire fresco, desde aquí ni siquiera puedo mirar por la ventana más que al cielo.

—Ya lo verás, desde que terminó la guerra, todo ha vuelto a su sitio. Es verdad que todavía hay muchos escombros, indicios de la batalla, pero todo se ha quedado muy agradable en pocos días. Además, ya sabes que los demás heridos desean verte algo recuperado, bajando tú a verlos a ellos. Norah dice que eso les levantará el ánimo, aunque en general están felices de que haya terminado todo, y de que seamos nosotros los vencedores de esta contienda.

—Norah... ¿realmente crees que en mi estado tengo alguna posibilidad con ella? Ya sabes, todas las chicas que me gustan realmente me inhiben, no se, me quedo como sin palabras, atontado...

—No te preocupes, a ella le gustas.

—Pero... ya sabes cómo es... no sé si...

—No hay peros. Es verdad que es bastante inocente, y sobre todo alegre, optimista... Debe de haberlo sido siempre, a todos nos ha tratado con ese carácter casi mágico. Pero, aún sin haberte conocido, estuvo pendiente de tu operación, de eso estoy seguro, y al hablarle de lo que hiciste por mí, bueno, se le escapó una sonrisa bastante alentadora. No desperdicies la oportunidad. Ya sabes que se irá a casa dentro de dos semanas... No puedes quedarte así. ¿No ves que no hay apenas heridos graves en el hospital? De hecho, los que quedamos somos pocos. A la mayoría los han trasladado a hospitales más importantes, en la capital. Los que aún permanecemos aquí pronto saldremos de baja. Tú tal vez estés algo más tiempo, pero no tardarán en enviarte a tu casa.

—Está bien, ya pensaré en algo. ¿Y tú qué?, ¿cómo te va con la jamaicana esa?

—...Ahh ...ejem... je... Ya sabes que no soy tan enamoradizo como tú, prefiero no atarme a nada. Aunque la verdad es que está bien buena —me guiñó el ojo a la vez que soltaba una carcajada—. No, en serio, pues no sé, supongo que me estoy encariñando de verdad. Bueno, digamos que lo dejo todo en el aire, lo que tenga que pasar que pase...

4

Abrí por primera vez la puerta. Me notaba ya con fuerzas. Era la primera vez que me movía de esta cama, de esta habitación. No necesitaba siquiera un bastón, ni a nadie que me ayudara a andar. Antes de cruzarla me fijé de nuevo en la estancia blanca dónde había estado viviendo todos estos días. Dos amplios ventanales dejaban entrar haces de luz en la pequeña estancia. Uno de ellos se reflejaba graciosamente en el espejo de la mesilla junto a la cama, en madera de pino, cálida y antigua. Un par de radiadores blancos, varias mesas con instrumentos quirúrgicos, un armario con cristalera donde se averiguaban cantidad de cajas de material y medicinas. Todo parecía nuevo, intacto. Hasta la alfombra mullida del suelo, verde agua, le daba un toque original a la ya familiar habitación. Dejé de mirarla y salí de ella. Un claro pasillo no muy largo, bien iluminado, que daba a otras tres habitaciones vacías (por supuesto) acababa en unas escaleras de mármol. Bajé con soltura, me sentía en forma, y ese cálido ambiente, iluminado por el sol, me hacía estar de buen humor. Al llegar al primer piso, me encontré con alguien a quien no esperaba volver a ver. Alicia seguía tan guapa como siempre, más incluso ahora que se la veía descansada, dulce. Me miró y sus ojos expresaron felicidad. Se me acercó y me abrazó con fuerza. No sabéis la extraña mezcla de sentimientos que en ese momento pasaron por mi cabeza... alegría, sorpresa, melancolía... casi me brotaron las lágrimas... creía que había muerto. Me dijo que estaba bien, que había sufrido apenas unas heridas leves. Sin embargo, pese a que estaba contenta por verme bien, había un rastro sombrío en aquella mirada, que fue en aumento conforme íbamos hablando. Me percaté rápido. Sé que no me suelo fijar en lo esencial, pero esta vez lo capté pronto. La miré a los ojos, y sin vacilación le pregunté por las ojeras y mejillas hinchadas, todavía con rastros de lágrimas, y ese intento frustrado de ocultarme una tristeza enorme bajo un fino manto de alegría... La situación cambió radicalmente. Se echó en mi hombro sin tener en cuenta mi aún frágil estado. Sin embargo, la dejé hacer, no me sentía capaz de apartarla. Sentí su llanto brotar sobre mi pecho, su pelo rozándome la mejilla, su pelo también triste, ahora, dejó de reflejar la luz del sol...

...«Yo salí ilesa, pero... Dionisio ha muerto».... Entramos en su habitación. La senté en la cama y me contó todo lo ocurrido. En la confusión de la batalla, un instante de flojera bastó para separar las manos de los dos enamorados, perdiéndose entre el tumulto y el humo de azufre... Más tarde, tras una desesperada búsqueda, una vez el combate se desplazó a otra parte, pudo ver la chaqueta negra de cuero, con el dibujo de una serpiente enrollada a la palabra YES, seguida del subtítulo Fragile... estaba en el suelo, un charco de sangre alrededor de su esposo. Aún respiraba. Estuvo ingresado en el hospital varios días. Se puso bastante mejor, de hecho, parecía que no iba a tener problemas en su rehabilitación... ayer murió de un paro cardíaco... «cuando estaba bien me dijo que te diera esto, que te lo merecías...». Alicia abrió el armario y sacó una chaqueta de cuero negra, con el interior forrado en lana, una buena chaqueta. Varias rozaduras en la tela, un par de agujeros, los puños rasgados... toda auténtica, toda una chaqueta.


La estuve consolando hasta que una exaltada Norah entró de golpe en la habitación, suspirando al verme sano y salvo. Acabó uniéndose a la conversación hasta que cayó la noche.

5

La puerta estaba abierta. Alguien dentro hablaba recio, pero desde el pasillo sólo se veía a un interlocutor. Entré. No había más un hombre mayor en la habitación, de unos setenta años, acostado en la única camilla de la habitación. Tenía una gruesa barba gris, apenas poblaba su cabeza algo de pelo, pero lo había, blanco como la nieve. Estaba recostado, vociferando, incluso al entrar yo en la habitación. Al notar mi presencia se calló.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¡Fuera sucia rata bastarda!

—Perdone, no quería molestar... es que vi la puerta abierta, oí gritos y...

—¡¡Molestar!! ¡Yo si que estoy molesto ya!

—... Eh?...

—¿Sabes una cosa hijo? Yo antes era profesor de filosofía... Sí, como lo oyes. Jeje, y por gracia del destino un día me ´iluminó´ el ´cielo´... y me hice sacerdote...

—Esto... ¿de veras?

—Como lo oyes.

—¿Pero, sigue siéndolo?

—¿Seguir siendo qué?

—...Sacerdote...

—¿Sacerdote yo? ¿Pero qué estas diciendo?

—Pero... si me ha dicho...

—...Es difícil hablar contigo, niño, no se te entiende cuando balbuceas...

—...Entonces, ¿qué es ahora?

—¿Aparte de jubilado?, soy siervo de las burlas y la incoherencia... vamos, soy político...

—... ¿¿Político??, pero si usted tendrá ya...

—Sí, muchos años. ¿Y sabes lo que he aprendido en todo este tiempo?

—Pues... usted dirá...

—Te voy a contar un secreto. ¿Sabías que Dios es un humano teórico que no ha vivido, pero que existe en sí mismo como concepto del hombre? Dios sólo intuye los sentimientos, valora y elige los actos más propicios para lograr la paz y/o bienestar, aunque, ya sabes, a ÉL le gusta centrarse más en el aspecto espiritual y eso. Pero lo que pasa es que Dios nunca se ha relacionado con otro ser humano (teórico), ya que en sí no es real, hecho que no imposibilita, no obstante, su existencia.

—Ehh...

—Lo que te digo chico, que Dios, pues, desde su soledad infinita, se dedica a teorizarse a sí mismo, y se presenta al hombre como lo que, si fuese real, quisiera ser... aunque últimamente ya no lo hace muy a menudo. Dios es y o es, y te digo una cosa, entre tú y yo... Sus esquemas seguramente se romperían si le abandonara su novia, muriera su padre o se enamorase de una bonita chica... Eso te lo aseguro yo...

—Ahhh... esto...

—Tal vez, entonces, dejara de creer en sí mismo, se convirtiera por un instante en hombre, y a continuación dejase de existir... ¿sabes por qué?

—No.

—Dejaría de existir al comprender que el hombre corriente, un solo hombre normalito, llega a ser más complejo que él, todo un Dios infinito.


6

Se sentía confuso. Despierto, pero confuso. Le dolía la garganta. Norah entró en la habitación. Pese a todo, intentó mantener la normalidad. Se acercó a la cama. La habitación, vacía y apenas iluminada, dejaba entrever una sentida lágrima, sólo una, que se resistía a soltarse del párpado de la dueña de tan tremenda melena rubia. Postrado en la cama, parecía no comprender nada. No hubo intercambio de palabras. Sólo se oía una lejana brisa, cada vez más tenue. Poco a poco, el ambiente se hizo más oscuro, todo se hizo más frío, lúgubre... de repente, también le dolía la cabeza. Ahora sentía un pitido lejano, distante, casi ultrasónico, apenas percibible, pero muy molesto. Se soltó la lágrima y se escurrió por la pálida mejilla, sin despegarse de la piel, muy cerca de la comisura de los labios, muy clara, lenta. Poco a poco el ruido se hacía más notable en la cabeza del convaleciente. La lágrima llegó al cuello, que a su vez se inclinó a la cabecera donde un cada vez más nervioso paciente observaba, observaba, observaba... y esperaba a que ese beso llegara, ese beso bañado en lágrimas... ya. Se fundieron en arrepentimientos inexistentes, previendo el final de una feliz historia... a cada instante sentía más duro el pitido golpeándole en la sien. De pronto, se separó de aquella belleza bruscamente, ella lo miró asustada. Despacio, y con extrañas muecas, casi de asco, Gabriel escupió algo sobre la cama. Los ojos de ella no separaban la vista del alargado objeto metálico. Asustado incluso, cogió entre sus manos la pieza húmeda y cubierta de saliva... saliva de ambos... era una bala del tamaño del pulgar, aún afilada... El ruido se le hizo insoportable, ella gritó al verlo así de agobiado, pero ya no escuchaba nada. Simplemente se tumbó en la cama, entreabrió los ojos, dos siluetas borrosas, una a cada lado de la cama... Norah... una bata azul y un pañuelo blanco, una luz cegadora.

7

De tan estridente, temblaron los pilares del piso. La bomba cayó justo al lado del hospital. La crudeza del paisaje visto desde esa ventana del segundo piso no impidió fumarse otro cigarrillo al recién ascendido teniente Vargas. Mientras se pertrechaba, cargaba su fusil, terminaba de ponerse las botas... no consiguió olvidar por qué estaba aquí. Si todos supieran lo que hizo... mejor dicho, lo que no hizo... tal vez aceptó porque así, creyó, tendría más posibilidades de sobrevivir la próxima vez. Se cubrió la venda de la cabeza con el casco. En su cuello colgaba una bala plateada, larga como un pulgar, de una cuerda robada de la bota de algún muerto... Había perdido su perplejidad, ya se había acostumbrado a la sangre. Desde que despertó, maldijo la suerte que lo había dejado, según el criterio de su comandante, en «suficiente buen estado para poder volver a combatir». Cierto es que se había quedado casi sordo, sólo escuchaba por un oído y no lo hacía bastante bien. También es cierto que la bala le perforó el costado, pero atravesó limpiamente, sin dañar órgano alguno... una herida que cicatrizó demasiado pronto... Demasiada crudeza en tan corto espacio de tiempo. Ahora estaba contagiado.

Como al inicio de todo, seguía sin comprender nada, conservaba aún ese atisbo de lo que una vez fue inocencia, donde existió esa chispa... ahora convertida en miseria, negligencia, abandono de todo intento de razón, nada de esto podía ser real... ¿por qué intentar buscarle coherencia a todo?


¿Por qué intentar buscarle coherencia a todo?, ¿no podía algo ser y no ser al mismo tiempo?


Terminó cogiendo la mochila, ya preparada. Echó un último vistazo a la habitación, pequeña y destartalada, dónde había vivido estas últimas semanas. Tenía los cristales de la única ventana rotos. El suelo estaba sucio, lleno de huellas de todo tipo. Un cubo de agua sucia en una esquina, un mueble viejo, una metálica y áspera cama...

Salió del cuarto. De las paredes chorreaba tristeza, se acumulaba suciedad, marcas de humo. La actividad era a su vez intensa. Por el estrecho pasillo circulaban camillas, enfermeros sucios, pacientes insanables... Por suerte, si no prestaba atención, no escucharía las palabras con las que aquellos despojos de dios maldecían al cargado oxígeno... Se dirigió directo al sótano, donde se había improvisado un depósito de cadáveres, para ser identificados antes de enterrarlos. El olor pesaba, de tan nauseabundo, tenía hasta consistencia, se pegaba a las fosas nasales, ahogaba. Al fondo de la macabra habitación había un gran armario. Allí se dirigió sin vacilar. Lo abrió. Sabía dónde iba. Descolgó una chaqueta negra, aún manchada en sangre, con un dibujo y unas letras sinuosas y coloridas. Yes, Fragile... Mientras se la ponía, se acercó al cadáver de Dionisio. Junto a él, un espacio vacío indicaba el sitio donde horas antes había estado lo que quedaba del cadáver de Alicia...


Mientras salía al patio de atrás, donde le esperaban un helicóptero y unos novatos que estarían bajo su mando, miró de soslayo. Creyó reconocer en una camilla que acababa de pasar a toda velocidad la cara de un viejo conocido, pero no... Guillermo no podía haber muerto aún... ¿o tal vez sí?


El pálido sol se ocultaba tras las oscuras nubes, que anunciaban otra posible tormenta, mientras todos embarcaban en el helicóptero que les llevaría a una posición más avanzada...

EPÍLOGO (dos soldados en la trinchera)

—Acabo de sintonizarla, espero que la señal sea buena, a ver si consigo dar con el canal de noticias... tal vez digan algo de nuestras tropas de vanguardia...

—Escucha, parece que ya se oye algo.

—«...caba de ser eliminado otro de los ... alia... en las cer... de la ciudad de Tral... sobrevivido nadie... caído el escuadrón del comandante Eric... muerto el teniente... y su destacament... todos recién incor... los h... totalmente des... imágenes horripilantes...».

—Por favor, quítalo ya... No puedo soportar más escuchar tanta muerte. Espero que no sean los de la industria Linadri, oí que esta mañana enviaban refuerzos, soldados milicianos recién salidos del hospital, incorporados al ejército principal... dios, ¿existirá algo de humanidad en la mente de tan inhumano general? Si por mí fuera le partiría en dos la cabeza ahora mismo y acabaría con esta guerra. Yo estuve allí hará dos semanas, cuando sufrieron el ataque. No sobrevivieron muchos... otros tantos tampoco lo hicieron al hospital...

—Por favor, ¡déjalo ya!, encuentra otra cosa en esa puta radio, lo que sea...

—Ohhh... al fin algo en condiciones... Alguien se acuerda realmente de los soldados en estos días. ¿Quién será la dueña de esa voz tan dulce? Seguro que está tremenda...

—Déjala hablar, cierra tu estúpida bocaza... Al menos ella nos da algo de paz, nos ayuda a evadirnos un poco... que voz más dulce...

—«... la siguiente canción os la dedico a todos vosotros que me escucháis en estos días de tormenta... un temazo de un dinosaurio, música para agrandar corazones y repartir inmensidad, ya sabéis, aquí sólo caben los clásicos... disfrutad de este tema de uno de mis grupos favoritos. Escuchemos Roundabout, de los inmortales YES...».

«I will remember you, your silhouette will charge the view of a distance atmosphere, call it morning driving thru the sound and even in the valley.

I´ll be the round about, the words will make you out ´n´ out, you change the day
your way, call it morning driving thru the sound and in and out the valley…».




DARÍO VASCO es un joven escritor que cursa estudios en la actualidad.

ILUSTRACIÓN RELATO: Cristalizacion1, imagen licencia Creative Commons Genérica de Atribución/Compartir-Igual 2.5 (via Wikimedia Commons).



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