ÍNDICE

El futuro ya está aquí (Paco Ruiz)

La caverna (Javier Fullea)

Ingénito (Rhuayna)

Gorríón de ala rota (Sergio L. Patiño)

El castillo de la piedra bermeja (Pablo Sanz)

El mundo que nos separa (Antonio J. Sierra)

El Tapín y Haiga (Alberto Susacasa)

El platero de Éfeso (Juan F. Planas)

Pradera (Roberto Narváez de Aguirre)

Jeunet y Zelí (Jon Serrano)

Su primer cuento (José Soria)

Frío (Darío Vasco Melero)

Historias de un graduado (Aymer Zuluaga Miranda)

El amor en los tiempos del fútbol (Cristian Alcaraz Hernández)

Las entrañas de la bestia (Jorge Majfud)

El vagón de cola (Marcos Manuel Sánchez)

El dibujo (Paolo Diz Liba)

El barrio de Mosalto (Ariel Bustos)





El futuro ya está aquí

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Paco Ruiz

A un hijoputa que tuvo que pegarle dos tiros a su hermano ya nada le da miedo. Ese es Adoración Expósito, el Bicho. Mejicano, tiznao, pequeño de hechuras, como concentrado en su maldad. En sus ojos hay odio pero no miedo, y asume impasible que el Gordo le ajuste las cinchas en las piernas para volver a empuñar los alicates y tirarle otro viaje. Sólo le asustaremos, me dijo por la tarde, y yo no tenía motivos para no creerle, claro. El Gordo es un profesional. Un matarife de los de antes, capaz de rebanarte el pescuezo por un simple gesto del Jefe. No te preocupes, dijo, esa rata cantará al primer pellizco, después dos tiros y a correr, ahá dije yo, lo ataremos en la corredera de la radial, dijo, y sólo de oír el motor se va a cagar la pata abajo. Me dio risa aquello de encender la radial, claro, a mí no me iban a atar a diez centímetros de una cuchilla a mil revoluciones por minuto. El Gordo tiene muchos tiros pegados y a su lado se aprende. Es todo un profesional.

Tampoco es que yo sea nuevo en el negocio. Con catorce o quince primaveras ya pegaba tirones a los japos en el Paseo del Prado, con Quique. Mangábamos un coche en Delicias, creyéndonos los amos de Madrid subíamos a la puerta del Prado, y después yo me sentaba bajo la estatua de Velázquez. Cuando se reunía el habitual mosquerío de japoneses en la cola yo localizaba algún incauto, corría, tiraba fuerte y me montaba como un rayo en el buga, que me esperaba a pocos metros con Quique al volante, delante de los autobuses. Los chinos de Lavapiés pagaban muy bien los pasaportes del primer mundo. Con ellos traían más chinos por la puerta grande de Barajas, y de Barajas a algún taller ilegal de confección en Usera en cuarenta minutos. Las cámaras de fotos sin embargo, teníamos que colocarlas en el Rastro los domingos. Cuando la caza era buena había que aguantarse un tiempo sin gastar los talegos, porque la madera nos tenía calados a todos los canis que vivíamos de los turistas, así nos llamaban, y si de repente podías invitar a las putas a cenar o derretías dinero privando de Gran Vía para arriba te la cargabas. Un cani que no esnifaba pegamento era un cani haciendo fechorías. Nos preferían en Mesón de Paredes hasta las trancas de Supergen, infelices pero tranquilitos. Ese hubiera sido el porvenir de Javi, el Liendre, de no haberme cruzado yo en su camino.

Volvía de dejar a Marta la Francesa, una preciosidad rubia que trabajaba en la casa de putas de Tirso de Molina. No sé porqué os hablo de ella, una guarra más que se iba con el que tuviera viruta en cada momento, supongo que los besos que dan las chicas malas saben mejor, y además, yo nunca he sabido gastarme la pasta solo. Total, que subí a su buhardilla, echamos un polvo y me perdí de su lado en cuanto se descuidó, sin querer echar cuentas de cuantos billetes me había pulido con ella. Las faldas son un marrón. Bajando por la calle Rodas se me echó encima un mocoso con una bandeja. Me puso perdido de agua, el muy capullo. No le dio tiempo a levantarse, porque del almacén de marisco donde había mangado la bandeja de langostas salió un bigotón con mandil dispuesto a desorejarlo, Ven aquí cabrón, le dijo, levantándolo del brazo como si fuera un muñeco, el Liendre se retorcía intentando soltarse pero el otro lo había trincado bien. No sé si fue su mirada implorante de chiquillo, o quizá fue que no me gustó aquel bigotón peligroso, quién sabe, el caso es que me hinché y endurecí la voz: Suéltale, ¿Y tú quién coño eres? El que te va a pagar las langostas, suéltale de una puta vez, y le tiré más de treinta talegos a la cara, mi último botín menos lo que me había pulido con Marta, Suéltale hostias, y el bigotón cedió la presión de su mano y se puso a recoger los billetes del suelo con desconfianza, Y tú ven conmigo, ¿Tienes a alguien? No, me contestó. Lo suponía.

Aquella noche Javi durmió en mi sofá. Al despertar temí haber cometido un error, y por un momento pensé que iba a encontrarme el piso desvalijado, pero no, me lo encontré tomándose un Cola Cao en mi cocina, No soy un chapas ¿Sabes?, me dijo, Eres muy feo para chapero, y además no me va ese rollo, le contesté, Javi sonrió y siguió a lo suyo, comía pan con aceite como si fuera el último día sobre la tierra, ¿Magdalenas no tienes?, No, tengo que irme pero a las dos como abajo, en Casa Marcelo, si quieres... Y así es como se quedó el Liendre en mi vida, adoptado, y aún hoy soy incapaz de razonar porqué lo hice. En cualquier caso no me arrepiento.

Al principio de venir Javi hubo una racha muy mala, las calles se llenaron de pasma y no estaba el horno para bollos. Cuando se vive de dar palos no hay nada peor que la espera, te vas comiendo la viruta hasta que llega un momento en que estás con el culo al aire. Nosotros nos las apañábamos con pequeños trabajos y con las hábiles manos del chico, que sabía levantar una cartera haciéndose el niño despistado que choca con los transeúntes a la carrera, de eso vivíamos nosotros dos y el mismo Quique, que desde el principio hizo buenas migas con él. Éramos una familia atípica, pero una familia, qué coño. A pesar de todo el final de los noventa era duro para los de nuestro oficio y la avaricia es mala consejera. Docenas de veces se lo repetí a Quique pero así y todo acabó cagándola. Y el Liendre y yo casi. Por eso me gusta el Gordo, porque sabe lo que hace y juega siempre sobre seguro. Es un profesional, y si hubiéramos estado con él cuando lo del casino ahora Quique seguiría con nosotros y no enterrado. El caso es que unos de La Fortuna que conocían a Quique le ofrecieron dar un golpe a medias. Se trataba, nada menos, de asaltar un furgón blindado del Casino Gran Madrid. Menudos incautos. Entonces aún no sabíamos que robarle a un ladrón da cien años de perdón porque es prácticamente imposible.

Y allí estábamos como tantas otras noches, esperando entre las adelfas de un parterre en la Casa de Campo, con un frío de mil pares de cojones y a oscuras, a la espera de que los guardias parasen y subieran en aquel cochino furgón un par de lumis de una puta vez, como había dicho el Bizco que hacían a menudo cuando volvían con la recaudación. Aquella noche éramos seis: Los gemelos Martillo, que eran unos lunáticos del Diablo, el Bizco y nosotros tres. El plan era encañonar con una pistola falsa al que bajara a negociar con las chicas, hacerle que llamara a ciegas al compañero de la cabina y amordazarlos a los dos tras el seto, después haríamos que las chicas llamaran al del interior de la caja, y una vez que abriera hacerle bajar y atarlo también. Después nos llevaríamos la furgona entera, con un par.

Aquella noche la furgona paró buscando a las dos negras que el Bizco decía, y luego se bajó aquel tirillas, y recuerdo que pensé que un tío así, que no aguanta dos guantadas seguidas no debería ser vigilante jurado. Cuando el tipo se internó un poco en el seto le echaron el guante Quique y los Martillo, aquellos cabrones lunáticos. Hasta ahí el plan iba bien, después oímos el disparo y supimos de inmediato que aquello se nos iba de las manos. Tras el primer tiro se oyó un escopetazo a bocajarro, y el Bizco, Javi y yo nos llenamos de aquella pringue, que aún sin saber a oscuras lo que era lo intuíamos, después uno de los gemelos Martillo, valiente hijoputa, salió de entre la espesura y le disparó una segunda andanada al parabrisas del furgón, que ya derrapaba sobre la grava enfilando la carretera. Cuando miramos tras el seto el guardia enclenque y Quique estaban tirados en el suelo, sangrando, Quién tenía que desarmarlo, le pregunté a los Martillo, Mi hermano pero ese cabrón se ha revuelto, Y la recortá qué, Qué de qué, Que qué coño hace aquí, veníamos con una pipa de pega ¿no?, Era por si acaso, le agarré del cuello pero su hermano me encañonó y tuve que soltarle, así que tragándonos la rabia tuvimos que echar lo que quedaba de Quique en nuestro coche y salir volando de allí a deshacernos de él. Otro cani de Lavapiés que no llegaba a viejo. Pobre. Al poco tiempo los de La Fortuna aparecieron muertos y a la vez nos enteramos de que Juan Trinidad quería verme. Eso sólo podía significar una cosa: Yo también estaba muerto.

Lo supe cuando paró a mi altura aquel Audi de lunas tintadas, por Ronda de Valencia, Sube, el Jefe te está esperando, eran el Gordo y otros dos, y no se les podía decir que no, me llevaron a una nave en Vallecas y por el camino pensé en respirar fuerte las últimas bocanadas, disfrutándolas, en ver el último pedazo de cielo de mi Madrid o en recordar los detalles del último polvo, convencido como estaba de que no saldría de aquella, también pensé en el Liendre, puta suerte criarte en la calle de cualquier manera y cuando por fin tienes algo parecido a una familia lo pierdes todo en pocos días. Quién me lo iba a decir a mí, que nunca me importó una mierda morirme mañana si hoy tenía talegos para gastar en el bolsillo. Pero ahora estaba el Javi, y era importante para mí. Ese día me di cuenta que a mí también me interesaba el futuro.

Resultó que me estaban estudiando desde hacía tiempo y querían que trabajara para ellos, el chaval no les interesaba, dijeron, demasiado joven para ciertas cosas, y así fue como empecé a currar para Juan Trinidad, de chófer del Gordo en un principio, y con el paso del tiempo de mano derecha, por eso cuando tenía que hacer un trabajito como el del Bicho contaba conmigo, el Gordo, porque todo el mundo no tiene agallas para ver como le pegan diez pellizcos con un alicate a alguien sin echar la pota. El Gordo le pasa los dedos con suavidad al Bicho por el río recién nacido de su pierna, un verdugón construido a pellizcos que morirá en los genitales si no canta, el Gordo es todo un profesional, con su pañuelito escondido en la manga y sus ademanes finos mientras se limpia el sudor de la frente. Ya lo creo que cantará. Es un tío muy duro este Adoración, chilla, maldice, se le mudan los colores de la cara y se caga en las jueputasmadresdustedes, pero al final se irá de la boca, porque el Gordo es mucho Gordo. Una vez un fulano chocó con su coche contra el nuestro, o chocamos nosotros contra él, qué más da, en estos casos lo que hacemos es citar al incauto a rellenar el parte otro día y darle un número de teléfono falso, porque no tenemos seguro, claro, pero aquel tipo no tragó y se puso hecho una fiera en medio de la rotonda, a gesticular, a decirnos que no teníamos ni zorra idea de con quién estábamos tratando, que era abogado y que nos iban a emplumar de por vida, hice mutis y ya iba a ponerme en marcha pasando de él, pero el Gordo me pidió que esperase, después se bajó del coche con parsimonia y cerró la puerta, se acercó a él y antes de que el tío pudiera reaccionar estaba con la cabeza puesta en el hueco de su propia puerta recibiendo portazos en la sien, te juro que los últimos golpes ya sonaban de algo duro contra algo blando, de tantos como le dio, después y con la misma cachaza se subió al coche y me dijo, Vamos chico, llegamos tarde.

Ha pasado tiempo desde entonces, tanto que nadie me recuerda como un cani, los que lo eran cuando yo ahora están muertos, y los más jóvenes no tienen memoria ni falta que les hace. El Javi es un tío ya, un chaval callado y prudente que no se mete en líos, nadie puede decir que esté en algo que no debe, trajinando en sus cosas, sin pavoneos, sin molestarme a mí siquiera. Pronto podré cogerle y llevármelo a ver a Juan Trinidad, Este es mi compadre Don Juan, le diré, déle trabajo y estaremos los dos en deuda con usted, y podré llevármelo a comer a La Vaca Argentina o a un sitio así para celebrarlo, como un padre festejando la mayoría de edad del hijo, el futuro recién conquistado, sí señor, Agarra de ahí que le sobra una oreja, el Gordo me ha sacado de mis pensamientos, le sujeto fuerte de los brazos al Bicho mientras Parrilla hace lo propio con las piernas. Pobre diablo. Lo van a enterrar con una oreja de menos, no sé porque se resiste tanto y nos hace pasar este rato, el muy gilipollas, si va a cantar igual, el Gordo chilla teatralmente a la oreja recién arrancada en su mano, ¡Dínoslo ya cabrón!, eso ha tenido gracia. El Bicho se ha desmayado. Resulta que alguien está moviendo farlopa en Malasaña sin el consentimiento del Jefe, y claro, se la han cargado, porque éste que está acostado en la radial no va a tardar en irse de la lengua. Pasaba yo la tarde en el Coruña tomándome un vino y ojeando el periódico, Sígueme, dijo el Gordo a mis espaldas, Dónde, No preguntes y ven conmigo, subimos a su coche y me contó. Cuando vi al chaval en la puerta de la nave, de la edad del Javi más o menos, pensé: La que te espera tronco, y es que las vueltas que da la vida son extrañas. Quién aprobaría que le maten un hermano o un hijo de esa edad: Nadie, y si lo hubiera pensado un segundo más le digo al Gordo que no, pero es difícil estar en tu sitio a veces. Yo, que esta tarde hubiera matado por defender a ese chaval he tenido que cargármelo mientras el Parri lo entretenía. La vida a veces es una mierda. Eso lo sé bien.

Entramos en la nave en silencio, dejando a Parrilla y a otro sentados en el coche por si hay que salir de najas, No hay nadie, cómo sabes que es aquí, Lo sé, el Gordo esta tarde está especialmente serio, Sube por aquella escalera, hay una oficina arriba, mientras yo subo él levanta una lona y deja al descubierto una mesa larga con pesos y chismes de laboratorio. Bingo. En la oficina el Bicho duerme casi desnudo en una camita auxiliar. Este cabrón también trabajaba para nosotros. Hasta hoy. Llamo al Gordo, que sube con discreción la escalera metálica, muy profesional como siempre, Átalo, me dijo, el Bicho despierta con una treinta y ocho en la boca, así que se deja amarrar sin mayores problemas. El plan era sencillo. Nos lo llevamos al taller, lo atamos en la radial hasta que se cague, y si se niega a decirnos quién coño está pasando blanca le apretamos un poco hasta que hable. Nadie da la vida por otro. Nadie. Sólo le asustaremos un poco, me había dicho el Gordo por la tarde, y yo le creí, claro, porque el Gordo es un profesional, un matarife de los de antes, capaz de rebanarte el pescuezo por un mire usted dónde pisa, No te preocupes, dijo, esa rata cantará al primer pellizco, después, dos tiros y a correr, ahá dije yo, pero no está resultando tan fácil, Voy a mear, despertádmelo, El Gordo se arremanga y se va para el tigre, con un cubo de agua sucia sobre la cara lo despierta Parrilla, otro hijoputa este Parri, mira por donde estamos todos en la misma empresa, qué coincidencia, después se aleja unos pasos hacia el perchero de la entrada en busca de su chaqueta, para encenderse un pitillo supongo, y yo me quedo sentado junto a Adoración. Qué duro el medio indio este. Por fin abre los ojos. Me mira, Adoración canta ya, le digo por lo bajini, sabes que no tienes salida, Eres tú el que no tiene salida, se atreve a farfullar entre dientes arrancados y toses, ¿Yo, por qué?, El Liendre, tu chaval, él es el Jefe, Mientes, digo, sabiendo que no, que es cierto lo que sus ojos proclaman, Es cierto pinche hijo de puta, mátame de una vez, Cojo un cuchillo grande de la mesa de herramientas y me apiado del mejicano, después miro hacia Parrilla y le veo fumando de espaldas, estirándose como un galgo, le abordo por atrás, porque los valientes son sólo para las películas, y cuando termino con él saco la pipa. El Gordo aún no ha salido del baño, así que me embosco tras una pila de palés y espero: Si consigo cogerle de rehén los dos tíos de la puerta tienen que dejarme ir, Espero, no sale pero espero, el futuro, Javi, nuestro futuro es lo que está en juego, cómo se te ha ocurrido hacerme esto a mí, cacho cabrón, pero aún podemos librarnos, sólo hay que salir de aquí, localizarte y a correr, el futuro Javi, el futuro es nuestro, espero, pero el Gordo no sale, me incorporo y me acerco al baño con cuidado, unos pasos antes de llegar a la puerta sale el Gordo con cara de sorpresa ante mi pistola, apuntándole y antes de decir que se calle la boca y se ponga de rodillas se me echa encima sin dejarme más cojones que pegarle dos tiros. El Gordo cae a mis pies, con la mirada perdida implorando un Por qué que ya no puedo darle, siempre se portó bien conmigo, antes de que me dé tiempo a pensar en lo que ha pasado los dos de la puerta entran pistola en mano, alertados por el ruido, y empieza la ensalada, camino del Renault Laguna que hay al fondo, a la carrera, noto como si un lobo me mordiera la pantorrilla, me han dado, qué hijoputas, claro, el Gordo sólo trabajaba con profesionales, por debajo del Laguna localizo un pie entre dos bidones de aceite, apunto y al tercer tiro el tío cae cojo de por vida, que se joda, una vez en el suelo y aún herido intenta apuntarme, lo remato de varios tiros, qué remedio. He gastado todas las balas menos una. El otro también lo sabe, porque ha ido contando mis tiros como yo los de ellos. Todos somos profesionales. A él le quedan tres tiros aún, Ríndete, dice, no tienes nada que hacer, y sé que es verdad. Tan sólo yo conozco la verdad, y ellos no han de saberla nunca, joder, Javi, el cañón está caliente entre mis labios y esta noche no voy a volver. Me hubiera gustado despedirme, pero el futuro ya está aquí.

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PACO RUIZ,
autor residente en Madrid
. Ha sido premiado en el Villa de Getafe de Relato corto de 1999, en el Concurso de relato corto del Colectivo Patrañas, de Leganés (2002) y en el III Certamen Internacional de Poesía La Lectora Impaciente, de Simat de la Valldigna (Valencia). Varios de sus cuentos han sido publicados en los libros monográficos de Patrañas Ediciones; poemas diversos en la revista La Fumarola; relatos varios en la revista en red Almiar/Margen Cero y fue antologado por José Manuel Desuárez, de la editorial Hipálage, en su volumen de micro-relatos A contrarreloj.
Durante el 2004 realizó con otros cuatro autores lecturas en vivo, de manera experimental, por locales de Madrid. Los Hermanos de barra leyeron en el Café Manuela, en El Bosque Animado, en el Smoke, en AlMargen Café, y en algunos otros sitios de menos brillo y peor alcohol. Entre sus integrantes, además del interfecto que redacta, se encontraban Óscar Aguado (Premio Nacional de poesía José Hierro) y Andrés Mencía (Premio de Novela Breve Juan March Cencillo). Tras esta experiencia su hígado quedó seriamente dañado (al menos a nivel emocional).

Es autor de la novela La multitud silenciosa, de próxima aparición a nivel nacional.
francisco.ruiz[at]mpsa.com


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· Emigrantes

· El tambor
· Los últimos cruzados.

- ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©




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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 36 / octubre-noviembre 2007
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