ÍNDICE

El futuro ya está aquí (Paco Ruiz)

La caverna (Javier Fullea)

Ingénito (Rhuayna)

Gorríón de ala rota (Sergio L. Patiño)

El castillo de la piedra bermeja (Pablo Sanz)

El mundo que nos separa (Antonio J. Sierra)

El Tapín y Haiga (Alberto Susacasa)

El platero de Éfeso (Juan F. Planas)

Pradera (Roberto Narváez de Aguirre)

Jeunet y Zelí (Jon Serrano)

Su primer cuento (José Soria)

Frío (Darío Vasco Melero)

Historias de un graduado (Aymer Zuluaga Miranda)

El amor en los tiempos del fútbol (Cristian Alcaraz Hernández)

Las entrañas de la bestia (Jorge Majfud)

El vagón de cola (Marcos Manuel Sánchez)

El dibujo (Paolo Diz Liba)

El barrio de Mosalto (Ariel Bustos)

Los niños errantes (Jordi Via)






Historias de
un graduado

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Aymer Zuluaga Miranda



Una vez terminadas las clases en la Universidad, debía esperar casi un mes para lo de la ceremonia de graduación, durante ese tiempo, soñaba obviamente con estar desempeñando el puesto para el que me había formado e informado, el cargo que todos merecemos luego de la gran inversión académica... ser Jefe.

Pero, ¿Jefe de qué? Ésa era una pregunta que aun no tenía resuelta, pero que pronto se encargarían de responderme las empresas a las que luego de una cuidadosa selección, elegí para que se beneficiaran de mis grandes conocimientos recién adquiridos, conocimientos que me hacían sentir como un automóvil último modelo cero kilómetros, con el tanque de la gasolina repleto. Así que decidí no esperar a la ceremonia de mi grado y por ahí derecho hacerle un favor anticipado a alguna empresa, revisé cuidadosamente la lista de empresas candidatas, imprimí varias copias de mi curriculum, me hice tomar unas fotografías en las que mi cautivadora sonrisa me daba un coqueto aire a Brad Pitt, copié cuidadosamente las direcciones en cada uno de los sobres, empaqué todo y fui al servicio de correo a enviarlas.

Como ninguna empresa dudaría en contratar a alguien con mi talento; decidí enviar sólo algunos sobres, los dirigidos a las empresas más opcionadas y así empezar a mover mi currículum entre ellas; así que al día siguiente me dispuse a esperar las consecuentes llamadas telefónicas de mis candidatos a empleadores. Pasé el día completo pendiente del teléfono y como no recibí ninguna llamada, concluí que la empresa de mensajería que utilicé no era la más cumplida y que tal vez sería mañana el tan esperado día D.

Pasaron todos los días terminados en «s», es decir pasaron los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados y domingos y nada, cuando el teléfono sonaba no era para mí, y cuando era para mí, era de un ex-compañero de universidad para contarme que también andaba en lo mismo, en esperar a que alguna empresa recibiera su talentoso currículum. Así que comencé a sospechar que mis amigos también usaban la misma empresa de correos y que estos desgraciados estaban extraviando la valiosa correspondencia que les habíamos encomendado: nuestras intachables hojas de vida.

Pasó el día de mi grado y varios días más, y ya empezaba a dar muestras de impaciencia ante el aterrador silencio del teléfono, así que empecé a imaginar que tal vez el teléfono estaba malo y no entraban las llamadas, que tal vez la empresa de correspondencia había enviado mis sobres a Cisjordania o a Kosovo, o que tal vez las bellas y voluptuosas secretarias de las empresas al recibir un curriculum con mi espectacular fotografía habían decidido que yo era el hombre de sus sueños y ante la imposibilidad de un romance erótico sensual con un posible compañero de trabajo, preferían conservar los documentos y no pasarlos al departamento de selección para que me contrataran.

Seguían los días llegando sin noticias, hasta que un día recibí una llamada... era mi mejor compañero de clases, mi confidente, mi cómplice de academia, con quien tanto compartí, llamaba a contarme de su felicidad, pues lo habían llamado de una empresa multinacional para una entrevista al día siguiente (multinacional a la que yo también había enviado mi curriculum), así que esa noche no dormí pensando los motivos para que la maldita empresa no me hubiera llamado a mí y sí llamara a entrevista a ese penta catre triple doble hijo de p... pantufla (no servía para ningún deporte) que siempre me cayó mal, al que no le confiaría nada y con quien nunca me gustó compartir.

Pasaron dos días más y pasó también mi episodio de envidia, cómo iba a sentir envidia de ese gran compañero que siempre tuvo una palabra de aliento para mí, de ese amigo incondicional que me ayudaba en las tareas y los exámenes, cómo sentir envidia de un amigo del alma al que rechazaron en la primera entrevista con la empresa multinacional... bien sabía yo que él no servía para el cargo.

Luego de enviar varios miles de currículum, varias semanas después empecé a recibir respuestas de algunas empresas, me escribían para exaltar mis cualidades, pero concluyendo todas en que mi perfil profesional no era el que por ahora requerían y que guardarían tan valiosa información a la espera de una vacante. Al principio estas cartas sirvieron mucho para adular a mi ego que tan golpeado se había sentido al no encontrar rápidamente trabajo; pero luego al empezar a parecerse tanto entre ellas, (solo cambiaba el encabezado de la carta donde estaba el nombre de la empresa que me rechazaba); empecé a notar algo turbio. El tío de un amigo que trabajaba en el área de recursos humanos de una gran empresa, me confesó que dichas cartas eran solo un protocolo y que se enviaban sin distingo a los remitentes de los currículum que no clasificaban y me sugirió que intentara con una empresa del sector público que en esos días había empezado un proceso de reclutamiento de personal.

Alentado por tan esperanzadora noticia, me refiero a la noticia de que había una empresa necesitando personal, pues la noticia de que la carta era una proforma hizo que llamara a la marquetería para cancelar la orden de enmarcar las cartas que iba a exhibir orgulloso en mi cuarto; alentado de esa manera, me informé de los requisitos para acceder al cargo público. Eran en realidad pocos los requisitos, si nos atenemos a la enorme papelería que te exigen en el sector público para cualquier trámite; solo había que diligenciar 3 formularios HV-512 y las respectivas copias amarillas y rosadas; enviar 4 fotografías en blanco y negro, de ciertas dimensiones, donde aparecieras de frente y se te vieran las orejas, 5 estampillas para el fondo mutuo de inversión del sector agroindustrial, certificado de buena conducta expedido por la procuraduría, fiscalía y rentas municipales, copias de las actas de graduación desde kindergaten hasta Universidad, donde aparecieran las direcciones actualizadas de tus ex-compañeros, fotocopia de la cédula de ciudadanía, de la visa, del pasaporte, de la licencia de conducción, del carné de afiliación al equipo de fútbol preferido; dos declaraciones extrajuicio juramentadas ante notario, copias del examen de sangre, examen de orina, examen de materias fecales y examen de conciencia, certificado de idoneidad profesional expedido por la CIA, FBI, KGB, OTAN y NBA (bueno, el de la NBA era solo para los basquetbolistas, pero igual lo envié).

Una vez conseguidos estos previos y escasos requisitos, los anexé a mi ya famoso ridículum vitae y los envié con la esperanza de que al fin me llamaran para alguna entrevista de trabajo. En el sector público, según la constitución, cualquiera podría llegar a ser Presidente de la República u ocupar cargo público y aunque eso estaba ya más que demostrado, (sobre todo en lo que cualquiera llegaba a presidente), quería al menos intentar llegar a obtener una entrevista.

Luego de haber enviado un sobre con mi currículum y cuarenta sobres con los papeles que eran pre-requisito para lo del cargo en la entidad del sector público, comenzó mi angustiosa espera frente al teléfono. La mañana siguiente, me desperté sobresaltado con un repique insistente del aparato, al fin, la esperada llamada, la cita para la entrevista, mi primer empleo, el mundo a mis pies, en una milésima de segundo descolgué el teléfono y antes de decir aló, descubrí que el maldito reloj despertador imitaba a la perfección el sonido del teléfono. Aunque fue una falsa alarma, demostraba mi actitud ante la inminente llamada del destino, así que rápido, sin pérdida de tiempo pasé a la ducha, y luego a ponerme la mejor ropa para la posible entrevista. Vestido, afeitado, y oliendo a perfume, ensayaba frente al espejo las mejores posturas para acompañar las ingeniosas respuestas a las preguntas de mi posible entrevistador; la imagen mostraba una manera de expresarse, una forma de gesticular, que ni un político en plena campaña lograría mejorar.

Luego de casi una mañana de ensayo ante el espejo, que ya me empezaba a aburrir, sonó por primera vez el teléfono y allí estaba mi ágil brazo y mi melodiosa voz contestando... ¿aló?, ¿a quién necesita? ... Claro... un momento... mamá es para ti... Mi madre al teléfono con su mejor amiga; no había previsto esa posibilidad, era un hecho cumplido que se tardarían más de lo normal en colgar el teléfono para dar espacio a que entrara mi tan esperada llamada, así que debía elaborar rápidamente un plan de reacción para retomar el control sobre el teléfono.

Mi hábil cerebro (sí, ese que aún no conseguía empleo en ninguna empresa) buscaba la estrategia que combinada con una excelente táctica, devolvería el teléfono a su estado original, una vez planeada la estratagema, la ejecución fue inmediata... mamá, muévete, vas a llegar tarde a la cita con papá y a él no le gusta esperar... Lo dicho, reacción inmediata, pronta despedida y por fin el teléfono disponible, sólo pasaron varios segundos y de nuevo, el repique del aparato, música celestial para mis oídos, ¿aló? ... ¿a quién necesitas? ... lo siento... estás marcando número equivocado. Qué irrespeto, marcar equivocado cuando necesito la línea libre, ahí suena de nuevo, ¿aló? ... hola, buenos días... sí, como no... un momento... «manita» (así le digo a mi hermanita) al teléfono, cuelga rápido que estoy esperando llamada o le digo a tu novio que ayer te fuiste a la discoteca con otro amigo... por supuesto la llamada duró poco.

Pasó la mañana, la tarde, y varios días más en los que la historia narrada en los párrafos anteriores se repitió hasta agotarse y agotarme, aunque a veces con unas variaciones que me llenaban de negra envidia, pues también me llamaban ex-compañeros de la universidad a comentarme que los habían citado a entrevista.

Hasta que un día, por fin, mi espera se vio compensada, ahora ya surtían efecto las diecisiete velas encendidas, las trece novenas que le recé a San Antonio, las miles de promesas al Divino Niño Jesús, por fin la llamada que de tanto esperar me hacía desesperar. La cita sería dentro de los dos días siguientes. La velocidad tan aplastante con que pasaron los días después de recibir la llamada que me citaba (por fin) a una entrevista para un cargo en una empresa del sector público, no me dejó espacio para contarle de ella a todas las personas que yo quería enterar; sólo pude contarle a mis dos padres, dos hermanos, quince primos, doce tíos, cuatro abuelos, cuarenta y tres vecinos, veinticinco amigos y treinta y tres ex-compañeros de Universidad.

Así, que por fin me llamaban para una entrevista de trabajo, al fin una empresa se había dado cuenta de que contratarme traería consigo a un invaluable trabajador, un tomador nato de decisiones, un visionario, un gurú de las finanzas, un desempleado menos. Tenía muy clara en mi memoria la fecha y la hora para esta cita, no podía fallar nada, ya tenía planes para la compra del automóvil último modelo, sólo en el remoto caso de que la empresa no me proporcionara alguno; por supuesto, también tenía claro con que muebles haría redecorar mi amplia y confortable oficina; y por último pero no menos importante tenía claro el largo de la minifalda que debía lucir mi secretaria privada.

Me arreglé impecablemente, hasta lustré mis zapatillas negras y salí de mi casa confiando en que el mundo se rendiría a los pies de este conquistador; llegué temprano a la cita, quince minutos antes para sondear el territorio, para darle una primera y última mirada a esta empresa con ojos de visitante, pues yo sería de ese momento en adelante, el ejecutivo más prominente y respetado.

Había varias personas en el gran salón, que al parecer tenían dispuesto para la reunión, todos con ese fuego en los ojos que me parecía familiar; parecía que no se conocieran entre sí, unos miraban las carteleras, otros el ascensor, otros miraban la hora y algunos usaban su teléfono portátil celular, claro … a mí también me asignarían un práctico utensilio de esos, pensé.

Sólo una joven mujer, de aspecto normal, estaba tras un escritorio y al verme entrar me pidió que me acercara; ya lo suponía yo, una admiradora y aún sin empezar a trabajar... suponía mal, era la secretaria auxiliar de personal que requería mis datos, que firmara una constancia de llegada y que esperara a la persona encargada de las pruebas, le pregunté entonces si alguno de los que estaban presentes era el hombre clave y me dijo sonriendo que no, que todos ellos eran aspirantes. ¿Aspirantes?, que cargo tan extraño, ¿qué labores desempeñarían?, aunque debe ser muy bien remunerado, ya que todos parecían estar muy felices, con los zapatos bien lustrados y estrenando ropa; una nueva mirada al salón, me demostró que eran más y más los aspirantes que estaban como a la espera, ¿porqué no hacen nada productivo? me preguntaba, así que para irme socializando interrogué a una despampanante, voluptuosa y curvilínea rubia acerca de qué era lo concretamente ella estaba haciendo en esa empresa, me respondió de inmediato, y su respuesta me hizo abrir los ojos aún más de lo que los había abierto cuando noté bajo su escote las redondeces con que la había dotado la madre naturaleza (o quizás la madrina cirugía).

Me quedé de una sola pieza cuando ella me dijo que «hago lo mismo que tú y toda esta cantidad de profesionales recién graduados, vengo a lo de la entrevista, también soy aspirante al único cargo vacante de esta empresa». Ella con su respuesta había batido el récord de número de minutos en dejarme con la boca abierta, el depuesto récord de diez minutos lo tenía mi odontólogo.

Una conclusión rápida me llegó a la confundida y ahora desilusionada mente: el número de aspirantes al cargo es directamente proporcional a la necesidad de conseguirlo. Entonces allí estaba yo, perdido entre medio centenar de aspirantes al único cargo vacante para la empresa del sector público, sintiendo como mi ego profesional se escurría por debajo de la alfombra que cubría el piso del amplio salón que habían dispuesto para la cita. Un señor de edad avanzada, que por su apariencia nos superaba a todos en edad, con una relación de tres a uno, nos habló con voz fuerte y concreta, nos ordenó (literalmente) que por favor hiciéramos el silencio necesario para escucharlo (gritó «cállense») y ocupáramos las sillas dispuestas y distantes unas de otras (gritó «siéntense»). Continuó él, informándonos con su peculiar forma de hablar, que la selección del aspirante al cargo, se haría por partes y que ésta primera cita constituía de un sencillo cuestionario de selección múltiple que él llamó «prueba de selección» y que repartió entre los ansiosos y desorientados aspirantes.

El llamado sencillo cuestionario, resultó ser en realidad una prueba de conocimientos muy parecida a la que usaban en la Nasa para elegir a sus astronautas, porque tenía unas preguntas muy complicadas, así que cualquiera las hubiera dejado en blanco, cualquiera que no tuviera mi gran habilidad para seleccionar una respuesta entre varias sin tener que lanzar una moneda. La habilidad la había usado bastantes veces durante mis exámenes de la Universidad y consistía en ir cantando «tin marín de do pin güe, cucuru , macara, ti ti ri fué» y marcar como cierta la respuesta que coincidía con la terminación de la letra de la profunda canción.

Sin embargo, aunque yo iba contestando con mucha determinación las preguntas sencillas y usando el método arriba descrito para las preguntas difíciles, (lo que me permitía avanzar con rapidez), el número de preguntas se extendió mas allá de mi paciencia, mi tiempo y mi ansiedad; así que cuando dieron la orden de recoger, tuve que rellenar las quince preguntas que me restaban con la habilidad que me permitía el lápiz en mi cansada mano, y usando el difícil método científico del azar. Recogieron todas las hojas de preguntas y respuestas y quedaron en el salón muchas caras cansadas y con sensación de derrota, es que con tantos aspirantes y con esa manera de seleccionar quedaban pocas esperanzas de ser llamado a la siguiente prueba, y pocos ánimos para enfrentarse a la realidad de que no estábamos solos en este asunto de buscar nuestros primeros trabajos... trabajos, eso era lo que íbamos a pasar para conseguir un buen trabajo.

Haber acudido junto a medio centenar de aspirantes a la prueba de selección, cuyo extenso cuestionario yo respondí a conciencia, me fue dando herramientas (ya era hora) para enterarme que no estaba solo en esta búsqueda de trabajo y que la competencia iba a estar muy reñida. Sin embargo el destino premia a quien persevera y por supuesto a mí, que siempre he perseverado en los errores, no me iba a dejar sin regalo; así que el obsequio no se hizo esperar y me citaron para una segunda prueba.

Se había reducido considerablemente la cantidad de aspirantes, sólo quedábamos unas quince personas a las que al parecer nos iban a efectuar unos nuevos exámenes para seguir como en los reinados de belleza, hasta que solamente quedara una terna y escoger allí, reina, virreina y primera princesa; con la diferencia de que en este concurso solo habría reina, pues después del primero los demás serían perdedores.

Hablando de reinas, allí estaba de nuevo la despampanante rubia, la que me había hecho ver a la altura de las suelas de los zapatos con su acertada respuesta; se la veía serena, tranquila, en contraste con mi persona, pues me sentía nervioso, ansioso y con ganas de salir de una vez por todas del famoso examen usando mi ya demostrado método científico del azar en las respuestas. Pero el destino te cobra lo que te regala haciéndote malas jugadas, resulta que ahora el examen consistía en dos partes, una era algo así como un test de personalidad, cuyo nombre era como de asteroide intergaláctico (16PF) y el otro un cuestionario de motivación para el trabajo, cuyas siglas formaban un nombre de agencia de noticias (CMT). Obviamente, el método probado anteriormente no iba a dar resultados en este nuevo escenario y me tocó asincerarme y hacerme el diagnóstico clínico psicológico psiquiátrico, que me hizo sentir como analizado por el mismísimo Sigmund Freud y varios de sus secuaces.

Me preguntaban acerca de gustos, preferencias, formas de hacer, decisiones ante casos específicos, y lo extraño era que intercalaban las mismas preguntas pero hechas de una manera diferente, como buscando que te reafirmaras en tu respuesta anterior, o que te contradijeras, o te confundieras, o ninguna de las anteriores, o todas las anteriores, o no sabe no responde.

Terminé mi autodiagnóstico sin tener idea de cuáles deberían ser las respuestas correctas, pues todas parecían serlo, claro que había unas que reflejaban la manera como yo las resolvería y otras que reflejaban la manera como alguien experto las resolvería, así que siempre me decidí por las mías, confiado en que si no pasaba estas duras pruebas, de una vez por todas me enviarían al hospital mental o clínica de reposo, que me merecía.

Pasada esta dura prueba, quedamos 3 de los candidatos y nos hicieron pasar juntos a entrevista con el Jefe de Personal, yo me senté en el borde de la silla que me asignaron, otra joven se sentó en una silla a mi lado y la despampanante rubia se sentó a todo el frente del entrevistador, justo a la distancia de un mal pensamiento; pasó coquetamente su mano sobre su minifalda y cruzó las piernas... yo solo atiné a cruzar los dedos. El puesto lo obtuve yo, no supe como… luego les contaré como me va en el trabajo.

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AYMER ZULUAGA es un autor colombiano.

Otros relatos suyos han sido publicados en :
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ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©




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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 36 / octubre-noviembre 2007
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