Los niños
errantes


Jordi Via


En el valle no se vive mal, pero no hay cines ni centros comerciales ni tan siquiera una pequeña bodega donde poder comprar algún queso o alguna botella de vino. Por eso, a casi todos los que vienen de la ciudad en junio y se despiden en septiembre, les parece aburrido pasar aquí los veranos. Ignorar durante tres meses sus comodidades diarias es para ellos una maldición y no les resulta nada fácil. Pero en realidad, bajo mi punto de vista, es mucho peor quedarse en casa y no enfrentarse —o, al menos, no intentarlo— a sus problemas. Algunos lo entienden y otros, que probablemente vienen por obligación, no.

Yo vivo todo el año en este bello paraje y no necesito lo que ellos llaman las ventajas de la civilización; aunque es cierto que echo de menos una cosa: ir a las tiendas de discos y pasarme horas rebuscando y escuchando música. Por suerte en esta casa hay un equipo de alta fidelidad y una buena colección de discos y, al menos una vez al día, escucho alguno de ellos. Entre otras cosas también tenemos una guitarra española y aunque no sé tocarla, la trato con sumo cuidado esperando a que llegue alguien que la haga sonar y cante canciones al lado de la hoguera. Con frecuencia muchos de los que vienen son músicos o aficionados a la música y hemos disfrutado muchas noches de las melodías que les íbamos pidiendo. La música une y, utilizando el tópico, amansa a las fieras.

¿Por qué decidí quedarme aquí? Sencillamente necesitaba una cura de salud y ahora que ya tengo mis heridas aplacadas ayudo a los que, como yo en su momento, llegan aquí en busca de sanar u olvidar. Hay más razones, claro, pero ya las iré relatando.

Al mando está Julián, el mismo que me tendió la mano para salir del infierno en el que me encontraba hace cuatro años. Él es el propietario de «la casa tomada». La apodó así con motivo de la llegada de los primeros residentes y por el título de un cuento de Cortázar. Se puede decir que además de un buen amigo, Julián es casi un padre para mí. Si no me aburro aquí durante el invierno es gracias a él y a todos los libros que me presta. Me ha enseñado a escribir poemas, aunque él dice que los poemas se aprenden a escribir sin maestro; que es algo que se lleva adentro, en el fondo del corazón y que están construidos de antemano, sólo es necesario sumergirse y buscar para después unir los pedazos que se van encontrando. También me ha enseñado a liar bien los cigarrillos con sus condimentos, a cocinar e incluso a cómo se debe tratar a las mujeres. Opina que soy algo misógino, pero yo creo que lo dice en broma, sólo para incomodarme por mi extrema timidez.

Julián llegó a este rincón huyendo de un matrimonio fracasado y de un trabajo que lo absorbía por completo. Encontró una parcela a buen precio y poco a poco levantó una casa rural con seis habitaciones y un baño en cada una. Aunque en un principio Julián sólo buscaba un sitio donde vivir en paz, alguien le aconsejó acondicionar la casa y convertirla en una especie de refugio para gente que busca ayuda desesperadamente: los perdidos, hijos del desamparo o como más tarde él empezó a llamarnos «los niños errantes».

Es un buen negocio para él y una posible solución para muchos de nuestros problemas. Un lugar lejos de todo, donde se puede descansar y desconectar. Un privilegio para aquellos que quieran dejar de lado sus penas y abandonar vicios. El lugar indicado para pasar unas pequeñas vacaciones, que además sirven para reponerse e incluso readaptarse en la sociedad. Julián no es médico ni psicólogo y tampoco pretende serlo. Simplemente nos ayuda con consejos, con su experiencia y sobre todo escuchándonos y organizando pequeñas reuniones donde cada uno se desahoga explicando lo que le pase por la cabeza.

Los niños errantes han ido llegando aquí a lo largo de los años por diferentes motivos y desde diferentes lugares. Cada uno tiene sus contrariedades, sus dificultades para adaptarse a una nueva situación, pero, al final, todos han ido dejando atrás sus preocupaciones. También han ocurrido cosas horribles, no todo el que llega aquí se cura, igual que no todo tiene solución. Pero para alguien que está muy mal, que no encuentra sentido a nada y que prefiere la muerte, lo mínimo que le puede ocurrir al llegar aquí, es ver la vida de otro modo y tal vez, hacerle cambiar de idea. Eso, al menos, me ocurrió a mí.

Trimestralmente le llegan las transferencias de los honorarios que cobra Julián por nuestra estancia. Entonces él recorre unos cincuenta kilómetros hasta llegar al pueblo más cercano, allí tramita todo tipo de papeleos; cobros y pagos, y también se aprovisiona lo suficiente para tres meses más. Normalmente yo le acompañaba en esos trayectos y le ayudaba haciendo la compra mientras él iba al banco o a correos. Luego cargábamos entre los dos la furgoneta, una vieja Volkswagen de las típicas «surferas», y volvíamos hacia el valle, contentos por haber pasado el día fuera y habernos tomado un par de cervezas en una terracita. Eso hacíamos. Hablábamos durante el viaje sobre música o libros o cine y escuchábamos en el viejo radio —canciones viejas también— de Cat Stevens. Hasta que llegó Martín y lo estropeó todo.

En cuanto cruzó la puerta supe quién era. No hizo falta que Julián me lo presentara. Sin embargo, él no me reconoció y fue entonces cuando empecé a planear la manera de hacérselas pagar.

Martín. Qué repugnante casualidad y cruel atrevimiento del destino. Julián aún se lamenta de no haberme escuchado a tiempo, de no percatarse de quién era en realidad aquel asqueroso personaje que vino a rehabilitarse a nuestro hogar.

Cuando decidí abandonar a los míos para seguir una terapia en el lugar más alejado de mi hogar, tenía veintiséis años y estaba en un estado triste, lamentable. Lo estaba perdiendo todo; mi trabajo en la radio ya empezaba a desmoronarse y en la revista donde escribía críticas de discos —aunque sería mejor llamarlas recomendaciones— les enviaba con más retraso los escritos y empezaban a ponerse nerviosos. Ya no tenía ningún control sobre mí. Ya no podía más. Aborrecía cualquier contacto humano. No me apetecía salir de casa ni recibir visitas. Cuando no estaba en la radio me pasaba el día holgazaneando. Perdí las ganas de leer, escribir y escuchar música; mis mejores aficiones se iban diluyendo en el fondo de un sofá maloliente. Me fumaba un cigarro tras otro e incluso bebía más de la cuenta. No aceptaba consejos ni críticas de nadie, ¿cómo se atrevían? ¿Quiénes eran ellos para creer que podían mitigar mi dolor?, ellos eran mi familia y no sabían nada de mí. Yo les odiaba e ignoraba intensamente en la misma medida.

Conducía por las noches por carreteras comarcales sin ningún destino. El placer que me causaba conducir escuchando canciones tristes me ayudaba a olvidar algunos de mis problemas y podían pasar horas antes de regresar a mi habitación, el lugar más seguro que conozco.

Lo más triste es que yo siempre había desconfiado de la gente que parecía vivir en profundas depresiones y pasan por lo que estaba atravesando yo en aquel momento. Había sido muy cruel opinando sobre la actitud de personas a las que conocía y que pasaban por una mala racha, sin pararme a pensar que a cualquiera puede sucederle. Cuanto más pensaba en ellos peor me sentía. Los remordimientos me carcomían y me prometí mil veces que saldría del pozo en el que había caído y, si podía, ayudaría a levantar la cabeza a los que caen en un mar de tristeza. Intentaría ser como el socorrista que siempre observa el horizonte.

Así que en cuanto conocí la casa de los niños errantes, cogí unas pocas cosas básicas y preparé una mochila para irme lo antes posible. No es que creyera que marchándome podría solucionar nada. Era más bien una opción de las muchas que podía escoger para alejarme de mis decepciones, frustraciones y sobre todo, lo más importante, evitar a toda costa hacer más daño a los que tanto quería. Me había vuelto violento. Sabía que no debía reaccionar como lo hacía, pero no había nada que consiguiera frenarme.

Me despedí de mis amigos y de mi querido gato. A Neko lo acompañé a casa de unos amigos. Él ya estaba acostumbrado a las mudanzas y los cambios no le sientan tan mal como a la mayoría de los gatos y además, en poco tiempo lo iría a buscar de nuevo, o eso pensaba entonces.

Era un día soleado, pero no hacía calor, cuando cerré la puerta de mi casa con la mochila a cuestas. Un quince de abril precioso, el mejor mes del año. No me crucé con vecinos ni con ningún conocido. Para el viaje, que en total duraba más de cuatro horas, me preparé unos bocadillos de paté y llené una cantimplora con agua. Cogería dos trenes y un autobús. También me llevé conmigo unos cuantos libros y para leer durante el trayecto escogí uno que me regaló mi mejor amigo pocos meses antes de morir; El beso de la mujer araña, de Manuel Puig. Le había contado que de pequeño iba todos los domingos a la sesión doble y que me tragaba cualquier película que proyectaran. Daba igual qué actores protagonizasen la película o el nombre del director, incluso el argumento me importaba bien poco. Para mí lo más importante era desaparecer de la realidad durante una tarde entera. Le expliqué que habría visto durante mi infancia centenares de películas, pero la que me quedó más grabada en la mente fue la adaptación de la novela de Manuel Puig con un joven y brillante, como siempre, William Hurt dando vida a Molina, un homosexual que comparte celda con un activista político llamado Valentín interpretado por Raúl Julia. Molina le cuenta a Valentín el argumento de películas y van hablando sobre ellas. De esa manera se van conociendo y pasan más cómodamente esa ingrata estancia.

Él buscó por varias librerías hasta dar con una de viejo donde le vendieron una edición de 1987. Fue todo un detalle. No le gustaba ir de tiendas y los libros que tenía en su casa básicamente eran para decorar y llenar huecos detrás de las fotografías de familia, entre las que había una suya que siempre me divertía mirar, cuando iba a su casa, de cuando hizo la mili.

En cambio, amaba el cine y podía pasarse horas enteras recordando escenas y pequeños detalles que él contaba con una alegría insólita en su personalidad. No había visto El beso de la mujer araña y cuando yo le expliqué el argumento en cierta forma él se vio reflejado en el papel de Molina. Nos reímos mientras apurábamos el último cigarro antes de irnos a dormir, como siempre, pasadas las tres de la mañana.

Él se suicidó. No dejó ninguna nota. Nunca me pareció un hombre triste ni desolado ni depresivo. Nada me daba pistas del porqué. Escudriñé su habitación días después del entierro con el permiso de su madre y no hallé ni una sola pista. Me niego a creer que fuese un cobarde. Me niego a creer que se sintiera solo o desprotegido. Me niego a que él ya no esté.

Qué te hizo volver atrás y recordar con extremo dolor, algo que de antemano ya sabías te iba a abrir de nuevo la herida. Nadie te empujó, nadie te pidió que te acercaras de nuevo al borde del precipicio. Siempre buscando algo más, algo que perpetuar en la abisal memoria y no siempre recordarlo como realmente sucedió. Te acercabas lo justo y sabías bien cuando parar, pero no querías detenerte y poco a poco, como cuando se revela una fotografía, te adentrabas en la peor de tus pesadillas. No eras más que un niño con deseos e ilusiones frustradas. Nada te salía como al resto de los niños de tu edad. Cuando te encerraron en aquel almacén del supermercado no viste peligro alguno. Tu inocencia no te dejaba ver más allá del regalo que te prometieron. Recuerdos. Te acuerdas de todos los petardos que compraste con dinero robado del monedero de tu madre por San Juan. Uno de ellos te dejó prácticamente sordo durante casi un día entero y además te quemó la punta de dos dedos. Quitabas monedas del monedero de tu madre de forma habitual para, de camino al colegio, entrar en la tienda de aquel pobre viejo al que todos tomaban el pelo y al que también le robaban todo lo que podían. Tú allí te comportabas educadamente y simplemente comprabas golosinas para endulzar así el trayecto. Aquel viejecito te daba muchísima pena y alguna vez regañaste a niños mayores que tú, llevándote algún golpe en la cabeza. Una vez recibiste una buena bofetada de Rosalía, la profesora de religión, por colgarle con celo en la espalda un monigote en un día que obviamente no era el de los santos inocentes. Aquello hacía reír a toda una clase entera de niños traviesos y Toni no tardó en decirle a la profesora lo que les hacía tanta gracia y enseñarle lo que pendía de su bata rosa y aún tardó menos en señalar al culpable. A excepción de esa travesura en general eras un buen estudiante y nada conflictivo. Siempre buenas notas, buena actitud. Sólo que en quinto de EGB, durante una excursión, te vengaste de Toni. Llevabas una jaula en la mano por si cazabas algún animal del que más tarde descubrirías sus rasgos característicos al lado del mejor profesor que jamás tuviste, el señor Rafael, al que admirabas profundamente por ser un buen educador y además escritor. Llevabas esa jaula y Toni detrás de ti tocándote las narices. No aguantaste más, llegó el momento de darle su merecido. Te giraste en redondo y le diste tal golpe en la cara con aquel objeto, que en unos instantes toda su cara quedó ensangrentada, llena de mocos y lágrimas. Nunca se habló de aquel incidente. Toni nunca dijo a los profesores la verdad de cómo se hizo aquella herida y disteis por zanjadas vuestras diferencias. A partir de entonces Toni y tú, por raro que parezca, os llevasteis bastante bien. No hubo nunca más ninguna pelea. Sencillamente fuisteis amigos durante unos años y un día os dejasteis de ver. Así sucede siempre. Te relacionas durante un tiempo con alguien y de pronto todo se acaba. Sin rencores. De vez en cuando alguna llamada de teléfono, alguna postal. Nunca has mantenido una larga amistad; no conservas amigos de la infancia ni de la adolescencia. Tus compañeros de trabajo algún día han sido algo más, pero cuando has cambiado de trabajo también has renovado tu círculo social. Tal vez todo tiene una explicación. Naciste en un lugar donde nunca llegaste a vivir, a lo sumo pasaste allí dos días. Te llevaron a otro pueblo donde tampoco estuviste mucho tiempo, tal vez hasta los tres años. Más tarde tus padres se trasladaron por motivos de trabajo, y eso supuso otra mudanza. Cuando tenías cinco años entró a formar parte de tu vida un tercero en discordia y hasta que no cumpliste nueve años no llegó el divorcio; otro cambio de aires, otra escuela donde luchar para ser aceptado, otra vez rodearte de nuevos amigos y olvidar a los antiguos. Cuando ya te habías amoldado a ésta nueva situación, llega la reconciliación (con la que siempre estuviste totalmente en desacuerdo, parecías más maduro tú que tus padres). Para entonces, hacer y deshacer el equipaje ya es para ti algo normal y nada complicado. Tres años después la razón del cambio de domicilio fueron las lamentables peleas con tu madre; huída de un adolescente del hogar, es la liberación final. Nunca antes pasaste tanto tiempo en ningún lugar hasta tu emancipación anticipada. No podías conservar a tus amigos ni aunque te hubieses esforzado enérgicamente. Cuando preguntan de dónde eres, casi siempre respondes, de forma irónica, que tú eres nómada. Esta respuesta causa carcajadas a tus interlocutores, pero en realidad no te falta razón. Inestabilidad. Inestable en todo. Tu carácter es cambiante en cuestión de segundos. Pasas de la normalidad a ser el peor de los ogros. Tus suavísimas sonrisas se convierten entonces en babas disparadas al aire con un aterrador rechinar de dientes; refunfuñando y humillando con un desprecio inusitado. Tus acciones sorprenden a los que te rodean y poco a poco se apartan de ti. Te refugias en vanas excusas. También hay que saber llevarte, no encajas muy bien las críticas hacia tus actitudes. No toleras que te ignoren. No soportas no saber explicarte. Todo debe tener una explicación. No has recibido demasiado cariño. No hay una figura familiar estable. No sabes tratar a las personas porque nunca te han sabido tratar a ti. Has presenciado demasiadas discusiones e intentos de suicidio. Has vivido en tus carnes una despreocupación total; notas, informes de actitud en la escuela, progresos, depresión por la muerte en accidente de trafico de un amigo, éxito laboral…fracasos, tanteo de algunas drogas; ignorado por completo. Sin recibir nunca una charla de cómo enfrentarse a la vida. Tu educación no escolar es completamente autodidacta. Todo lo has aprendido en los libros y de la gente con quien te has relacionado. ¿Hubiese servido de algo explicar aquel incidente de tu infancia en el supermercado? La respuesta es no. Sólo habría empeorado las cosas. Si siguieras viviendo en aquel pueblo, te encontrarías de vez en cuando a ese cabrón por la calle y ese ogro que hay en ti despertaría y seguramente cometerías el peor error de tu vida. Lo último que sabes de él es que organizó con unos compinches un atraco donde trabajaba y le pillaron. No se sabe si aún está en la cárcel. Esperas que se pudra en el infierno y que tú aparezcas en sus peores sueños.


Día de lluvia en el valle. Desde la ventana de mi habitación puedo ver un arco iris trágico que cubre en el horizonte el espeso bosque, donde, a veces, me escondo de Martín. No es que me persiga y ni mucho menos le temo. Lo que ocurre es que quiero verle lo mínimo posible. Ni siquiera nos hemos cruzado dos palabras. Parece distinto. Los años le han cambiado. Ya no tiene aquella mirada dura, y su pelo es menos liso. Entonces él llevaba el pelo largo y bien cuidado. Es curioso, ahora caigo que en catalán arco iris se traduce como Arc de Sant Martí.

En mi escritorio hay montones de notas. Estoy recopilando cuentos y historias que se me van ocurriendo con la esperanza de que Julián las lea y me dé su sincera opinión.

Si uno lee acaba queriendo escribir. Tengo muchas ideas, pero las tengo mezcladas en mi cabeza y aunque todo tiene un sentido único, no sé como encajar todas las piezas. He escrito cuentos de gatos, de accidentes de tráfico en extrañas circunstancias, de un ludópata, de un pirómano, de extraños sueños y de suicidios colectivos. A veces lo leo todo de un tirón y adquiere un significado real. Casi se podría decir que los cuentos y las notas escritas desordenadamente forman parte de un diario.

El diario de alguien que ya no está. Que pasó por mi vida y me susurró al oído miles de experiencias para que yo las plasmara, en cualquier orden.

De fondo escucho a The Allman Brothers Band; Melissa, una canción que no olvidaré jamás. Alguien ha encendido el equipo. Debe haber sido Julián. Yo le puse un día esta canción y le expliqué todos los recuerdos que me traía. Él no la había escuchado nunca pese a tener el álbum entre su colección de discos, y ahora la pone a menudo. Recuerdos de mi adolescencia en la radio municipal. La pinché tantas veces que llegué a conseguir incluirla en una lista de éxitos donde desentonaba por ser considerablemente más antigua que las demás canciones.

Yo vivía mis días con una total despreocupación. La radio era lo que más me llenaba. Me podía pasar horas allí encerrado y no sentía el más mínimo deseo por acercarme a la piscina y pasar la tarde con mis amigos.

Arrastré a unos cuantos a descubrir el mundo de las ondas. Algunos de ellos son ahora profesionales del medio, mientras que yo no he conseguido aún tener una profesión. Ni siquiera una idea de a qué quiero dedicarme. Siempre he sido indeciso y me ha gustado tocar demasiadas teclas. Hubo un tiempo en que creí que podría conducir un trailer siguiendo los pasos de mi padre. No tuve suerte como carpintero ni como pastelero. En cambio trabajé casi diez años en una librería. Me gustan los libros. Me gustaba el contacto con la gente; ahora ya no. Por eso, entre otras muchas razones, estoy aquí; busco a mi antiguo «yo», el tipo que algún día fui —al que tengo un especial afecto— y me gustaría reencontrar.


La primera vez que vimos Carretera perdida nos quedamos petrificados en nuestra butaca mientras los créditos y la canción de David Bowie daban por finalizada una de las películas más fascinantes que he visto en mi vida. Una vez en la calle empezamos a darle vueltas al argumento. Qué parte era real y qué parte imaginada. Si Fred Madison mata realmente a su mujer o no, y si el hombre misterioso pertenece, en parte, a la personalidad de Fred. Que si el chico joven es el hombre que anhela ser en realidad Fred Madison o si todo es simplemente una paranoia del loco de David Lynch. Y así estábamos los dos lanzando teorías sin parar. La vimos unas cuantas veces más, muchas más, y cada vez salíamos con planteamientos que contradecían a conclusiones anteriores, pero disfrutábamos como nunca y quedábamos en ir a verla de nuevo.

Así era él y así era yo. No teníamos que convencer el uno al otro para hacer cosas. Si a uno le apetecía ir a ver una película, por muy absurdo que pudiera parecer verla por décima vez, el otro casi seguro que había pensado en lo mismo, la íbamos a ver y no se hablaba más.

Lo mismo ocurría con el destino que elegíamos para ir de vacaciones o cuando decidíamos salir de fiesta o cuando íbamos a cenar. Siempre nos poníamos de acuerdo. Siempre, salvo en las interminables charlas que manteníamos hasta altas horas de la noche. Nunca he sabido defender bien mis opiniones y a él le encantaba liarme y provocar que me embrollara con mis argumentos. Era muy irónico e inteligente y le gustaba soltar frases, aforismos de cosecha propia, lo que siempre me sorprendía viniendo de alguien a quien no le gustaba leer. Ésa estrategia con las charlas, no sólo la utilizaba conmigo.

Tenía mucho éxito con las mujeres y ellas venían primero a mí y me confundían con sus intenciones. Yo pensaba al principio que me las estaba ligando cuando en realidad querían saber cosas sobre él. Si a él le gustaba alguna, la ponía a prueba hasta el punto de extenuarla a base de preguntas enrevesadas. Si superaba ese tipo de iniciación la encontraba interesante y era sólo entonces cuando se planteaba tener algo en serio con ella. A mí, en cambio, las chicas me gustaban o no me gustaban, y punto.

No solíamos tener diferencias, y sólo recuerdo una discusión. Bueno, en realidad se enfadó conmigo y me soltó algún exabrupto. Consideré que tenía razón y no le di pie a mantener disputa alguna. Fue en una de nuestras vacaciones. Él estaba conduciendo, creo que era en Pamplona, y yo iba de copiloto. Era la primera vez que visitábamos la ciudad. Yo no suelo fijarme en los carteles que indican ciudades o números de autopista, y además, soy un desastre con los mapas. Él, siempre seguro de sí mismo, en aquella tarde todo le salía mal. No encontraba la manera de salir de allí y se iba poniendo cada vez más nervioso. Me hacía preguntas, y yo, alelado totalmente, no sabía qué responder. Pasamos tres veces por la misma rotonda y acabó aparcando el coche de mala manera. Con una arrogancia desconocida en él empezó a meterse conmigo, en mi incapacidad para guiarle y no pude evitar avergonzarme y salir del coche. Di un par de vueltas. Me fumé un cigarro y, una vez calmado, volví al coche. Fuimos a tomarnos una cerveza y allí preguntamos por la ruta a seguir. Uno de los dos empezó a reírse y se nos pasó el enfado. Siempre que uno empezaba con las risas se la contagiaba al otro y ya no podíamos parar.

Esa noche cuando ya estábamos instalados en el camping, con la tienda sujeta a medias y aguantándose en pie milagrosamente, me pidió disculpas a su manera. Me dijo que, si bien yo era incapaz de leer un mapa, tenía muchísimas más aptitudes que seguro que nos servirían en un futuro. No sé si él era consciente de esas palabras cuando un año después en otra de nuestras vacaciones yo fui su héroe y salvador por unos minutos, descubriendo uno de mis, hasta entonces desconocidos, dones. Un don que nos salvaba de echar a perder nuestras vacaciones y, también, evitaba molestar a alguno de sus familiares haciéndole recorrer centenares de kilómetros hasta llegar a nosotros y solucionarnos la papeleta. Ocurrió durante las fiestas de San Lorenzo, en Huesca. Todo iba bastante bien, era nuestro primer día de vacaciones. Acabábamos de llegar. Éramos jóvenes y no notábamos el cansancio del viaje, así que fuimos a cenar y de ahí directamente a recorrer los bares y las peñas. Enseguida conocimos a gente y bebimos y bailamos hasta altas horas de la mañana. Recorrimos la ciudad a pie de un lugar a otro durante toda la noche y fue entonces, cuando ya dimos por acabada la fiesta y fuimos a buscar el coche para regresar al camping para dormir un poco, cuando él echó en falta las llaves. Se le cambió la cara, pasó de estar alegre y animado a convertirse en la persona más seria e infeliz que podía llegar a ser. Se barajaban varias opciones; una grúa tirando del coche hasta Barcelona era la más cara, otra opción era llamar a los municipales para abrir el coche con uno de esos ganchos planos y, la tercera, la peor, era llamar a su hermana y hacerla venir hasta Huesca con una copia de las llaves, sin duda la posibilidad menos deseable de todas. Estábamos abatidos, todas nuestras cosas estaban en el coche. El dinero que habíamos separado para esa noche ya lo habíamos gastado casi todo, nos quedaban unas monedas, lo justo para un café. Así que yo tomé las riendas y decidí lo que íbamos a hacer. Primero, tomar ese café que nos repondría. Luego ya nos preocuparíamos en andar por los lugares en los que habíamos pasado toda la noche.

Tal como estaban las cosas, no dudó en seguir mis consejos y se dejó arrastrar por mi extraño arranque de optimismo y despreocupación. Ni yo sabía de dónde provenía aquella fuerza interior que me empujó a decidir lo que debíamos hacer.

Mientras desandábamos el camino le hablé sobre la chica, que en uno de los locales, yo me había atrevido a abordar. Sólo quería acercarme a ella y con cualquier excusa establecer una conversación. Eran sobre las tres de la noche. Ella estaba con una amiga bailando. Una enfrente de la otra al ritmo de una canción de los Celtas Cortos y nosotros riéndonos todo el tiempo, haciendo el tonto, nos fijamos en ellas. Eran guapas y parecía que no dejaban de mirarnos, o eso creímos. A mí la mezcla ya hacía rato que me había subido a la cabeza y mi timidez y mi sentido del ridículo llevaban más de dos horas de paseo, así que me resultó fácil acercarme a ella y aceptar sin ninguna vergüenza y con gran temple su rechazo. Sólo pude hacerle una pregunta y alejarme de ahí con la misma sonrisa de memo con la que me había aproximado.

«¿Puedo hacerte una pregunta?», ella me miró y contestó: «¿Que si puedes hacerme una pregunta? No, no puedes». Su mala leche era digna de admirar. Yo no sería capaz de contestar así ni al más borde del mundo y he ansiado tener ése valor, en más de una ocasión, años después.

La conversación le hizo reír y, ahora, ya estaba más relajado. Los dos estábamos más relajados. Con las primeras horas de la mañana parecía todo más fácil, como si hubiesen pasado varios días y todo fuese un recuerdo lejano. Pero la realidad era distinta. Estábamos en una ciudad desconocida, sin poder pedirle a nadie que nos echase una mano.

En momentos así la música te puede ayudar. Y hablamos de eso, lo bueno que sería poder escuchar, de algún modo, canciones de fondo de la misma manera que sucede en las películas. Así que mientras recorríamos todos los sitios donde habíamos estado por la noche, estuvimos eligiendo canciones para el momento: Pasando por un parque donde había varios jóvenes desparramados durmiendo la mona, tuvimos que decidir entre muchas canciones de Tom Waits y, al final, la más acertada era Clap Hands. Para un señor que paseaba a un bóxer atigrado, aunque parecía lo contrario, escogimos The House Is Rockin’, de Stevie Ray Vaughan. Y para nosotros, en busca de las llaves perdidas, berreamos entre risas, la música de Indiana Jones. El juego duró bastante rato y lo seguimos usando en el futuro en más ocasiones. No teníamos que decidir cuando empezar, sólo bastaba con ver, por ejemplo, a una chica guapa y uno de los dos empezaba a tararear alguna canción. De noche, con los faros iluminando el asfalto, era fácil canturrear I’m Deranged, el tema que da inicio y fin a carretera perdida.

Teníamos que encontrar las llaves y continuar con el buen rollo que habíamos logrado. Llevaríamos un par de horas caminando, cuando no sé porqué, le dije que fuéramos al local donde habíamos visto a las chicas bordes de los Celtas Cortos. No teníamos nada que perder y accedió enseguida a perseguir mi corazonada.

De día, el lugar tenía un aspecto totalmente diferente. No era un local, más bien era una especie de jardín con tierra en el que habían montado una caseta con una barra para servir bebida. Hasta donde alcanzaba la vista estaba repleto de basura; los vasos de plástico lo inundaban todo. No tardaría en aparecer por allí alguien para limpiar y dejarlo todo listo para continuar con la fiesta. Cabía otra posibilidad, que alguien de la limpieza encontrara las llaves, pero no esperábamos tener esa suerte. Estábamos ya empezando a darnos por vencidos. Nos separamos y paseamos nuestra mirada por todo el recinto. Él se acercó al rincón que horas atrás había ocupado. Me llamó. Yo sabía perfectamente que me quería decir. Se rendía. Había llegado el momento de tomar una decisión. Antes de llegar hasta donde se encontraba él, me paré unos instantes delante de un póster de las fiestas donde se anunciaban todos los eventos. En otra situación habríamos planeado qué haríamos en los días siguientes. En cierta forma aquel cartel también se reía de nosotros: esto es lo que os perdéis pardillos. Miré hacia el suelo y removí con la punta de mi bamba derecha los vasos y después la tierra. Como por arte de magia primero vi un plástico negro y después, brillando, la punta de lo que parecía una llave. El cartel no se reía. Nos anunciaba que aquella sería una semana llena de fiestas, conciertos y bebida, mucha bebida.

Me acerqué a él con las llaves en la mano. Todavía no se había dado cuenta de la suerte que habíamos tenido cuando le enseñé su llavero e hizo un amago de abrazarme. No sé porqué, en el último momento, se cortó y reprimió un merecidísimo abrazo. Sin embargo le cambió la cara y se sentó durante un buen rato en un banco repitiendo la palabra azar sin cesar, con una sonrisa que le iluminaba el rostro convirtiendo a aquel chico tosco, en un gran tipo.

Tiene la boca seca y es incapaz de mover su cuerpo. Abre los ojos y sólo distingue sombras, pero entre ellas, puede reconocer a su madre y, a su lado, al tercero en discordia. Más a la derecha está su padre, sus voces las oye de fondo.

Una enfermera empujando un carrito metálico se abre paso entre ellos. A su lado, un hombre con bata blanca, un doctor. Ella se acerca a la cama y levanta las sábanas. El doctor ni siquiera le pregunta al paciente por su nombre ni por cómo se encuentra. Observa el lugar exacto de su cuerpo donde han estado trabajando y habla con la enfermera ignorando a todos los que se encuentran en la habitación 43 del hospital Sant Jordi. Son las cuatro de la tarde. El doctor y la enfermera se van pasando una serie de botes con diferentes líquidos, que vacían alternativamente sobre la herida, dejando la cama y al muchacho chorreando.

No siente dolor alguno, pero sin saber porqué, arranca a llorar. El doctor impasible prosigue con su trabajo. Cuando han acabado, la enfermera le cubre el cuerpecito, dan media vuelta mientras el niño sigue llorando, y van a hablar con la madre. No llega a escuchar qué le puede estar diciendo el doctor, sus propios gemidos le impiden escuchar algo, pero le parece entender que todo ha ido bien.

Cuando el doctor sale, el tercero en discordia se acerca a la cama y levanta la sábana. Mira de cerca la cicatriz y, olvidando la presencia del niño, dice a viva voz que los cirujanos han hecho un estropicio. El niño piensa que habla por hablar, como casi siempre ¿qué sabrá un payaso sobre cirugía? Así que ni siquiera teme que tenga una pizca de razón. El niño siempre le lleva, de forma acertada, la contraria. El hombre, mucho más mayor que sus padres, se cree por experiencia, muy culto, y habla mucho de política y de fútbol y de lo mal que educan en el colegio a todos los estudiantes hoy en día. Parece que le encante escucharse a si mismo, dando el tostón y casi siempre meando fuera de tiesto. Lo que está claro es que no tiene ni idea de cómo se debe tratar a un enfermo y menos aún a un niño. Y, además —piensa el niño— ¿quién le ha dado vela en este entierro?

Por otra parte, el padre y la madre tampoco son un modelo a seguir y eso hace tiempo que el niño lo tiene asumido. La madre nunca está contenta ni con nada ni con nadie y está obsesionada con la limpieza. Nunca ha abierto un libro y apenas si sabe leer. El padre es un amante de los trenes eléctricos y de los coches a escala pero sólo los disfruta él, impidiendo que el muchacho se acerque al baúl donde los guarda con un candado. Así que sus referentes son los libros que coge prestados de la biblioteca y los consejos de Don Marcelino, su profesor de literatura, y el señor Rafael que además de ser un amante de la naturaleza es escritor. Los dos consideran que el chico es buen estudiante e inteligente.

Cuando su madre le pregunta por primera vez cómo se encuentra, el niño no contesta. No sabe si, de intentarlo, podría hablar, pero no va a hacer ni el más mínimo esfuerzo en articular las cuatro letras.

Se duerme. Es como mejor está. Durmiendo o haciéndolo ver.

Cuando recobra la conciencia, recuerda haber soñado que estaba en una cueva. Llevaba puesta una camiseta naranja y debía tener unos treinta años, barba de quince días y una calva incipiente.

Le ha despertado su abuela. Su colonia es inconfundible y siempre acaba mareado. En el fondo desea
perder el conocimiento para volver a la cueva. Sus padres se han ido sin despedirse, seguramente no lo habrán querido despertar (un consejo del sabio vejestorio), y su abuela los habrá sustituido. Parece que está llorando. Aunque le cuente cualquier motivo creíble, él sabe que miente. Conoce perfectamente la razón de su tristeza y pese a ser un niño pequeño, entiende muy bien qué ocurre. Prefiere no hablar con ella y hacerse el dormido. A su abuela la quiere mucho, pero no soporta hacerse el tonto y menos aún herirla.

Ahora, con los ojos cerrados, él recuerda aquella vez que jugando en un parque se quedó atrapado entre la escalera y el pasamanos de un tobogán por la cintura. Sus amigos al principio se reían, pero al cabo de un rato viendo que era imposible sacarlo de allí fueron a buscar ayuda. No tardó en llegar un grupo de mujeres y su madre acompañadas de un señor con un mono azul de mecánico. Tal vez, lo primero que les pasó por la cabeza a todas las vecinas cotillas era que se tenía que cortar el acero, secuestrando de un taller de coches a un pobre hombre que seguramente habría dejado cosas mucho más importantes que hacer y que con las prisas, además, había olvidado traer alguna herramienta. Su madre era consolada por dos señoras y empezó a llorar. El muchacho la miraba y su mente divagaba intentando descubrir qué estaría pensando; «Que desgracia. Se va a quedar para siempre en el tobogán. Tendré que traer las lentejas, las sopas y carnes hasta el parque cada día. Por las noches limpiarlo al aire libre con el frío que hace. ¡¿Y sus necesidades?! Madre mía, que desgracia. Ya no irá al colegio y tendremos que pagar a un profesor particular. ¡Ay!, y de mayor quería ser escritor…».

En efecto, el niño no tiene mucho cariño a sus padres.

El mecánico obligó a salir del parque a todas las mujeres. Pegó un par de gritos y sólo autorizó la presencia de su madre. Le dijo —si ha entrado tiene que salir— puso cara de suspense y dedicó una sonrisa y un guiño al niño.

—Subiré su cuerpo por ambos lados —lo dijo sujetando las piernas y el torso—, tú, sólo aprieta el vientre y aguanta la respiración.

En menos de un minuto el niño volvía por su propio pie a casa, donde le esperaban unos macarrones con queso rallado. Tenía una buena historia para contar cuando a las tres entrara en clase.

Imaginó incluso cómo dibujaría el tobogán en la pizarra y cómo describiría a la profesora y a los demás niños su odisea durante el mediodía.

Dibujó el tobogán e intentó narrar su historia, pero nadie le hizo caso. Todos estaban alterados. Era el último día de clase. El curso acabaría en dos horas.

Abre de nuevo los ojos. Ha dormido. Ahora es su padre quien está en el sillón. Es de noche. No sabe cuántas horas han pasado. Ha oído a alguien tocando un piano. Pero en un hospital no es posible. Lo habrá soñado. Intenta hacer memoria y ahora sí empieza a recordar; un valle y desde la ventana de una casa un bosque, música de fondo y una hoja de papel encima de un escritorio:


El cuento de la joven soñadora


«Dos enamorados deben separarse durante una temporada porque a él lo han destinado a la otra punta del mundo en una acción humanitaria o para cumplir con el servicio militar o para combatir por su país en una guerra, ya no lo recuerdo bien. La cuestión es que se deben separar y él promete llamar por teléfono una vez por semana. Pasan los días y él le va contando cómo pasa las horas en un lugar extraño con gente aún más extraña. Ella en cada llamada le explica, además de cómo se encuentra y cómo está la familia, alguno de sus sueños. La chica tiene premoniciones, sabe cosas: —Anoche soñé que venías a casa y te tumbabas encima de mi cama, sobre mi colcha de color naranja. Tú llevabas una camiseta del mismo color y en unos segundos te mimetizabas y acababas desapareciendo —su voz es lenta, susurrante—. No tuve miedo, tu rostro denotaba mucha paz, pero me quedaba sin ti. Hoy llevo la camiseta naranja, la que lleva el número cuarenta y tres en la espalda. Es el número natural que sigue al 42 y precede al 44. ¿Tienes algún soplón por aquí? —él le quiere restar importancia. Se ríen—. No debes preocuparte, no te quedarás sin mí.

Se despiden, cae alguna lágrima y quedan para la siguiente llamada. El siguiente sueño que le explica es un tanto erótico y no puede evitar ruborizarse mientras lo cuenta. Le ve entrando en una habitación semicircular. Escucha música de fondo. Algo suave. Una pieza en la que predomina sólo un instrumento: el piano. Cree reconocer el título de la canción en una pantalla brillante y muy moderna de una especie de maquina de discos: Railroad Man. Por la parte curva del local, que es toda de cristal, puede ver una ciudad iluminada a sus pies. En mitad de la estancia hay un billar. Entonces él la ve. Su amada está en la barra y ella también le mira. Son los únicos presentes en el bar. Hacen el amor encima de la mesa de billar como nunca antes lo habían hecho: —Eras más salvaje y me sentí un poco utilizada —le dice ella. Él permanece callado durante todo el relato, pero conoce bien aquel lugar. La noche anterior habían ido unos cuantos compañeros y él a un club. Bebieron más de la cuenta y acabaron casi todos, menos él, con una chica en el reservado. Para no preocuparla inútilmente no le dice toda la verdad y le cuenta que días atrás habían estado unos amigos y él jugando al billar y tomando unas copas en un bar muy parecido al de su sueño. Se despiden hasta la semana siguiente.

—Anoche soñé que entrabas en mi habitación para despedirte de mí. Me decías que te arrepentías de no haberme dicho lo bien que olía la última vez que estuvimos juntos y lo mucho que deseabas dormir a mi lado. Escribías en un papel “últimamente no tengo corazón”. Me hablabas de canciones de las que nunca había oído ni siquiera el nombre del artista. Te noté raro pero sereno. Estabas algo difuminado, como en sombras, pero pude ver que te habías dejado barba. Me hablabas de una casa y de sus habitantes. Yo me quedaba dormida escuchando esa preciosa historia: La leyenda de la cueva de los niños errantes. Entre sueños escuché de nuevo aquella melodía; Railroad Man. Me susurraste “Ryuichi Sakamoto”, y yo no entendí nada. Sólo sé que dormí como nunca antes había dormido. —Qué bonito…—le dice él después de un buen rato sin hablar. No la quería interrumpir—. No sé qué debe ser ése lugar y tampoco conozco al pianista del que hablas —dice—, pero la historia de la cueva de los niños errantes sí la conozco. Estoy leyendo un cuento en el que aparece esa cueva. Al entrar en ella, uno puede reiniciar su vida desde el punto exacto que elija. Si quieres regresar a cuando tenías diez o doce años o si quieres reencontrarte con alguien que perdiste por el camino, debes visitarla. El problema es el regreso al punto inicial, al momento en el que entraste en la cueva, que obviamente se produce tarde o temprano, pero no se sabe cuándo. Otro problema es que no todo el mundo que tiene acceso a la entrada de la cueva obtiene los mismos resultados. Sólo lo disfrutan algunos afortunados y no se sabe bien porqué —sin darse cuenta se ha dejado llevar contando el relato y decide cambiar de tema—. Es cierto, me muero de ganas de dormir a tu lado. Recuerdo tu olor; siempre hueles muy bien, como a bebé. Llevo tu aroma impregnado en mi cuerpo adonde quiera que vaya. Otra vez, ella a través de sus sueños, ha estado, de alguna manera, en contacto con él. Pero, no sabe porqué razón, evita explicarle que está embarazada. Le da la sensación de que él ya lo sabe, que sabe muchas cosas. Percibe que no ha hablado directamente con su amado sino a través de él.

Durante los siguientes días no sueña. Es como si al quedarse dormida muriese un poco. Por mucho que se esfuerce, no recuerda nada al despertar cada mañana. Alguna vez antes de quedarse dormida le parece escuchar la melodía del piano y eso la reconforta. Pero durante el día pierde los nervios. No puede llamar a nadie. No sabe a quién recurrir. No le llegan noticias por ningún lado y, se inclina a pensar, y así sucede finalmente, que él no volverá a llamar jamás».


Martín se ha dado cuenta de que algo me sucede con él y no malgasta esfuerzos en entablar conversación alguna conmigo. Estoy convencido de que Julián no entiende mi postura. Me desconoce. Mi actitud hostil le debe sorprender. De momento no me pregunta por las razones de mi distanciamiento del grupo, pero puedo adivinar que no lo aprueba; lo observo en sus ojos. Ha leído el relato que escribí, la parte del hospital. La dejé en su habitación y la ha devuelto con un post-it pegado felicitándome y dándome ánimos para seguir adelante. También ha escrito una posdata: «El adulto ya hace tiempo lo perdonó todo, éstas son las reflexiones de un niño. Me siento orgulloso de ti».

Escucho música todo el tiempo. Leo y escribo. Por el momento he apartado todas las actividades programadas de mi agenda y me dedico exclusivamente a mí. Vivo de noche, escribiendo hasta altas horas de la madrugada y sólo me reúno con los demás durante el almuerzo, justo cuando acabo de levantarme y aún tengo marcas de las sábanas en mi rostro.

Nadie pregunta. Da la impresión de que puedan entender mi conducta o, como si ésta tuviera una razón lógica con la que todos estuviesen de acuerdo o pudiesen comprender. No cuestionan ni uno sólo de mis movimientos. Tengo total libertad y me muevo con una tranquilidad inusitada. Lo más sorprendente es que normalmente yo me encargaba de la cocina y ahora se las arreglan sin mí. Me extraña que ni siquiera Julián me haya llamado la atención y haya encontrado sin problemas y rápidamente un sustituto.

Lo único que diferencia un día de otro son esos extraños sueños que me asaltan en cuanto cierro los ojos. En ellos tengo el rostro arrugado, las manos me tiemblan, me han salido manchas y sufro dolores musculares. Mi manera de vestir ha cambiado, mi olor corporal es distinto. Puedo percibir que soy una persona mayor recapitulando su vida e intentando enmendar sus errores y comprender los que han cometido los demás. En estos sueños llevo un bloc guardado en el bolsillo de la camisa y, en él, hay un cúmulo de apuntes. Como son sueños recurrentes he conseguido memorizar algunas de esas notas, aunque no era necesario; esas imágenes ya estaban grabadas en mi mente desde hace años:


Visitas: 1981; Supermercado.


Sólo hay una caja y, en ella, un chico cobra y embolsa los productos. Tiene el pelo liso y claro. Es atento, educado y amable con todos los clientes. La mayoría de la gente parece conocerle y, pasan varios minutos conversando con él.

Entra un niño con una cesta en una mano y una lista de la compra en la otra. En la radio suena un tema de Nacha Pop; La chica de ayer. En ese momento de su vida el muchacho desconoce a este grupo, pero en un futuro asistirá a un concierto de Antonio Vega y muchas de sus canciones serán su única compañía en los primeros y difíciles días de residencia en una ciudad nueva para él. Una marca de lácteos regala, con la compra de sus productos, figuritas de plástico de los personajes de una serie de dibujos animados. Las figuras forman parte de una colección en la que también se puede conseguir, reuniendo tapas de yogures, un castillo de cartón. «En ese momento no puedo evitar ruborizarme y a la vez sulfurarme. Mi cuerpo experimenta calambres y sufro un ligero mareo. Ese estado consigue que las imágenes se desvanezcan y me envuelva la oscuridad de la gruta devolviéndome al presente. Salgo de la cueva y vuelvo al valle. Mañana, si me veo con fuerzas, intentaré continuar desde el mismo punto». «No lo consigo. Dejo el supermercado para otro día y evoco otro capítulo de mi infancia; una de las muchas veces en las que me encerraba en el cuarto de baño» 1982; el niño cierra con cerrojo la puerta del lavabo. Vierte un montón de botes de diferentes productos en la pila. Son productos de belleza; cremas hidratantes, pintauñas, colonia, jabón. Luego rocía alcohol a la mezcla y enciende una cerilla. Disfruta viendo el fuego danzando por unos instantes. Echa agua y diluye lo que queda en la pila dejándola limpia. Más tarde abre la ventana que da a un patio de luces. Corta papel higiénico cuidadosamente. Va encendiendo tiras de papel de unos veinte centímetros y los deja caer desde el cuarto piso, observando como serpentean en llamas, hasta llegar al patio. Se le escapa de las manos. No ha sido consciente en ningún momento de lo peligroso del juego. En el patio hay plásticos que sirven para proteger de la lluvia a algunos electrodomésticos de los vecinos del primer piso. En un momento dado, cuando todo empieza a arder, lanza inútilmente chorros de agua ayudándose con el teléfono de ducha. Sale del baño y se reúne con su familia. Nadie lo ha echado de menos, a pesar de que ha estado más de veinte minutos encerrado. No pasa mucho rato antes de que alguien llame al timbre. El vecino del primer piso, bastante alterado, pregunta si hemos tirado un cigarro encendido o algo ardiendo a su patio. El niño empieza a temblar, el corazón le late con fuerza. Bastaría con que le hiciesen una pregunta y lo confesaría todo sin ningún tipo de duda. No se escondería ni daría la culpa a otro. No buscaría excusas para defenderse; sólo admitiría que es culpable y aceptaría cualquier castigo que le impusieran. Pero la pregunta no llega. Nunca le prestan atención. Ni cuando se porta mal. Los ánimos se caldean cuando el vecino entra en el piso y se asoma por la ventana del lavabo. Ve restos de cartón y papel en un saliente de la pared y da por finalizada su investigación. Asegura que lleva meses recogiendo restos que caen desde los pisos de arriba: papeles, trozos de juguetes, etc. Su paciencia se ha acabado hoy. El incendio ha sido la gota que ha colmado el vaso. El tercero en discordia le empieza a gritar. No tolera que en su casa entre nadie a insultarle. Empiezan a empujarse hasta llegar al rellano donde ya se han congregado la mayoría de los vecinos. Se encaran. Por un momento parece que el tercero le va a dar un puñetazo, pero en el último momento se arrepiente y da un golpe en la baranda. Pasan unas horas. El niño se ha asustado con la discusión y después del golpe se ha refugiado en su habitación; el lugar más seguro que conoce. «Otra vez la culpabilidad impide que continúe con la visión. Estoy agotado. Volveré mañana. Por hoy ya he tenido suficiente. Revivir esos días es más duro de lo que creía. Necesito leer. Desconectar un poco. Pasar por tercera vez por las mismas sensaciones es demasiado doloroso».


Conozco muy bien estos capítulos. Cometí errores terribles, pero era un crío. Con el tiempo he aprendido a sentirme menos culpable. Supongo que por muchos años que pasen, aunque llegue a ser anciano, nunca aprenderé a perder el peso de la culpabilidad que, por otra parte, jamás debí arrastrar. Quizás lo que me quieren decir estos sueños es eso precisamente, que era un niño, un inocente, y que la culpa debe empezar a recaer en quien realmente se la merece.

«El adulto ya hace tiempo lo perdonó todo». No, no es verdad. Hay alguien a quien aún no he perdonado y no sé si algún día conseguiré llegar a perdonar.


Mis antiguos compañeros de piso se mudaban. Me llamaron para decírmelo y para que fuera a buscar mis vinilos, mi plato giradiscos y una bicicleta que no pude llevarme en el último viaje. Así que le pedí que me ayudara. Yo todavía no tenía coche. Ni coche ni permiso de conducir. Además deseaba, después de cinco años de ausencia, regresar a mi antiguo pueblo. Necesitaba ver de nuevo la escuela donde estudié, el antiguo lavadero donde pasé tantas horas y quería que él viera en persona los lugares de los que tanto le hablé. Nos venía de paso y desde el pueblo hasta la ciudad donde había compartido el piso sólo distaban tres kilómetros.

Se ofreció encantado a acompañarme. Le gustaba conducir. Preparamos música para el viaje y, aunque sabíamos que no estaríamos más de dos horas en la carretera, nos aprovisionamos de canciones para un mes entero. Daba la impresión de que en lugar de ir a pasar el día fuera nos marchábamos de vacaciones.

El trayecto estuvo rodeado de nuestros acostumbrados silencios. Estábamos a gusto disfrutando del paisaje y de la música. No necesitábamos hablar. Tampoco tuve que indicarle el camino. Él había sido transportista y conocía bien la zona. De hecho, hicimos un alto en el camino y me llevó a comer a un restaurante del que yo ni siquiera había oído hablar y del que él había sido cliente habitual.

Cuando terminamos de tomar el café reanudamos la ruta. El CD nos regalaba canciones de forma aleatoria, como nos gustaba a nosotros; El último de la fila daba paso a Albert Pla, Girasoules y éstos a Clapton, Bowie, Radio Futura…

No tardamos mucho en llegar a la entrada del pueblo y lo primero que hicimos fue acercarnos a la escuela donde el señor Rafael me despertó las ganas de leer y escribir.

Antes, en vez de ese estrambótico anfiteatro, el patio poseía una bonita piscina, si es que las piscinas se pueden considerar bonitas. En ese teatro al aire libre actué una vez y creo que fuimos nosotros, los de cuarto de EGB, quienes lo inauguramos con una obra de la que ya no recuerdo absolutamente nada. Le mostré una casa justo enfrente del colegio. Un día, unos amigos y yo, llamamos al timbre de esa casa. Nadie nos empujó a hacerlo, fue por iniciativa propia y, entonces, sólo debíamos rondar los diez años de edad.


Abrió una señora muy simpática y nos invitó a entrar sin preguntar por el motivo de la visita. En esa casa era donde vivía el gran poeta; el poeta del pueblo. Le regalamos una rosa y charlamos un rato con él. Le dijimos que habíamos pintado un mural en una pared del pueblo con un poema suyo. La verdad es que hasta entonces ése era el único poema que yo había leído en mi vida. No fue hasta que me fui de allí que empecé a profundizar en su obra y deleitarme con sus versos. Nuestra visita le hizo feliz y nos agradeció el detalle. En aquella época no éramos conscientes del regalo que nos brindó la vida. Acabábamos de estrechar la mano a uno de los mejores y más queridos poetas del país.

Más tarde atravesamos el puente y subimos la cuesta que lleva al antiguo lavadero. Nos sentamos y nos fumamos un cigarro mientras mi cabeza seguía rememorando momentos de mi infancia. Le conté una anécdota tras otra. Parecía encantado escuchándolas y en ningún momento dejó de prestarme atención. Yo estaba embalado, no podía dejar de contar mis experiencias, mis recuerdos. Él seguía preguntándome sobre el poeta y creo que le decepcioné un poco al no poder recordar mucho más de lo que ya le había contado. Ni siquiera conseguí decir los nombres de los niños que me acompañaron aquel día.

De nuevo el silencio se hizo presente y por mi mente empezaron a florecer palabras que formaban pequeños relatos, y otras, que no tenían ningún sentido. Siempre me ocurre, durante un viaje en tren o en coche o andando por la calle, o cuando cocino, me afeito o antes de dejarme arrastrar por el sueño en la cama. Mi imaginación empieza a construir historias o simplemente se me repiten y acuden a mi cabeza frases sin que pueda hacer nada por evitarlo:

«El silencio serpentea por nuestros cuerpos inmóviles. El pequeño regresa a su hogar, ¿Tendrá el valor suficiente? ¿Entrará en el supermercado? Hoy sí, por supuesto. Va bien acompañado y no hay nada a lo que deba temer.
“This is not America…ouh! Sha la la la la”.
Él es mi mejor amigo ¿podré contárselo?”.
Entra un hombre de mediana edad y gasta todo su dinero en la máquina tragaperras. Detrás de la barra hay una mujer de unos cuarenta años…Trabaja durante horas en el almacén…Un golpe seco, sirenas, gentío…”.
Nunca antes se había mostrado tan afectuosa con ella, maullando intensamente e interponiéndose entre sus pies, no le permitía salir de casa. Con el bolso y el abrigo en una mano y la bolsa de la basura en la otra, estaba preparada para salir, pero a cada paso que daba la gata se le iba cruzando hasta casi hacerla tropezar. Era extraño, normalmente era el gato quien se acercaba ronroneando y se acariciaba con la pernera del pantalón, nunca la gata, y las veces en las que el gato se acercaba, casi siempre llevaba a cabo este ritual para dar la bienvenida, pero no para despedirse”.
“Están sentados uno frente al otro. Ella se levanta y se sitúa justo detrás de él. Le pone las manos en la nuca y luego empieza a masajear su espalda. Le susurra una frase al oído que sólo puede escuchar y entender él. Es una frase que le excita, una frase que sólo se dicen entre ellos y que si la escuchara cualquier otra persona no produciría efecto alguno. Él se siente muy bien y le dice que le pida lo que quiera. Ella sonríe, sabe que ahora empezará el juego. Un juego que surgió la primera vez que estuvieron juntos y que siempre acaba de la misma manera. Ella le pide que le pase la lengua por los labios… y despierta. Es la joven soñadora y, claro, él ya no está…”.
“En algún lugar existe una roca o un árbol o una cueva. Una cueva me convence más. Y cuando alguien entra se ve a sí mismo con menos años. Tiene que ser como el cuento de Navidad de Dickens, pero sin acompañante. Uno regresa a cuando era pequeño. Sólo observa. No puede alterar nada. No influye en nada. Pero a quien entra le sirve para conocerse mejor. Para perdonar sus propios errores. Perdonar a los demás. Le puede servir para superar traumas. Darse cuenta, convencerse de que en realidad todo debía suceder así y quien tiene la culpa…”».

Dejé de fantasear cuando me di cuenta de que él llevaba un rato mirándome. No sé cuanto tiempo pasé ensimismado. Obviamente él quiso saber dónde estaba, si había vuelto de dónde quisiera que hubiera ido y qué era lo que me preocupaba. Le mentí diciéndole que volver al pueblo me traía demasiados recuerdos, aunque al empezar a relatarle alguno, me embriagó una tristeza infinita y el pequeño embuste fue tornándose en nostálgico relato.

En aquel mismo lugar donde estábamos sentados, es donde besé a una chica por primera vez. Unos metros más arriba están los estudios de la radio municipal. Fueron tantas las horas que pasé en aquel edificio que mi madre me insinuó más de una vez que comiera allí y que si tan a gusto estaba, que me llevara mis trastos y mi cama. Por otro lado, yo hubiese sido feliz entre centenares de discos; The Beatles, The Allman Brothers, Jefferson Airplane, Bob James. Ya me podía imaginar pasando las noches en blanco escuchando un disco tras otro.

En la misma calle está la antigua biblioteca y el cine viejo y, también, la librería de Don Manolito, un viejo cascarrabias y facha, pero entrañable. Un día fui a su casa para buscar las llaves de la radio. Era cuando yo empecé a trabajar y Don Manolito era el director. Era un locutor algo excéntrico y sólo ponía zarzuelas. Su manera de presentarlas recordaba a los reportajes del No-Do y hacía lo posible en emular la voz de Matías Prats «padre».

Cuando traspasé el umbral de la puerta me quedé boquiabierto. Había banderas españolas por todos los rincones de la estancia. También era un amante de la tauromaquia y tenía carteles de la fiesta nacional colgados por toda su oficina. En muchos lugares no debe sorprender que existan aún personajes como éste, pero estamos hablando de un pueblo donde lo raro es escuchar a alguien hablando en castellano.

Se rió un buen rato. Le hizo gracia la descripción de Don Manolito y las estratagemas que yo utilizaba de niño para robar en su librería. Casi siempre salía de allí con un par de cómics. Hubiese estado dos días enteros contándole mis aventuras pero se estaba haciendo tarde. Nos levantamos y subimos de nuevo a su coche. Habíamos quedado a las seis y faltaban unos veinte minutos.

Reencontrarme con mis viejos amigos fue extraño. Habíamos perdido la complicidad, habían pasado muchos años y muy pocas conversaciones. Enseguida estuvo todo cargado y nos despedimos prometiéndonos lo que se suele prometer y no se cumple.

El viaje de vuelta fue exactamente igual que el de ida pero con menos luz. Me ayudó a subir todas las cosas a mi casa y luego le invité a cenar.

Aquel día no nos acercamos al supermercado ni le conté lo que pasó allí. Nunca pude contárselo.


Desearía empezar esta parte del relato al estilo de algún escritor de renombre, dando a conocer mi nombre, su origen, qué incitó a mis padres a ponérmelo y, luego seguir con lo que sigue; la correlación de los hechos. Pero no soy escritor. Aún no. Me faltan tablas, leer mucho y escribir aún más. Además, éstas páginas se quedarán aquí, en este valle y, en el fondo, el estilo es totalmente secundario.

Lo importante viene ahora. El rompecabezas empieza a definirse. Pero nada se cierra, porque todo sigue de la misma manera que en la vida. No escribiré continuará pero aun menos fin.

Por otro lado mi nombre, aunque bonito —y de eso no tengo el mérito yo ni mis padres— no importa. Puedes imaginarlo, inventarlo o puedes designarme con el tuyo aunque seas chica, niño, niña, anciano, anciana o un gato persa hecho un ovillo en el sofá de tu persona de compañía, (aunque hasta ahora, todo hay que decirlo, ninguno de los gatos que he conocido disfruta mucho de la lectura).

Nací desnudo y, ahí, no hay sorpresa alguna. Pero la desnudez es la base de todo el relato. ¿Por qué algo tan natural cómo la desnudez crea tantos problemas, tantos tabúes? Eso es una incógnita, al menos, para mí.

Esto me empieza a gustar. Ya hay un toque de humor. Ya iba siendo hora de dejar a un lado la tristeza y el auto flagelo. Te empezabas a repetir y todo lo escrito hasta ahora parecía una de las muchas canciones de Morrissey.


Uno de los pocos regalos que me hicieron de pequeño y más me gustó fue una radio a pilas. Era muy básica y de poca calidad, pero sintonizaba bastantes emisoras. Mi tío, que fue quien me la regaló, me enseñó a desmontarla y a manipular sus componentes electrónicos para conseguir escuchar más emisoras. Yo fantaseaba con la idea de encontrar la manera de contactar con alguien o ponerles música —algo imposible e inviable con aquel aparato— y fue entonces, anhelando esos deseos, cuando despertó en mí la pasión por las ondas. Lo cierto es que pasé más tiempo maniobrando en las tripas del transistor que escuchando algún programa.

Las noticias no me interesaban, los programas de niños eran demasiado infantiles para un chaval que ya había leído tantas revistas para adultos como su padre, y al final, siempre acababa escuchando alguna emisora donde sonara algo de música, por lo general disco y funky.

Con cajas de zapatos vacías y, altavoces de coche que mi padre ya no utilizaba, construí monitores. Tenía un viejo equipo de música con tocadiscos y doble pletina con el que hacía mis primeras mezclas y scratch. Al final en el viejo escritorio de mi habitación había montado un improvisado estudio de radio del que sólo disfrutaba yo y del que presumía cuando traía a algún amigo a casa. Estaba más horas allí dentro que en la plaza que estaba justo debajo de nuestra casa donde se reunían todos los niños del barrio. Siempre fui, y lo sigo siendo, una persona solitaria. Sin ir más lejos, ahora mismo todos mis compañeros están reunidos con Julián tomando unas copas en la sala de estar, escuchando música y jugando a la canasta, mientras yo estoy aporreando las teclas de un viejo ordenador portátil. Me acompaña la música, como siempre, pero no es suficiente. Mi decisión de alejarme del grupo me está afectando más de lo que creía. También echo de menos la compañía de Neko. Me vendrían bien sus ronroneos y sus maullidos, su peso en mis piernas cuando me despierto por la mañana y el reconfortante calor que causa en mis pies cuando tengo frío.

Creo que iré a buscarlo en el próximo viaje que Julián haga al pueblo. Cogeré unos días de vacaciones y visitaré a mis amigos. Seguro que le parecerá bien. Nos vendrá bien a todos.

Me pregunto, ¿Por qué no hay diálogos? Julián, Martín y todos los personajes no dicen absolutamente nada. Sólo se les conoce por cómo los has descrito, y no lo has hecho demasiado bien. Perdona, es mi humilde opinión. ¿Están muertos? ¿Están
sólo en tu mente? ¿Existe el valle y la casa tomada?
Quiero sexo, ¿no dices que es parte fundamental de la vida? También quiero reírme un poco. Las partes donde haces travesuras están bien, pero en general es todo demasiado deprimente. Tú has reído y has hecho reír. Has llorado y lo que sigue y no te gusta oír. Escribes porque lees, pero también es una vía de escape. Entiendo que necesitas plasmar en algún sitio todos tus temores y reciclar rencores. Pero, por favor, haznos reír y excítanos o no leeremos una sola línea más.


El mejor recuerdo que guardo es de cuando empecé en la radio. Tenía doce años y se abrió un mundo nuevo para mí. Un mundo nuevo del que yo creía conocerlo todo o al que me sentía profundamente unido. Parecía que hubiese estado toda mi vida esperando ese momento. Dejarme llevar por la improvisación en un programa que sólo duraba media hora me llenaba más que todas las medias horas de recreo de una semana. Es lo que me ofrecieron —seguramente ningún locutor o disc-jockey podía ocupar ese espacio de tiempo o nadie quería un programa de sólo media hora— y yo acepté encantado. Sabía que era imprescindible dar ese pequeño paso para entrar a formar parte de un círculo algo reacio a dejar entrar a gente nueva. Empezaría con media hora y acabaría siendo responsable de todo lo demás. Lo tenía claro y así fue.

En la radio tuve mis primeros escarceos sexuales. Una de las chicas que cayó más veces en mis redes fue la hija de la mujer de la limpieza. Mientras su madre limpiaba los pasillos del piso superior nosotros intercambiábamos fluidos y me las veía negras para cambiar de canción y pinchar las más largas. En alguna ocasión recibí broncas por haber dejado la cara «A» entera del Doolittle, de los Pixies, o el Nothing’s Shocking, de Jane’s Addiction. Por esa época yo tendría quince o dieciséis años y, la verdad, no era muy responsable. No recuerdo su nombre ni sus aficiones ni siquiera el color de sus ojos, pero su olor aún está muy presente en mi memoria y algunas veces, paseando, me llega el aroma del perfume que usaba y viajo irremediablemente a aquellos extraordinarios días de radio.

Al tener las tardes libres opté por buscar un trabajo de media jornada. Conseguí que me contrataran en una librería y desde entonces compaginé las dos cosas que más me gustaban; los libros y la música. Devoraba libros sin cesar y es una afición que a día de hoy me sigue deleitando.

Me he ido vistiendo poco a poco con letras de canciones, poemas, libros, imágenes.

Hoy decido asumir mis errores después de muchos años ocultándomelos. Decido calmar mis ánimos. Decido culpar menos a los demás. Decido aceptar todo lo malo que hay en mí y que no tolero en otras personas. Decido perdonar y vivir más tranquilo. Decidido.

No sigas por ahí. Te doy una nueva oportunidad. Ya estás auto compadeciéndote una vez más. Y, por favor, aclara lo de la dichosa cueva. ¿Existe o no? ¿Es todo una metáfora? ¿Es metafísica? No es necesario que escribas algo realmente bueno, quiero algo sincero. Algo que me haga sentir vivo. Quiero existir. Hazme hablar.

Está bien, habla.

—¿Sabes? El nuevo chico cree que no te cae bien.

—Claro. Es que no me cae bien.

—¿Y, eso? Lo acabas de conocer. Tú siempre muestras empatía. ¿Qué te sucede con él?

—No me apetece hablar de eso ahora.

—Bien. Pues de qué quieres hablar.

—De música. De literatura. Hace tanto que no voy al cine que me tragaría cualquier bodrio. ¿Cuál es la última película que has visto?

—La última que vi era de Alan Parker. Una que trataba sobre un grupo de música pero no recuerdo el título.

—Los Commitments ¿tanto hace que no vas al cine?

—La vi en la televisión. No hace mucho, en el bar del pueblo. Me estaba tomando una caña y empezó la película. Era un canal de pago donde echan películas de todos los tiempos. Me quedé mirándola hasta el final. Ya sabes que el soul es una de mis debilidades.

—Yo la vi en el cine y me gustó mucho. En cuanto llegue lo primero que haré será consultar la cartelera y ver el máximo de películas posible. ¿Ves? Es más fácil y divertido hablar de cosas que nos interesan a los dos.

—No podemos mirar hacia otro lado siempre. Hay que afrontar los problemas. Mira, hasta ahora no te he dicho nada porque creía que necesitabas estar solo para escribir. Pero ya no podemos seguir con esta situación. Necesito que cumplas con tus obligaciones o deberás empezar a pagar cómo lo hacen los demás o, en última instancia, irte. Pero no irte como ahora, por unos días, sino para siempre. Y tú sabes que lo que menos deseo es que te vayas de aquí.

—No hay problema. Volveré a cocinar. Continuaré con mis tareas. No debes preocuparte. Cuando regrese seré el de siempre.

—No me preocupa sólo eso. Quiero que intentes llevarte bien con Martín. No quiero que cambie el ambiente relajado y distendido que hemos conseguido disfrutar aquí. Si tienes algún problema con él quiero saberlo. Quiero ayudarte, pero debes poner de tu parte.

—Haré lo posible, pero no me obligues a que me lleve bien con él. Deja que lo evite. Puedes darle tareas fuera de casa. No es necesario que lo vea si se ajustan bien los horarios y puedo comer en mi habitación.

—Te llevas bien con todos los demás ¿quieres sacrificar eso para evitar a una sola persona?

—Sí.

—No te entiendo. Hay algo en todo este asunto que me escama. Tú ya conocías a Martín, ¿no es así? A él le he preguntado y dice que no te ha visto en toda su vida. No habéis intercambiado ni una sola palabra desde que está aquí. Por lo tanto desde que llegó no ha podido hacerte daño alguno. Tuvo que ser algo que le hizo a alguien próximo a ti. O, no… espera. Tus escritos hablan de él. Pero Martín no puede ser él. ¿Martín le hizo algo malo a tu amigo?

—No, no es eso. Te aprecio mucho. Casi puedo decir que te quiero. Pero hay cosas que nunca le he contado a nadie y que me resultan muy difíciles de asimilar. No puedo decirte nada sobre Martín de momento. Y, créeme, casi es mejor así, que ni él ni tú sepáis nada. Podría acabar todo muy mal. Dame tiempo.

—Está bien. Te doy dos semanas para que puedas estar tranquilo, pero ten en cuenta que tarde o temprano deberás darme algún tipo de explicación.

—Gracias, no te decepcionaré. Por cierto, una de las razones por las que tomo estos días de descanso es para traerme a Neko. Espero que no sea un problema.

—No. En la casa pueden entrar gatos si tú te encargas de sus cosas. Ya sabes; limpieza, comida.

—Por supuesto, no dejaría ese trabajo en manos de otro que no sea yo. Julián, cuando regrese sacaré las fuerzas de dónde sea y te contaré lo concerniente a Martín. Perdonar es divino. Ese es el camino. Si consigo perdonar viviré mejor y por consiguiente vosotros también.

Tu voz en el mensaje me pide que te hable, pero puede que sea tarde para cuando me escuches, así que voy a verte, cuelgo y voy a verte. A mí me es fácil olvidar… [1].


Los recuerdos aparecen sin previo aviso. No hay hilo conductor, tal vez una canción, un aroma, un paisaje… Pero escuchamos tantas canciones y en un orden tan aleatorio… vemos lugares y olemos fragancias que inevitablemente nos envían fragmentos de nuestro paso por este mundo. Los recuerdos vienen, van…, y unos desentierran otros y al final cada uno recuerda las cosas a su modo. Como dice Fred Madison en Carretera perdida: «Me gusta recordar las cosas a mi manera, las recuerdo a mi modo, no necesariamente como hayan pasado», aunque, todo hay que decirlo, el personaje de Fred no sería un ejemplo a seguir.

Mientras esperan a que llegue el tren su abuela le pregunta por el incendio en el patio de luces. Ella no sospecha que ha sido él, lo sabe. Todos deben pensar que él es el responsable porque ahora está con sus abuelos en la estación de camino al pueblo donde pasará una temporada, aunque nadie le ha interrogado, ni siquiera se lo han insinuado. Le apartan de su casa y eso no estaba previsto. A él no le importa. Más bien al contrario. Piensa que va a disfrutar reencontrándose con sus tíos y sus primos y, a decir verdad, prefiere alejarse de sus padres; hay demasiados problemas e irresponsabilidades que no debería presenciar. Además es verano y sus tíos le llevarán a la playa. Le gusta la playa y yendo con sus tíos siempre recibe regalos y no le encargan tareas.

Su abuela es muy lista, ha desenmascarado un secreto horrible. Por la mañana antes de que él se encerrara en el baño y provocase el incendio la ha descubierto en el sillón del comedor con la mirada perdida más allá de la ventana, oteando al horizonte mientras las lágrimas recorrían su cara. Sus intensos ojos azules se le han clavado en el alma y le ha dado uno de los abrazos más tiernos que él ha recibido en años. Le ha susurrado algo al oído que él ha tomado por una profecía; algún día lo entenderás. Él hubiese debido contestar que no es necesario, que ya lo sabe todo. Pero a pesar de ser así no puede decirlo; es un niño. Además, no se trata de entender sino de comprender, aceptar y, al final, perdonar. Pero para ella es todo demasiado reciente, aún está en estado de shock y pasarán años antes de que asimile el mal trago y disimule que perdona.

La respuesta del niño a la pregunta de la abuela sobre el incendio se disipa con la voz que anuncia por megafonía la inminente entrada del tren con destino Sant Vicenç de Calders por la vía 2. Nunca más se volverá a hablar sobre ése incidente ni con ella ni con sus padres. Los recuerdos se detienen ahí. El recuerdo del episodio en la estación es muy vívido pero el de las dos semanas que pasa en casa de los abuelos lo ha olvidado por completo o, quizá, algunos momentos le vienen pero no sabe donde ubicarlos, si en esa temporada o más adelante cuando ya vive definitivamente con ellos.

El niño vuelve a materializarse en sus sueños. Aunque sea adulto y esté en mitad de asuntos más importantes, no puede negarse momentos deliciosos de su infancia. El sabor de aquellas pizzas no lo puede olvidar y, sin embargo, desde entonces no lo ha vuelto a degustar. Cuando está despierto regresa a cuando tenía once, doce o trece años recuperando fotos que guarda en su caja metálica o escuchando discos de entonces, de cuando ya vivía con los abuelos y, en teoría, bajo la tutela de su padre. Pero lo mejor empieza en los sueños; cuando entra en la cueva.

Las partidas de dominó de los domingos se alargan hasta bien entrada la medianoche y empiezan después de la cena. Al abuelo le cambia la cara. Es feliz si juegan unas partidas aunque son conscientes de que si pierde irá a dormir de mal humor y oirán su retahíla de palabrotas durante un buen rato antes de que se escuche el ruidito de las monedas que cuenta cada noche antes de acostarse y eso les hará reír.

Los gatos pasean de un lado a otro y en el equipo de música, que le han regalado los abuelos, suenan las cintas que él ha grabado. A ellos no les importa escuchar a Grand Master Flash, Run Dmc, Chaka Khan, George Kranz, Paul Hardcastle o los megamixes que están de moda mientras las fichas de dominó son golpeadas o arrastradas en la mesa.

También le han regalado una máquina de escribir y se pasa las mañanas inventando cuentos mientras el abuelo está en un rincón del sofá fumando con una de sus pipas escuchando la radio y la abuela cocina, lava ropa y sube a la azotea a tenderla y limpia la casa. Luego, ella y el muchacho van de compras. A él le gusta ir de compras con ella y no sólo porque le consiente siempre algún capricho, sino porque a la gente le cae realmente bien y disfruta de los paseos con ella, se siente orgulloso. Todo el mundo la conoce y le preguntan por la familia y se ríen con sus salidas y por lo alegre que se la ve siempre a pesar de lo trágica que ha resultado a veces su vida. Ha pasado por más de media docena de operaciones y más de una vez exhibe sus cicatrices mientras lo cuenta.

Por las tardes el niño va a casa de su amigo E y allí escuchan discos de vinilo, su favorito es el bolero mix de Raúl Orellana. Ahora aún lo escucha de vez en cuando y le da igual que suene algo desfasado, las canciones de entonces le ayudan a recobrar la memoria.

E quiere que le llame Miki y él le llama Miki. Es bastante mayor que él pero se llevan muy bien. E tiene un programa de radio y de vez en cuando van los dos juntos y el niño le ayuda en la selección de los temas. Miki es el técnico de sonido de diferentes programas y poco a poco le va presentando a todo el personal que trabaja en la radio. Conoce a unos chicos que tienen un programa que se llama Stardust en el que suenan temas de The Cure, Prefab Sprout, The Smiths y sobre todo David Bowie. Él se enamora de la portada del Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me y no deja de escuchar durante semanas la canción Catch. Al final de tanto verle por allí y dándoles a entender que tiene ganas de trabajar en la emisora consigue su propio programa de radio.

Algunas tardes también da vueltas con la bicicleta y disfruta de los paseos con una amiga, ¿Susana? No lo recuerda, no la ha visto más. En el pueblo ya dicen que son novios y que hacen muy buena pareja. A él le gusta mucho pero antes de que puedan darse un beso ya la ha dejado. Su edad temprana e inmadurez consideran que eso es lo que debe hacer porque así lo ha visto hacer a los demás.

Los sábados por la mañana son las mejores mañanas del mundo. Cuando se levanta la iaia ya le tiene preparado el café con leche condensada y su mini pizza favorita. La devora delante del televisor mirando la bola de cristal; la bruja avería, los electroduendes, Kiko Veneno, Radio Futura y por supuesto a Alaska.

Sin duda la mejor etapa de su infancia ha transcurrido en esa casa, en ese pueblo y durante esos años; aquí se han mezclado años, veranos e inviernos, la cueva no entiende de órdenes cronológicos, ofrece lo que se necesita en cada momento.

La iaia está sentada junto a su yerna, la madre del muchacho, en la cama donde él duerme. Están enfrente de un gran armario abierto de par en par. Recogen toda su ropa. El chico no sigue la conversación, sólo las observa. Mientras va sacando camisas y pantalones de los estantes la iaia llora como aquella vez, en silencio. A ella nadie le ha preguntado su opinión; nunca lo entenderá aunque esté disimulando que sí y que lo perdona todo.

Después de unos cuatro años de absoluta felicidad ahora debe volver a quemar el patio de luces, desordenar armarios ajenos, verter productos que están en el cuarto de baño dentro de la pila y hacer que todo arda. A él tampoco le han preguntado, todo está decidido. Debe abandonar la radio, la escuela, a sus amigos… y todo ¿para qué?

Si lo del supermercado hubiese ocurrido aquí, la iaia se habría enterado y no le daría tantas vueltas a su inexperta cabeza, ya estaría todo olvidado. Ahora el niño ya no es tan niño y lo ve todo de forma distinta, empieza a sentirse impotente cada vez que recuerda el incidente y pide a un Dios inexistente que para cuando regrese a su antiguo hogar, Martín ya no esté en el pueblo o no responderá de sus actos.

Gràcies. Per a Maria Raventós Schnauder i Joan Via Torres.


La caja que sostengo entre mis manos es metálica y de color azul. Es del tamaño de una caja de zapatos y dibujada en la tapa hay una señora de espaldas. Su ropa es muy elegante pero obviamente pertenece a una época decimonónica. La señora en cuestión está situada entre dos cuadros en los que se puede ver a varias mujeres trabajando en el campo durante la vendimia. En una mano tiene una botella de cava ligeramente inclinada derramando espuma. En la otra mano tiene una copa de cava que se acerca a los labios mientras mira a un lado con, lo que parece, un ligero movimiento de su cabeza pretendiendo seducir a alguien.

Ahora recuerdo algo; esa caja pertenecía a un lote de navidad y contenía dos botellas de cava. Lo que no logro recordar es —«por qué esas flores raras crecen en las aceras para ti…»— cuál era el trabajo en el que me la dieron ni con quién brindé y celebré las navidades, aunque lo más probable es que estuviera solo y que jamás me bebiera el cava.

El contenido de la caja es el siguiente: varias entradas de conciertos, de obras de teatro y de cine. Cartas y postales. Tres esquelas. Un catálogo de una marca Japonesa de instrumentos y finalmente algunas fotos, un reloj, una caja de cerillas de un hotel de Kyoto y recortes de un diario por la parte de los pasatiempos donde hay sudokus.


Recuerda, recuerda, recuerda, recuerda…


Los sudokus y otros pasatiempos son para ejercitar mi memoria. Es curioso, recuerdo perfectamente para qué son los sudokus y en cambio todo lo demás es tan borroso y difuminado como un paisaje a través de un parabrisa en un día de lluvia o niebla. Todo son fragmentos. Retales de mi vida. La frase «Retales de mi vida» pertenece a una canción, me viene la melodía pero tampoco sé de quién es, aunque estoy seguro de que la podría recitar entera si se me esforzara un poco más; «fotos a contraluz…».

Flashes de momentos; en blanco y negro, en color, mono, estéreo… Como si se tratase de una película revivo una y otra vez la escena del supermercado.


Supermercado, supermercado, supermercado, super-mercado…


A mis seis o siete años en el almacén de un supermercado con los pantalones y los calzoncillos hasta las rodillas y todo el cuerpo temblando. No estoy seguro si lo que hago está bien. Tengo claro que no debo contárselo a nadie, aunque tampoco sé si al no explicar lo que está sucediendo hago bien. ¡Soy un niño!, alguien debería haberme instruido de qué cosas hay que protegerse, nunca se debería temer a quien te debe proteger. Un hombre me está tocando y me ha prometido a cambio unas figuritas de plástico que se regalan en una promoción que una marca de lácteos hace de unos dibujos animados muy famosos en ese momento y que dan los sábados a las tres o tres y media por televisión. El hombre es a quien yo llamo Martín. Lo llamo así porque su verdadero nombre lo olvidé enseguida. Lo quise olvidar todo. Sólo conseguí borrar su nombre. Es un recuerdo tan real…,
pero asimismo quiero pensar que ese niño no soy yo, que todo lo que sucedió lo leí en algún libro o diario o, que es parte de una película y la he mezclado con mi propia vida superponiendo mi cara con la del actor que da vida a un personaje frágil y embaucado con tremenda facilidad.


Martín, Martín, Martín, Martín…


He intentado no hablar con él. He evitado sus miradas. Me he aislado y, ahora según Julián, no progreso, pues al refugiarme en mi habitación no avanzo en los ejercicios ni me implico en la terapia de grupo.


Examino los papeles de la caja azul y encuentro un informe médico del año 2007.

Paciente hombre de 34 años con nevus congénito de 1 cm. de diámetro en mano izquierda, y lesión papulosa a nivel foso nasal izquierda sugestiva de pequeño angioma, que sangra con el rasurado. Ruego valoración, gracias.


2007… ¿en qué año vivimos actualmente? No lo sé.

Alguien entra en la habitación. No recuerdo haberle visto nunca. Y, ¿ése
atuendo?; bata blanca y fonendoscopio cual corbata al cuello. Lleva una carpeta en la mano. Ahora entra una mujer con pijama verde empujando un carrito metálico que tampoco he visto jamás.

—Hoy recibirás visita. Ya sabes que son de cuatro a ocho. ¿No estás contento? —la voz del hombre me suena pero juraría que nunca hemos estado juntos en esta habitación. ¿Qué hace en mi habitación? ¿Cómo ha entrado tan tranquilamente? Lo ha hecho como si estuviera en su casa. ¿Por qué Julián no me ha hablado de las «visitas»?

El hombre y la mujer se miran. Parecen afligidos. Ahora lloro de verdad, me siento incapaz de pronunciar ni una sola palabra de entre todas las que construyen frases y preguntas que quisiera formular y pasan por mi mente.

No puedo mover el cuerpo y llevo mi mirada al techo.

La siguiente imagen que veo es la cara de Julián. Se ha interpuesto entre el techo y yo. Y después de darme un beso en la frente me pasa un pañuelo húmedo por los labios. Sigo sin poder expresar lo que siento. Noto que el cuerpo me tiembla como en el supermercado y en cambio no puedo moverme de la cama. No puedo incorporarme. Es como si fuese el espectador de una parte de mi vida proyectada en la pantalla de un cine donde no puedo participar y eso me hace sentir totalmente impotente. Cuando Julián se aparta le sigo con la mirada apuntando a sus ojos. Hay más gente en la habitación. De cuatro a seis personas y no conozco a nadie.

—Papá, mira como te sigue con la mirada —le dice un niño a Julián.

¿Julián tiene hijos?, mi mente está bromeando.

—Sí, creo que me ha reconocido. Cuando ve una cara familiar se pone contento y no deja de mirar a los ojos. Parece como si temiera perdernos.

Julián está distinto. Habla de mí con más cariño.

—Pero mira… qué labios más secos. Debe tener muchísima sed. Y pobre, sin comer nada —ahora quien habla es una mujer de unos treinta y cinco años—, creo que ya le queda poco.

—No digas eso aquí —dice Julián—, no sabemos si entiende o no lo que decimos. Podríamos causarle aún más dolor.

—Perdona cariño —parece arrepentida de verdad—. Llevamos tanto tiempo viniendo aquí y sin oírle decir nada que ya no sé cómo tratarle. Me da mucha pena.

La mujer sale de la habitación muy afligida acompañada de los niños y nos deja solos.

—¿Me oyes?, me oyes ¿verdad? Yo sé que es así. No le tengas en cuenta lo que ha dicho, está algo nerviosa. Te quiere mucho y echa de menos tus anécdotas. Hace tiempo que no hablas. Ya no cuentas historias de jóvenes soñadoras, gatos con nombres en japonés ni de tus poderes para encontrar objetos perdidos. Antes de que vinieras aquí recopilaste episodios de tu vida; tu huida a los veintiséis años a un lugar que llamaste la casa de los niños errantes, tus días de radio y entre muchos otros la horrible experiencia en un supermercado, una experiencia que jamás conoceré. ¿Por qué nunca contaste qué sucedió en el supermercado cuando, sin embargo, lo aludías en numerosas ocasiones? Lo único que llegué a saber con certeza es que cuando entraste escuchaste de fondo una de tus canciones favoritas, La chica de ayer. Tampoco cuentas ya nada de tus viajes en el tiempo dentro de la cueva de los niños errantes. Lo echo tanto de menos… Desde hace cinco años insistes en llamarme Julián. El último día que vine y aún hablabas querías evocar aquellas vacaciones que pasasteis juntos en San Sebastián, cuando conociste a Iera. Te preguntabas qué habría sido de ella. Lo único que conservas es una postal de navidad que te envió en 1998. Me describiste tu relación con ella pero al día siguiente ya no podías seguir el hilo. Ya no recordaste ni su nombre. Te veía tan feliz regresando a tu pasado que me sentí obligado a escenificar contigo momentos que jamás viví. Fingí ser Julián cada vez que te visité. Tus aventuras con él las sabía de memoria de tantas veces como me las llegaste a contar, pero ya no puedo más. No puedo permitir que te vayas sin reconocerme. Cada día me pedías tu caja azul, la que tienes ahora entre tus manos. Está llena de postales, crucigramas y el viejo reloj de tu abuelo. ¿Te acuerdas de tu abuelo? Te sentías muy mal porque no lo visitaste antes de su muerte, no pudiste despedirte de él. Contabas que sin ninguna duda hablaste con él después de muerto, se te aparecía en sueños. Nunca te mencionó por qué no os despedisteis y sólo te aconsejó sobre que debías hacer en alguna situación de tu vida. Seguiste sus consejos y la cosa empezó a andar bien. Fue tu ángel de la guarda.

Te has aferrado a esa caja como si fuese un disco duro donde almacenar tu memoria. Ahí están una parte de tus recuerdos, pero no están todos y, aunque sea una paradoja, te pido por favor que no lo olvides. Sé que estás siguiendo el hilo de todo lo que digo aunque no puedas hablar. Mira, quiero que leas algo —de la caja que tengo en las manos saca una esquela y me la acerca abierta para que pueda leer lo que él quiere. Mis ojos se mueven con rapidez. Al principio me da un vuelco el corazón. No es posible que el nombre de la esquela sea real, pero poco a poco empiezo a comprender. Tengo delante a mi hijo, mi único hijo y no se llama Julián. Julián murió. Ahora las lágrimas serpentean por mis mejillas. Él las seca pasando cuidadosamente el pañuelo. No puedo decirle con palabras que le he reconocido y que le quiero muchísimo. No es necesario, lo ha comprendido. Él también llora, me besa, me abraza…, me siento feliz y me constata que he sido un buen padre.

Pero mi nuera tiene razón. Estoy en el último tramo. No retengo casi nada y lo que logro recordar lo recuerdo a mi modo, no necesariamente como ha ocurrido. Recuerdos aleatorios. Vivencias, cuentos, películas, canciones… todo se ha entrelazado.

Mi mirada vuelve al techo.

Ahora entra de nuevo el hombre de bata blanca, pero… es imposible que sea el mismo que me atendió cuando era un niño y sin embargo, sí, es él. Ah… ya veo. Estoy de nuevo en la cueva de los niños errantes. Veo por última vez el valle, a Neko y a Julián… Me veo a mí mismo en una cama del hospital Sant Jordi, soy un niño y mi olor corporal vuelve a ser suave, nada agrio como hace un momento. Me acaban de operar. Mi abuela está sentada a mi lado e intenta despertarme:

—Martín, Martín… ya pasó. Te he traído tus tebeos y dentro de poco ya estarás en casa. No debes preocuparte por el incendio, no diré nada. De todas formas ése hombre nunca me cayó bien —me besa en la frente y me duermo y tengo el sueño más dulce de los dulces sueños.

De fondo suena No me acostumbro, después Melissa, luego Insurrección, también Perdonar es divino y La chica de ayer


__________
[1]
Gustavo Cerati


* * * *

Jordi Via mantiene el blog titulado Lilvia

http://lilvia.blogspot.com/


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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 43 / noviembre-diciembre de 2008
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