ÍNDICE

El futuro ya está aquí (Paco Ruiz)

La caverna (Javier Fullea)

Ingénito (Rhuayna)

Gorríón de ala rota (Sergio L. Patiño)

El castillo de la piedra bermeja (Pablo Sanz)

El mundo que nos separa (Antonio J. Sierra)

El Tapín y Haiga (Alberto Susacasa)

El platero de Éfeso (Juan F. Planas)

Pradera (Roberto Narváez de Aguirre)

Jeunet y Zelí (Jon Serrano)

Su primer cuento (José Soria)

Frío (Darío Vasco Melero)

Historias de un graduado (Aymer Zuluaga Miranda)

El amor en los tiempos del fútbol (Cristian Alcaraz Hernández)

Las entrañas de la bestia (Jorge Majfud)

El vagón de cola (Marcos Manuel Sánchez)

El dibujo (Paolo Diz Liba)

El barrio de Mosalto (Ariel Bustos)

Los niños errantes (Jordi Via)





Su primer cuento

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José Soria

Querido amigo y editor.

Espero que entiendas la decisión que acabo de tomar aunque vaya en detrimento de las cláusulas del contrato que tenemos establecido.

No me es posible acabar en tiempo y forma la novela que me encomendaste. Es como si se hubiera esfumado de mí cualquier atisbo de imaginación, si es que en algún momento la tuve.

Dudo de mi capacidad como escritor y de mi propia vida. En realidad dudo de la vida en sí, de Dios y de la gente. Bien sabes, me conoces lo suficiente, que esta decisión la tomo por alguna causa justificada. No pretendo nada con ello y entenderé que des por concluido nuestro contrato.

No espero nada del mundo ni de nadie, ni incluso de ti que eres posiblemente la única persona con la que he podido hablar desde hace muchos años. Solo espero que me comprendas y para ello te mando este relato de mi estancia en la casita de la playa que tan amablemente me proporcionaste.

Reconocerás conmigo que debo ir a buscarlo a la sierra aunque esto sea lo último que haga en mi vida dada el asma que me consume. Debo ir a buscarlo, porque de alguna manera, si lo encuentro, me encontraré a mí.

No espero noticias tuyas porque no te diré dónde estoy.

Necesito mi tiempo para otras cosas que no para escribir o leer cartas de nadie. No las esperes de mi tú tampoco.

Si vuelvo, te lo haré saber.

Un abrazo.

José


Aquel día llegó hasta la puerta de mi casa gritándome: «¡Abre, abre!, rápido!». Alarmado me levanté de mi rutinario lugar de trabajo y fui hacia la puerta lo más deprisa que pude. Entrecortadamente me puso en antecedentes: —Hay una terrible pelea entre dos seres enormes en la playa, ven corriendo—. Mientras decía esto me tomó de la mano y me arrastró hacia las dunas que se extienden playa arriba. Al llegar a un promontorio de la duna más cercana se paró y despacio y silenciosamente se arrodilló sobre la arena y quedó observando. Yo hice lo mismo y las vi. Eran dos enormes hormigas luchando entre sí. «No podemos dejarlas que se maten así, tenemos que hacer algo», me dijo mientras me miraba con un ruego en sus ojos que en cualquier caso fue lo más cerca que estuvo de pedirme algo. Lo entendí y con una ramita las separé con cuidado de no lastimar a ninguna de ellas.

Lester es un niño de entrada la tarde.

Solía verlo en cualquier época del año paseando por las blancas arenas de la playa que dormita tras mi ventana. Siempre solo, o al menos eso pensaba yo entonces, pero más tarde, con el paso del tiempo, cuando supe algo de él, me di cuenta que jamás había estado solo. Un sinfín de amigos imaginarios lo habían rodeado desde siempre y siempre iban con él a todas partes.

Lester tiene dos simas profundas y negras como el carbón desde donde escruta su alrededor, y dos hoyos repartidos a cada lado de su movida cara que pronuncia a placer mediante muecas dirigidas, seguro, a esos monstruos a los que rechaza con su arma de madera rescatada al mar.

A veces se pasaba horas mirando al mar, estático frente a él, hasta que el sol desaparecía detrás de aquella línea recta que se divisa al fondo haciendo explotar la tarde en colores mientras sus pies descalzos eran lamidos por la espuma blanca.

A veces salía de paseo en su brioso caballo de caña, al que espoleaba rabiosamente hasta caer rendido en la arena. A veces su caballo se convertía en espada con la que atacaba furiosamente a las olas que pretendían subir por sus piernas.

Cuando me detectaron el asma que me anula, me trasladé por prescripción facultativa a esta casita al borde del mar. Cada lunes me acerco hasta el pueblo vecino para allí conseguir los alimentos que consumiré durante la semana. Bien es cierto que no puedo comprar nada demasiado perecedero pues la casa carece de energía eléctrica. Solo cuenta con un viejo motor de gasoil alojado en la parte trasera de la casa que genera la corriente necesaria para encender una luz por la noche. Pero casi nunca lo uso. Me he acostumbrado a desperezarme con las primeras luces del alba, a veces antes, para acercarme hasta la cresta de la sierra que se alza a levante y se introduce en el mar propiciando la colocación del faro, que junto a la casita que hay debajo de él y la mía son las únicas edificaciones que se pueden ver en la zona. El amanecer desde la cresta de la sierra tiene una peculiaridad que le hace ser único entre los únicos que conozco. Mientras que mirando a levante se ve alzar un disco rojizo enorme, estallando de luz, a poniente se ve oscuramente la noche y al fondo el pueblo iluminado de bombillas.

Suelo salir todas las mañanas desde muy temprano a pasear por las calas de los alrededores y por esta misma playa. Las tardes las dedico a mi trabajo pero sin perder de vista ese mar azul y verde desde mi ventana. En mis recorridos he ido acaparando un sinfín de conchas marinas y de caracolas y de objetos que el mar ha ido trayendo hasta la playa desde los lugares más lejanos.

Lester hace lo mismo, a veces, buscando por la orilla algún opérculo perdido, algún guijarro con la forma adecuada al momento de la búsqueda, alguna caracola.

Comencé un día, y antes de la hora en que Lester solía salir, a colocar algunas de mis conchas y de mis caracolas y de los objetos que he ido robando al mar, frente a mi ventana, ligeramente escondidas entre la arena.

Así he conseguido que Lester cada mañana venga hasta justo enfrente de mi ventana para indagar tesoros, con un ramalazo de intriga sobre lo extraño de que sea siempre en este punto donde encuentra las caracolas más bonitas. Nunca supo que era yo quien las ponía. Pero en cualquier caso, pienso, si lo hubiera adivinado hubiera dejado de obsequiarme con sus pesquisas en la playa justo enfrente de mi ventana de trabajo.

He venido a este remanso de olvido solo con la pretensión de escribir algo medianamente cercano a las exigencias de mi editor, ya que es él quien paga mis recibos, varios, aunque no demasiados. Pero aún no he podido escribir nada que merezca la pena guardar en una carpeta. Sólo vivo. Sólo estoy pendiente del paso del tiempo. Me parece oír a cada momento moverse a Cronos, cuando cruje renqueando entre el silencio avejentando el mundo y se pasea delante de mí para acostarse en lo oscuro. Sólo dejo de oírlo cuando me dilato en la contemplación de quien fui en este montón de rizos negros que se pasea por la playa.

Siempre he sido misántropo.

Un día pasó caminando cabizbajo frente a mi ventana haciendo caso omiso al tesoro que había escondido para él la noche anterior. Iba con las manos en los bolsillos y su pelo siempre rizado tapándole los ojos. Lo vi caminar hasta desaparecer de mi campo de visión. Salí a la puerta sigilosamente para poder observar su rumbo, su estado. Se paró a doscientos metros de mi casa y se sentó en un promontorio de arena protegido en su espalda por un médano. Llevaba más de media hora en la misma postura y mirando siempre a la arena. Me acerqué despacio hasta su altura intentando no espantarlo, disimulando, mirando al mar. Quedé quieto justo a la derecha del muchacho. Su espalda algo curvada hacia adelante empujada por la postura adoptada, sus hombros frágiles a punto de quebrarse. Pero no me miró. Intuí en su postura una mirada triste que no vi. Sentí una desesperanza asfixiante que me inundó y me estremeció a pesar del calor de la mañana. Me senté a su lado sin hablar. Recibiendo cada vez más dolor, cada vez más rabia. No sabía que le pasaba, pero seguro que algo grave. No me miró. No me dijo nada. No cambió el gesto. Pero poco a poco se fue calmando la rabia que recibía, que me invadía. Al rato se levantó y disimulando un reojo desapareció igualmente silencioso, igualmente encorvado, igualmente triste.

A la mañana siguiente, al amanecer, me acerqué en mi cotidiano paseo hasta el faro. Es un recorrido que pocas veces hago, dado que me hace pasar cerca de la otra casa. Esta vez fue esa la intención de mi paseo. Las puertas y ventanas verdes de madera estaban cerradas. Seguí caminando hasta el faro, pero antes de llegar vi su diminuta figura sentada en las rocas que sostienen la torre que se erguía a su espalda. Di un rodeo sigiloso para poder verlo, emboscado en rocas como si de un ladrón hubiese libado el alma, pero era más fuerte mi curiosidad que mi decoro. Desde mi enroque lo pude ver de cerca, de perfil. Asía fuertemente entre las manos un mandil a cuadros verdes y rojos y la cara amargada en lágrimas. A su lado un ramito de flores silvestres de las que nacen al borde del camino de roca y polvo que se apresura hasta el pueblo. No pude acercarme a él. No es que no quisiera romper su hechizado momento, no. La verdad es que me dio miedo leer su rostro. Me fui de allí sigilosamente, cobardemente, en silencio, y volví girando el faro completo hasta la arena que me llevaría de nuevo a mi casa, a mi ventana.

En una de las raras ocasiones en que hablamos, me preguntó que hacia yo allí separado del mundo, que él cuando fuera mayor se iría a conocer gente. Le dije que era escritor y que escribía novelas y cuentos. Me dijo que su madre le había contado todos los cuentos que existían y que algunos de ellos hasta dos y tres veces. Le dije que no todo el mundo puede escribir cuentos. Me dijo que si él quisiera podría escribir cuentos. Le dije que para eso tendría que saber leer y escribir. Me dijo que él sabía, que su mamá y su abuela le habían enseñado de todo, hasta geografía. Le dije que entonces sí que podía, pero que había que tener mucha imaginación. Me dijo que él tenía mucha imaginación. Le dije que no solo bastaba eso porque en cualquier cuento siempre hay algo de las vivencias de cada uno. Me dijo que él tenía vivencias. Le dije que si era capaz de escribir un cuento ya estaría preparado para viajar y conocer gente. Me dijo que eso era muy fácil y que lo escribiría. Le dije que cuando lo escribiera que me lo trajera para leerlo. Me dijo que así lo haría.

Nunca pensé que esta conversación se me clavaría tan hondo, hasta el extremo de hacerme perder toda inspiración. De hacer tambalearse los cimientos de mi carrera tan estrictamente conservados tanto tiempo.

Un día, ya terminando el verano se acercó hasta mi puerta y sin mediar palabra alguna, y con una mirada que me hizo erizar el pelo me tendió un puñado de hojas de bloc meticulosamente arrancadas de su alambre. Tomé con mi mano el manuscrito y quedamos en esa postura, mirándonos a los ojos un millar de años. Soltó su mano y sin decir nada se dio la vuelta y comenzó a andar hacia su casa, hacia el faro.

No pude esperar más y leí el cuento que había escrito. Y lo leí incansablemente una y otra vez. Y cuando me acosté ya rendido de cansancio, no podía dormir. Y volví a encender el motor que da luz a mi única bombilla y debajo de ella estuve toda la noche releyéndolo.

No volvió. Ni ese día ni ninguno más. Al principio pensé que se avergonzaba del cuento y por esto no quería verme. Dejé pasar unos días que se convirtieron en semanas. Tímidamente paseaba hasta las cercanías de la otra casa y solo veía a una señora sentada en una silla verde de enea a la puerta de la casa con un cubo a su lado y las paredes extrañamente brillantes.

Me asaltó un presentimiento que me hizo helar el corazón y fui corriendo hasta mi casa para releer de nuevo el cuento con la respiración asmática al borde de una crisis.

Lo entendí todo.

Corriendo de nuevo, haciendo caso omiso a lo que me habían dicho los médicos, fui a la casa de ventanas verdes. Antes de llegar tuve que parar porque no podía respirar bien y el último tramo hasta la puerta lo hice despacio intentando controlar el galope de mi respiración.

Llegué al lado de la señora que había en la puerta sentada en su silla de enea verde que no me miró. Me senté a su lado y le pregunté por el niño, le pregunté por el farero. Le pregunté por la sierra. No me miró. No articuló ninguna palabra. Solo miraba al mar allí enfrente. No hizo falta que me dijera nada. De pronto lo comprendí todo supe más del muchacho que en el poco tiempo que había pasado con él y el mucho tiempo que había dedicado a observarlo.

Me levanté despacio, con todo el peso de mi vida por primera vez sobre mis hombros, y me alejé de Dolores.

Una última mirada a la casa que resplandecía con el brillo de sus paredes mojadas.

A medio camino volví la vista atrás y observé cómo Dolores cruzaba la arena hasta el mar con su cubo en la mano.

No he querido cambiar ni una palabra del cuento que transcribo, el cuento de Lester, su primer cuento.


Mi primer cuento


Había una vez una mamá que aún no lo era, pero que lo sería con el tiempo y que se llamaba Maria del Mar.

Vivía en un cortijo en la sierra con su papá que se llamaba Lester porque había nacido en Cuba y su mamá que se llamaba Dolores y con su abuela que también se llamaba Dolores y tenía un moño blanco, y que era preciosa.

Por las tardes, cuando oscurecía se sentaban todos en la cocina, donde había una chimenea con lumbre y se contaban cosas de risa, y se reían mucho, y se contaban cosas de miedo, y a la mamá que aún no era mamá, le daba mucho miedo y no podía dormir por la noche en su cama, y se iba a la cama de sus papás, y ellos la dejaban quedarse mientras se reían mucho.

Un día llegó hasta el cortijo un hombre guapo y fuerte que se llamaba Gregorio y que llevaba una mochila en la espalda y barba y que se reía cada dos por tres. Les pidió que le dieran algo de comer y los padres de la mamá que aun no era mamá le sacaron morcilla y salchichón y longaniza, y butifarra, y una botella de zurrapa, y se sentaron con él en la cocina viéndolo comer y oyendo todas las historias que contaba el hombre con mochila. Les contó que tenía un faro y que vivía al lado del mar y que los sábados se iba al pueblo que hay cerca del faro y que se divertía mucho, y que había baile y que un día ganó una apuesta a ver quien nadaba más deprisa. Y la abuela con moño les contó que antes, mucho antes que naciera la mamá que aun no lo era, los muchachos del pueblo vecino se iban a hacer la Francia, para recoger uvas porque en Francia no había gente que supiera cogerlas y que las madres y las novias les cantaban una canción que yo me sé y que dice así:

El día que te vayas
Para que vuelves
Te indicará el camino
La cima con sus nieves.
Y si es verano,
Para que vuelves,
Mancharé de sal
La cal de las paredes.

Se rieron toda la tarde y la mamá que aun no era mamá también se rió mucho y el hombre con mochila la miraba mucho y la mamá que aun no era mamá también lo miraba mucho a él. Y esto de tanto mirarse que se enamoraron y se casaron.

El hombre de la mochila se llevó a la mamá que aun no lo era a su faro junto al mar para vivir juntos porque se habían casado en el pueblo que hay cerca del cortijo de la sierra. Pero la mamá que aun no era mamá estaba triste porque echaba de menos a sus padres y a sus animales y a sus amigas del pueblo de al lado.

Así que un buen día se fue dejando sus quehaceres en el faro y andando y sin saber cómo hacerlo se fue a su casa. Ella sabía que estaba en la sierra y que había nieve en la cima de la montaña que está detrás de su cortijo. Andando llegó hasta muy cerca de la nieve que veía, pero se desfalleció y se cayó por un barranco y se hizo muchas heridas con las piedras y los cardos que había en el barranco y la guardia civil la encontró y la llevo hasta el cortijo porque ella les dijo donde vivía y sus padres se asustaron mucho y le dieron muchos besos.

Desde entonces ya no se reía tanto, aunque un poco sí, en las tardes de chimenea y tampoco se asustaba con las historias de la abuela con moño y del papá Lester. Su mamá tampoco se reía y siempre estaba a su lado o cerca y siempre la miraba de reojo. Hasta que un día llegó el hombre con mochila y entre la mamá Dolores y el hombre con mochila la convencieron para irse de nuevo hasta la playa donde estaba el faro, y la mamá que aun no lo era dijo que sí pero que no quería estar sin su mamá, entonces la mamá Dolores dijo que se iba con ella un tiempo.

Cuando estaba en el faro la mamá que aun no era dejó de ser la que aún no era y tuvo un hijo que se llama Lester por el abuelo Lester.

Y pasaban temporadas en la playa del faro y temporadas en el cortijo de la sierra porque la mamá que ya sí lo era estaba cada día más y más triste.

Así pasaron muchos, muchos años hasta que el hijo Lester se hizo un hombre y hasta lo dejaba su papá Gregorio ayudarle en los menesteres del faro. Esto es lo que más le gustaba al hijo Lester porque no tenía nada que hacer sino esto y estudiar las palabras y las letras y la geografía que entre la abuela Dolores y la mamá que ya sí lo era le hacían aprender «para que se hiciera un hombre», decían.

Al final la mamá, dicen, se cayó desde el faro hasta las rocas que hay debajo, pero yo creo que es que estaba muy triste, y el hijo Lester todos los días se sentaba en una roca justo al lado de donde cayó su mamá y le cogía flores amarillas y se las ponía en donde cayó y hablaba con ella mucho rato.

Cuando Lester se hizo hombre se fue a conocer gente, a la gente que su mamá había conocido cuando se reía.

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Otras obras del autor publicadas en Margen Cero:
El tonto · Deseo · Sin título
· Último deseo · El padre


ILUSTRACIÓN RELATO: Fotografía por Pedro M. Martínez ©





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