EL TAPÍN


Alberto Susacasa


Ahí estaba, eran sus últimos días, tal vez sus últimas horas. 87 años hicieron en su cuerpo el trabajo necesario para postrarla, hoy ya no puedo recurrir a su memoria.

Los últimos días de mi madre los recordaré siempre. Lamento no haber estado permanentemente a su lado. Fueron siete días de incertidumbre. Su nieto José María la tomó en brazos, como a una criatura.

—Papá..., la abuela, ¿no la ves?, no puede respirar.

—¿Qué te pasa abuela?

—Ay, no sé Josito —y la respiración entrecortada le imposibilitaba la voz.

—¿Llamamos una ambulancia?

—No, papá trae el auto, dijo Sandra, indicándole a José.

—Maneja vos, no lo dejes al viejo.

Fui hasta el garaje, en silencio, saque el auto marcha atrás, le dije a Ana, mamá no puede más, vamos a la clínica con José.

—Diego encárgate del asado.

El terreno en el que tenemos nuestra vivienda, tiene frente a dos calles, por una se ingresa al consultorio de Sandra. Ahí vive Maruja, por el otro frente se ingresa a nuestra casa, de donde retiré el auto. Di la vuelta, unos ochenta metros, llegué al consultorio de Sandra, arrimé el auto a la vereda, bajé.

José María emergió de la puerta con la abuela en brazos, tenía puesto su camisón celeste con flores, el rostro arrugado por los años, la respiración agitada, impedida de pronunciar palabra, el paso del aire producía un sonido ronco, áspero.

Su corazón debilitado claudicaba. Durante los últimos ocho años tomó seis pastillas diarias. Una para la presión, otra para el corazón, otra para la fluidez sanguínea. En noviembre harían dos años que se fracturó el fémur izquierdo al bajar del auto, esa fractura la postró un año, estuvo en silla de ruedas, a la que se resistió tenazmente, ayúdame a levantarme me decía. Ponme unas agarraderas por aquí, le compré un andador, al que le dio poco uso, poco a poco se fue incorporando. Como vivía sola mi temor era llegar un día a su casa y encontrarla en el suelo. Utilizando un bastón comenzó nuevamente a desplazarse.

Maruja vivía sola, todas las mañanas, durante años, fui a ver como estaba, a la tarde su amiga Celia se trasladaba cincuenta metros para charlar de lo que sea. Siempre tuvo la gracia y voluntad de hacerle panqueques a sus biznietos.

—Ma ¿cómo anda la política?, solía preguntarle durante mis visitas mañaneras. ¿Qué dicen los informativos? Maruja escuchaba diariamente la radio, fue su compañía por años, conocía las noticias, no se le escapaba nada, el valor del dólar, las absurdas declaraciones políticas que siempre comentó con ironía. Cuando se refería a Aznar o cualquier otro franquista su raciocinio quedaba anulado por el odio.

—Son todos unos bribones, Estados Unidos que se quede en su casa. Qué tiene que hacer por ahí.

—Videla ese atorrante antes que se muera, prefiero verlo sufrir, ¿no le dará vergüenza al cura? Los que mató ese atorrante para darle ahora todos los días la comunión.

Llegamos al sanatorio, ubicado en la ciudad de La Plata. Desde City Bell hay que recorrer unos doce kilómetros. Durante todo el viaje, Maruja ahogándose, temí que en un momento no pudiera respirar. El día anterior sus piernas hinchadas a la altura de los tobillos denotaron la acumulación de líquido.

—Recuéstate en la cama mama, pon una almohada debajo de las piernas para que se te baje esa hinchazón. (le dije). Así lo hizo, la consecuencia fue que el líquido encharcó sus pulmones impidiéndole la respiración. Durante el viaje que fue de unos veinte minutos observé angustiado el esfuerzo que hizo. Con el brazo levantado, se aferró a la abrazadera ubicada sobre la puerta del auto. De tanto en tanto el cansancio le obligaba a dejar su cabeza colgando a uno y otro lado.

—Ya llegamos abuela, le dijo José María, no contestó.

Entramos por la guardia. En esa clínica Maruja estuvo tres días la semana pasada.

—¿Qué pasó María?

—La llevamos a Coronarias. Que tal José cómo te va por España, (preguntó Uriarte médico cardiólogo que atendió a mamá).

Al día siguiente Maruja era otra persona, alegre, dicharachera, estaba rebién, un poco de oxigeno, y su corazón fatigado reaccionó nuevamente.

—¿Como estás ma...?

—Bien hijo, bien, quédate tranquilo. Mira como se me deshincharon las piernas. Estoy muy acompañada todos me quieren. No te preocupes, no me voy a morir. Si del otro lado hay algo, ¿los que fuimos buenos no tenemos problemas, no?

—No vieja, no... —le contesté.

—¿Cómo anda? —pregunté a la enfermera.

—Bien, lo pasó bárbaro, es una mujer excepcional, me contó que se quedó viuda a los 22 años en la Guerra civil de España, no deja de hablar de usted, dice que es un hijo maravilloso.

—¿Qué dice el doctor Uriarte?

—¿Está Uriarte?

—No, el doctor está mañana de turno, hoy vino a la mañana.

El médico de mi madre fue compañero de facultad de mi hijo, ésta situación a Maruja le dio una especial seguridad y tranquilidad.

—Está bien superó el estado crítico, vamos a ver, haremos algunas radiografías.

—El doctor me dijo que mañana me dan de alta. ¿Sandrita?, ¿los nenes?

Permanecer en la clínica viéndola indefensa, sin posibilidades, no lo soporté, dejarla sola me generó una culpa que aún hoy recuerdo.

En la habitación había dos camas. La compañera, algo más joven, atendía sus permanentes conversaciones.

—Es mi hijo, es Ingeniero Civil, es muy reconocido en la Plata, es muy inteligente, ahora es asesor del Ministro de Obras Publicas. Tengo tres nietos y todos son profesionales. Sandrita es médica como José Maria y como la madre. José María, trabaja en Palma de Mallorca. Vino de vacaciones. Diego es el último, no viene porque no quiere verme así, en la cama. Yo señora vine sola de España con un hijo de diez años. A Río Gallegos. Diez años trabajé en esa panadería, con un frío de hasta veinte grados bajo cero.

Ahora que la veo ahí sonriéndome, totalmente gastada, pasando sus últimos días o sus últimas horas, diciéndome que me quiere, que siempre me quiso, no puedo dejar de recordarla joven, rubia, hermosa, lozana, alegre, derrochando energía en esos praos de Asturias.

Sonó mi teléfono móvil.

—¿Hola?

—¿Llegaste Papá? Dame con la abuela.

—Es Sandra, quiere hablar con vos.

—Hola Sandrita, Bien, estoy bien, no nada.

—Ah. Sí, sí. No, que voy a estar sola, tengo una vecina con la que hablamos todo el día.

—El Doctor me dijo que si sigo así mañana me da el alta.

—Sí. ¿Están los nenes ahí?

—Qué tal Julito, sí, Julito, la abuela vieja.

Habló con todos sus nietos, Sandra me había dicho que calcularía cuanto tiempo tardaba en llegar yo a la clínica para llamarme y hablar con ella. No quiso venir al Sanatorio. La abuela según ella no estaba bien, no creía que volviera, y no aguantaba el verla en sus últimos días.

Maruja habló con sus nietos.

—Chau, un besito para todos, le dijo a Laura que le reclamaba que volviera.

Cuando me fui siguió hablando con la vecina de su vida, siguió encandilando y seduciendo a todos, enfermeros, médicos y pacientes.

Maruja nació el 16 de enero de 1915 en Barros, un pueblo de la cuenca minera asturiana, de la cuenca del Nalón, río que discurre sobre una de las laderas del valle. En su momento todo el valle fue una gran vega, los vecinos de Barros construyeron sus casas en el arranque de las laderas, en los terrenos con menos posibilidades agrícolas. Maruja tuvo tres hermanas, Araceli, Luz Divina, María Luisa y un hermano José María.

Ninguna de mis hermanas vino a verte cuando naciste me dijo un día, nadie, tampoco mi madre, sólo mi tía Lola. Tu padre estaba en el frente, en el Batallón de Higinio Carrocera.

A Higinio lo fusilaron. Al padre de Daniel también. Cuando estábamos refugiadas, llegó una carta para Delfina (todas sabían que el marido de Delfina estaba condenado a muerte y le cogían la correspondencia para que no se enterara, Maruja abrió la carta esperando como siempre la noticia del fusilamiento de Jesús. Al que mataron en el monte es a José María (tu padre), decía en la carta la madre de Delfina, no lo podía creer.

Con la caída del frente en Asturias, Luzdivina se mostró en Barros al frente de la manifestación, con banderas en alto, saltando y victoreando el triunfo de Franco, no le importó que la hermana se quedara sin su marido.

Maruja, durante la guerra fue lo que en ese momento llamaban refugiados. A los republicanos procedentes de los territorios ocupados por los nacionales, refugiada, con Soledad (hermana de mi padre y dueña de la casa en que nací). Estaban también Aurora y sus hijos Julita, José Manuel, los hijos de Avelina (otra hermana de Soledad que se quedó en Asturias cuidando a sus padres), Daniel, un año mayor que yo y su madre Delfina.

Perdida la guerra, y de regreso en Asturias, años después en Barros, Maruja fue la madrina de Daniel cuando nos bautizaron para poder ir a la escuela. Mi madrina y padrino fueron Luz Divina, y su marido Víctor. Se nota que Maruja intentó por todos los medios que sus hermanas la aceptaran, pretensión inútil.

Antes de la batalla del Mazuco, donde miles de Asturianos dieron la vida por defender, algunos la Democracia y otros un proyecto de sociedad sin mandones. Destruid el poder y encontrareis la igualdad preconizaba la CNT (Confederación Nacional de los Trabajadores). Antes de la batalla del Mazuco, Maruja se enteró que el batallón de Higinio pasaba por la Felguera y ahí fue a verlo, a mi me dejó con Soledad, tenia yo unos meses.

—¿Trajiste a Alberto? —le preguntó.

—No, está con tu hermana, está hermoso casi no llora, fueron a una fonda y Maruja pasó la última noche de su vida en brazos de un hombre. Desnúdate, déjame verte desnuda, le imploró esa noche José María. No, me da vergüenza me contó en sus últimos años mi madre. Que tontas éramos que poca educación, porque no le dejé que hiciera sus deseos, qué mal hay, que me hubiera visto desnuda, razonaba mi madre muchas de las veces que tuvimos charlas de recuerdo.

—Te quiero, Maruja, te quiero a ti y a tu hijo, ¿por qué no me lo trajiste? Quiero estar contigo. Quiero ver a mi hijo.

—Soledad me dijo: vete sola, deja al crío, para qué lo vas a llevar, a lo mejor llora, no me va a dejar estar contigo.

Mi madre siempre recordó esta última noche. La tuvo grabada a fuego en su mente, en su corazón, el recuerdo de estos últimos momentos le produjo un placer desconocido para otros.

—Coge al guaje y vete para Barcelona que luego iré yo porque esto se cae, (le ordenó José María esa noche), no vamos a poder resistir, la presión de las tropas franquistas, italianos, la aviación alemana será demasiado, hay grupos comunistas que ya se están retirando, nosotros vamos hasta el final.

La aviación alemana hizo estragos en los montes pelados del Mazuco, luego Asturias entró en la negra noche de la persecución. Fui al Mazuco siendo hombre hecho y derecho y lloré desconsoladamente.

Al día siguiente, lo primero que hizo Maruja fue decirle a Soledad:

—Tengo que viajar a Barcelona, José Maria me lo mandó.

—Cómo vas a ir sola por ese mundo de Dios, yo te acompaño — refunfuñó Soledad.

En un santiamén embarcaron en un pequeño barco en Gijón rumbo a Francia. Sin luces en viaje nocturno, el acorazado o destructor Cerbera perteneciente al Fascismo vigilaba la costa norte española. Maruja embarcó con sus 23 años y su hijo, Soledad, mis primos, mis tías, todos refugiados asturianos, compañeras de anarquistas combatientes.

El cruce a Francia en el Cantábrico fue en una noche apiñada, de invierno, donde los orines, los vómitos de los mareos y el terror de ser descubiertos silenciaban la voz. Atrás quedaron su madre, sus hermanas, que nunca la comprendieron. Araceli y Luz Divina la vigilaron para denunciar cada vez que se veía con José María.

Maruja ya era una mujer 23 años, con un hijo. José María en el frente. José María le dio paz y tranquilidad, «no te preocupes Maruja cuando todo esto pase nos casamos y hacemos una gran fiesta, tus hermanas, tu madre y tu padre con los míos vas a ver».

—¿Anotaste al chico?, le dijo una noche que vino del frente. Maruja quiso anotarlo con el nombre del padre pero él no.

—Que se llame Alberto, tiene que ser un ser libre, ponerle mi nombre es de alguna manera hacerlo dependiente.

—¿Viste qué lindo que es?, tiene los ojos azules como yo y es moreno como tú.

—Lo que importa es que sea un buen ser humano Maruja, ¿lo lindo y lo feo qué es?, ¿para qué sirve?

Estas pequeñas charlas trasmitidas cientos de veces son recuerdos que ya no podré volver ha escuchar de los labios de mi madre.

—Dame un poco de agua, me dijo (el derrame cerebral le paralizó medio cuerpo), col basu hijo —fueron los últimos momentos de Maruja.


Esta mujer lloró su vida sola, lloró en silencio, sin consuelo. La aventura de decidir el amor fuera de las convenciones sociales la condenó al destierro social, madre soltera. Nadie tiene que saber nada, se casaron tantas en el frente, ante el Comandante, pensó, ¿quién puede saber, que yo no hice lo mismo? Con esa visión en su corazón enfrentó el que dirán, mitigó su inquietud, cada vez que le pedían un certificado de matrimonio, la verdad quedaba al desnudo.

Tiempo atrás, cuando quedó embarazada los padres la echaron de su casa. Mi abuelo materno nunca le perdonó la ofensa, el deshonor. En la iglesia la voz del cura, tronó repudiando las consecuencias del deseo carnal, volcando el odio y el castigo hacia aquellos jóvenes fornicadores.

María, la madre de José María la recibió con los brazos abiertos, bienvenida a nuestra casa, hija, le dijo y Maruja vivió su embarazo con Soledad y Pedro. Con ellos llevó el embarazo adelante, José María ya estaba voluntario en el frente defendiendo la República Española con su primo Higinio Carrocera. Venia con poca frecuencia. Militarmente ese batallón fue conocido como la Primera Brigada Móvil Asturiana. En uno de esos regresos yo bahía nacido.

El día del levantamiento de las tropas franquistas contra la República, Higinio Carrocera, militante anarquista, obrero metalúrgico, convocó a todos los jóvenes revolucionarios de Barros, tenían armas guardadas, pistolas, fusiles, no hubo para todos y se fueron a Oviedo. Otros completaron un tren para liberar a Madrid. El Coronel a cargo de las tropas en Asturias prometió fidelidad a la república, no la cumplió, el tren fue a una emboscada donde murieron cientos de mineros. La capital asturiana quedó en manos del fascismo.

—No vayas José María, vamos a tener un hijo, no vayas —le imploró Maruja.

José María, tuvo oculto su compromiso, hasta el final, estaba al tanto de todo, no fue obrero metalúrgico, con estudios secundarios y junto a Higinio participó en el levantamiento Anarquista de 1934. fue uno más de los miles de desocupados. Tenía armas guardadas que ocultaron en 1934. Ideólogo en silencio, acompañó hasta el final a Higinio y fue detenido con el. Llevado al campo de concentración se fugó cuando el Frailín le dijo:

—Escuché que mañana te van a sacar.

En el Batallón de Higinio fue el Teniente José María Susacasa Mortera. Y mi madre durante los últimos 20 años de su vida pudo cobrar una pensión militar como viuda del teniente muerto en acción, pensión que le conseguí al reconstruir un matrimonio que nunca existió. Se casó en octubre de 1934, manifesté al funcionario del registro. Yo sabía que las actas del registro civil de dicha fecha fueron quemadas por los anarquistas en la revuelta del 34. Todos mis tíos, menos Araceli hermana de mamá, que según dijeron las malas lenguas, pretendió de joven a mi padre, atestiguaron ante el juez que el matrimonio existió.

En el primer día del alzamiento, la familia Susacasa tuvo su primer muerto, un cuñado de mi padre.

—¿Qué hacer sola?, José María está muerto, ¿qué hacer?, ¿regresar con mis padres? ¿Soportar a mis hermanas? ¿Y el pueblo? Por ahora somos todos refugiados, no estoy sola, Delfina con Jesús condenado a muerte...

Jesús se casó, es comunista, no fue como José María, anarquista amante del amor libre, para qué papeles, los papeles no dan la felicidad, decía. Que tonta Que razón tenía mi madre, por qué no le hice caso, ahora no sería una soltera deshonrada. No permitiré que me digan que soy soltera, es lo mismo que decir que José María no me quería, que se acostó conmigo como se hubiera acostado con cualquiera. Eso no.

Los sueños felices salvaron sus psiquis.

—Anoche soñé con tu padre, me acarició, estaba joven, vestido de militar, sonriente, juntos paseamos por Barros, nadie en la calle, nosotros solos, flotando, empecé a volar, quedó solo, no estaba triste, vete que te espero, me contó mamá hace poco Maruja.

—Cuando eras chico, Soledad quiso que te dejara con ella, estaba sola con Pedro, no tenía hijos.

—Eres joven, por qué vas a cargar con un hijo, puedes rehacer tu vida, me das a Alberto y yo lo crío, es mi sobrino, busca un hombre, eres linda, joven, inteligente, que vas a volver al pueblo, ¿para qué?

Los meses pasaron, el frente se fue corriendo poco a poco hacia Barcelona. El fusilamiento de Jesús también fue noticia, ya eran tres las viudas, Aurora, Maruja y Delfina y los huérfanos siete entre los que se encontraban Daniel y yo.

Los periódicos en la retaguardia, sólo trasmitían los triunfos republicanos, triunfos que contradecían los continuos repliegues que sufrían hasta que llegó el momento de tener que cruzar la frontera para Francia, refugiados, soldados, niños, viejos, republicanos, idealistas, anarquistas derrotados.

Maruja me contó que en la frontera del Pirineo nos dejaron los camiones republicanos y fuimos bajando lentamente a pie, ella me bajó en brazos, tirando por unos colchones que sirvieron de abrigo en la noche, poco a poco los refugiados dejaron los enseres, el peso, la inclemencia del tiempo, obligaron a seleccionar lo imprescindible. Este grupo de mujeres asturianas, jóvenes, con el dolor de la muerte a cuestas ingresó en Francia, hasta el primer puesto fronterizo.

—Soledad no me gusta que la gente nos tenga que cobijar por la fuerza.

—Calla tonta, no digas nada y vete donde te mandan.

En Roquefort del lado español seis meses atrás, las familias tenían la obligación de recibir a los refugiados, Maruja fue recibida de mal talante.

—Si quiere puede ayudar a recoger la uva.

Fue un periodo espléndido, me querían muchísimo, mi padre ya había muerto, esta familia no querían que me fuera.

—No te preocupes Maruja nosotros tenemos amigos, tenemos muchos conocidos con los nacionales, tú no eres como esas otras mujeres incultas, no tienes odio ni resentimiento, tuviste mala suerte, te vamos a defender y tendrás un lugar para ti y para tu hijo, no te vayas, deja que sigan los refugiados. Quedarse, sólo el pensarlo le llenaba de goce y placer, pero el que dirán. La opinión social marcó inmerecidamente su vida, debía purificarse, debía recibir el perdón de sus padres, la comprensión, no producir hechos repudiables y siguió. Ahora estaban en Francia en un pueblo llamado Infi.

Un cuñado de Maruja (Quico), fue separado del resto y enviado a un campo de concentración, todos desarmados.

Para cruzar los Pirineos estos astures se prepararon a conciencia. No abandonaron los colchones ni el abrigo, los llevaron a cuestas y al llegar la noche, dentro de ellos uno arriba y otro abajo nos metieron a los chicos. El hacha fue utilizada permanentemente para mantener el fuego, no todos los refugiados tuvieron la misma suerte, los más desfavorecidos fueron aquellos que venían de la ciudad, los que nunca se encontraron con la inclemencia del tiempo, además nevó y desde la frontera francesa el descenso fue lento, pausado, a pie. Kilómetros de refugiados uno detrás del otro, los más precavidos llegaron sin inconvenientes.

Las autoridades francesas nos enviaron a una localidad de la Provance francesa, una pequeña localidad en la que reinaba una empresa metalúrgica En Infi el grupo se separó. Soledad, Delfina y Aurora fueron a ayudar en un hotel y Maruja fue solicitada para servir en una casa donde su belleza despertó los celos de una esposa, que adivinó cómo su marido la deseaba con el rabillo del ojo. Ese lenguaje universal desnuda a cualquiera.

—Déjate de monsergas, aconsejaba Soledad, cuando Maruja le pedía ir con ellas al hotel, poniendo como argumento las reyertas en el matrimonio. Haz lo que te manden y listo, nadie entendía el idioma, nada, yo empezaba a balbucear y junto con el pollito aprendí a decir petit polli, hablaba francés y castellano. Después de mucho regañar y protestar Maruja logró reunirse con el resto en el hotel, dormíamos en el escenario del salón, las mujeres se encargaban de la limpieza con la consabida agresión de las damas francesas que veían mermar sus fuentes de trabajo. Al poco se desencadenó la segunda guerra mundial. Manuel me llevaba muchas veces a pescar, español de Andalucía, supongo que me atendía para congraciarse con la madre del niño.

Maruja tuvo su pretendiente, permanentemente se acercaba, qué hacer, Soledad le había pedido que le dejara a Alberto. Esta Soledad está tonta, ¿cómo voy a dejar a mi hijo?


Pasaron dos largos años de refugiados, y los recuerdos de la guerra, los bombardeos en Barcelona, las corridas al refugio Kropotkin, con su hijo en brazos, empezaban a ser recuerdo.

—No me refugio más —se juramentó después que casi se ahoga y me pierde por la desesperación de la gente para entrar. Los siguientes bombardeos en Barcelona los pasó al aire libre, conmigo en brazos.

Cuando atacaron el tren de refugiados, Maruja vio cómo las balas de la ametralladora hacían impacto en los vagones, en la tierra. Fueron dos aviones, ella supuso que se estaban divirtiendo viendo correr a la gente desesperada alejándose del tren detenido.

Un día le escribió a su madre Filomena. —Ven hija no andes por ese mundo de dios —le contestó. Soledad hacía un mes que había partido para Asturias a cuidar a sus padres, presos en un campo de concentración. José, mi abuelo, prohibió a sus hijas llorar. —Nadie va a gozar con nuestro llanto —sentenció.

El regreso de Soledad a Asturias, dejó a Maruja sola, en un país extraño, donde no conocían el idioma y donde yo ya era utilizado como intérprete.

Los padres de José María estaban presos, las hermanas también, Soledad recién llegada a Asturias, fue al campo de concentración en averiguaciones. A todas ellas les raparon la cabeza antes de enviarlas a su casa. Desde Francia se tenían noticias de los abusos y atropellos que realizaban las tropas Franquistas y las denuncias de los pocos sobre los muchos.

Higinio fue tomado preso juzgado y fusilado por traición a la patria, de nada sirvieron testimonios a favor, y menos aún el pedido, que para salvar su vida le propusieron los Franquistas.

—Renuncia públicamente a tus convicciones y serás libre.

—Ahora soy libre —respondió—, si renuncio a mis convicciones quedaré eternamente preso.

—Nosotros estamos para castigar las malas acciones no para premiar las buenas —dijo el juez. Un pelotón de fusilamiento justificó el crimen.

Un cuñado de Maruja, Antonio, fue tomado prisionero, se lo juzgó por denuncias que aportaron todos los alcahuetes, individuos oscuros que para salvarse lo único que atinaron fue mostrar su aprobación al régimen denunciando quién iba a misa y quién no (por ejemplo), o quién fue voluntario en el comienzo del levantamiento y ahora estaba en su casa, muchos fusilamientos causaron estas denuncias.

Antonio estaba en estas circunstancias, pendía sobre su cabeza una denuncia de haber raptado a la hija de un paisano y haberla llevado consigo, además de participar y matar a varios en la revolución del 34. Antonio en ese momento estaba en Cuba y el pasaporte, mostrado en el momento oportuno y no antes, lo salvó de la muerte, igual debió pagar su felonía con 6 años de cárcel. Nadie con el apellido Susacasa, se salvó del tricornio.

En Francia, en Infi, la correspondencia clandestina, demorada, llegaba con algunas noticias de Asturias.

Comenzó la segunda guerra mundial y los refugiados españoles pasaron a ser por su ideología un compromiso, muchos se organizaron en contra del fascismo, Maruja recordó a un hermano de su madre, el tío Pin que hacia 10 años prometió llevarla con él. Este tío, formó parte de los grupos Republicanos que en Argentina colaboraron para salvar a muchos combatientes.

—Tengo un hijo, mataron a mi marido, estoy en Francia y quiero irme para Argentina —escribió Maruja al hermano de su madre.

La respuesta no tardó y con ella el dinero para el pasaje.

Nunca supe por qué Maruja no se embarcó para Argentina, supongo que la guerra desatada en Francia le impidió embarcarse, nunca sabré si no se animó, o quiso regresar a Asturias.

Corría el año 1940. En el hotel de Infi, la dueña lloraba desconsolada, la noticia de la muerte de un hijo en el frente Francés de Paris, puso de luto el hotel, el dolor ingresó en el ánimo de los dueños.

Los refugiados españoles quedaron entre dos fuegos, muchos optaron por el regreso, otros se incorporaron a la lucha contra el fascismo, crearon los maquis. Maruja optó por regresar, después de todo ella qué tenía que ver, si ni su padre ni su madre se metieron en política ni en lío alguno, al contrario, siempre fueron buenos amigos del cura. El primo hermano de Ángeles se enroló para ir a la división azul, el otro siempre con falange, otro policía, ¿por qué estar en este destierro con otra guerra encima?, empezó a pensar en el regreso.

Un buen día tomo la decisión, dejó el dinero que le enviara su tío para el pasaje a la Argentina a Delfina, y al regresar Delfina, esta se lo dejó a Aurora, nadie se hizo cargo de devolvérselo. Se quedó con lo justo para el pasaje (El Berrón-Irún) hasta Irún, en territorio francés, el desplazamiento se realizaría en medio de la invasión alemana, que aún no habían ocupado todo el territorio, por lo tanto los controles no serían tan severos, de todos modos se arriesgó, tenia toda la documentación en orden y previsto el paso por el purgatorio, cuando llegara a la casa de sus padres. Tres días de viaje fueron necesarios.

—¿Cuándo llegamos a la casa de la abuela? —preguntaba, mientras dormía acurrucado a Maruja en un banco de la estación, El abrigo me cubría perfectamente y su cuerpo trasmitía el calor que recuerdo como una dulce sensación protectora. Todo el mundo miraba a esa mujer joven, hermosa, lozana, cabello rubio, con rizos naturales, bien vestida, porque Maruja siempre se caracterizó por estar bien vestida, ella cosía su ropa y la de su hijo, ella cosió el sobretodo que llevaba puesto, los pantalones de Alberto, la camisa, compraba tela y fabricaba las prendas, únicas, modelo exclusivo. Calzoncillos, enaguas con encajes, puntillas, bragas, hasta medias y guantes de lana. Siempre quiso que su hijo luciera como un sol, quería que su hijo estuviera elegante, estar orgullosa de él. La ausencia de José María a pesar del tiempo no cicatrizaba, ahí estaba la herida y el llanto brotaba en cualquier momento.

Pasó la última noche en San Sebastián en los bancos de la estación y después de un día de tren llegó de noche al Berrón. Dejó la maleta en la estación y se lanzó con su hijo a cruzar el monte, cuatro horas caminando: tres para subir y una para bajar fueron necesarias, un pequeño descanso y a cargar a Alberto nuevamente.

—No, aquella luz no es la casa de la abuela —responde Maruja a cada pregunta de su hijo; por fin llegó, por los castañalones, y golpeó la puerta. Eran las doce de la noche, en diciembre el frío solo lo mitigó el andar en el camino.

La familia entera esperaba a Maruja, que fue recibida sin estridencias ni algarabías. Los Talamera no eran amigos de los afectos y menos tocarse, pasarse la mano por el hombro, poco abrazo.

—Bon nuit —dijo Alberto.

—Hoo le savo.

—Madreñas, hijo, madreñas —corrigió Maruja.

El asombro, las risas y la gracia de un niño hablando francés, lo recibió como una curiosidad.

Maruja habló poco con su padre, poco con su madre y poco con sus hermanas. Recién había llegado ya vería que hacer al día siguiente. No hubo ni reproches ni aclaraciones.

Luzdivina, la hermana de Maruja, al frente de las manifestaciones franquistas cantando el cara al sol en las manifestaciones, selló la enemistad de las dos familias. Los tapinos no se hablaron por años, con los Talamera.

Los tapinos (ese era el mote de mis parientes paternos), encerrados en la casa esperaron que Maruja regresara con Soledad. No fue así. ¿Hizo las paces con sus padres?, ¿ante el fracaso revolucionario, quiso tomar distancia?, ¿fue una estrategia?, ¿qué hubiera hecho si a pesar de haber muerto José María, la situación de la Republica hubiera sido de triunfo?, estas preguntas supongo quedaron ancladas en el inconsciente de los tapinos. Pienso que nunca la sintieron comprometida con resistir armas en mano el atropello franquista. Años después le pregunté porque no había ido con mis abuelos, con Soledad y me contestó: —En casa de tus abuelos el alimento era escaso, la situación difícil, no quise ser una carga.

Al día siguiente conocí a mis abuelos paternos, vivían a doce metros. El silencio, la congoja, la dificultad económica estaban a la vista, se podían tocar, oler, masticar, todo se soportaba sin quejas, hacia adentro, con la responsabilidad de haber perdido la batalla, no la ideología.


Asturias, recuerdos adolescentes, giras, bailes en los praos, fiestas patronales, gaitas, nada quedó, todo se fue ¿a dónde?, ¿por qué el silencio preñó tu entraña?, ¿por qué el moro vigila tu andar?, atemoriza tu vientre acosa tus hijos inermes, indefensos. Un poder desconocido aterra, inquieta, paraliza tras las ventanas en la noche, el dolor se presenta ensangrentado; la razón, el derecho, la libertad amordazadas. No es la Asturias que dejé, no es la Asturias de la ilusión, nadie puede dudar ni de mis actos ni de mi conducta. ¿podré sobrevivir?

Todos esperamos, esperamos lo imposible, esperamos el amor fraterno, la solidaridad, el reconocimiento, el fin del castigo injusto, ¿por qué? No me quedaré quieta, si volví es para cumplir, alimentar a mi hijo, vestirlo, educarlo, por el todo. De mi nadie dirá nada, no podrán, a nadie di motivos, no los daré.

Por ese entonces las mujeres en Asturias, comenzaron a ser mano de obra barata. El carbón necesitaba operarias para trabajar, al cesto como decían. El trabajo consistía en trasladar sobre la cabeza un cesto lleno de carbón y volcarlo en los vagones del ferrocarril. Varias muchachas de Barros prefirieron el cesto al trabajo de sirvientas en casas de familias. Se necesitaban jóvenes y fuertes. Fue un trabajo para pobres, sin jerarquía, para familias humildes, familias vistas con cierto desdén, la mujer que vencía el escrúpulo de ir a trabajar al cesto, vaya uno a saber que otras libertades no ejercería, el avance y la pretensión masculina sobre ellas era ampliamente justificado por todos. En Barros, el trabajo siempre fue cosa de pobres. La mujer en su casa a la tierra el hombre, para la cosecha los contratados por la comida y algo del fruto. Las mujeres que trabajaban no tenían rango, estaban mal vistas.

—Que ni se te ocurra ir a trabajar al cesto —le dijo un día su padre.

—Oiga pa, tengo que mantener a mi hijo, no quiero escuchar que somos dos bocas más a comer.

—Mientras yo trabaje, nadie de mi casa tiene que ir al cesto y menos a la fábrica, no vas a andar por ahí, sin control. No me avergüences más de lo que hiciste —solía terminar.

Con Avelino fue imposible, ni discutir ni dialogar, en oportunidades como ésta Maruja estaba totalmente sola. El sentimiento era de vergüenza, se fue de casa con un golfo, un mujeriego, un tal y un cual que andaba con una y con otra, un vago sin trabajo, un señorito sin perres, sin dinero. El pueblo recordaba cuando Pedro tuvo que ir a Barcelona a buscar a José María. Con 21 años se fue con una puta, mientras tuvo dinero. El cura Don Dionisio, durante años lo recordó en sus sermones. Fue la lujuria, sin límites en el pecado.

En esos años, ante el paso de algún carruaje militar, inmediatamente brazo en alto. Persignarse y arrodillarse al pasar por una iglesia abierta, arrodillarse cuando el cura, con el cáliz tapado con un sudario, se desplazaba para alguna urgencia, mientras el monaguillo al lado blandía la campanilla.

En la calle nadie opinaba, solamente lo hacían Pelillos el gran alcahuete, él sí se encontraba a diario con la guardia civil, también el carnicero, aquellos que se consideraban los ricos del pueblo, cuatro ignorantes temerosos. Sofía, hija del carnicero, tuvo que emigrar de Barros por la noche, quedó embarazada del director de un grupo de teatro, casado con un hijo. Sofía tuvo una hija en Barcelona y nunca jamás volvió a ver a sus padres ni a la nieta a sus abuelos. La enviaron para Buenos Aires, donde la conocí a los veinte años. Desterrada por golfa.

—Grita guaje, grita, que no vean que no grites.
FRANCO SÍ, OTRO NO
FRANCO SÍ, OTRO NO
FRANCO. FRANCO. FRANCO...

Y así un montón de hombres, hombres que yo sabia obligados, con voz en cuello aullaban el nombre de FRANCO, Caudillo de ESPAÑA por la gracia de DIOS. El que no estaba espontáneamente en la manifestación, el que se quedaba en su casa, no conseguiría cartilla de racionamiento. Ya se encargaría alguien en hacérselo notar.

Las requisas para ver cuantes fabes o cuantes patates cosecharon, para ver si se pasaba del cupo mínimo, para controlar tu declaración estaban a la orden del día. A pesar de eso, todos guardaban algo en algún lado. El silencio fue durante esos años una estrategia inquietante para el vencedor.

Al primer golpe en la puerta, salí disparado, recién estaba conociendo el nuevo territorio, de la casa de un abuelo a la del otro, a lo de Soledad mi tía, así que golpe que hubiera en la puerta, el primero a ver quién era, yo.

Vi, los zapatos negros, el pantalón azul, la chaqueta con correaje negro acharolado, ya estaba mi madre al lado mío.

—¿Maruja Gutiérrez? —dijo el Guardia Civil.

—Sí —contestó.

—¿Usted es la mujer de José María Susacasa?

—Sí —contestó.

—Tiene que acompañarme al cuartel.

Se peinó, se arregló y se fue.

En el cuartel, la estaban esperando, pasó a una sala con dos sillas, le indicó:

—Tome asiento.

En la otra se sentó él.

—Bueno Maruja, tu sabes que ayer en La Viana, mataron a un guardia civil a hachazos.

—No sé nada.

—¿Cómo no sabes nada, quieres que te pele como a tus cuñadas, a ver si sabes?. ¿Cómo me vas a decir que no sabes nada, que no tienes ningún contacto? El Tapín algún recado te enviará por alguien, ¿dónde está?, es escurridizo como una liebre, pero no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir. A los del monte poco a poco los vamos a ir cogiendo a todos. Contigo no tenemos nada, y menos con tus padres, tu familia nunca anduvo con los rojos, al contrario, eso lo sabemos bien y por eso es que tú no fuiste al campo de concentración y te dejamos tranquila, nadie te molestó, pero ten presente que no permitiremos que protejas al Tapín.

—José María está muerto, todo Barros lo sabe.

—¿Muerto? Ja, no me hagas reír, pamplinas —elevó la voz—, mentiras, ustedes mienten o se callan, o no hablan. Si lo cogemos la vas a pasar mal. Nosotros no tenemos ningún parte de que está muerto. Si te llamamos es porque coses como las de ayer únicamente las puedes pensar y hacer un hijo de puta como el Tapín, si lo cogemos lo vamos a hacer chorizos y te los vas a comer, ¡coño! Más vale decirnos donde está y que no se nos acabe la paciencia, que yes guapa y algún moro seguro que te mira.

—Ya le he dicho que José María murió y que todo el pueblo lo sabe.

—Pa nosotros estará muerto cuando tengamos el cuerpo de él o cuando tengamos los papeles que está muerto, pero mientras tanto tú sabes más que lepe, sabes bien dónde están los del monte porque ellos te tienen cuidada y te dan información. A lo mejor es cierto, eso que tenía una moza en Galicia. ¿No estará el muy cabrón con la otra y tu dándole de comer al hijo, criando un rojillo mas? Marujina pórtate bien Marujina, no provoques al animal que tengo dentro de mí.

Maruja no podía creer lo que había oído. Decir que José María era un feroz criminal capaz de matar a alguien a hachazos. Cuando José María estaba muerto todos lo sabían, los que estaban con él vieron todo, lo mataron estando herido, implorando.

—Tengo un hijo, una mujer...

—Nada, no lo escuches, mátalo —dijo—, mátalo ye un rojo. Se escapaba el muy zorro.

VIVA FRANCO, VIVA CRISTO REY. HIUUUJAAAA. BANGGGGG el disparo tronó por todo el valle, así se lo contaron a Maruja y ahí lo dejaron. Con una bala en la cabeza.

Por la mente de Maruja pasó su soledad, todos se guardaban. Sentía los ojos detrás de los visillos de la ventana. Con la ventana entornada atisbaban su regreso de los cuarteles de la Guardia Civil. Caminó erguida sin pena en su rostro, altanera, desafiando al pueblo y con el dolor en el alma por el reproche familiar. Nunca pudo arrancar una sonrisa a su padre, una caricia, lejano, hacía años que su padre no dormía con su madre alegando la falta de lugar en la casa. Ahora su rostro amargado tenía una responsable: Maruja.

—¿Por qué lloras mama?

—Porque tu padre ha muerto, porque no vendrá nunca.

—¿Nunca? —preguntaba yo entendiendo y no queriendo entender.

Durante años pensé que Maruja fue abandonada por José María y que este hizo otro hogar, donde tenía hermanos que algún día conocería. No fue así. Y ahora que Maruja tampoco está, solo tengo mi memoria, sólo yo soy testigo. Pienso en mis abuelos maternos, en las hermanas de mi madre y me da asco, que ignominia, que majadería, el castigo por practicar el coito fuera del matrimonio. Luzdivina, la hermana de mi madre, se casó preñada, nadie dijo nada, ni el cura a pesar que todo el pueblo estaba enterado de todo, se casó hasta de blanco. Fue un buen momento para reconfortar a Maruja, pero no. Que sociedad hipócrita. Pensar que Franco tuvo que ocultar su homosexualidad, me da risa. Lamento que mujeres como Maruja hayan tenido que vivir una vida de abstinencia para demostrar que se entregaron sólo por amor.

Legalidad en el aborto, libertad sexual, eso fue uno de los pilares en la concepción Anarquista a la que se opuso Luzdivina con tanto esmero saltando y vivando el triunfo franquista. La respuesta fue persecución y muerte al libertino, el santo sagrario despechado, enarbolada la ignorancia, el credo y la fe para defensa de los intereses económicos. PRETENDEMOS UN ESTADO QUE NOS SOSTENGA PARA ESO, NOSOTROS SEREMOS LOS CONTENEDORES DE LA IGNORANCIA parecían declamar los acuerdos del clero con las fuerzas de la muerte. A Maruja y a muchas chicas curiosas las estigmatizaron por ir a informarse sobre las enfermedades sexuales, sífilis, gonorrea etc., que audazmente ilustraban las hordas rojas informando a los desposeídos. Hipócritas. Ni aún muertos merecen mi perdón.


Avelina siempre fue la más consustanciada con Higinio y José María, fue Anarquista de alma sin ideología. Avelina estaba convencida de la injusticia. La muerte prematura de su marido, con sólo 45 años, muerto por la silicosis minera, le robusteció su intuitiva conciencia.

Durante meses nadie se preocupó por que la llamaron al cuartelón, (así llamaban al cuartel de la Guardia Civil). Todo el pueblo fue (primero o después) citado, era una rutina, algunos cantaban hasta acertar con el canto buscado, saber qué quería que dijeras impedía ciertas practicas no deseadas. La insistencia de la Guardia Civil que José María estaba en el monte, le preocupaba.

Una vez por mes Maruja tuvo que ir a la Guardia Civil, la presión fue cada vez mayor.

—¿Dónde está? Tú lo sabes, no te vamos a dejar tranquila.

Poco a poco se vio la real preocupación de quienes tenían a cargo estos reclamos.

—Ya que no sabes nada, a ver que tienes para la Falange, a ver con qué colaboras, 2000 pesetas y esto lo podremos arreglar, de lo contrario tendrás que dar las explicaciones al juez.

María la madre de José María, le explicó por enésima vez: —antes de tomar la decisión, preparó la ruta en un plano, le dijo a Avelina que era quien lo veía más a menudo.

—La guerra aquí está perdida, en el monte podemos resistir un año o algo más. Nos cuesta alimentarnos y no podemos bajar permanentemente a buscar comida, los chivatos están mirando por todos los lados y si ves a alguien ya los tienes encima. El aprovisionamiento de munición lo hacemos de la que queda y tenemos en algunos escondites que hay del 34.

—Ay hermanu, me da tanto miedo —le contestaba Avelina.

—Tranquila, tengo todo bien estudiado. Vamos cuatro, por este lado. Hay mucha desunión, y cada grupo tiene que arreglársela como puede. Belarmino Tomás se fue hasta con dinero. De la UGT no hay nadie, a los que fuimos voluntarios nos buscan, con nosotros no hay leyes que valgan, no queda otra opción. Desde el collau vemos bien todo. Mañana salimos temprano. Maruja está refugiada yo sé donde me voy a encontrar con ella.

—¿Por qué no te entregas?

—¿Qué...? Me fusilan. En el campo de concentración ya estaba condenado. ¿De qué juicio?, estos no vinieron para hacer juicios, vinieron para matarnos, para imponer el poder sobre los pobres, solo aceptan la democracia si ellos son quienes nos representan. Es un pueblo inculto, dicen. No aceptan las decisiones del pueblo, las decisiones de la mayoría, no son cristianos aunque se digan soldados de Cristo Rey.

A los dos días lo mataron en la falla de los lobos, lo contó Manolin que iba con él.

También me llamaron a mi fia, fui a la Felguera, no a Sama, les dije que la foto que tenía, porque la trajeron, que era una foto tuya y que el único que la podía tener era hijo mío y que se llamaba José María, que estaba soltero y tenía con un hijo. Todo me lo preguntaron, ¿cómo era?, tomaron todas las señas, trajeron las cosas que llevaba consigo para que puedan saber quien era, lo enterraron ahí. Me dieron la cajita para les cerilles simulando un zapato de madera, les arques, todo lo que te di, lo que te di... Un cayau muy guapu simulando una culebra se lo quitaron, eso no me lo dieron. José María no tenía documentos. Se los quitaron cuando estuvo en el campo de concentración. Según Manolín le pegaron un tiru en una pierna, y se escondió en una seve.

—Le di a uno —gritó alguien—; cuando lo encontraron guardau lo mataron. El que lu mató parece que fue el que mandaba. A los gallegos por cada uno que matan en el monte les dan un mes de licencia en casa, por eso no cogen vivos.

—Maruja, José María tá muertu, nun vuelve, yes joven, busca un chaval y déjanos el tu fiu si quies, dexanos a nos col duelu, somos viexos y vamos vivir poco, tu yes una chavalina. Ven fía... —y la abrazó en su regazo. Maruja lloró en el pecho de su suegra.


Sabía cómo fue la muerte de José María, hasta quién le dio el tiro de gracia, sólo faltaba el papel que certificara su muerte, y ahí fue, lo buscó en Gijón. En Gijón estaba el cuerpo de gallegos responsable de su muerte.

Habló con el teniente:

—Hace cuatro años, en octubre de 1937, en la falla de los lobos.

—Nosotros estuvimos, no recuerdo.

Las evasivas del teniente, daban a las claras la certeza de sus recuerdos, no quería atestiguar.

—Señora. En realidad no recuerdo, venga la semana que viene, voy a preguntar, ¿cómo dijo que era? Maruja le dio nuevamente las señas de José María y repitió letra por letra. Nunca usó luto, su vestimenta de faldas amplias, no muy largas, de telas livianas tableadas hasta mitad de la cadera, ojos azules preciosos, su pelo rubio rizado, el blanco color de la piel resaltando los rosados pómulos, nada tenía que ver con las rojillas a las que estaba acostumbrado. Sólo por volverla a ver se comprometió.

Según me contó años después fueron tres las veces que fue a Gijón. Tres entrevistas, rogando, suplicando, sabía que ahí estaba el que podía atestiguar la muerte.

—Recuerdo que uno en la falla de los lobos que tenía entre sus ropas una foto igual a usted —confesó.

A Maruja se le nubló la vista, él lo mató, lo supo desde el primer momento, lo supo cuando dijo no recuerdo, lo supo cuando la vio, su rostro lo delató, el recuerdo entró en su cuerpo como frío metal acusador y se reflejó en su rostro sorprendido. Víctima y victimario juntos. Una fortaleza interior la sostuvo, la misma fortaleza con que enfrentó su embarazo ante sus padres surgió de su matriz indómita y no se amilanó ante la pregunta que flotaba.

—¿Usted lo mató? —preguntó.

—Sí —se vio obligado a responder—, estaba herido.

Ahí estaba, frente a frente, con quien le troncho la vida, frente a frente con quien mató su ilusión juvenil, a nadie dijo nada, un profundo dolor la purificó, un profundo dolor le dio templanza para el resto de sus días. El recuerdo de estos hechos afirman mi gratitud.

Esta fue Maruja. Madre soltera joven, viuda joven.

Viudas... El pueblo estaba lleno de viudas, los jóvenes del pueblo, soñaron y se despertaron con la realidad de la violencia, con el arma homicida, con la muerte, en Barros 20 por lo menos. Ser viuda era pertenecer al mundo de los rojos, no hubo viudas franquistas, no conocí viudas franquistas. A Maruja. un casamiento ante el pueblo la habría dejado viuda libre, honesta. Quedó perpleja por la muerte inesperada, injusta. Un ser abandonado, eso fue mi madre, un ser sin cobijo, falto de amor.


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WEB DEL AUTOR:
http://www.asturianos.org

Lee HAYGA, otro relato largo de este autor, como continuación del aquí publicado.

* Ilustración relato: Captura de pantalla del vídeo Revolución y Guerra Civil Española (https://www.youtube.com/watch?v=Y0oUCeZ9V8s).


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