La tierra pertenece a los
pueblos que la habitan


José Saramago



Fotografía: Diego Martínez Carulla (www.diegomartinez.eu) ©


Ellos creían que nos habíamos cansado de protestas y que les habíamos dejado libres para seguir en su alucinada carrera hacia la guerra. Se equivocaron. Nosotros, los que hoy nos estamos manifestando aquí y en todo el mundo, somos como aquella pequeña mosca que obstinadamente vuelve una y otra vez a clavar su aguijón en las partes sensibles de la bestia. Somos, en palabras populares, claras y rotundas para que mejor se entiendan, la mosca cojonera del poder. Ellos quieren la guerra pero nosotros no les vamos a dejar en paz. A nuestro compromiso ponderado en las conciencias y proclamado en las calles, no le hará perder vigencia y autoridad, también nosotros tenemos autoridad, ni la primera bomba ni la última que vengan a caer sobre Irak.

Que no sigan diciendo los señores y las señoras del poder que nos manifestamos para salvar la vida y el régimen de Sadam Husseim. Mienten con todos los dientes que tienen en la boca. Nos manifestamos —eso sí— por el derecho y por la justicia. Nos manifestamos contra la ley de la selva que EE.UU. y sus acólitos antiguos y modernos quieren imponer al mundo. Nos manifestamos por la voluntad de paz de la gente honesta y contra los caprichos belicosos de políticos a quienes les sobra en ambición lo que les va faltando en inteligencia y sensibilidad. Nos manifestamos en contra del concubinato de los estados con los superpoderes económicos de todo tipo que gobiernan el mundo.

La Tierra pertenece a los pueblos que la habitan, no a aquellos que con el pretexto de una representación democrática descaradamente pervertida, al final les explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia en peligro.

Hasta ahora, la humanidad ha sido siempre educada para la guerra, nunca para la paz. Constantemente, nos aturden las orejas con la afirmación de que si queremos la paz, mañana, no tendremos que hacer la guerra hoy.

No somos tan ingenuos como para creer en una paz eterna y universal, pero si los seres humanos hemos sido capaces de crear a lo largo de la historia bellezas y maravillas que a todos nos dignifican y engrandecen, entonces es tiempo de meter mano a la más maravillosa y hermosa de todas las tareas: la incesante construcción de la paz. Pero que esa paz sea la paz de la dignidad y del respeto humano no la paz de una sumisión y de una humillación que demasiadas veces vienen disfrazadas bajo la mascarilla de una falsa amistad protectora.

Ya es hora de que las razones de la fuerza dejen de prevalecer sobre la fuerza de la razón. Ya es hora de que el espíritu positivo de la humanidad, que somos, se dedique, de una vez, a sumar las innumeras miserias del mundo. Esa es su vocación y su promesa, no la de pactar con supuestos o auténticos ejes del mal.

Amenamente estaban Bush, Blair y Aznar charlando sobre lo divino y sobre lo deshumano, seguros y tranquilos en su papel de poderosos hechiceros expertos en trucos de trileros y conocedores eméritos de las trampas de la propaganda engañosa y de la falsedad sistemática, cuando en el despacho oval, donde se encontraban reunidos, irrumpió la terrible noticia de que los EE.UU. habían dejado de ser la única gran potencia mundial.
Antes de que Bush pudiera asestar el primer puñetazo en la mesa vuestro presidente Aznar se dio prisa en declarar que esa nueva gran potencia no era España: Te lo juro, George, dijo.

Mi Reino Unido, tampoco, añadió Blair para cortar la naciente suspicacia de Bush.

Si no eres tú y tú no eres, ¿quién es entonces?, preguntó Bush.

Fue Colin Powell, mal creyendo él mismo en lo que estaba pronunciando su propia boca quien dijo: La opinión pública, señor presidente.

Ya habréis comprendido que esta historieta es un simple invento mío. Os pido, por tanto, que no le deis importancia. Pero sí la tiene lo que ya es una evidencia para todos, la más exaltadora y feliz evidencia de estos conturbados tiempos: los hechiceros de Bush, Blair y Aznar, sin quererlo, sin proponérselo, nada más que por sus malas artes y peores intenciones han hecho surgir, espontáneo e incontenible, un gigantesco e inmenso movimiento de la opinión pública, un nuevo grito de ¡No pasarán! con las palabras de No a la guerra recorre el mundo.

No hay ninguna exageración en decir que la opinión pública mundial contra la guerra se ha convertido en una potencia con la cual el poder tiene que contar; nos enfrentamos, deliberadamente, a los que quieren la guerra. Les decimos NO y si aun así siguen empecinados en su demencial afán y desencadenan, una vez más, los caballos del Apocalipsis, entonces les avisamos, desde aquí, que ésta manifestación no es la última, que continuaremos las protestas durante todo el tiempo que dure la guerra e, incluso, más allá, porque a partir de hoy ya no se tratará simplemente de decir: No a la guerra. No. Se tratará de luchar todos los días, en todas las instancias, para que la paz sea una realidad y para que la paz deje de ser manipulada como un elemento de chantaje emocional y sentimental con el que se pretenda justificar guerras.

Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos, todos ellos, uno a uno, la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón y una tomadura de pelo.

Los que estamos aquí, somos una parte de la nueva potencia mundial, asumimos nuestras responsabilidades; vamos a luchar con el corazón y con el cerebro, con la voluntad y con la ilusión.

Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor.

Ellos, no necesito ahora decir sus nombres, han elegido lo peor.

Nosotros hemos elegido lo mejor.

* * * *

INTERVENCIÓN DE SARAMAGO EN EL MITIN DE
LA MANIFESTACIÓN POR LA PAZ EN MADRID (15.03.2003)

(Los subrayados son nuestros)




Mataos,
Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Invadid con vuestro traqueteo los talleres, los navíos, las universidades,
Las oficinas espectrales donde tanta gente languidece.
Triturad toda rosa, hollad al noble pensativo.
Preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte…
Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas,
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.

Asesinaos si así lo deseáis,
exterminaos vosotros, los teorizantes de ambas cercas,
que jamás asiréis un fusil de bravura.
Asesinaos, pero vosotros, los inquisitoriales azuzadores de la matanza…
Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,
al campesino que nos suda la harina y el aceite,
al joven estudiante con su llave de oro,
al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
y al hombre gris que coge los tranvías
con su gabán roído a las seis de la tarde.

Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos
Y entre todos aspiran a vivir, tan sólo esto.
Y de ellos ha de crecer, si surge,
una raza de hombres y mujeres con puñales de amor inverosímil
hacia otras aventuras más hermosas.



El diputado aragonés JOSÉ ANTONIO LABORDETA leyó este poema, cuyo autor es su hermano MIGUEL, durante un Pleno del Congreso de los Diputados de España, en donde compareció el presidente Aznar para explicar la posición de su Gobierno ante el ataque a Iraq.



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