____________ PRESENTACIÓN ____________

 

Iniciamos esta nueva sección de colaboración proponiendo a nuestros lectores-autores un nuevo juego creativo.

 

Las imágenes de Hopper semejan fotogramas de una película intemporal, no en vano inspiró a importantes directores como Alfred Hitchcock Andrew Mulligan, Robert Siodmak, Ford Coppola, David Lynch, e incluso Norman Mailer. Son cuadros abiertos, representan escenas que no tienen principio ni final. Como en la vida misma, mientras se vive, los episodios se suceden uno tras otro y es muy difícil determinar cuando concluye una historia y comienza otra.

 

Porque, aunque la visión de Hopper se enmarca en el paisaje estadounidense, podría ser de cualquier otro país anodino y sin identidad; pequeños pueblos, suburbios, rutas abiertas con iconos de la cultura del automóvil (gasolineras y moteles), bares, medios de transporte, hoteles de ciudad, oficinas y tiendas. En estos escenarios presenta pantallazos de vidas privadas cargadas de calmada desesperación, de soledad, de relaciones desafortunadas y alienación respecto del medio. Todo lo cual le presta una innegable actualidad.

 

Por ello, sugerimos que elijáis cuatro de sus cuadros, los ordenéis creando una secuencia que relate un tiempo determinado, que delimite un momento en la vida de una persona, o de varias personas o de una ciudad o de un pueblo.

 

Contadnos alguno de estos momentos a través de cuatro flashes de Hopper.

 

Octubre 2005
 

 * Imagen de cabecera: Nighthawks by Edward Hopper 1942, Edward Hopper [Public domain], via Wikimedia Commons
 


 


AUTORES PUBLICADOS

Carmen López León l Esther Zorrozua l Mary Carmen l Juan J. Amo Ochoa l Mª Antonia Moreno Mulas l Inmaculada Belda Pérez l Ángeles Charlyne l Pilar Bamba l Roxana Heise l Pedro Pleite l Mistery l Rafael Prieto l Tiago


 

 

Miradas
 

—Clara, no deberías...

—Ya lo sé, madre. Solo he abierto la ventana porque ¡hace tanto calor!

 

Por la noche ella es mía, su cuarto es acogedor, la luz hace brillar los colores, sobre la moqueta verde destaca su pequeña toalla roja, amapola sobre trigo, acrílica y urbana, pero llena de vida. En mi casa, la luz es fría a pesar del calor; de noche, me aterran más aún las paredes desnudas y las mesas vacías donde todo está muerto.

 

—Clara, es tarde, acuéstate ya, mañana no habrá quien te despierte.

—Ya voy, madre. No tengo sueño todavía.

 

Ella busca algo en un mueble: quizás un perfume para agradarle a él, quizás unas copas para ambos, quizás un libro para ella, entreteniendo la espera.

Quiero verle llegar, atisbar su abrazo de bienvenida, percibir el deseo en sus ojos y incluso oír sus risas cómplices y lejanas cuando apaguen la luz del mirador para irse juntos a la habitación, imaginar que soy él y vivir con ella una nueva noche de amor sucio y oscuro.

 

—Clara, levanta, tienes café caliente en la cocina.

—Sí madre, ahora mismo.

 

El sol salió hace rato, hay un rectángulo de luz en la pared, ella se ha vuelto para no despertarse todavía, para no verle ya vestido y ya ausente a pesar de estar rozándola, olvidado de ella para no dolerse tanto de tener que dejarla. Con un poso de amargura y de culpa.

 

—Clara, ¿qué haces?, ¿no te has vestido todavía?, vas a llegar tarde al trabajo.

—Enseguida estoy, madre, no te preocupes.

 

La luz de la mañana ha acabado con la magia de su encuentro. Ahora es mi momento, el momento en que le muestro mi cuerpo desnudo y erguido al sol. Me demoro fumando un cigarrillo para que me contemple. No voy a volverme, él me está mirando y me desea. Con el día, imagino que soy ella, y que él es mío para vivir un claro y limpio amor.

Carmen López

 

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Desilusión
 

Sara estaba nerviosa aquella mañana. Trabajó distraída, sin lograr centrarse en el contenido de aquellos papeles de la oficina. ¡Qué aburrida era la burocracia! ¡Tan repetitiva y monótona! Había quedado con Miguel a la hora de comer para un encuentro rápido, pero las horas pasaban lentas. Cuando todavía faltaban unos minutos, archivó su trabajo en el fichero y le dijo a Fausto que salía un poco antes porque debía ir al médico para recoger una receta.

 

Acudió a paso ligero hasta la terraza del bar del Mercado, en la que había quedado en encontrarse con Miguel. Pidió un aperitivo y el periódico para tener las manos ocupadas. Hacía cinco semanas que había dejado de fumar y todavía sentía ansiedad en momentos concretos. Esperó unos minutos interminables, pero Miguel no apareció.

 

Sara pensó que quizá Miguel no quería que los viesen juntos en público. A fin de cuentas, vivían en una ciudad pequeña en la que los rumores alimentaban las tertulias vespertinas de las comadres. Así que decidió dirigirse a la habitación que habían alquilado juntos la semana anterior, quedándose cada uno con una copia de la llave. Era un lugar encantador a las afueras, justo encima de una pequeña tienda antigüedades, en una zona tranquila y agradable. Seguro que Miguel iba directo allí. No le habría podido avisar del cambio de planes por alguna razón justificada.

 

Entró con el corazón acelerado, como quien está a punto de quebrantar alguna norma importante. Se preparó con esmero, se perfumó y le esperó tendida sobre la cama, con la certeza de que Miguel aparecería de un momento a otro.

 

Una hora después, se dejó resbalar con dolor hasta la alfombra. Era hora de regresar a la oficina y Miguel no había aparecido.

Esther Zorrozua

 

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Como cada día, Elena despertó pensando en él, haciendo historia de cada uno de los momentos compartidos, repitiendo en el cuaderno sin voz del pensamiento, cada palabra y cada gesto de cariño… Como cada día, esperaba el momento de hoy, la palabra de hoy, el gesto de hoy.

Trataba de imaginarse en otro lugar, tal vez un jardín, una cafetería, una plaza cualquiera de cualquier pueblo, una playa llena de sol, y de luz… Cogidos de la mano, con el beso siempre a flor de piel, pero, inevitablemente, regresaba al viejo edificio tan entrañable… Sin duda era el escenario perfecto, quizá porque no había otro, porque jamás habría otro, y estaba bien así, a veces hasta le parecía que estaba bien así. Trataba de dibujarse un sueño tejido de agradable conversación, bajo la luna de abril o de septiembre, solos, alejados por un momento, del mundo exterior…

Elena saboreaba la mirada cómplice y se recreaba en ella, recordaba en silencio las dulces caricias en el filo de la madrugada, cuando, asomada a la ventana, creía verle. La imaginación se atrevía a volar sin miedo, cómo volaban aquellas manos en un instante fugaz, pero intenso, breve, pero eterno en la memoria. Y era allí, en aquel rincón compartido de la memoria de ambos, donde crecía una historia de amor que, tal vez, nunca podría ser, pero que se tejía sin remedio en las escenas más cotidianas e impensables… Elena tenía su secreto, pero no estaba sola… Él compartía sus deseos.


Mary Carmen

 

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Maura me espera. Soy un espectro. Invisible, transparente, sin sustancia, borroso en la tarde. Mis zapatos apenas arañan el silencio. Me ven, pero no me miran. Nadie me recordará. Nadie se fija, no resueno en sus mentes. ¿Es algo que deseo? Me asalta la idea de que sucede a mi pesar. Soy irrelevante. Ni siquiera ese grillo ha callado, reverente, a mi paso. Hay como una luz dorada, llena de pelusas cálidas que danzan. El viento susurra. Me ha visto, se ha girado y me ha visto, pero sus ojos han pasado a través de mí y no he dejado huella en su conciencia.

La luz ha muerto. La oscuridad se ha llenado de pequeñas mariposas que golpean contra los cristales que encierran el calor. Calor gregario. De ovejas que se apiñan unas contra otras porque así se sienten protegidas. El mundo podría haber acabado esta noche ahogado en un pozo de silencio. Las ovejas prefieren el ruido. Nadando en ruido tienen la impresión de que saben pensar y de que están vivas. Yo sé que pienso, y que estoy vivo en la oscuridad porque Maura me espera. Si no fuera así no caminaría.

Maura me ve. Maura me toca. Para Maura existo.

Navego incorpóreo en la luz fría. Algún coche resuena a lo lejos, destruyendo la ilusión del Apocalipsis. Sólo soy una mente, desconectada de mis zapatos, de mis piernas, del zureo de mis tripas recordándome que soy mortal. El aire se está haciendo hielo. Tensa mi cara, pero no tengo frío porque Maura me espera.

Ella es libre y yo existo porque un día me aceptó. Entonces todo se hizo real. Yo me hice real. Esa idea golpetea en mi mente como mis pasos resuenan en la calle desierta. Ella me hace real. Ella me hace real. Me dejo invadir por un extraño júbilo. Maura me espera. Me hace real.

Es un faro. La baliza que guía mis pasos. El núcleo de toda calidez, de toda vida. Lo único importante. Las mariposas golpean en las farolas. Me veo volando como ellas hacia el foco de toda claridad. Golpean y golpean y golpean y mueren abrasadas o exhaustas o desesperadas o imbéciles. Vuelo incorpóreo, inadvertido, irreal, hacia la rojiza certeza de que Maura me espera.

El aire baila con las cortinas. Las cortinas bailan con las sombras. Las sombras bailan con la nada. Y yo vuelo, camino, me deslizo, bailo también real y vivo porque veo a Maura que baila entre sus cosas, por los muebles. Y me siento como una mariposa.

Maura está haciendo las maletas.


Juan Jesús Amo Ochoa

 

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El mar es un charco de lágrimas tristes que entonces nos parecía dulce lago. Es lo que tiene ver pasar los años y comprender que no se es joven. Que ya no persigues el vuelo de la cometa. Que el agua está demasiado fría y el viento deja un rastro de sal en medio del olvido. Que tus ojos no son tan límpidos y que olvidaste la forma y el color de los muebles de la casa de la playa; que la gran mancha azul te parece triste, extrañamente. Ayer fue gozosa, qué extraño.

Éramos jóvenes y atléticos. Con el lienzo negro abrigándonos, tú me hacías reír y ponerme seria cuando me contabas de tus hazañas. Siempre me querrías. Siempre te querría. Teníamos los miembros fuertes y ágiles y los corazones flexibles, camas elásticas que el tiempo endureció. Nos gustaba el agua salada, los granos de arena resbalando entre los dedos, las cometas dibujando piruetas en el cielo, las gaviotas volando igual que aeroplanos, los niños chillando, la espuma blanca, el viento helado. Nos gustaba la vida y nos gustábamos nosotros, atléticos y fuertes, mi melena al viento, tú mirándome a los ojos, el cielo oscuro cobijándonos aquellas noches tan jóvenes. Pero pasó tiempo y la sal se me antoja triste. Qué raro.

Siempre te querría. Viviríamos cerca de la playa en aquella casa de mis padres o en otra, pero siempre cerca del mar, junto al embate de las olas. Las rocas murmurando, las gaviotas volando, la blanca espuma haciendo cabriolas. Pasaron los años y vivo tan lejos del mar que me consuelo con el rumor de los árboles. Vivo tan alejada del mar que entorno los ojos e imagino que las olas son verdes y rumbosas, como las ramas de abeto bailoteando al sol. Desde este mirador acristalado el océano de los árboles me arrulla en las tardes de invierno y me consuela. Siempre me querrías.

Hace unos meses te vi en la estación de servicio. Comprobabas no sé qué en los surtidores rojos. La gasolinera no estaba junto al mar. Había abetos y pinos y álamos blancos. Por un momento me pregunté si el murmullo de las hojas no te consolarían en medio de la noche. A ti. A tu corazón. El mío, que ya no es flexible ni joven, aún se estremece al compás de los recuerdos. ¿El tuyo también?


María Antonia Moreno Mulas

 

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Sin ti

Hoy mi té no sabe a ti. No parece tener limón esto le gustaría al gato, odia su olor, tampoco tiene el dulzor de tus besos. Hoy mi té parece insípido como nuestra casa, tan vacía, tan oscura, tan sola. Y realmente así se ha quedado todo, vacío y solo. Parece que tú llenabas todo a mi alrededor.

¿Recuerdas el café «Rondó»? Nos sentábamos en la mesa de la entrada porque nos gustaba sentir el aire esparciéndose con cada batir de las hojas de la puerta. Ahora estoy aquí, igual que siempre, pero sin ti, con un té que me sabe a olvido o tal vez a recuerdo, no logro descifrar esta melancolía que me invade. Llevo puesto el gorro amarillo que tanto te gusta. La verdad, cariño, ya no es amarillo, ha alcanzado un color pardo claro indefinido.

¿Lo ves? Todo se pierde, desdibuja y difumina si no estás aquí. Si cierro los ojos veo la casa vacía. No queda en ella nada, no hay muebles, no hay cuadros, no hay risas ni olor a cuerpos desnudos de ropa, vestidos de caricias.

Esta mañana vino Alicia con el Notario. Habló conmigo como se habla a las abuelas chochas, con cadencia y vocalización como si pensara que no la oigo o entiendo. Parece que al faltar tú, es decir, una abuela sin abuelo, desaparece todo. Y no la culpo, yo misma pienso así, comprendo que asomarse a la ventana no tiene ya aliciente pues no te veo venir calle arriba con tu paraguas negro; que tu coronilla no está bajo el alféizar mientras lees el periódico, ni están tus pisadas de barro en la entrada.

Definitivamente hoy el té está bastante malo, frío y cadáver. La casa y yo te echamos de menos viejito.

Inmaculada Belda Pérez


 

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El mensaje

La rumorosa habitación, grande para sala, trepidaba con la música. En realidad era un recreo revancha de Marisol que se había ganado siete horas de libertad. Había aprendido, duramente, que ese lapso, era tan preciado como el aire. «Cuando hay un día, una hora y un tiempo determinado, debes tomarlo se dijo puede no repetirse en meses» agregó—. Las prisiones suelen ser ciertas o imaginarias, depende del ánimo del prisionero.

Ella tenía varias razones, todas válidas para no concederse recreos posibles, necesarios y fertilizantes.

Las historias de las confinaciones, en los seres humanos, recorren una gama colorida de ejemplos precisos, respetables y ciertos. El hombre era una sombra en su memoria.

Batallaba con ese desencuentro, sin relevos, ni espacios para la vida. Pero ese era otro día, que, muy bien no sabía por qué, iba a ser distinto. Nadie le extendió un certificado de garantías, pero ella consolidaba una seguridad propia, blindada a prueba de escepticismos.

La ducha barrió las últimas dudas que se esfumaron detrás de la diligencia con que la esponja enrojeció su cuerpo. Se sintió nueva. Pura. Virginal. Su cuerpo salió barnizado de jazmín y ron.

En la intersección de las otras habitaciones y desnuda, como la verdad, se detuvo. Buscó sus llaves, para tenerlas disponibles cuando él llegara. Estaban en el lugar.

El perfume de Germán se hizo presente, impregnando de misterio la habitación. Creyó en un nuevo juego que el silencio del después, se encargó de comprobar.

Sólo una pista le quedaba para la desazón que marchaba a fondo desde su alma, un emblema pequeño, casi un dibujo imperceptible, le enseñó que una lluvia nevada reunía un mensaje imprescindible.

Cansada, agitó su cabeza, dubitativa y se acostó.

A la mañana siguiente, con obsesiva prolijidad, se tomó el trabajo nacido de la nada, para convenir que tan poco es tanto o al revés, según se prefiera.

Acalorada y enjugando el sudor, de ayer, pudo armar ese pequeño y frágil rompecabezas de quien nunca supo decir bien lo que escribía...

TE AMO...


Ángeles Charlyne

 

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Era sábado, salí a pasear porque la rutina era insoportable, llegué al café donde asiduamente tomaba mi café, donde a veces podía verle sin que él lo notara. Esa tarde esperé, esperé, pero él no llegó. Era sábado seguramente estaría con su familia igual que a mí me esperaba mi marido en casa leyendo el periódico como todas las tardes de sábado.

 

Volví, ni me miró, las noticias eran más importantes que yo, solo le pregunté si quería hacer algo especial, dijo que no, desde ese momento mi habitación fue el lugar ideal para recordar a mi amado, mi desnudez soñaba con sus caricias, en un momento intenté que me observara si se encontraba en algún lugar de la ciudad, mostrándome por la ventana, pero no me llegaron sus besos, ni tampoco su mirada, sentí mi soledad y sola jugué al amor sintiéndole muy cerca de mí.


Pilar Bamba

 

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No quiero decir su nombre para no romper la magia. Mi muñeca distante y pensativa, aguardando en un hotel de lujo, sorbo a sorbo la duda, el abandono.

¿Y si llegara él... si llegara?

 

Este soy yo: viejo de atar, chacal de las ventanas mirando al vacío, fumador de sueños desatados. Delante de mí la duda y detrás una esposa que apenas me reconoce, y a la que empiezo a olvidar casi completamente.

 

Apuesto a que aún me esperas, desnuda de explicaciones, marchita de momentos. Desearías creer que sigo siendo el mismo.

 

Para huir del amor no existe excusa válida. Fui cobarde, lo sé.

Éste soy ahora: remedo de ti, ilusión ajena bebiendo el último sorbo de los sueños.


Roxana Heise

 

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La tarde se perdía entre los quitamiedos del arcén en una carretera sin señalizar. Un coche a la velocidad de los deseos. Un viaje hacia la ignominia, al pasado ausente de memoria. Volver después de 20 años para enfrentarme a la imagen de mis padres en aquella casa. Todo me parecía cruel reconociendo que mis debilidades empezaban a surgir a modo de recuerdos. El rojo del atardecer se fundía con el vestido de mi madre. El mismo que llevaba puesto el fatídico día.

 

Hasta entonces, mi hermana y yo, pensábamos que todo era maravilloso aun dentro de la monotonía, pero conforme acababa el día, como esa noche, se producía todo un ejercicio de contención frente al tedio. Mi padre leía las noticias sobre una crisis que nos alcanzó de la manera más directa, acabando con nuestra envidiable seguridad. Mi madre, un ser débil y enfermizo, dejaba escapar su vitalidad entre las teclas de un piano desafinado tras múltiples mudanzas. Su vestido rojo marcaba aun más su indefensión frente a lo inevitable.

Aquel 29 de Octubre de 1929 marcó nuestras vidas. La crisis económica entraba en forma de suicidio. Allí quedaba mi madre, rojo sobre rojo. La cabeza inerte de mi padre sobre su vestido.

 

Con el frío pegado al cuerpo intento reanimarme en un café antes de encontrarme con mi hermana. Ella ha logrado mi regreso. Consiguió volver a comprar nuestra casa y en ella pasó sus últimos años mi madre. Debo asistir a su funeral, se lo debo tras esa huida desesperada al otro extremo del horizonte, y que ahora, desde un bar aséptico en la medianoche, intento volver a perfilar, a espaldas del muro acristalado que acuna el silencio de una noche insomne.

 

Conforme me acerco a la casa, mis miedos vuelven a surgir. Ahora no puedo correr, debo ser fuerte y no escapar de esta otra realidad. Buscaré la forma y las palabras para justificar mi silencio de tantos años. Lo utilicé para borrar la imagen de un disparo absurdo. Incapaz de gritar, cuando al otro lado de la ventana, vi cómo mi padre cerraba los ojos y en un instante vendía su futuro al miedo y a la debilidad.

Esta noche procuraré llenar todo el espacio de su ausencia y recuperar una infancia no vivida. Será Cora, mi hermana, quien me alimente de nostalgia y ternura. Ella sobrevivió a la tormenta, yo me limité a vivir en un desierto.


Pedro Pleite

 

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El camino


 

Pasé de beber acompañada, bebedora social, se le llama, bien vestida, atildada, contemplando a los viandantes, fumando placidamente, en alegre tertulia con amigas, a frecuentar tugurios, baruchos, a disfrutar más y mejor con mi amigo el alcohol. La gente diría bebedora sórdida, pero yo me sentía libre, libre de no mirar, de no hablar, de no ser.

Antes hubo el otro momento, ese en el que miraba desde la ventana, aislada, dejada, sola. Sola en mi interior, deshabitada de afectos, rumiando si la lejanía era yo o el mundo.

¿Qué importa ya? Ahora me encuentro bien, sola como las paredes deshabitadas que dejé al marcharme. Deshabitadas de ti, deshabitada de dudas, deshabitada de rencores, Y lo más importante, deshabitada de mí.

¡Por fin, tú y yo libres¡

Mistery

 

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Te lo diré una vez más, Sally, ese hombre no me gusta sentenció George de cara a la ventana.

 —Olvídalo murmuró Sally entre dientes.

No, Sally, no, no estoy dispuesto a que ese tipo que siempre vive de noche se case con Helen. No trabaja como los demás, no emplea su tiempo en construir América... ¿Qué se puede esperar de un sujeto que por la noche no sale del bar de Phil, embutido en esa gabardina gris y cubierto su rostro por ese sombrero que sólo levanta cuando ve pasar algún coche de la policía de vez en cuando por la calle Hampton?...No, Sally, no...

...

¿Me has oído, Sally, me has oído?

 —

¡Demonios, dime algo, deja de leer ese maldito libro y préstame atención, estamos hablando de Helen, nuestra hija¡

 —George, no deberías pasar tanto tiempo en la oficina.

 —¿A qué viene eso?

A que te obsesionas... desde el principio ese hombre no te gustó, admítelo.

 —¡Pero tú lo has visto, Sally, nunca ha venido a casa, es un tipo que parece no querer relacionarse con los demás, no quiere ni pretende luchar por su país, y tiene que ayudar a los americanos, debe hacerlo¡

Sally seguía leyendo impasible, con los ojos enclaustrados en la Biblia que siempre solía leer al lado de la cómoda, en el sillón azul de cuero de George.

 

El ultimo café de Helen siempre era el más amargo. Bebía lentamente, sin apenas levantar su rostro de la taza, bajo la luz desvaída de tungsteno Allí solía esperar a Bob, sin saber si llegaría o no. Tenia la impresión, noche tras noche, de que su corazón estaba tan desordenado como un vertedero, con los pensamientos amontonados uno encima del otro.

Es hora de cerrar, Helen dijo el barman, mientras barría el local.

 —Cinco minutos mas, Harry le dijo ella con voz desliada, frágil, bebiendo un ultimo sorbo de café.

«Quien diría que esto es América», pensaba, mientras el mármol frío de la mesa le devolvía su rostro desdibujado. «Sin trabajo y con una relación desafortunada por la que ninguno de los dos apostaría un centavo», volvió a repetirse para sus adentros. Desde que la despidieron de la oficina cada día era un destierro el levantarse en esa ciudad muerta.

Sólo se oye el tintineo de las botellas que el barman introduce en la nevera para refrescarlas. Una pareja sentada en la esquina de la barra apenas se habla. Bob es un bebedor tranquilo y nunca suele emborracharse, y sabe que cuando vuelva a pedir otro gin tonic será el último, para después irse a recorrer las calles embutido en su gabardina, solo, con el silencio nocturno que le silba en los oídos.

 

Esta ciudad oprime hasta los huesos; de día el sol parece extenuar los cuerpos de sus habitantes desencantados, de noche los entierra en las ergástulas de sus pisos.

 

Vidas que se cruzan, murmurando palabras muertas para sí mismos.


Rafael Prieto

 

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Sólo el placer de mi gran ventanal para mirar cómo la neblina se va comiendo la ciudad, la fábrica de enfrente, los obreros, a mi esposa que camina lento hacia el mercado y a mí mismo. Sí, a mí mismo, me va comiendo, comenzando por los huesos, desde el calcáneo y hacia el infinito. Y qué placer ese desvanecimiento, ese sutil desgarro que torna mi mirada fija y lechosa como las ideas y sensaciones que se van fundiendo (o tal vez destruyendo) hasta quedar sólo una masa temblorosa e insegura que es la vida. Sí, qué placer, pero hoy es un día soleado y lo mejor es que te sientes afuera, en el patio común, en tu vieja mecedora, canturreando una canción triste (la más triste), mientras la vecina saca su cuerpo por la ventana y te recrimina, muy coqueta, que el día está demasiado bonito para cantar cosas tristes y que ella sabe muchas canciones alegres de su terruño, y de pronto ya está a tu lado vociferando canciones que a ti no te interesan pero al parecer sí a los otros vecinos que llamados por el sol han copado de sillas y música el patio y beben desesperadamente. Ahora el alcohol también circula por tu cuerpo y el de la vecina, que ya no canta, pero se menea insegura en su mismo sitio, de pronto notas que tu mujer, que ha ido al mercado, está tardando demasiado y la extrañas. Las botellas y risotadas y discusiones se traslapan en el patio. Lentamente, con ternura, rechazas a la vecina que completamente ebria quería bailar contigo, te encaminas al edificio, subes a tu cuarto y vomitas, vomitas algo más que el alcohol, algo más que tus manos, que mas de una vez rozaron las nalgas de tu vecina ebria. Quieres ir al ventanal, pero allí el sol está en su apogeo. Lentamente bajas de nuevo al primer piso y sales por la puerta trasera, te sientas en la acera y abrazado de ti, meciéndote rítmicamente, vuelves a desear la neblina, aquella neblina que devore tu calle, que devore el patio y tus vecinos, a tu tonta esposa que no tiene cuando regresar, que te devore a ti y así sentir nuevamente el placer de morir mil veces.


Tiago

 

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Esta entrega estuvo abierta a la participación hasta el 06.12.2005

Póquer literario, es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
 

* Leer relatos de anteriores entregas de Póquer literario: Edward Hopper l Botero l Lucien Freud
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ANTERIORES SECCIONES  DE ESCRITURA COLECTIVA PUBLICADAS EN ALMIAR:

PERSONAJES SECUNDARIOS / PINTURA VIVA / PON COLOR A LAS PALABRAS / CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE / CUÉNTANOS UN VIAJE EN... / PÓQUER LITERARIO / ESPERANDO EN... / PRETÉRITO FUTURO: TIEMPO PARA ESCRIBIR


 

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