Póquer literario con Botero

 

 

 

______ PRESENTACIÓN ______
 

Continuamos esta sección de colaboración proponiendo a nuestros lectores-autores seguir el juego creativo con otro gran artista.

 

Botero es, sin dudas, el pintor colombiano más conocido de hoy. Basándose en la constante simple de una familia obesa a la que ha sido fiel a través de los años y en una inagotable y vertiginosa cantera de imágenes a las que llegamos por una asociación freudiana, Fernando Botero explora el mundo intimista de la nostalgia. Una nostalgia insuflada y exaltada por la rica imaginación del artista.

 

Las imágenes de Fernando Botero se regodean entre el dolor y el placer y a veces nos conducen de vuelta a una percepción infantil del mundo. Soldados, generales, esposos, damas desnudas y jinetes cuyo tejido adiposo es posible sentirlo transpirar a través de las gasas y los lienzos que recubren las carnosidades, son observados con el ojo asombrado de un niño. Pero se trata de una pintura madura, de sello propio, que enfatiza adrede la relación entre lo ingenuo y lo ridículo.

 

La ironía, la virtud o la parodia se asoman a ese mundo, visto siempre por los ojos de un niño que exagera y magnifica las proporciones sin olvidar detalles minuciosos que alcanzan a ratos categoría de signo.

 

Contadnos pues una historia de este mundo utilizando cuatro cuadros de Botero.
 

Diciembre 2005

- Ilustración: Botero, By Fbotero (Own work)
[Public domain], via Wikimedia Commons


 

 


AUTORES PUBLICADOS

Carmen López León l Eduardo de Benito l Pilar Bamba l María A. Moreno Mulas
l Mario Saldaña l Rafael Prieto Quirós l Ángeles Charlyne l Esther Zorrozua l Virginia Bintz l Jose Ramón Plens Mor


 

 

 

Yo era un hombre tranquilo y algo solitario, es cierto, pero feliz, y seguro de mí mismo, de quién era yo.

 

Vivía en mi finca, un poco alejada del pueblo, con mi fiel Sait, aquél cachorro que llegó un día con un perdigonazo en una oreja y se quedó conmigo para siempre. Mis tierras bien trabajadas, mis jornaleros satisfechos del trato y el salario, mis cosechas suficientes para un buen pasar y mi visita cada dos meses a Mariela, por aquello de que un hombre necesita de vez en cuando un desahogo. Bueno, realmente yo no sentía tanta necesidad de las blancas carnes de Mariela, que, a veces, incluso me daba miedo, tan hermosa, tan fuerte, tan grande, cuando se desnudaba delante de mí.

 

Fue un compromiso, al Alcalde le dio por programar un cursillo de jardinería y horticultura para entretener a unas cuantas solteronas desocupadas que parecían aburrirse. Aquello estaba bien visto, organizar actividades y cosas así.

 

Nadie estaba libre por aquel entonces, o al menos tan libre como yo, para impartirlo, y el jardín que rodeaba mi casa llamaba la atención, de él me encargaba yo personalmente, y me vi metido en aquello, teniendo que compartir cada día cuatro horas con cinco mujeres que se pasaban más tiempo hablando de sus cosas que pendientes de la poda o de las plagas de los rosales, que usaban las herramientas como un adorno más de su atuendo y reían por todo, sin parar.

 

Nunca había tratado a las mujeres de cerca, quiero decir a aquella clase de mujeres, mi madre era un recuerdo lejano de mi infancia, no tuve hermanas, ni amigas. Mi mundo era masculino, hombres con los que compartir la marcha de la economía y la política local, con los que cazar o jugar a los naipes en el Casino, sólo hombres, camaradas con los que dar la talla.

 

Y casi sin darme cuenta empecé a sentirme cómodo con la cháchara banal, hablando como ellas, identificado con sus pequeños problemas de cada día, comentando la textura de una blusa o el encaje para un cuello en una camisa de organza. Ellas no eran como Mariela, no me asustaban, era su igual.

 

Hoy me he probado un antiguo vestido de mi madre, me veo bien, pero creo que tendré que rasurarme un poco.

Carmen López León
 

Volver a presentación

 

 

FÁTIMA EL OBISPO

 

Muchos años después, frente al público que abarrotaba el teatro, la cándida Eréndira había de recordar aquel día remoto en que Ulises terminó con la vida de su abuela. Degollarla como a una cerda el día de San Antón, trincharla, no otra cosa pretendía el mancebo. Los machetazos silbaban cortando el aire dulzón. La mujerona tronaba resistiéndose a morir. Cuando Eréndira vio la sangre cubrir el rostro de la abuela, cuando brotó el último gemido de la cueva de su garganta, se convenció de que estaba muerta y corrió. Corrió tan rauda que llegó a morderse la espalda. Huyendo dio varias vueltas a la tierra y vivió varias vidas. Una celestina por siete veces le cosió el virgo y otras siete vendió su virginidad al mejor postor.

 

Cuando sintió el peso de los años, cansada, cincuentona y despechada recaló en Madrid, ciudad estrambótica y castiza, de calles tortuosas habitadas por personajes que en otro tiempo retrató Gutiérrez Solana y que hoy viajan en metro, capital administrativa del reino y cuartel de Monipodio, donde cada día amanece un milagro y el principal es seguir vivos. En una de sus arterias, olvidada por el servicio municipal de limpiezas, se alzaba un café concierto bautizado Nuevo Mundo, allí Eréndira exhibía cada noche sus espléndidas carnes y entonaba boleros que hablaban de amores imposibles.

 

El Nuevo Mundo era un ecosistema autosuficiente y autónomo, un salón ruidoso donde habitaba la perdición y acampa el pecado. Aquel era el reino de la belleza femenil, y entre todas las diosas brillaba por propio merecimiento Eréndira, la mostrenca reina de la danza del vientre, una hembra con Arabia en los ojos y un arte tan grande que cuando en un quiebro del baile se le alzaba el velillo de la falda, dejando al aire el promontorio de su talento, el patio de butacas bramaba como una bestia herida.

 

El espectáculo ha comenzado. Suenan los acordes de una danza manchega con ínfulas de oriental y un bulto denso, cubierto por siete velos, se contonea sicalíptico ante un bastidor pintarrajeado de azafrán. Cada noche el público goza con la aparición de Eréndira, con su carita de ángel modernista, emborronada de carmín, y sus mollas de venus rubeniana. Al compás de la música los tres aros de grasa que circundan su vientre se agitan temblones y de los rollizos muslos, friccionada la seda de las medias, brota un suspiro sólo comparable al canto de los grillos en primavera. Su voz, de profunda negrura, dice la picardía sensual, y al girar mostrando la torta blanca y greñuda de las nalgas se recrea el rito primigenio del teatro, el público alcanza la purificación de las pasiones, es el milagro de la catarsis aristotélica. ¡La rehostia!

 

Eréndira terminó de arrancarse el séptimo velo y quedó al descubierto el tabernáculo de su cuerpo. Apenas un pequeño calzón de licra con lunares acertaba a tapar su naturaleza prolija. El público entraba en coma. Eréndira con una garrafal reverencia se retiró hacia el fondo, donde la esperaba Ulises, la piel pálida como la nata, en las manos de finos y largos dedos una bata de seda ornada de san jorges y dragones. Se arrebujó la artista en la placentera holgura de la tela, tenía los mofletes encendidos por el ejercicio; una cascada de volantes sobre la pechera, desde la papada hasta el ombligo, la asemejaban a una rosa reventona. Apoyada en su hombre se encaminó a la clausura de los camerinos, a resguardo de las pasiones mundanas que sacudían la sala. Ulises le ofreció un julepe de menta que ella se apresuró a beber con avaricia.

 

Esquinas orinadas por los perros, callejas mancilladas por los borrachos, portales donde las putas evacuan la vejiga, así es Madrid. Un mundo fracasado donde la esperanza se ahoga en vino y el amor en un cuerpo de alquiler. La ciudad es un organismo vivo, que sigue sus propias leyes biológicas. Cada noche trataba de introducirme en su torrente sanguíneo, dejar que el plasma me arrastrase por su cuerpo. Tratando de orientarme, me perdía a mí mismo. Era consciente de que existía un Madrid real, con sus calles animadas de un público bullicioso, y un Madrid inmaterial, de prodigiosas formas arquitectónicas, intuido y siempre esquivo. Las ciudades son vaginas de feroz voracidad o vientres maternos que se resisten a expulsar a sus hijos, no sabía a cuál de ambas pertenecía Madrid. El Nuevo Mundo me atraía como piedra imán, cuando mis compañeros del seminario se dormían clandestinamente abandonaba el edificio y me dirigía hacia el café concierto. Mi sotana era una rosa negra en aquel ambiente depravado.

 

Entre el auditorio socarrón y didáctico que cada noche acudía al Nuevo Mundo se encontraba un joven de belleza tan pasmosa que le había merecido el sobrenombre del Querubín. Por él se redimían las putas, las mujeres decentes se entregaban a la perdición y se invertían los hombres. Su oficio no era otro que hacer realidad los sueños improbables, era un artista de lo imposible, un becado de las fantasías eróticas.

—¡Un toro! ¡Quién pillara un toro, para hacerle unos quiebros de enamorado! y el Querubín, manivacío, agita una inexistente muleta. Como alguno de la sala, huevón y malintencionado, pusiese en duda su conocimiento del arte de Cuchares, un quiebro de la cintura y el apretado paquete de la bragueta cerraban la discusión. Aunque hacía tiempo que dejó atrás la edad de la inocencia, su cuerpo conservaba el nervio de un muelle mecánico dispuesto a saltar sobre el incauto.

 

—Nunca me agradó el apodo del Querube, me lo pusieron en el orfanato por mis mejillas arreboladas, de virginal pureza según los curas pero en realidad producto de mis constantes masturbaciones. Me asemejaba al arcángel Gabriel y fui Querube por decisión escolática. Sabiéndome angelus novus hice de la moral un colador y me convertí en un hombre de mi tiempo.

Querubín se había aficionado a mi compañía y yo esperaba encontrar en él un cómplice para reemplazar a Eréndira, pues no era otra mi intención que llegar a ser la reina del Nuevo Mundo. Ya de madrugada, antes de que Maitines me llamara a la oración y el recogimiento, ambos practicábamos «pas de deux» y quiebros que nublan la razón de los mortales.

 

Ahora visto unas enaguas de percal que marcan mi vientre abultado. Mis pechos, prominentes y fofos, tan grandes que bien podrían ser de mujer, tienen los pezones atravesados por anillos dorados. Me he encabritado las cejas con pasta de betún y blanqueado el rostro con harina, de modo que parezco un huevo decorado por un artista chino. Calzo mis botines de piel de cabritillo y sostengo en la mano un espejito con el que hago guiños de luces a los espectadores. A mi lado el Querube es mi arcángel de escayola, mi Ulises reparador. Nuevamente cortó el cuello de la gran mujer.

 

Fátima se quitó el pelucón de abundantes rizos, mostrando su cabello ralo. Con la ayuda de una esponjita se limpió el maquillaje. Tras su rostro de mujer fue apareciendo un rostro de varón, imagen repudiada desde que descubrió en su alma el ribete rosado de una sensualidad extraña, fue allá en el seminario donde inició la carrera religiosa. La morfina del tiempo no pudo calmar el dolor, y un día, sin vestiduras obispales y a escondidas, se encaminó al Nuevo Mundo. Desde entonces cada tarde se entregaba a la danza del vientre, ejercicio onanista que embalsamaba su sufrimiento.

—Cariño, dame unas fricciones en la espalda, esta maldita danza me desmedra pidió Fátima.

—Que el señor obispo se masajee solito, que le dará más gusto respondió Querubín y entre desmayado y chulo salió del camerino, sabedor del efecto que causaba. Tres compases cojos se colaron por la puerta entreabierta. Fátima exhaló un suspiro de resignación y dobló las enaguas. Era la hora de regresar al palacio obispal. Madrid era un perro apedreado.
 

Eduardo de Benito
 

Volver a presentación

 

 

Mi vida de día es como la de cualquier hombre que pertenece a una sociedad conservadora, pasé mi juventud y llegué a la edad en que todos dicen que hay que casarse, la conocí a ella, su cuerpo era como el mío, por lo menos si la miraba de espaldas y no tuve, o tuve demasiado valor para seguir los pasos «correctos».

 

A los ojos de mi familia, de sus amigas, de la gente común que nos conocía, yo era ese hombre amable, cariñoso y casi varonil, con un aspecto convencional, teníamos dos hijos, vivíamos en una casa maravillosa, con nuestro gato Otoño, de día éramos felices.

 

¿Éramos?, ella, era feliz, mis sentimientos le hacían sentirse una mujer considerada dentro de su círculo, que no era el mío en realidad, tenía un marido que la quería y una vida «normal».

 

De noche, yo me rodeaba de otras personas, hombres que deseaban ser mujeres, algunos libres para poder serlo y otros en mi misma situación. Me vestía, me pintaba, esa era mi vida real, ¿cómo dejar de ocultarlo?, mis miedos eran insuperables, nadie aceptaría jamás mi otro yo, nadie aceptaría que simplemente la admiraba porque quería ser como ella.

 

Un día, llevé a nuestra casa uno de los vestidos que tenía en el armario del apartamento alquilado para vivir mi otra vida, me vestí con él, me pinté y la esperé.

 

Ella llegó, me observó y me dijo:

Te queda estupendamente este vestido.

¿No tienes nada más que decirme? (le contesté).

Sólo que te amo.

 

Otoño se acercó a mí y de un salto se acurrucó en mis brazos.
 

Pilar Bamba
 

Volver a presentación

 

 

He estado comiendo naranjas… ya ves, hermano, sigo con mis gustos, con mis manías y mis miserias: me gusta comer naranjas partidas a trozos con el cuchillo de mondar papas. No puedo evitarlo. Es llegar el invierno y mandar a la mucama a por naranjas todo uno. Luego, te puedes figurar, me desnudo y en mi cama, como naranjas troceadas en tres y en cuatro trozos. Me recuerdan a ti, hermano. Hoy, además, he leído tu carta. Qué cosas tan hermosas me cuentas. Estoy desnuda, ¿recuerdas? Bueno, no del todo, llevo puesta la pulsera azul que me regalaste el último día, en el último encuentro. ¿Recuerdas? No, no te preocupes, no te voy a contar nada malo, no te voy a hablar de nuestros encuentros, hermano.

Qué cosas tan bellas me cuentas en tu carta. Tumbada como estoy, desnuda sobre la colcha roja y las sábanas blancas, te recuerdo, mi hermano. ¿A quién esperaré de nuevo, entre aromas de sexo y naranjas? A ti, ya no, lo sé. No temas, no voy a escribirte sobre nuestros encuentros, querido hermano.

Qué cosas tan preciosas me cuentas en tu carta. Me hablas de una bailarina exuberante, de pelo negro ondulado y la imagino haciendo un plié en primera posición, frente al espejo, con las zapatillas de punta rosas y el adorno en el pelo. Será bella, hermosa, rozagante, preciosa. Será la más bonita, sólo porque es tu amante. Me escribes acerca de tu familia: una mujer grande de caderas anchas capaz de darte muchos hijos: un niño y una niña y otro en camino; los paseos por el campo bajo los manzanos, el perrillo que le compraste a tu hijo para que no sintiera celos de la venida de su hermana…

Yo soy una mujer grande y fuerte, de caderas anchas, hermosa y rozagante y mi sexo huele a naranjas, hermano. No, no temas. No voy a proponerte otro encuentro. A pesar de todas las cosas maravillosas que dices que tienes, perdimos nuestras citas sobre la colcha roja, rodeados de naranjas. Ya ves qué te digo hermano. Aún cuando eres el hijo de mi madrastra. Te imagino en la biblioteca de tu casa: una casa con jardinero y criadas, tú; un hombre respetado, con una vasta biblioteca, a tus espaldas, cientos y cientos de libros de colores. Tú, un hombre infeliz que estará leyendo mi carta, que para hacerlo se habrá puesto precipitadamente los anteojos y estará soñando, como antes, como siempre, con aquellos encuentros de sexo y toronjas.

Adiós querido hermano. Te recuerdo, desnuda, rodeada de naranjas.
 

María Antonia Moreno Mulas
 

Volver a presentación

 

 

Sí, confieso, yo lo he matado y no es el primero. La penumbra amarillenta del recinto se dibujó temblorosa en el largo cañón del revólver. Hay tanto calor y tantas cuentas por pagar que este lugar es tan bueno como cualquier otro para matar. Si al menos pudieras evitar el roce, el lascivo manoseo, pero todos los hombres tienen el mismo rostro, las mismas manos, «el rostro de papá, las manos de papá» y eso te ponía indefensa, manipulable, que en lugar de tener ese revólver en las manos, te gustaría tenerlo entre las tetas, su largo cañón, entre las piernas, rozando tu instinto mas abyecto, como te lo había hecho sentir él desde que tenías memoria. Él fue el primero y también fue el primero en morir, ahora había muchas cuentas por pagar y mucho calor, y aquel hombre que sollozaba por su vida, arrodillado y encañonado era uno más al que habías obligado a manosearte (con las manos de tu padre), a lamerte la trémula piel (con la lengua de tu padre) y que ahora lloraba (como el llanto de tu padre) y que moriría sin importar quién sea (porque todos eran tu padre). Era casi media noche y en el enorme recinto sólo estaban los dos (o los tres). ¿Por qué?, llegó a balbucear el hombre arrodillado y el disparo retumbó libre en la bóveda de la iglesia sin alterar la amarillenta penumbra. El cura cayó fulminado, «vaya con dios padrecito», sonreíste, y mientras te alejabas lentamente, como la sangre, del cuerpo de tu padre, recordaste aquella foto familiar: papá, mamá (contigo en brazos), el pequeño Lucas y hasta el gato rayado y gordo. Siempre te gustaba recordar así a la familia.
 

Mario Saldaña
 

Volver a presentación

 

 

«La familia es grande».

Era la frase favorita de Papá, a lo que Mamá añadía:

Debéis tenerlo muy presente, hijos míos.

A los tres nos inculcaron esa idea absoluta del núcleo familiar como un ente generador de armonía y felicidad, aunque debo decir que Carmen, cuando ya era una señorita, partió para Portugal en busca de aquel banderillero portugués que se daba de cuando en cuando al juego, lo que la procuró no pocas desdichas e hizo que en apenas diez meses volviera a las faldas de mi madre... Algo parecido le pasó a Queco, que a sus quince años, se escapó a Málaga con un amigo. Posteriormente volvió, y Papá lo mandó a trabajar a Sevilla, a casa de unos parientes acomodados, pero estos le devolvieron a Cádiz rezongando porque parecía ser un pésimo aprendiz.

Yo, en cambio, permanecí con ellos. Y también la solícita Josefina, la hermana soltera de mi madre, claro.

Crecimos lozanos y fuertes, a semejanza de nuestros progenitores. Papá y Mamá siempre se las apañaban para suministrarnos buena pitanza... Viajamos de punta a punta del país, gracias a los toros que mataba papá. No solía hacerlo muy de seguido, pero era un gran torero, al menos para nosotros, que siempre lo magnificábamos, a pesar de las sucesivas cornadas que sufrió menos de las que le dimos nosotros, a pesar de las incontables tardes que tuvo que marcharse con el rabo entre la piernas de aquellas pequeñas plazas improvisadas de pueblo... a pesar de todo eso, nosotros éramos su cuadrilla, su fiel e inquebrantable cuadrilla, a la que posteriormente se sumaría Curro, el amigo de la infancia de mi padre, con el que solía ir a los tentaderos vecinos de Tomares a torear de noche alguna vaquilla, hasta que salía el caporal de la finca, escopeta en mano, y salían corriendo...

Un día de estos nos van a agujereá el culo, Manué le decía Curro.

Y también vino Herminio, el otro hermano de Josefina, mi tío. De picador, aunque no siempre acertaba bien con la pica, por lo que los toros le derrumbaron mas de una vez del caballo, de hecho se pasó mas tiempo en el suelo que sobre el caballo... Pese a todo, éramos un grupo unido y fraternal y siempre nos ayudamos en las adversidades, como aquel día que salimos a pedradas de la plaza de toros de Vic, aquélla tarde desastrosa en la que Papá tuvo que empuñar el estoque un sinfín de veces para matar el toro no consiguió hacerlo, el que unos momentos antes se había saltado la barrera, creando la confusión entre los asistentes que huían despavoridos de sus asientos, armándose una trapisonda descomunal... Afortunadamente, le convencimos a Papá de que debía abandonar la plaza antes de que el público se le echara encima, huir de aquel oprobio, porque él quería quedarse a rematar la faena, farfullando una letanía de palabras, yo diría que anatemas, no demasiado agradables... En cuanto al toro, parece que los chiqueros le metieron dentro...

Viajábamos en nuestra furgoneta de pueblo en pueblo, de plaza en plaza. Conducía Papá, al ritmo de la cinta de casete con pasodobles toreros que no se cansaba de poner una y otra vez, mientras Mamá le decía continuamente:

No corras, Manuel, que llevas una familia contigo...

Y Manuel aminoraba la marcha, siempre al son del «España cañí» que habían grabado los integrantes de la pequeña banda de Almansa muchos eran familia de mi padre, que seguía diciendo:

La familia es grande.

Y mi madre añadía:

Debéis tenerlo mu presente, hijos míos.
 

Rafael Prieto Quirós
 

Volver a presentación

 


SILUETA


De tanto creer se me ha escaldado la fe...
De tanto sentirla... se ha vuelto vieja amiga...
De tanto mirarla se me ha confundido...

 

Se despojaba de sus ropas, que lentas iban cayendo, como pétalos.

Imaginé que algún jardín alfombrado las recogía, porque ella, era para mí, fragante flor. Pude ver cómo una, fugaba aromada, para posarse sobre su seno izquierdo.

La silueta se contoneaba junto a la ventana, una provocación de la que yo no podía prescindir.

Fue tarde cuando me enteré... Desalentadora y desagradable sorpresa. Alguien que antes la espiaba, alertándome dijo:

¡Cuidado!... no te enganches con ese truco... lo que ves... sólo es la silueta de él, que quiere ser ella...

¡Créeme...!

Ella oculta otra forma... entre sus piernas.
 

Ángeles Charlyne
 

Volver a presentación

 


LA LITERATURA Y LA VIDA

 

Don Braulio lleva décadas desempeñando el oficio de bibliotecario en el casino de su ciudad. Es una labor agradable y tranquila, porque vive en un reducto de bestias pardas donde se pueden contar con los dedos de una mano quienes sienten afición por la lectura. Eso le deja a don Braulio muchas horas libres para imaginar historias paralelas a las que encierran los libros. Pero lleva demasiados años construyendo en el aire fábulas de humo que se desvanecen al primer soplo, y empieza a sentirse inquieto.

 

En el salón contiguo, al revés que en la biblioteca, bulle la vida. Don Braulio lleva días atisbando escondido tras el pesado cortinón de terciopelo ajado. Allí se ponen en juego honor y haciendas, pero hay una mesa en el fondo, a la derecha, que despierta su más encendido interés: la del juego de las prendas. Allí, cada tarde, se despendolan los participantes, desinhibidos de cuanto les rodea. Y lo mismo puede suceder que don Gervasio se marque un chotis o que doña Rosaura luzca en todo su esplendor la exuberancia de su naturaleza ajamonada sin que nadie parezca escandalizarse.

 

Hoy, por fin, don Braulio ha vencido sus últimos prejuicios y se ha decidido a tomar parte. El ensayo ha resultado una experiencia que no olvidará en mucho tiempo. La primera prueba ha consistido en caracterizarse de canónigo, con su traje talar de infinitos botones ajustado a la cintura con una banda púrpura de raso descendiendo por su flanco izquierdo casi hasta el suelo, la teja cubriendo una hipotética tonsura en lo alto del cráneo y un parasol ornamental que lo mismo puede servir de báculo al uso que de hisopo para una bendición eventual. Si bien el hábito no hace al fraile, no parece haber nada escrito sobre que la sotana no haga al cura, porque don Braulio se ha sentido transustanciado en la figura del Magistral, don Fermín de Pas, personaje central de «La Regenta», de Clarín, autorizado en su papel a gobernar la vida de Ana Ozores.

 

Ha costado trabajo volverlo a la realidad de la mesa de póquer donde se reiniciaba el juego con nuevas propuestas, cada vez más atrevidas, como interpretar a una «cocotte» de época en la intimidad de su «boudoir», todo telas, volantes y quinqués, sin olvidar el fetichismo oculto del espejo de mano, marfil y oro, que debería devolver la imagen nacarada de un delicado rostro decimonónico. Y don Braulio se sumerge entusiasmado en el personaje de Madame Bovary acicalándose con primor para el encuentro trasgresor con su amante ocasional, mientras recorre las calles de Rouen en un coche de punto con las cortinillas echadas y hace el amor al ritmo del traqueteo de las llantas sobre los adoquines y el sonido seco de los cascos de los caballos en sus oídos.

 

Don Braulio alcanza el éxtasis al ver realizados en torno a la mesa de póquer los sueños de los que le nutre la biblioteca, y se jura a sí mismo que jamás abandonará el casino mientras el trasiego entre las dos salas colme sus aspiraciones de trasladar la literatura a la vida.

Esther Zorrozua
 

Volver a presentación

 


Eduviges, Arnaldo, Julio César y Malena
 

Un detalle

Mis «te extraño» no son un todo,
son círculos concéntricos sin fin,
pero con un principio bien marcado.
Por el diminuto agujero
imperceptible a simple vista
que deja en el papel la afilada punta
del compás,
el tiempo se hace muy largo con sus
horas vacías.
Por él, como chijete
entran las dudas,
la espera que juega a ser cruel,
los dolores de alguna herida antigua
que molesta mucho más con la humedad.
Mi reflejo en tus pupilas y mi
necesidad de ti.
Mi mediocre dependencia cotidiana
que transforma el amor más puro
en sana costumbre, en buenos deseos,
en un «te quiero mucho...»
Y opto por disimular ese agujerito,
esa «nadita» de pequeñez, ese detalle
y te sonrío, te abrazo y vuelvo a aceptarte con tus «te quiero mucho»
esperando despertar en ti un renovado
te amo...
Por eso digo que mis «te extraño» no
son un todo
son círculos concéntricos
que se agrandan o se achican,
que se pintan, bailan o se oscurecen
según vengan los todavía, los tal vez,
los ¿por qué no?
y sobreviva tímidamente mi «te amo»
escondido...
          Eduviges

Disfonías

La disfonía entre tu vida y la mía...
me preocupa
mientras enlentezco mis andares
deseoso de cobijarme en tus brazos
tú revuelves antiguos anhelos,
antiguas pasiones, antiguas caricias,
me dices que me esperas,
que amante te abres a mis espacios
que tu cuerpo aún vibra...
Yo en silencio te amo
mientras le gritas que se esconda
a la luna llena
porque esta noche no acariciaré
tus deseos
y te enojas con ella.
En mi disfonía quiero acercarme a ti
y no puedo...
Tú dices tener un te amo prendido
en cada célula de tu cuerpo
que alcanza con sólo rozarte
para que aflore instantáneo y
sincero...
No sé que me pasa querida compañera,
porque quererte bien... te quiero
aunque no pueda darle la respuesta
que viene buscando tu cuerpo.
Mi disfonía constante, me apena,
me entristece, me calla...
Ayúdame querida mía a encontrar
el momento
para volver a amarnos
poniendo células y universos en
sintonía
sin hacerle caso a las modernas
dislexias,
a fracasados tabúes, a mis miedos
ni a tus exigencias de amazona en celo
dejando que renazcan mi semen y tus
fluidos
escuchando el canto de las aves
como en aquella vez primera
que en un amanecer atrevido
al lado de tu cama olvidé mis
medias...
          Arnaldo
 

¡Joder con mi hermano! ¡Qué manera de estropearse la vida! ¡Sabía yo que esta Eduviges le iba a traer problemas!

Siempre pensando, explicando, complicando todo, mientras mi pobre hermano para poder «hacerle el amor» como le gusta decir a ella tiene que ser un erudito ¡y él que le hace caso!

Si el problema de ellos se soluciona con un buen polvo...

Hablando de eso...

Mi querido «Horse» llévame a ver a mi linda Malena ¿quieres?

 

Listo, son las seis, hoy lo espero a Julio César ¡mi emperador!, vestida de piel, la cena está calentita ¡igual yo!

Como que me llamo Malena, apuesto a que este año nos casamos.
 

Virginia Bintz
 

Volver a presentación

 


PLACENTERA VIDA

 

Mi vida se deslizaba suavemente sobre una armoniosa rutina. Mis padres me habían educado en un ambiente burgués y comedido, de ellos heredé la seriedad y el miedo a traspasar los límites de lo cotidiano. Así fue que seguí con el próspero comercio de bombines que con tanto esfuerzo habían fundado mis abuelos y que mis padres mejoraron con creces.

 

Siendo aún joven, conocí a Nerea, una mujer robusta pero bien proporcionada, a mí siempre me habían disgustado las mujeres flacas; sin duda, en esto me parecía a mi padre que eligió a una mujer oronda y recatada para recorrer la vida. Volviendo a mi relación con Nerea debo aclarar que era mi amor furtivo. Yo ya me había casado con Melisea, también mujer de buenas carnes pero poco pasional. Así que todos los viernes, desde las tres de la tarde hasta bien entrada la noche, me precipitaba con Nerea por los placenteros e ilimitados abismos del amor; me satisfacía completamente, tanto era así que siempre acababa exhausto y derrotado sobre la cama; mientras ella se vestía, yo entraba en un sosegado y sereno sueño reparador.

 

De lunes a jueves, como buen burgués, dedicaba las plácidas tardes a pasear por las veredas de la ciudad con Melisea, ella era mi estabilidad, mi escaparate social y mi bálsamo para la conciencia.

 

Los sábados cultivábamos con superficialidad nuestra cultura y acudíamos a algún que otro concierto o acontecimiento similar, al acabar solíamos ir a cenar con matrimonios amigos de inquietudes parecidas a las nuestras.

 

Los domingos los pasaba mal; era ya costumbre desde hacía años pasarlos en el campo, allí Melisea extendía una amplia frazada sobre la que comíamos y bebíamos; ella, después de comer se quedaba profundamente dormida y yo, mientras, miraba en lontananza sin observar nada; solo pensaba triste, que aún quedaban cinco días para delinquir en el amor.
 

Jose Ramón Plens Mor
 

Volver a presentación

 Esta entrega de Póquer Literario estuvo abierta hasta el 19.02.2006

 

Póquer literario, es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León

* Leer relatos de anteriores entregas de Póquer literario: Edward Hopper l Botero l Lucien Freud
________________________

ANTERIORES SECCIONES PUBLICADAS DE ESCRITURA COLECTIVA:

PERSONAJES SECUNDARIOS / PINTURA VIVA / PON COLOR A LAS PALABRAS / CRUZA ESTA PUERTA Y ESCRIBE / CUÉNTANOS UN VIAJE EN... / PÓQUER LITERARIO


Revista Almiar (Madrid; España) / MARGEN CERO   (2005-2006) - Aviso legal