EN LA 1.ª
ENTREVISTA:

· Laura Cuello
· Luis Ramiro
· Vega Pérez-Chirinos
· Pablo Ager
· David Testal
· Lara Moreno
· Emite Poqito
· M.ª José Moreno
· María Riveiro
· Carmen Simón
· Inés Thiebaut
·
Víctor Alfaro

Inés Thiebaut
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por Guillermo Ortiz López


Inés respira hondo y empieza: «Me fui a Boston con dos maletas llenas hasta arriba, tanto, que pesaban más que lo que por convenio admiten en los aviones. Sin casa, sin conocer a nadie. Llegué pobre como una rata, a las 4 de la mañana, buscando un sitio donde dormir esa noche, después de una escala interminable en Nueva York que coincidió con un apagón de tres días y que fue un caos absoluto. Con mis dos maletas y mi saxofón, como en las películas sobre los años 20».

Yo estuve ahí, en el aeropuerto de Barajas, entrando y saliendo de la terminal, sentándome en el suelo, completamente superado por el sueño y un brutal ataque de ansiedad. Inés sacaba cuadernos, libros, y abrigos de su maleta, intentaba distribuirlos en el equipaje de mano y negociaba con la azafata de tierra hasta cuánto podía excederse legalmente de peso para embarcar de una vez, costara lo que costara.

«Fue un órdago brutal, pero en aquel momento sólo pensaba bueno, si sale mal me vuelvo. No sentía que tuviera nada que perder, excepto ser infeliz».

La infelicidad de Inés en la Universidad Autónoma de Madrid, en quinto de derecho, a un paso de la licenciatura. Su infelicidad en el Conservatorio: «no hay ningún impulso creativo allí, te obligan a ser un intérprete. Eso es todo lo que quieren de ti, que seas un intérprete y conozcas misas del Renacimiento. Yo salí de ahí sin saber quién era Stravinski por ejemplo. Quería componer, pero no te enseñan a componer, lo más que pude hacer es el grado medio de Teoría y Acompañamiento. Además lo hacen todo de manera que resulte imposible compatibilizarlo con ninguna otra cosa. Tuve que hacer el grado medio de piano entero —yo siempre he odiado el piano— y cuando lo acabé y pasé al Superior me di cuenta de eso, de que era imposible compatibilizarlo. Así que decidí irme a Berklee».

Agosto de 2003, las maletas y el taxi de madrugada hacia ningún lado: «Había estado en Nueva York ese verano y me hablaron de la universidad. Fui allí y vi el ambiente y me di cuenta de que era lo que quería hacer. Dejé la carrera a falta de medio curso y me puse a trabajar para ahorrar, porque ni siquiera podía pedir becas. Ni la de Cajamadrid ni la Fullbright, porque el Grado Medio del Conservatorio no cuenta como licenciatura. Hice las pruebas de acceso: tenía que componer un CD con 4-5 temas y enviárselo. Les gustó. Me cogieron».

Berklee. «El Hollywood de la música», como lo llama Inés. Su primer problema: hay que pagar demasiados créditos. «Cogí Composición y Música de cine. Eran cinco años, pero yo no sabía si iba a poder pagar cinco años, sólo tenía dinero para el primero, así que vi el temario, hablé con el responsable del departamento y le expliqué que había cosas que yo ya sabía hacer y que no necesitaba matricularme de eso. Él me dijo: ¿Sabes hacer una fuga a cuatro voces? y yo le contesté que sí. Me miró y propuso: Entonces tráeme una para… mañana».

Por supuesto, Inés compuso la fuga a cuatro voces. Eso y lo que hiciera falta. No durmió en 24 horas pero la fuga le encantó a su profesor, le quitaron de un golpe 8-9 clases… y se ahorró unos 20.000 euros. ¿Se imaginan eso pasando en España? ¿Se imaginan que la burocracia permitiera algo así en una universidad española, que uno pudiera demostrar que tiene unos conocimientos sin necesidad de matricularse, pagar los créditos y examinarse después de un año de perder el tiempo? ¿Se imaginan una entidad privada perdiendo 20.000 euros por decisión propia? Estados Unidos tiene muchas cosas malas, por supuesto, pero si todos los grandes talentos del mundo se van allí es, sin duda, porque saben cuidarlos.

«Necesitaba becas para los siguientes años y para pedirlas te animan a hacer muchas cosas, así que estábamos todo el rato trabajando: montábamos conciertos, hacíamos sesiones conjuntas, escribía partituras, CD´s… todo eso contaba. En Berklee hay gente de todo tipo y todos necesitábamos hacer cosas. El ambiente te pide colaborar en proyectos, casi te lo exige. Es todo lo contrario del Conservatorio: ahí se estudian todos los estilos, incluido el R´n´B. Además, hay estudios de grabación, encuentras productores que también están estudiando en el mismo campus pero en su especialidad... Te puede pasar que estés participando en la grabación de un CD y te den hora para el estudio justo a las 4 de la mañana y te tengas que ir ahí, al campus, a las 4, y ponerte a ello».

Fueron dos años de locura. De una alegría inmensa, un sueño cumplido, pero sin dejar de ser una locura. Ganó varias becas y premios de mérito y eso alivió su situación económica, pero seguía teniendo que trabajar varias horas al día aparte de las clases y aparte de las composiciones, claro. «El tercer año fue más relajado, me dio una beca la AIEE y eso me permitió dejar el curro en la Universidad y hacer un segundo semestre más tranquilo. Hice algunas clases extra, sólo por aprender, participé en la música del corto Death of a clown, de un amigo de allí…».

Berklee es un sueño incomprensible para un europeo, me parece. En Europa, a los artistas se les mira mal. En Estados Unidos, simplemente se les mira raro. Se limitan a aceptar que son incomprensibles. Allí hay sitios como Interlochen, la primera gran experiencia creativa de Inés, con 12 años. «Era un campamento de música al norte de Michigan y fui con mi hermana durante cinco veranos. En Interlocken, todo el mundo hacía algo. Todos compartíamos, desde críos, la ilusión por crear y nos ponían todas las facilidades. Era caro, eso es verdad, pero fue una gozada: dos meses con cursos intensivos casi personalizados. Aprendí a tocar el saxo, a practicar jazz… todo, de adolescente. El límite de edad estaba (y está) en los 18 años».

Campamentos para niños prodigio y universidades en las que el talento se valora más que el dinero y los papeles. Qué cosas…

Finalmente, Inés hizo en tres años lo que tendría que haber hecho en cinco —lo que aquí, probablemente, hubiera tenido que hacer en seis, siete años… si es que hubiera sido posible hacerlo—. «Para la graduación organizaron un concurso para elegir la música. Era la típica graduación de película americana, todos con los birretes y un famoso haciendo la entrega de diplomas y un pequeño discurso previo. Cuando los alumnos desfilaban, sonaba una música. Aquel año, el invitado era Aretha Franklin y la música era mía. Gané el concurso. Salí ahí, con mi propia música de fondo, le di la mano y le dije It´s my pleasure… ¡A Aretha Franklin!».

La historia acaba bien pero no es un final de Hollywood, lo sentimos. Es una producción independiente, underground… de artista, no de artesana. Inés se mudó a Nueva York en 2006, nada más acabar la carrera. «El primer año lo pasé componiendo, descansando y viendo un poco la ciudad. Aclimatándome. Allí siempre hay algo que hacer», dice, durante sus vacaciones veraniegas y olímpicas, sentada en el sillón de la casa que dentro de poco volverá a no ser mi casa.

Uno no puede evitar preguntarse: después de tanto tiempo trabajando, tanto esfuerzo, tantos premios, tanta demostración constante de talento, tanto riesgo… ¿por qué no se fue a Los Ángeles directamente, a componer canciones para películas y ser asquerosamente rica? Al fin y al cabo, se formó para ello… Inés recibe la pregunta con cierta paciencia, como si ya la hubiera tenido que contestar mil veces: «Pensé en ello, en dedicarme profesionalmente a bandas sonoras, pero me dio mucho asquito el mundo de Hollywood y yo lo que quiero es hacer música, no negocio. Una posibilidad era trabajar allí, de lo que ellos llaman ghostwriter, el negro de toda la vida en el mundo de la literatura, pero no me interesaba por mucho dinero que se gane y muchas puertas que te abra. Son chicos jóvenes, la mayoría recién salidos de Berklee, que trabajan para compositores reconocidos y tienen que hacerlo todo ellos sin figurar. El famoso en cuestión graba una melodía, a veces tarareando sin más, en una cinta y se la pasa al otro, diciendo: Lo veo a no sé cuántas voces, con no sé cuántos instrumentos y tal duración… y es el chaval el que acaba haciéndolo todo, el que acaba componiendo de verdad la banda sonora. Al final, su nombre ni siquiera aparece en los créditos».

Y ya que no iba a haber créditos, ni reconocimiento, ni creatividad propiamente dicha, Inés se quedó en Brooklyn, en un barrio con tiroteos pero cierta tranquilidad. Sin ganar mucho dinero, pero sobreviviendo. «Mi idea es ser profesora. Me encantaría ser profesora. En 2007 hice el Máster de Composición de la City University of New York, una universidad pública y barata pero que tiene a los mejores profesores de música electrónica. Ahora, voy a empezar el Doctorado. Es cuando estoy haciendo mis mejores obras, y eso es lo que me apetece ahora: seguir una ruta académica y componer. Eso no quiere decir que descarte el cine, pero no como profesión al cien por cien».

El futuro de Inés se llena de proyectos. Es la típica chica que, dentro de quince años, alguien descubrirá que es española y la invitarán a dar conferencias por aquí. Mientras tanto, el reconocimiento llega en Ohio, donde la Orquesta de Cleveland le ha encargado una pieza. Llega en México, donde el ministerio la ha seleccionado para una muestra de compositores españoles —«he compuesto una pieza de cello»— y llega en el mismo Nueva York, donde le han encargado un programa de radio para la cadena WFMU, una cadena nacional, prestigiosa… pero sin ánimo de lucro.

«La gente en España no lo entiende. No entiende que hagas cosas que no te pagan. Consideran que eso no vale nada, que si no hay dinero no vale nada… pero son oportunidades fantásticas. En NY he formado una asociación cultural con mi amigo André para fomentar la música contemporánea. Se llama Dr. Faustus e incluso salimos en el Times. Al primer concierto, vinieron unas 150 personas: para nosotros, eso ya era la leche».

Inés ignora los resultados y se dedica a jugar bonito, a alegrarse cuando —medio dormida— Samuel Sánchez gana el oro en ciclismo, a gritar como una loca cuando Rudy Fernández machaca en la cara de Dwight Howard —estudió en el Ramiro de Maeztu, es una fanática del Estudiantes y, en menor medida, del Valencia—. Inés desafía las convenciones en todos los sentidos posibles, pero sin necesidad de que los demás se den cuenta. For the sake of it. Inés no quiere revolucionar nada, quiere aprender. Quiere ser Inés y punto, y todavía está en ello: buscando su sitio, su momento, su voz, su banda sonora original…


Web de Guillermo Ortiz López: http://www.guilleortiz.com/

(Imágenes de esta entrevista remitidas por Inés Thiebaut ©)


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Revista Almiar (Madrid; España) ISSN 1695-4807 / n.º 42 / septiembre-octubre 2008
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