EN LA 1.ª
ENTREVISTA:

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· M.ª José Moreno
· María Riveiro
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·
Víctor Alfaro



María José Moreno
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por Guillermo Ortiz López


Una joven actriz viene de Úbeda a Madrid. En rigor, podría haber ido de Úbeda a Granada, pero no, ella prefiere Madrid, porque aunque puede estudiar Comunicación Audiovisual en cualquier lugar, sabe que va a tener más oportunidades de hacer teatro en la capital.

«En Úbeda no había posibilidades aparte del grupo Tirsos y caretas, pero por entonces era todo gente mucho mayor que yo y no pude entrar. Hice teatro en el Instituto y luego estuve en un grupo teatral en el que hacíamos musicales en playback, sólo bailando. Hice La Celestina e incluso un papelillo en un largometraje sobre vampiros que no se llegó a estrenar».

La actriz piensa en meterse en la RESAD. Es lógico, pero tiene miedo. Tiene miedo porque ella siempre ha querido actuar, y actuar —exponerse, por definición— es arriesgado e incluso cruel. Tiene miedo porque ha sido su sueño desde los 8 años, cuando dejó de escribir cuentos y pintar cuadros y se decidió a vivir historias en vez de crearlas, a jugar con los muñecos, a representar obras en campamentos...

Así que no quiere que nadie le diga que no vale. El miedo de todos los que estamos en esto y queremos llegar a algo es que los acontecimientos se precipiten y nos cierren la puerta antes de tiempo. Nunca llegaríamos a saber si es injusto o no. Nuestros egos cuelgan de chinchetas.

El grupo «Séneca» y la Escuela TAI

La actriz se matricula en CAV de la Complutense y decide meterse en el grupo de teatro «Séneca», de su Colegio Mayor. Ahí conoce a otra gente interesada en la actuación y prueba con el teatro experimental, en concreto, la obra La Isla Uga. Siguiendo consejos y recomendaciones se pone a buscar escuelas donde aprender interpretación y arte dramático y elige finalmente el TAI.

«Tenía que compaginar la carrera con el teatro y era muy jodido. Empecé a suspender asignaturas, mi familia estaba preocupada en Andalucía. Llegué a pensar en dejar la carrera, justo cuando acabé el primer ciclo, pero seguí y fue un acierto. Pero, sí, el primer año fue muy duro, por lo que digo de compatibilizar los estudios y porque tienes que romper muchos esquemas educativos. Tienes que aprender a desinhibirte y mostrar sentimientos. Abrir la mente. Curras mucho para llegar a ciertos niveles, y sé que algunos aún no los he alcanzado».

La actriz duda de su talento. Es normal. Todos dudamos de nuestro talento, más si lo tenemos que demostrar cada día. No duda de su trabajo, y por eso se aferra a su trabajo. «Quiero y tengo que poder, ese era mi lema». Su estancia en el TAI es un ejercicio de superación continua. Satisfactorio y a la vez doloroso, con ese crítico interior todo el rato rumiando al oído. «Pasa un tiempo hasta que disfrutas y entiendes que es un juego. El primer año hicimos muestras de improvisación, en segundo montamos escenas de Aquí no paga nadie, de Darío Fo y Un sombrero lleno de lluvia,
de Michael Garzo. Teníamos libertad interpretativa, aunque a mí me gustan los personajes marginales, alejados de mi forma de ser, que tenga que buscar analogías complicadas. Los personajes de Shakespeare, Pinter y Beckett, por ejemplo.
Los de Los días difíciles… Me encantaría poder hacer alguna vez Los días difíciles».

Caballito del diablo

Acaba el TAI, agoniza la carrera. La actriz decide formar una compañía con gente de la escuela y amigos. Eligen director: Pascual Álvarez. Eligen autor: Fermín Cabal. La compañía se llama «Taumaturgos», es decir, «personas que hacen cosas prodigiosas». En 2005 adaptan Huso horario del amor, aún dentro de TAI y Caballito del diablo, ya como Asociación Cultural. Esta última obra supone su mayor reto desde que llegó a Madrid, desde que empezó a soñar con dedicarse a la actuación.

«Me eligieron para ser Blanca, la protagonista. Era teatro alternativo y mientras la gente entraba y se sentaba, sonaba música de Trainspotting y los personajes andaban de un lado a otro, interactuando con el público. Mi personaje estaba en ropa interior, tumbada en una cama, después de meterse una dosis de heroína. Estar ahí era un subidón increíble, estaba deseando que la obra empezase cuanto antes. A veces, me distraía: los espectadores pasaban, entraban, salían… y yo tenía que seguir en mi mundo, impertérrita. La primera vez estaba acojonada. Tenía 21 años, acababa de salir de la Escuela… Seguro que ahora lo haría mejor».

La actriz ha protagonizado por primera vez una obra de teatro. En la sala «El Triángulo», además, una de las más prestigiosas del circuito alternativo madrileño. Ha tenido que disimular su acento andaluz y enfrentarse al papel de una chica muchos años mayor que ella. Además, Pascual Álvarez cuenta con ella para La Fundación. Es su gran año. Es el principio de algo, aunque no sabe de qué. Poco después, deciden adaptar ¿Fuiste a ver a la abuela?, también de Fermín Cabal. De repente, no se sabe por qué, el argumento da un giro de 180º y las cosas dejan de ser tan sencillas.

«Hicimos esa obra y luego volvimos a hacer Caballito, a finales de 2006, pero nos empezamos a separar. Cada uno quería cosas distintas. No hemos llegado a disolver la asociación en ningún momento, pero tampoco hemos vuelto a trabajar juntos. Yo entré en crisis. Pensé en dejarlo todo. Me fui a Inglaterra a aprender inglés unos meses. Cuando volví no sabía muy bien qué hacer, pero sabía que tenía que ver con la actuación, así que llamé a mi agencia para que me buscara cosas y desde entonces no he dejado de trabajar».

El cortometraje y Hospital Central

Los actores y sus agencias de representación. Los terribles castings —«al primero fui temblando, era horroroso, se me olvidaba el texto. Tenía sólo 19 años. Ahora intento practicar, tomármelo como un trabajo. Hago unos 10-11 al mes, para que te hagas una idea»—, los cortos de nuevos talentos que salen de la carrera, de la Escuela de Cine, productoras independientes que buscan rostros poco conocidos.

La actriz aprende a cambiar del teatro al cine. Del espectador a la cámara. Es fundamental ser intuitivo, saber cuándo estás saliendo bien y cuándo no. Seducir. Ella prefiere hacer teatro, pero le ofrecen cortos y los graba. Hasta 15, desde que llegó a Madrid. Papeles de niña dulce, con sus ojos saltones y su sonrisa de veinteañera. Papeles experimentales, sobrios, como el de Cuatro, con Antonio Bermejo. Papeles más casquivanos como el de Regalo de Cumpleaños, de Felipe Bernal, en el que prueba con un registro distinto.

Sale en la televisión. En Hospital Central, ni más ni menos. Hace de embarazada y Fran Perea le roba un niño. Luego se lo devuelve. Empieza a ganar dinero con la actuación y eso es más una satisfacción moral que puramente económica. Vuelve a los escenarios, con Los posos del café, de Juan Expósito, donde hace tres personajes que en realidad son uno: algo místico, simbólico, onírico… Teatro.

Buscar y encontrar

La actriz va a cumplir 25 años dentro de poco. No sabe si es mucho o si es poco. Le pasa lo mismo con todo. No sabe si ya ha acabado o si aún no ha empezado. Es un mar de contradicciones. Busca representante, porque piensa que un representante es necesario para ganarse la vida, pero los representantes siempre dicen lo mismo: «Ahora no estamos buscando…». Los representantes están saturados, como lo están los agentes literarios, y nadie regala nada.

Video-books, currícula vitae, ilusión, rechazo, trabajo. La vida de la actriz, de esta actriz y de todas las demás que han venido persiguiendo un sueño a esta especie de Hollywood sin glamur que es Madrid, es un continuo buscar algo que les está esperando en cualquier otro sitio. Sabe que es muy complicado encontrarlo. Muy, muy complicado. Sin embargo, no quiere pistas; quiere descubrirlo ella sola, quiere llegar allí y sonreír y entonces poder estar segura de que no se ha equivocado y perder el miedo.

La incertidumbre, de momento, es una forma de esperanza.


Página web de Guillermo Ortiz López: http://www.guilleortiz.com/

(Imágenes remitidas por María José Moreno para esta entrevista ©)


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Revista Almiar (Madrid; España) ISSN 1695-4807 / n.º 40 / junio-julio 2008
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