PUENTE DE CULTURAS
Madrid / Buenos Aires



MORADAS DONDE SANGRAR


por


MANUEL LOZANO



Con mascarilla de palo de sangre absuelvo la herida perfectísima en tránsito a los frutos. Sí, sí, sí. Entonces, sí. ¿Qué Adán desnudo en su jaula espera con arrobamiento a su dios profanado? Se ofrece por la evidencia del entendimiento en danzas visibles. Inventa los tizones, la rueca, la cruz de astillas tatuada por tu sombra.

La tentativa negra se enciende en ignominia. Inventas la plegaria frente al trueno: Oh, sangre, mistériame.

Exégesis de la adivinación en la gruta. He aquí el que lloró desde adentro su camino y su bosque. ¿Silba la memoria la fiebre de abalorios? Hubo que correr hasta escaleras de yeso que huyen a tu paso, sin olvidar el credo roto. ¿Y por qué llorar este mundo, estas migajas? Entraré en el vestíbulo.

Dinastías y vigilias y caravanas para llegar al momento en que entretejo mi desposesión. Oh, fuego, sé mi impronunciable.

En ascuas, nueve siestas donde beber el duelo de la palabra desesperanzada por el mito vacío. Engendro la canción como una selva virgen. Y te abandono con tus huesos.

Cuídate del ácido de la profanación. Hierve la miel de los viejos jardines. No desentierres ataúdes. Oh, escarabajo, vuélveme velo de evidencia.

Un brazalete de pelos busca la plenitud de las pequeñas magias. ¡Victoria del espejo que saquea con agua celeste! Hay perfume de grito deslizándose al murmullo. ¿Qué fraguarán estos cartílagos? ¿Por qué aquí? Bebo el agua celeste en los volcanes.

Allí donde me habito, un columpio brilla. Es en medio de la fiesta cuando
abro el escondrijo y aúllo. Oh, carne de silencios, sólo hiere la luz.

Suben las furias en la cicatriz prohibida; se lanzan sobre el cuerpo para ver la cumbre cegadora. Hipnal de un barro tan antiguo, eunuco del reino vedado, pedigüeño de una historia que se escapa entre las mordeduras:

Arránquenme
las ruinas

surgiendo otra vez desde la tierra
del Principio.


Itaparica, noviembre de 2005
De La Rueca Dorada, © M.L.

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«Y, ¿qué somos nosotros los pájaros?»
(Fragmentos de Anatole France, selección de Manuel Lozano) *

Anatole France par Leroux.jpg
Anatole France par Leroux
(Auguste Leroux [Public domain], via Wikimedia Commons).


Cuando se ve una cosa bella, se quiere poseerla. Es una inclinación natural que las leyes han previsto. Desear con fuerza es casi poseer.

No hay castos; solamente hay enfermos, hipócritas, maníacos y locos.

¿Qué provecho sacan los niños de una ciencia sin método, de una literatura falsamente práctica que no habla ni a la inteligencia ni al sentimiento?

Habría que volver a las hermosas leyendas, a la poiésis de los poetas y de los pueblos, a todo lo que proporciona la experiencia de lo bello.

¡Ay! Nuestra sociedad está llena de farmacéuticos que temen a la imaginación. Y hacen muy mal. Es ella (con sus mentiras) la que siembra la virtud y la belleza en el mundo.

El arte de la guerra consiste en ordenar las fuerzas de tal modo que no puedan huir.

El bien público está formado por un buen número de males particulares.

Entonces, como no estudiaba nada, aprendía mucho.

Sabemos Marcos —dijo Nicias—, que tu Dios creó al mundo. Aquello fue, por cierto, una gran crisis de su existencia. Pues él existía desde una eternidad, sin haberse decidido a crearlo. Pero, si he de ser justo, reconozco que se encontraba en una situación de las más dificultosas. Tenía que permanecer inactivo para permanecer perfecto, aunque fuese aquello una imperdonable imprudencia en un Dios perfecto. Pero dinos, Marcos (agregó Nicias), cómo se las arregló para crear el mundo...

La historia no es una ciencia, es un arte. En sus aciertos interviene siempre la imaginación.

La independencia del pensamiento es la más orgullosa aristocracia.

La nada es un infinito que nos envuelve; venimos de allá y allá nos volveremos. La nada es un absurdo y una certeza; no se puede concebir, y, sin embargo, es.

La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante permanece tranquilo en el centro de la estancia.

Llamamos buenas costumbres a las costumbres habituales; malas costumbres, a aquéllas a las que no se está acostumbrado.

Llamamos peligrosos a los que poseen un espíritu contrario al nuestro, e inmorales a los que no profesan nuestra moral.

Los niños imaginan con facilidad las cosas que desean y no tienen. Cuando en su madurez conservan esa facultad maravillosa, se dice de ellos que son poetas o locos.

No hay gobierno popular. Gobernar es crear descontentos.

Sólo las mujeres y los médicos saben cuán necesaria y bienhechora es la mentira.

Una necedad repetida por treinta y seis millones de bocas, no deja de ser una necedad.

Levantando entonces la cabeza, vio en las paredes de la habitación pinturas que representaban escenas risueñas y familiares. Aquello era obra muy antigua y de exactitud maravillosa. Había cocineros que soplaban el fuego, con los carrillos hinchados; otros desplumaban gansos o cocían trozos de ternero en las marmitas. Más lejos, un cazador llevaba una gacela asaetada en sus hombros. En otra parte, los aldeanos se ocupaban en sembrar, segar y cosechar. Bailaban mujeres al compás de las violas, las flautas y el arpa. Una joven tocaba la tiorba. La flor de loto brillaba en sus cabellos negros, delicadamente trenzados (...) Y Pafnucio, luego de contemplarla, bajó los ojos y preguntó a la voz:

—¿Por qué me mandas mirar esas imágenes? Representan sin dudas la vida terrena del idólatra cuyo cuerpo reposa bajo mis pies, dentro de un féretro de basalto negro. Recuerdan la existencia de un muerto, y, a pesar de los colores vívidos, son las sombras de una sombra. ¡La vida de un muerto! ¡Oh vanidad!

—Muerto está, pero vivió —replicó la voz— y tú morirás sin haber vivido.

Desde aquel día, no tuvo Pafnucio un instante de reposo. La voz le hablaba sin cesar. La tañedora de tiorba fijaba sus ojos en él, a través de sus largas pestañas. También le habló:

—Mira: soy misteriosa y bella. Ámame; cura en mis brazos el amor que te atormenta (...) Ámame, amigo; cede.

Como adversarios declarados no he tenido más que a los hagiógrafos.

¿No has oído hablar de los Acwin y de los Dióscuros? Los Acwin entre los indios y los Dióscuros entre los Helenos, representaban los dos crepúsculos...

Ya la gente desaparecía —como oleada sombría— por los vomitorios.

«Esta es, caballero, la historia completa de la batalla de Fontenoy».

—Les confieso —le dije—, que ni Voltaire lo hubiera hecho tan bien.

—Bien que lo creo —contestó el guardia francés—. Pero, ¿quién era Voltaire? Un burgués, sin duda, que nada entendía de la guerra. Tengo mucha sed. Hazme traer un vaso de cerveza.

Y, ¿qué somos nosotros los pájaros? Una nada, un mundo.

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Esta primera parte de la selección de Anatole France, fue realizada por Manuel Lozano en su último viaje a París (noviembre de 2003.) No se citan —ex profeso— las fuentes, con el fin de organizar —desde la elusión y el anacronismo— un sólo texto.




Cada día, cada crepúsculo, cada noche, son parte de un milagro inextinguible que nos acecha. Hay que estar preparados para recibir el milagro. Alguna vez, en este mundo que engrandeció con su incandescente sabiduría, Bertrand Russell escribió no sin alta lucidez: «La vida, si se vive maravillosamente, se resume en tres grandes objetivos: amar y ser amado, conocer y tener una actitud abierta para el aprendizaje constante, y sublevarse ante las injusticias del mundo».

Quien no cultiva diariamente su jardín, no lo advierte. Hay que merecer el milagro de la vida.

Manuel Lozano


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