PUENTE DE CULTURAS
Madrid / Buenos Aires

 



C
ENA DE MÁSCARAS
(y otros textos...)
por
MANUEL LOZANO

 

Los cortejantes vienen y van por el bosque de vidrio de sus vanidades. ¿Qué verdad puede estar debajo de las plumas y los géneros bestiales de un niño disfrazado de San José de Cupertino? Con la tormenta, fosforecen los cortejantes. Despavoridos, huyen de esa ilusión que da siempre la lluvia. 

 

Moran alrededor del rayo con sus bocas cosidas. Moro en una estatua que me deshabita -vanamente- como al seco árbol maldecido por el dios encarnado. Hágase tu voluntad en los candiles de terrible esplendor; encántame la gracia de aquel fuego azul sobre las torpes cabezas.
 

Nada oprime tanto como un zaguán de desesperación repleto de objetos minúsculos. Veo el marfil enhiesto, tatuado de las bocas futuras. Nadie se resigna a permanencia o se arrebata frente al poliedro de la noche final. ¿Son ingenuos los desechos, estos restos de cera? ¿Quién se adueña del humo que aparta y transforma las sustancias?
 

Da vueltas la ronda de peregrinos hasta desvanecer el último reflejo en las persianas. Ayer, rugía el animal de presa entre las felpas vampiras del carruaje. Dejaba su simiente. ¡Trapos veladores, impasibles, inútilmente exquisitos, desfondados!
 

Iba mi corazón latiendo por el hielo. 

 

París, Place des Vosges, octubre de 2003 
(
Este texto pertenece al libro La Noche Desnuda de Rostro Ciego).


 



ESTALLIDO DE LA
MÁSCARA TRIBAL

 

Árdenme lo que no sé y apenas sospecho. Árdenme el sol con sus emblemas, con sus harapos deslumbrantes, con un caldero de ácidos raspando mis fisuras, con la resurrección de los rostros amados. Corro en la espesura de un bosque envuelto en vendas. Toda resurrección es la revelación de una verdad que ha empezado a herirnos, aun con las palabras arrancadas al sacrificio.

Tejías en los huecos del panal un amordazado enjambre de sobrevivientes, hecho al tamaño de una alcancía labrada con la carne del éxtasis. Son tuyos esos retazos, esta fauna enardecida por tu origen. ¿O acaso no estrujabas entre los dientes el diminuto sarcófago de la amargura? Pudiera ser el amor el reverso del crimen en la medida exacta entre martirio y lujuria.

Hay trece maneras de mirar un mirlo, cantó Wallace Stevens. A la aurora, las criaturas husmean despojos como si presintieran cuán mísero es el mundo. Después del mundo, sobrevive la ficción. En este martilleo no cruje la memoria.

Me mudo de rey a tribunal con el tacto oscilante de todos bajo el huracán de la desobediencia, pero debo avanzar —aunque ciego, aunque áspero— por estos intersticios de arena. ¿Por qué vivir un reguero de destinos guardado como un soplo sellándose en mi lengua? Es la corona que te fue prometida, atada a esta voz de grandes truenos con las alas de la permanencia.

Palabras en la tierra: piedras filosas arrojadas al teatro hormigueante construido sobre el viento.

No se desprenden las membranas del hielo viscoso de tu cráneo. Deseo de desgarrar esa cabeza, de incrustar en los lindes en guardia mi lástima y mi grito.

A veces pienso en el hambre de luz entrando por tu cuerpo. Le hablo a seres que no pueden escuchar. Les muestro el relámpago que confirma el temblor y la caída. Se alejan antes del sol, así como reyes de su escarcha. Continuamente, me deformo o me desprendo a través del prisma de los renunciamientos.

¿Y cuál será la tierra natal que me acompañe o me despoje cuando se nuble el iris de mi llaga? ¿Y sobrevive siempre la llaga en el costado?

Tal vez no preserve estas migajas, esta pelambre de repente abierta a la emboscada, a la boca perversa en cacería. Tal vez, la distancia. Tal vez, la nitidez. Tal vez, los frutos tumbados al sol.

He visitado un cangrejal de muñecas en un foso abierto a las enredaderas del diluvio. Sumergen los mapas que atravesaron el fuego resinoso del sudario. Desoladamente, desoladamente, Alcanzando el odio de unas manos, me perdí en la alegría.

Desperdicios de respuestas mutilan el aclarado resplandor de la leyenda. Me atavían para el vuelo, me hilvanan el obstinado enigma soplando en los subsuelos. ¿Cómo desprenderás el oro indecible de estas telarañas negadas al grito, a la humillación?

Voy a revelarte la puerta. El hombre amortaja la luz de su destierro.

¿En que choza de alambres das muerte al instante ? Sí, es la parodia de aquella mansión donde comes el sueño peligroso y lo vomitas, donde resplandece el augur de los desprecios y oyes la voz donde temes al miedo, y juntas las migas del seco abismo revolcado en sangre.

La noche traga su luz ciega. —¿Adónde el descenso de la cruz garabateada en mi espalda?—.

Con mi valija de sombras, reclamo el trono arrancado al viento de las islas. Ya es hora de escupir el paraíso vampiro en la morada de los dóciles.

Hasta entonces se apresuran las cortezas de una piel en suspenso, te embriagan las arrugas. Esta jaula que eres alardea en su carruaje. Tan sólo de unos pliegues respiras el espumoso vino de tus muertes.

Demasiado cerca el rocío de fulmínea eternidad para huir de esta casa. Debajo de cada piel, están la profecía de Jesús y el asco de los siervos.


París, fines de septiembre de 2003

(Este texto pertenece al libro La Noche Desnuda de Rostro ciego).

 



ASÍ, UN RESPLANDOR DE JARDINES


En la vasta concavidad de la noche cimeria.
Marcel Schwob, Vies Imaginaires

 

   
    Llegando estoy a ese abismo, tu abismo inútil en el día inútil de las cosas fugaces. ¡Di tanto de mí mismo hasta quebrarme en escamas naufragadas de una antigua tapicería!



    También el sol conspiraba. Irrasilú, el viejo, antiguo servidor de este rey, marca el eclipse.


    ¿Qué himno no contempla la sangre de tu devoción? ¿Qué néctar no te envenena? Hiciste el árbol de estiércol muy antiguo, Ascepias Acida.



    Ahora explicas las piedras de la orilla y la expansión del diluvio.


    La geología de azar va deformando la aurora. No está. Ya se cierra, inexplicable. Se desfigura, insoluble. Hay una plenitud paciente de la raíz, de la zozobra, del vigía con su antorcha insomne velando los retazos de la fiesta.



    La raza de nocturnos viajeros vaga por el mar desmedido. ¿Y por qué debe doler el viento contra el muro de las catedrales?



    Y hubo noche y hubo mañana y áspero principio envuelto en nubes.



    Porque es el éxtasis, porque fuimos borrados por el viento, porque asistimos a la clara anunciación del manantial. Porque en los jardines de Azof viste la representación sonámbula del monstruo.



   
Tanta luz atizando un mínimo ritual. Se sienta sobre su féretro y lo muerde, lo está mordiendo.


Villa Santa Lucía de Syracusa, enero de 2004.
(Este texto pertenece al libro La Noche Desnuda de Rostro Ciego).


 

           
ESPACIO Y... lugar cultural

 

invita a la lectura

de textos con diálogo abierto de
Manuel Lozano:
 

La poesía como cena de máscaras: Tatuaje en fuga de los cuerpos.

martes 9 de marzo – 19:30 hs

ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

 

Laprida 1963 – PB ”B” (Buenos Aires) - tel/fax 4803-9764
 


 


Manuel Lozano en Villa Borghese, de Roma (1999)

©2004 Todos los derechos reservados

        

 

 

 

 


Literatura | Artículos | Imagen | Página principal
Revista Almiar - Margen Cero™  (2004-2005) - Aviso legal