PUENTE DE CULTURAS
Madrid / Buenos Aires

 



VOZ QUE DECÍA

por
 MANUEL LOZANO
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   Para Abel de Elizalde

 

 Voz que decía: Da voces. Y yo respondí:
¿Qué tengo que decir a voces? Que toda carne es
hierba, y toda su gloria como flor de campo.
                                                                
                                                                  
Isaías 40, 6


 


Un túnel de escarchas te señala el despojo, la luz de los suburbios.
¿Ahora te acuestas sobre la sangre que flota en cada Paraíso?
Pon en tu boca la leche del dolor.
Vístete. Ahógate.



 



Estás solo y se derrumba la casa:
¡Maravillosa la memoria que maldice con su hierro!
En la batalla está tu enigma,
los cascotes de perplejidad escarbando desde el sol,
las crueles incursiones del peregrino tenaz
en la cabeza de tus padres.
Así la mansedumbre se corona
en los límites de la ortiga y del cuervo.
La súplica muestra la sed.
Los higos del abismo alimentan otras bocas.
De un golpe seco te despeñarías, río abajo,
hacia el país del nombrador de prodigios,
pero las semillas guardan en celo
las señales de amargura entre las llagas.



 

 

Arcano.
Por la continuación secreta de los mismos combates,
habría yo de erigir un Reino
sobre un bosque clavado en la memoria.
Voz que decía hasta el destierro:
hasta el relámpago.
¡Entonces llega el insomnio!
La plegaria está en el mundo y te dibuja.

 

 

 

Mirante de musgo en los palacios,
en casa de vecino,
en zaguanes borrados por las telarañas
de un Cristo desnudo,
en tristezas que paralizan como el féretro de un mono,
en antiguas tapicerías.
Esta prisión vuela por la tempestad.
Hay una fiesta adentro.

 

 

Los que regresan, se arrodillan.
Las supliciantes buscan pequeños utensilios
hundiendo ya sus cabezas en el espejo ajado
que nos trae el futuro.
-¿Acaso hablas de la lluvia
con la lluvia tatuada en las espaldas?
Dirás las dinastías
y las antorchas subiendo por la música
y también los niños que fuiste y serás.

 


 



Yo oigo el cálido temblor.
Hubiera sido el filamento alevoso
para contemplar ayeres desde una cerradura
acaso sin nacer, sin ser alguien aún.
Pero encontré en este fuego
la palabra que mata.



¿Adónde iban las comadres del corazón?
¿Por qué otra conseja hilándose en el mármol?
Cipresales arrojan el sueño prometido
(un sueño fastuoso en que embalsaman tu hambre)
porque ya resplandeces.
¿Estaba en mí como agua de sol
acribillando la lujuria de la tierra más sola?
El manantial se quiebra en su remanso.

 


Resplandor de anémonas bienaventuradas
en la sublevación del pantano.
¿A qué llorar y jugar y despertarse?
Llorar.
Jugar.
Despertarse envuelto en trapos nocturnos
hasta crujir en cacería.
 


¿Por qué no extingues el dolor
con tu piedad delirante, con ese barro inhabitado
huyendo junto al néctar del grito?
Porque eres Barro, aunque Blanca te llamen.

 

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Edimburgh, septiembre de 2004
(Estos poemas pertenecen al libro La Rueca Dorada.
© DERECHOS RESERVADOS)
 

 


 

 ÁRBOL DE FUEGO
 

…vendrá cuando menos se espera,

como ladrón en                                                      

                                                            la noche…                                   

                                                                 2 Pedro, 3:10               

 

No me pregunten por las falsas bendiciones, por los falsos frutos colocados en el lugar del trono. ¿Qué le he debido al mundo, mundo? ¿Adónde el cántico de las crueles rotaciones, olvidadas en un soplo? ¿He sido el fiel sirviente hasta vaciarme los huesos? ¿Fui Astarot fornicaria de soles, o un hijo de Baal lanzado al fuego? ¿Azrael, sacratísimo en espejos que no mienten? Estos días son carcoma y legión para tus ojos. Corren por mi sangre entregada la forma del brujo numinoso que transforma y escribe en las cortezas.

¿Qué restos del pavor suben entonces a esta tierra? Eran matados con lumbre de espadas invisibles. Pertenecían a la raza de los lamentadores, de los que se revuelcan en la harina final de la amargura. Por ellos, lloré mi desposeída carne hasta arder en hilachas. ¡Siglos, intersticios, diminuto lagar, apenas un murmullo cautivo! Ya no hay tráfico de sombras en la herida de los vivientes. Ahora subo a las riberas de la multiplicación y del salto.

Mi música profetiza y se abre como un helecho a la lluvia.


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Edimburgh, 18 de agosto de 2004
(Del libro La noche desnuda de rostro ciego
© DERECHOS RESERVADOS)

 


Niño y esfinge
FOTOGRAFÍA DE MANUEL LOZANO, TOMADA EN SEGOVIA (ESPAÑA) ©

 

        

 

 


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