PUENTE DE CULTURAS
Madrid / Buenos Aires

 



LA CANÍBAL DETRÁS DE LAS MURALLAS:
ASCENSO Y CATÁBASIS

por
 MANUEL LOZANO
 



 ... por un conocimiento admirable que yo no sabré decir...

Santa Teresa,
Moradas del Castillo Interior
 


 

¿Cómo entra en la fiesta la caníbal? ¿Cómo entra en el festín esta caníbal? ¿A través de qué pliegues, de qué puertas, de qué último intersticio?

Como en un Canto de Alabanza, ubicuo pero a la vez insondable en el tiempo, la caníbal se regocija tanto de sus fastos como de sus desechos. Alrededor y por dentro, mastica hasta deglutirse desde la piel a sus vísceras. Con cada fragmento de sí —con cada sorbo de su extrañamiento— preparará una fiesta. Con los desechos y con el esplendor, se tatúa. «...Solamente que no comas su sangre; sobre la tierra la derramarás como agua», leemos en Deuteronomio 15, 23.
 

LLEGADA DE LOS INVITADOS

Y hace ya tiempo, demasiado tiempo que me escapé de la mano que trazaba mi fidelidad a un camino —que creía trazarlo—, y era ella misma un trazo terriblemente grave, asombroso, no menos lúcido que «las atroces divinidades de la tierra» de Gustav Meyrink, un rostro envejecido por el día o la visión del hielo sobre las aguas de Virginia Woolf.

¿Cómo escribe la poiésis su biografía ficcional de eterna desterrada (mascarilla de supliciante) en la cueva? ¿Qué ilusoria fatalidad la lleva a concebir este mundo? Cuando mi mano dibuja la letra está fundando un orbe: se recrea, sólo al principio, la irrevocable voluntad del «es», la primera pregunta sobre el deseo y su presencia. Después vendrán las aguas, mucho después.

El universo concentrado en el dibujo empieza por acecharnos: es decir el irisado desdoblamiento desde la materia a la materia, errátil, primordialmente ávido por autoconocerse, por desplegar su condición caníbal, hunde sus uñas en la creación del cuerpo.

... Desde la más antigua sumersión, me asombró el hambre de las palabras, esa hambre húmeda, tensionada, ligada a la omnipresencia de la ferocidad. ¿Pero qué idioma, Bizancio, me llevará a concebir la palabra inocente? (Diario, New York, mayo de 1994).           

Desde ese mismo instante inaugural, la ficcionalidad de las metamorfosis del mundo abrirá incontables caminos al simulacro de lo irreal. Los griegos hablaban de tháumata, los romanos de mirabilia. La escritura, entonces como largo laberinto de intensidades, muestra su corazón doble: tiempo y memoria en duelo circular, memoria y tiempo traicionándose insobornablemente hasta el error, hasta la apotesis del error: el crimen.

                   

                                   ¿Quién?
                                   ¿Quién el errante que salga de mí
                                   cayendo en los barrancos del mundo
                                   aún antes de haber llegado a su casa?
                                   La pérdida corona en el parque, la pérdida
                                   haciendo sombra a todo el abandono
                                   en los lagares de abandono antiquísimo

 

                                   son ahora guijarros de universo.

(de La temida verdad del hombre músico).*
 

En esta creciente sumatoria e implosión de cronologías, ¿quién puede establecer fronteras entre las máscaras del yo personal y las del universo, desdeñando de antemano para este último categorías axiológicas demasiado evidentes? Ni siquiera para el ojo avizor de Berkeley y sus núcleos de conciencia, satisfacen dichos límites. Cito al Borges de El Aleph: «...Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda la palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito sino explícito, y no de un modo progresivo sino inmediato (...) Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo universo.» 

 

                                      Óbolos, jardines, frontispicios,
                                      ángeles de yeso, teorías, planeta oscuro,
                                      cuerpos descompuestos, una flor en Birmania,
                                      la voz del criminal que inventa al hombre
                                      que ha de matar, el mismo dolor de la agonía,
                                      un lenguaje del porvenir prescindiendo de las
                                                                                             /letras,
                                     de los comunes lazos que unen la palabra
                                                                                            /y el objeto,
                                     del impreciso objeto.
                                     No hay ojos de dios en este vasto manicomio.

 

                                    Mi calavera y yo
                                    recorren los caminos del Gran Basural
                                    que es su memoria.

                                                           

                                                                     (de La sed multiplicada).*
 

El nombre, objeto por sí mismo, se dirige hacia lo que es pérdida: su fuerza consiste en su transcurrir, la acción sucede a pesar de las prohibiciones. Alegoría del viaje, milenaria conciencia de la inmolación de otro idioma. 

«Huida a lo traslúcido, a toda suciedad de simulacro, como a través  de las nervaduras de una gema distinta (siempre distinta), precipitada al infierno del iris. Nos han expulsado tantas veces del castillo, que nadie ya advierte nuestra huida, la furia del guardián, la nostalgia de las goteras en la celda, la lluvia enlodada contra los muros. Y vuelven la humedad, la sangre de la mano asesina, las piedras mojadas. Hay una careta china en el centro de una prisión altísima de ladrillos sin más presencia que la mía, sin más visitante que yo.» 

(Diario, Ronda, España, febrero de 1993). 

      

El intento de regresar a los cuerpos que hemos sido, de invocarlos según nuestras escasas reglas, plantea un irisado tour de force en  toda poiésis. No necesariamente como podría creerse, el intento remite a la niñez como paraíso perdido. Siguiendo el alto ejemplo de Eliot, o acaso, ¿por qué no?, de Lewis Carroll, sólo deberíamos concebir la poesía girando desde todas partes, suprimiendo la abstrusa linealidad, hoy en boga más que nunca en este comienzo de siglo. ¿Por qué, entonces, no elaborar una genealogía y una gramática del cuerpo acorde con esta concepción especular?

 

                              Alguna vez emergí de aquel jardín como de un mapa,
                              un mapa ciego roído por el humo
                              más exacto que yo (que la decorosa sombra que
                                                             /acompaña a la piel)
                              y la gota de lluvia manchando este desierto.
                              ¿A cuántos pregunté por la piedad,
                              con todas esas palabras como nervaduras filosas
                              codiciando del sueño su labor de asesino?
                              La invitación entró en la sala con su mueca de pavor,
                              golpeada y despedazada contra los acantilados.
                              ¿Era mi cuerpo el negro sirviente
                              que en el margen del río lacera su costado?
                              ¿Era mi cuerpo anterior a la palabra?
 

                                                                   (de La herida interminable).*

 
                              III

                              Sierva de los holocaustos,
                              anfitrión de todos los que pudren el alma,
                              a qué venís con el legado que encubre tu especie
                              y la derrumba.
 

                              IV 

                             Este es el Paraíso bajo las aguas,
                             Nicho de Dios.
 

                              XVI                                

                             Atravesando un país en que es preciso arder.
 

                            XVII 

                            Hiperión,
                            ¿no ves ya a tu padre con su gloria de luto?
                            He salido de nuevo.

 

                            XXIII 

                            Me ordenaron un destino: la desmedida muerte.
                            Pero al hijo —el inmortal— no podía alcanzarlo,
                            semejante precariedad ya no estaba en sus planes.
                            Descubrió que la madre y el padre eran uno.
 

 

                                (de Asesinato de Adán, principios de junio de 1993).*
 

La indeterminación de los límites del cuerpo y del mundo, asidos a un permanente trastrocamiento de valores donde lo fértil y lo débil, lo árido y lo acuoso, lo masculino y lo femenino, lo interno y lo externo, van desdibujándose, en ocasiones fulminándose, hasta constituirse en nuevos valores —nuevos cuerpos extraños—, bajo las aguas. ¿Cómo buscar precisión ante semejantes fantasmagorías? ¿Qué descripción de la realidad de un texto cuando ambos términos son puestos en dudas? ¿Certidumbre de la paradoja? ¿Infierno o paraíso de la paradoja?

Ahora recuerdo al «Solitario» de Valéry y su resistencia ante el mundo: «La realidad es absolutamente incomunicable». Aquella paradoja llega definitivamente al solipsismo en el ya citado Obispo de Cloyne cuando escribe, casi murmurando, pero por otro camino, «la existencia de Dios es más evidente que la del hombre», para seguir justificando su espléndida pero terrorífica doctrina.

Al negar la realidad, correlativamente desaparece la concepción occidental del yo individual o subjetivo —ese fetiche, esa superstición que trae aparejada la otra no menos irreal de «personalidad»—, reemplazándola por sucesivos estados de conciencia. De esta manera, y los mencionaré voluntariamente de manera desordenada, esta línea de pensamiento entraría en relación con el budismo zend, Hume, Berkeley, Shopenhauer, acaso parte de la obra de Flaubert, y los nuestros Macedonio Fernández, Borges y Silvina Ocampo. 

Leo el entorno, se diría cuidadosamente. Le Monde y El País abundan en crónicas de sectarios que secuestran a ciento siete niños en Estados Unidos, en «campesinos rurales analfabetos y primitivos» que intentan —pero no consiguen violar a dos adolescentes de Cantabria (...)

Siempre el fuego más oscuro me sedujo. Como la de aquellas que llevaban en su frente el nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS (Apocalipsis, 17:5). 

                                                         (Diario, Madrid,  Residencia de Estudiantes, 4-III-93).

  

          Llévame hasta el polvo
          donde las apariencias se pudren al sol de su congoja.
          ¿Hablas acaso de migajas para anhelar el plato?

          (...)

          ¿Qué tétrica misericordia en el cuerpo invadido?
          Pies hambrientos, criatura del sollozo,
          están vendiendo mi sangre en los mercados.
          Y me preguntan dónde quedo con el rostro de arcángel,
          a qué amparo convoco mi largo destierro por Sodoma.

 

                                                         (de De inaudita revelación).*

 

Desde los años treinta, en que la célebre Escuela de Viena estipuló que la filosofía era una especie de la literatura, hasta llegar a Ciorán («Hubiera querido sembrar la Duda hasta en las entrañas del globo, empapar con ella la materia, hacerla reinar donde el espíritu no penetró jamás, sacudir la quietud de las piedras, introducir en ellas la inseguridad y los defectos del corazón (...) Como los hombres incuban un secreto deseo de repudiarse, hubiera estimulado en todas partes la infidelidad a uno mismo, hundido a la inocencia en el estupor, multiplicado los traidores a sí mismos, impedido a las multitudes acurrucarse en el pudridero de sus certidumbres»), resulta imposible a estas alturas eludir hablar de la ficción del ser o, en todo caso, del «ser –vaciedad», como advirtió Nietzsche.

Esta parábola de ciegos planea, mucho menos como memoria histórica que como mutación incesante.

 
                      Rehén para hurtar al que no soy, no eres, no serás
                      debajo de mí.
                      ¿Qué jardín del exceso se acomoda en esta piel?
                      ¿Cuántos se pierden?

                       (...)

                      Más que un mundo de sobra,
                      esta Bizancio que se infama en lazareto
                      y blanca simiente esparcida
                      y mano con su arcilla quemando al moribundo,
                      ni siquiera es el débil, ojos agusanados.

                      (...)

                      ¿Adónde irán esas aguas, las células de mi brazo?
                      Un páramo no prodiga ebriedad o escalofrío.
                      Cubre otra almena la herida
                      de la piedra que fue carne y escándalo.
                      Siento a Bizancio altivamente
                      abriéndose a la gloria miserable de los hombres.
                      Sueño con Bizancio,
                      prolijo arrabal de un elegido.

 

(de Pavesas).*

 

Como los emblemas del espejo del arte de los hermetistas o el ligero pez nadando en medio de la luna, cada texto poético inicia un mito y, a la vez, una ucronía. Esta realidad circundante, espesa e inasible, da cuenta de su ausencia-presencia, ya que el poema es también un objeto, una «cosa» artificial alejada de ese mismo estadio real, de la vida. ¿Acaso no fue Oscar Wilde quien acusó a la realidad como perfecta imitadora de la vida, y al sol como envidioso del arte? Marianne Moore y Williams Carlos Williams, estoy seguro, confirmarían la sentencia, agregándole hermosos detalles. San Juan de la Cruz, retomado luego por Cernuda, halla la sintaxis precisa: «Si sólo un pensamiento vale el mundo». 

Siempre sospeché que ciertas mutaciones en literatura no gozan de plena juventud. Sus entrañas crepitan. Empédocles ya sentía ese desdoblamiento: «Yo también fui una vez un muchacho, una muchacha, un pájaro y un pez» (Diels y Krantz, 31 B 117).      

(Diario, París, primavera de 1994).

 

                       Apartamos la fogata de las ilusiones, ese rastro de ardor
                       cayendo a pedazos como el cuerpo de los viejos
                       en la antesala que ya sabes.

                       (...)

                       ¿Cómo repetir mi nombre sin llenarme de horror
                       en esos días?
                       ¿Cuándo acatar el viento que tiraniza los cadáveres?
                       ¿Cómo demorarme en la usura de dar un calco antiguo
                       del muerto futuro?
                       Exploro un tiempo del hambre (...)

 
(de Llegada de los invitados).*

  

II.  SOBRE LA SUNTUOSIDAD DE LOS FESTINES

 

Desde los desdibujados relatos orales de los confabulatores nocturni, atravesando los manuscritos del ignoto escriba de Asurbanipal que, con los siglos, se llamaron Gilgamesh, hasta las narraciones bíblicas, sin obviar las mitologías americanas, el agua, la madre-agua, la todopoderosa agua, nunca faltó a la cita. Tampoco en la literatura argentina donde, ligeramente, podríamos recordar algunos títulos memorables como La inundación, de Martínez Estrada, o Ni siquiera el diluvio, de González Lanuza.

Pero aquí no vindicaré de modo alguno esas mitologías o ficciones. Trataré de involucrarme en algunos sistemas de correspondencias y de asimetrías. Como concierne a los espacios sublunares de los pitagóricos, nada en el mundo de la poesía se repetirá, alguna vez, exactamente, término a término. ¿Qué elemento más lejano a la apariencia de lo inmutable que el último día de un imperio, que sus últimos gritos, que la última cópula, que el último trino del último de sus ruiseñores, que la última hoja caída del último roble?

La caníbal incita desde el ámbito poético a una genealogía verosímil (y no por ello menos fantástica): la de corroborar las mutaciones de un emblema, la vigencia de su degradación, el olor siempre final que implica su muerte, la transparencia final de su renacimiento. ¿Acaso la Caníbal no es Bizancio, no es (será) también Jerusalem, Nínive, Tebas, Roma, o una Nueva York de despojos? No quiero agregar nimiedades que linden en clasificación. Esta Bizancio se condensa y expande cada vez.
 

                          Abajo, no hay juegos malabares para amputar el miedo
                          en esa fábrica de muerte.
                          Al cuerpo lo separan, lo derriten sobre una mesa tibia: 

                         

                          el niño alcanza así el roce helado entre los huesos,
                          su única reliquia.
                          Reflujos de marea celeste en el baldío de las pieles
                          ya no pueden curar todo el cáncer de mi cuerpo,
                          mientras los otros juegan a nunca más sufrir, a no
                                                                   /derramar el incienso
                          como el pan de los ángeles.
                          ¡Qué vaciedad de mundo, tremenda vaciedad de
                                                                  /marmitas,
                          para calmar el hambre de tus desaparecidos!
                          Como las uñas crece el hedor.
                          Como el cabello encarnado de los muertos
                          crece el hedor en llamaradas (...)

 

(de El escrutador del secreto).*

  

                       Desde aquí diviso el atardecer de la especie.
                       Fue en la mañana primera cuando las ubres de las vacas
                                                               /explotaron,
                       cuando la hermana azul vomitó sus tripas en un largo
                                                              /murmullo incandescente,
                       cuando rebrota en ti el rechazo de toda permanencia.

 

                       —¿Es así como nace el infierno?— me dije. 

 

(de Hagiwara).*
 

                       Excavo,
                       excavo en sus arterias turgentes para encontrar la piedra.
                       Era la que debía abolir la existencia de aquel cielo,
                       todo rincón miserable de la invertebrada figura.
                       Son bramidos los que llegan de tu lecho, pigmentos
                                                                      /fugaces
                       levantando a los infieles, celebrando en negra cacería
                                                                     /su bautismo.
                      Pero no los señales en un gesto ulterior, no los delates.
                      Despojándome de mí, de ese dios recortado en trozos de
                                                                    /injuria
                      y de esta raza en peligro de muerte
                      hiede la carne sobre el cielo.
                      ¿Yo mismo?
                      Es tiempo de huir por los recodos.
                      Ruego al que no sabe por los vivos y los muertos.

 

(de Cúbreme la cara con orquídeas, a Billie Holiday, diciembre de 1994).* 

 

En «Bizancio» acaso ya han muerto todos, y los vivientes no son sino deambulantes fantasmagorías de una estirpe por cierto irrecuperable. Todos ellos, sometidos a la hipnosis colectiva habrían olvidado por completo su origen, extraviados en la intensa luminosidad «de una oscuridad insensata». Una voz delatora, testigo de las ruinas, advierte desde el desasosiego en el poema «Las generaciones»:
                    

                                     Los que amaba están muertos,
                                     desgastan ataúdes cenicientos allí mismo
                                     donde no llegan el sol ni la lluvia incompleta
                                     ni el granizo pertinaz de los castigos.
                                     Han muerto todos.

 

 

                                     Ahora los sabes y escarbas
                                     contra el tenebroso inventario de harapos.
                                     ¿Por qué esta luminosa maldición
                                     para quien lee nuevamente con los ojos
                                                                                     /crispados:
                                     «Echa tu pan sobre las aguas;
                                     porque después de muchos días lo hallarás?»
                                     El vendedor de langostas pinta un paraíso
                                     para la usura de un futuro inerme,
                                     para los hijos y los hijos de sus hijos,
                                     esas crías que no verá crecer
                                     porque la vejez ya se instaló en su trono.

 

(18-VII-96).*

 

Visibles hasta la exasperación en la piel en fuga de la poesía, los rasgos indubitablemente informativos se sumergen. No apela a objetos vicarios, sacralizados por las efemérides patrias o por algún grupo desusado. Hay, sí, reliquias de otro costal o circunstancias erizadas: el cuerpo, un férvido revés de espejo griego, el triunfante gusanal de toda vida, el esplendente instante en que Nathaniel Hawthorne descubre en Milford su ciudad natal, la cara que anduvo buscando, acaso como todos los hombres el preludio del fracaso. También un usurero. O no. También un suicida. O no.
 

                    La plegaria y el ultraje exuberan
                    todo cuanto aquello que temblaba en tu voz
                    como un ángel deslumbrado.
                    Pero has comido en los despojos ¿de quién?
                    mirando el vuelo obediente de una mariposa.
                    Su divina majestad se abraza con su ídolo.

 

                    Todas las palabras humanas son inmundas.
 

(de Y sin embargo, el desconsuelo).*

  

Ahora sé que el agua arde y vuela: conozco su reverso, la crepitación diurna y nocturna de los dioses elementales. ¿Por qué no debe ser el centro de mi broma, como el fuego en el poema de Stephen Spender? Bizancio no es una cronología, pero incluye una vasta cronología. No es un mito, pero incluye mitologías verdaderas y apócrifas. ¿Pero de nuevo lo verdadero? ¿Adónde? ¿Cuándo?
 

(Diario, Cartagena de Indias, febrero de 1994).

 

La Caníbal plantea la existencia de un cosmos de posibilidades fantásticas, asida —¿por qué no?— a la narrativa y eventualmente a la ensayística. Por lo general, el género fantástico era privativo del cuento o la novela. ¿Pero por qué no leer a Petronio y a Villiers de L´isle Adam, a Wells y Juan Rodolfo Wilcock definitivamente como poetas?

Aniquilada hasta el infinito, La Caníbal se hermosea sobre la suntuosidad de los festines.

 

                                  Desandaré el camino

   

                               la noche
                               en que ha subido a la palabra
                               la más rota palabra.
                              ¿Y adónde este llanto?
                              ¿No hablábamos de anunciación?

  

(Poema, Madrid, abril de 1993).* 

 

III. HISTORIA DE LA PIEL Y ESPLENDOR DE LA LLEGADA.

 

La busca del deseo en el cuerpo del poema (su escritura y sus lecturas sucesivas como variantes limitadas de la cópula), son busca de la presencia de un vértigo que resuma el estallido y la implosión. La Caníbal se metamorfosea en una cartografía de la desmesura, una migración hacia un laberinto de puertas, pero de puertas que ya nadie podrá cerrar, como en el libro de Apocalipsis. El Tao nos habla, a su vez, de una «puerta de toda maravilla». La Caníbal es andrógina, al fin una hijastra de DIOS/MADRE/DIOS/PADRE: su Alfa y Omega se reducen ad infinitum.

La prerrafaelita Edith Sitwell (si me permiten el desaforado pero certero epíteto) escribía: «No miró hacia nosotros./ Dijo: ‘Lo que fue derramado aún se agita como el diluvio.’/ Mas el Oro será la sangre del mundo./ El oro en bruto condenado a la esencia primaria/tiene la textura, la tibieza,/ el color de la sangre».

 

              El vestíbulo es extenso y jamás nadie debió medir sus pilares.
              Bienaventurado el que cegó sus ojos para no verlo nunca
              uno o multiplicándose, intransferible y propicio.
              (...)
              Todavía aúlla el recién nacido.
              Alrededor de su piel sueña un fruto febril, inmune
              a la legión de maldiciones incrustadas en la boca.
             ¿Quién dijo que vendría a robar al dador de prodigios?
             (...)

 

            ¿Adónde el resplandor siquiera detenido en los cráteres
                                                                        /de hielo?

            El inmolado canta desnudo:
            sabe que es invisible y que una puerta lustral cerca
            su tiempo.
           La avara cizaña crece. Es la víspera.

  

(de Nadie cerrará esta puerta, diciembre de 1995).*

 

         (...)
         Han excavado de repente en el dolor y no es posible,
         la semilla ha crecido hasta la tarde
         de cuanto era en el mundo.
         ¿Con qué fulgurante esplendor fue abierta la entrada
         al templo cuyo pórtico entreviste?

 

(de Todo animal nocturno, New York, mayo de 1995).*
 

En este acto de fe que es la literatura o el hecho creativo en sí, para ser más genéricos; en este reflejo de perplejidades, en este recinto de raras sincronías, la piel y sus memorias se sustentan sin soportes. La piel de los «débiles autómatas» (Voltaire dixit) redescubre en cada caída un no previsto esplendor. No hay dos cuerpos idénticos, a pesar de Pitágoras y la metempsícosis. Sabemos que ningún otro Marcel Schwob escribirá «Le livre de Monelle» y que, milagrosamente, existe aún el Quijote, y seguirá existiendo para el porvenir.

Ahora comprendo que la Caníbal es mucho más que una invención fortuita, limada con los años, la piel y otros hermosos detalles, más que el murmullo, más que el trillado silencio, más que el grito lustral de recién nacido.  La poesía puede ser la unión de muchas almas en el largo palimpsesto del mundo, la certidumbre de una gran alma que nos está cubriendo a todos. Hoy se me presenta como aquel rostro de la Isis de Shopenhauer, labrado en piedra perdurable, ese rostro que es, al mismo tiempo, el de la Diosa Blanca y el de una joven madre de Cristo. La inscripción nos advierte (como línea de un canto celebratorio que es necesario continuar): «Soy lo que fue, lo que es, y lo que será; pero nadie aún ha levantado mi velo».

___________________________
Buenos Aires, mayo de 2005

(Este texto fue leído en la presentación, en Argentina, de la Antología Nueva Poesía Hispanoamericana –Editorial Lord Byron, Lima, 2004-2005, de la que el autor forma parte.
Los * señalan poemas del libro Bizancio bajo las aguas, de Manuel Lozano.)

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