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Archivo olvidado
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José Fernández del Vallado
La tarde en que descubrí que de
nuevo había perdido el archivo un escalofrío me recorrió el espinazo. Era un
documento ligero, de sólo 27,5 Kb., lo malo es que dentro de él se condensaban
algunos de mis mejores recuerdos, y un hombre no puede vivir sólo de malos
recuerdos.
Sudando
alterado, pulsé en inicio, abrí el apartado buscar y como no recordaba el
título, puse la palabra: recuerdos. El buscador detectó doscientos cinco
archivos con esa palabra, así descubrí que en mi archivo no constaba ese
vocablo.
Abrí la
carpeta «Mis Documentos» y comencé a repasar los archivos. Encontré miradas de
odio, tardes borrascosas, crímenes nefastos, violaciones en pasadizos horribles,
bestias salvajes, junglas asfixiantes, me traicionaron siete veces, las mismas
me intentaron asesinar, estuve en las orillas de un lago en el periodo jurásico
donde un peterosaurio, por fortuna de varios centímetros, me mordió en una mano;
recorrí las fronteras del antiguo Egipto de Ramsés II perseguido por tropas
Hititas; bordeé en tren las escarpadas gargantas de Etiopía y al bajarme unos
mafiosos me dieron una paliza a las puertas de la sucursal de un banco donde
participé en un atraco y me acosté con ¿Lidia Tauromakis? ¡Un momento! Aquel era
un recuerdo agradable, ¿qué hacía dentro de un archivo de...? Un edificio se
derrumbó sobre mí, estaba atrapado bajo cuatro plantas de escombros. Me puse a
excavar con las manos y tosiendo logré salir a un desierto, junto a un blindado
británico, sentí una sed insoportable me subí a un taburete ¿era tan enano? y
comencé a follarme a una bella prostituta, bajé del taburete no... ascendí
cuatro mil ciento cincuenta escalones hasta llegar, agotado, a un templo
animista, donde preocupado por mi estado físico y mental, un monje me procuró
una mascarilla para no tragarme a las moscas y asesinarlas, también me encomendó
que mirara bien dónde ponía los pies.
Bajaba de
nuevo las escaleras cuando me di cuenta. El paisaje que se abría bajo mí era,
además de agradable, sugestivo. Delante de mí estaba el mar haciendo juego con
la tierra. El azul intenso y el marrón claro deseando fundirse, separados por
una barra de arena. Abajo había una playa, cuando la alcancé la arena abrasaba.
Para caminar sobre ella era preciso ir en todo momento de puntillas. Peor fue
comprobar que apenas había una sombra donde guarecerse, pues los raquíticos
árboles que resistían a la sequía, ni siquiera ofrecían espacio. Entonces fui
consciente, mi cuerpo se había introducido en un relato.
Allí conocí
a Tomás, Anieska, Claudia, Carlos y Silvia, todos más jóvenes que yo, pero
también de mi edad, puesto que el tiempo no tenía lugar en Mis Documentos.
Me
brindaron un espacio en su sombra, donde me guarecí.
Hacia las
siete de la tarde el sol empezó a ocultarse detrás de los farallones de la
ensenada donde nos encontrábamos. Los colores se suavizaron y la fortaleza
cruel, casi radiactiva, de los rayos del sol que hasta ese momento venían
lacerando mi piel, se aplacó, dejando tras de sí un manto de relajante
tranquilidad. Tomás dejó de murmurar palabras, e incorporándose se arrojó al
agua sonriente; Anieska corrió tras él; Claudia se cruzó de brazos, exhaló un
profundo suspiro de alivio y las comisuras de sus labios se tornaron risueñas.
Carlos profirió un aullido de felicidad y también se metió en el agua.
Únicamente Silvia permaneció con las piernas cruzadas sobre la arena, en la
misma posición en la que había estado durante las dos últimas horas, y yo
contemplándola, tratando de imaginar en qué estaría pensando o cuál sería la
amargura que podía traslucir bajo sus finos labios. Ella había estado antes allí
y conocía mejor que nadie el lugar y sus secretos. ¿Quizá debajo de cada concha
se escondiera un Archivo perdido? O a lo mejor parte de él estaba ya dentro de
mí, constituyendo mi cuerpo.
Todos
cayeron pronto rendidos. Sólo yo permanecí intranquilo, revolviéndome en la
arena de la playa, mientras escuchaba, difuso, el grito de la lechuza. Hasta que
de pronto una voz, la voz de Silvia, me incitó a que la acompañara.
Sentí unos
brazos acariciarme y la verdad, no hice nada por impedirlo. Sentí unos labios
que me besaban; eran dulces. Luego me levanté y con remordimientos de
conciencia, le pregunté.
—¿No estás
comprometida con Tomás? —y ella, mirándome con ojos suplicantes, me contestó.
—Sí, pero
tú me gustas más...
—¿Por qué?
—No eres
tan niño, y resultas interesante y atractivo, así recién salido... ¿o recién
entrado?
Me
pregunté: ¿Sabría Silvia que yo era su creador? Imposible. Ella era una
soñadora. Si le contaba la verdad, la destruiría.
Anduve
durante un buen rato abrazado a ella. Hasta que dijo:
—¿Ves?
Estamos en una cala...
Y era
misteriosa, con unos guijarros que brotaban del suelo como copos de maíz y
reverberaban a la luz de la luna. Nos bañamos en sus aguas oscuras, y al
balancearnos, chispas luminosas brotaron de nuestros cuerpos y extremidades. Fue
fascinante. Luego volvimos rápido, tan rápido que el tiempo pareció no
transcurrir. Y cuando fuimos a despedirnos, sin dejar de mirarnos, nos detuvimos
uno enfrente del otro. A Silvia, la retraída y correcta Silvia, se la veía
perder la batalla por su dominio. En cuanto a mí, no me hallaba en mejor
situación. No hubo manera. Un insólito poder nos condujo a abrazarnos y nos
indujo a revolcarnos como lagartos sobre las dunas de arena. Nos besamos, nos
amamos, hasta quedar del todo vacíos.
Nunca lo
había hecho con uno de mis personajes y, para ser sincero, no estuvo mal...
A la mañana
siguiente desperté y estaba solo frente a las olas. ¿Dónde estaban los demás? No
me hice preguntas, era mi relato y conocía su desenlace. En cambio el Archivo
seguía siéndome esquivo y las demás personas, también. ¿Era un hombre solitario?
Apenado, decidí bañarme. Di un salto sobre unas olas y me encontré cayendo por
las cataratas Victoria, nadé y buceé defendiéndome como pude, medio asfixiado,
tragando borbotones de agua. El río llegó a un remanso y me depositó en una
ribera donde descansé tumbado boca arriba, gire despacio y muy cerca descubrí el
cocodrilo. Aterrado me incorporé, corrí hasta refugiarme bajo las ramas de un
gigantesco baobab, en su ancha y gruesa corteza había una grieta, entré. Dentro
encontré a una tribu Batusi. En silencio, sin dejar de tocarme en la cabeza con
curiosidad desde sus desarrolladas estaturas, me abrieron paso. En el centro
estaba la mesa con la lámpara el ordenador y una silla, me dejé caer sobre ella.
Fui a inicio: Buscar. Puse: Archivo olvidado. Y su nombre apareció con claridad
en mis recuerdos.
Se llamaba: «Búscame».
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