El viejo bailarín y sus zapatos negros

Relato por Johari Gautier Carmona



Apasionado como siempre, enamorado y fanático de las pistas de baile de la gran ciudad, el eterno bailarín calzó sus zapatos negros y flamantes de estilo cubano con las ganas de demostrar, una vez por todas, que era el mejor de la provincia, de la autonomía y del país entero. Su orgullo de bailarín indómito, de agitador y seductor imparable, siempre se había erguido sobre las pistas como un monumento macizo, como la fuerza de un geiser irreprimible, y con el afán de afirmar que su apodo, Jorge el Saltarín, no era una mera casualidad, se preparó esmeradamente, se perfumó con esa sutil coquetería, se retocó lo poco de pelo que le quedaba sobre ese cráneo brillante y blanco, y salió a la calle en dirección de la discoteca Habana Barcelona, motivado y firme. Seguía siendo el mejor bailarín de pasodoble, rumba catalana, mambo, samba, salsa y cha-cha-chá de todos los tiempos. Sí, de eso él no dudaba.

Pese a su edad avanzada y la irrupción de nuevos competidores presuntuosos en el escenario, los concursos que había ganado en distintos pueblitos de las afueras de Barcelona, los breves artículos publicados en los periódicos locales, sus intervenciones en algunas televisiones locales de baja audiencia y las recientes clases de baile que impartía en un garaje destartalado del barrio de Gracia, le permitían confiar y creer en su total dominación de las pistas de baile. Él seguía considerándose el auténtico rey del mambo como en los mejores años de su juventud, cuando salía a bailar a la terraza del Mas Guinardó, en lo alto de Barcelona, para exhibir sus zapatos flamantes y los pasos que había ensayado en su casa pocas horas antes, delante de un espejo polvoriento y plagado de manchas de humedad. Pese al tiempo transcurrido, a las indelebles marcas de la edad sobre su esqueleto y su rostro arrugado, el hombre seguía siempre recordando, recalcando y cantando su nombre con orgullo: —¡Yo soy Jorge el Saltarín! —como si tratara de compararse con Fred Astaire, Joaquín Cortés, Michael Jackson u otros grandes bailarines del escenario mundial, como si intentara hacerse justicia e imponerse en los recuerdos de quienes le habían olvidado, ignorado y marginado en una soledad melancólica.

La realidad era dura puesto que, a los sesenta años y con una artrosis notable, el hombre tenía dificultades para mantener el equilibrio, saltar en reiteradas ocasiones y estirar las piernas con la misma elegancia que treinta años atrás. Sus pasos, aunque resueltos y enérgicos, eran temblorosos y nostálgicos de una época que había dejado muchos recuerdos, la mayoría buenos. Pero, más que todo, le devastaba una soledad desbordante y dolorosa, profunda y tenaz. Había llegado a esta edad sin la compañía de una pareja estable, sin una mujer comprensiva y afectuosa con quien compartir sus penas y alegrías. Su vida intensa de bailoteo, su popularidad local y su irreprimible orgullo le habían conducido a preferir la frivolidad de las salidas nocturnas, la vida solitaria y la coquetería antes del compromiso y del amor paciente y abnegado.

Realmente, sus zapatos negros y rutilantes eran su única pareja. Él los concebía como parte indisociable de su popularidad anticuada puesto que habían presenciado cada una de sus experiencias, cada baile de mambo, pasodoble, copla, rumba catalana, habanera y otros bailes latinos que llegaron con fuerza en la España de los años ochenta (cumbia, merengue y salsa). Es interesante recalcar que, pese a la fogosidad de sus movimientos, al ardor de su bamboleo incesante y sorprendente, esos zapatos seguían intactos. Jorge El Saltarín los cuidaba escrupulosamente, como si fueran una extensión de su propio cuerpo o como si se tratara de la novia estable y solícita que ahora ansiaba con melancolía. Siempre desdeñó la belleza de las más exuberantes y deseadas parejas de baile, las más hermosas y disputadas de la ciudad, como la bella Montserrat que movía los hombros de una forma siempre muy sugerente, la cubana Yolanda que agitaba las caderas con un movimiento redondo y armonioso, o la andaluza Mari-Carmen que alzaba los brazos con una elegancia abrumadora, para conformarse con la flexibilidad y la comodidad de sus zapatos de estilo cubano que bien podrían ser reemplazados por cualquier otro calzado porque no tenían nada de especial. Esas preferencias podrían ser discutidas por cualquiera, incluso por el propio bailarín, pero, en aquel entonces, Jorge El Saltarín pensaba que las mujeres y la popularidad abundarían eternamente mientras se mantuviera en medio de las pistas de baile sacando pecho y exhibiendo sus pasos repetidos en casa hasta la saciedad. Eso pensaba Jorge El Saltarín cuando la juventud y la energía que manaba de su cuerpo vigoroso hacían que sus pasos parecieran pinceladas artísticas, auténticos destellos de luz en la pista de baile y que su silueta se moviera con la fluidez y la elegancia de un caballo de pura raza en pleno concurso. Ahora, dudaba de sus elecciones. Dudaba del camino que había seguido aunque también se enorgullecía de sus logros y de su juventud. Esa juventud lejana y brumosa, magnificada con el paso de los años, la miraba con añoranza y se consolaba con la idea de que otras personas no habían experimentado nunca las mismas emociones ni tampoco la fama y la popularidad.

Lo que le condujo ese viernes por la noche a vestirse escrupulosamente, perfumarse como un quinceañero, abrazar sus zapatos negros con amor y demostrar que, aún siendo viejo, podía seducir al público más exigente, fueron unas palabras proferidas por una vecina al toparse con ella en la entrada de su piso. «Ya no eres el mismo de antes», le dijo la anciana con ese tono tan pícaro e insistente que terminó removiéndole las tripas y causarle náuseas. El triste eco de las palabras de la anciana resonó en las escaleras vacías durante horas y horas y obligaron el viejo bailarín a encerrarse en su cuarto repleto de recuerdos, de imágenes y trofeos, para luego gritar su cólera y su frustración. «¡Sigo siendo el mejor!», dijo el hombre con un puño cerrado en alto, deseoso de mostrar su máxima destreza en las pistas de baile y la perfecta pareja que formaba con esos zapatos negros. Por eso, salió a la calle en dirección de la discoteca Habana-Barcelona, motivado y firme, más apasionado y coqueto que nunca. Se subió en el primer taxi y, después de exponer al conductor el largo listado de sus triunfos con todo tipo de pormenores, entró en la discoteca decidido, como hacen los toreros al entrar en una plaza. Allí, altivo y presuntuoso, luciendo esos zapatos negros que le acompañaban a todas partes, se dirigió hacia la pista de baile para ocupar el espacio que consideraba suyo.

Fue sin contar con la presencia de una brasileña morena, de silueta hermosa y voluptuosa, escultural y fascinante, que bailaba al lado de un hombre relativamente alto y elástico y de otra mujer caribeña, posiblemente cubana. Todos formaban un grupito de bailarines resplandecientes, que atraía la mirada de todos los presentes, que encandilaba a los que pensaban bailar perfectamente, y el hombre, pese a la relativa inseguridad de sus pasos, pese al nerviosismo que le podía generar la cercanía de esos cuerpos tórridos y flexibles, lograba seguir el ritmo de la Orquesta Siboney que interpretaba temas clásicos cubanos. Con sus pasos, su cuerpo liberado de toda vergüenza y en medio de esas musas, transmitía una alegría inmensa y sincera. Parecía ser el incontestable rey del mambo de la pista.

Percatándose de ese protagonismo exagerado y envidiando ese momento de gloria, Jorge El Saltarín no supo refrenar unos humos de cólera y de orgullo. Se le entrecortó la respiración, le flaquearon las piernas y todo su cuerpo esbelto se crispó hasta transparentar unas venas enormes en su cuello. El bailarín estaba hecho una furia, hinchado como un gato ante un peligro inminente y, remangándose impulsivamente la camisa, se resolvió a demostrar a todos quién mandaba en el mundo del baile. Lo hizo olvidándose del tiempo que había pasado desde su época triunfal, olvidándose de su edad y del calentamiento necesario para su cuerpo envejecido. De quien no se olvidó fue de sus zapatos negros y abrillantados con esmero, esos zapatos que le habían acompañado a todas partes: «Necesito vuestra ayuda más que nunca», expresó con una mueca retadora antes de lanzarse a la pista con afán.

Es incontestable que las ganas de superarse jugaban a su favor, que la voluntad de marcar su territorio y las ansias de quedar en la memoria de todos como «El Perfecto Saltarín» le habían animado a lanzarse valerosamente en la pista de baile, pero, quizás también, todos estos factores obstaculizaron su avance y el logro de sus metas. En pleno esfuerzo para alcanzar la pista de baile, «Jorge El Saltarín» no dudó en abrirse un camino con gestos resueltos y exaltados, apartando a las parejas y a las mujeres solteras con la autoridad de un general en plena revisión de tropas. Al hombre no le tembló el pulso en ningún momento y, cuando hubo logrado acercarse a la brasileña, al hombre alto y a la otra bailarina cubana, se puso en acción.

El primer gesto fue un extravagante alzamiento de brazos que, sin duda, llamó la atención de los demás bailadores pero no tanto como el segundo gesto descontrolado e impulsivo, un movimiento fulgurante del tobillo, quizás un poco apresurado y seguramente demasiado impetuoso, que terminó con un horrible esguince, desequilibrante y desgarrador, y un dolor punzante. «Ahhhhhhhhh». Ése fue el bramido que soltó Jorge El Saltarín al sentir su tobillo doblarse como una cerilla partida con dos dedos, con un sonido hueco y vibrante que le hizo temblar al instante. El hombre se encogió de repente, basculó hacia un lado, se apoyó sobre el hombro de un hombre agresivo que a punto estuvo de propinarle un revés. Luego recibió la asistencia de una mujer simpática y generosa, una mujer extranjera, que vio en él un pobre anciano, sorprendido y disgustado por el alboroto de la pista, excedido por el ritmo y el ambiente. El hombre se dejó acompañar resignadamente hasta la barra, cabizbajo y caviloso, arrastrando cuidadosamente el pie lesionado y viendo en esa salida forzosa la peor humillación de su vida.

Sólo cuando llegó a la barra, después de que la mujer le dejara en su sitio, el hombre estalló en una rabieta convulsiva como si tratara de reafirmar el prestigio perdido después del inesperado accidente. «¡Suéltenme!», expresó él coléricamente para rechazar la ayuda de otras personas. «No me toquen». La rabia era enorme y descontrolada, casi destructora. Derrotado, el viejo bailarín miró hacia el escenario con unos ojos furiosos y pudo comprobar que el grupo de bailadores, la brasileña y sus dos acompañantes, seguían moviendo sus cuerpos, agitándolos apasionadamente al compás de un ritmo antillano frenético. Vio que, sin poner su empeño en ello, seguían atrayendo la atención de muchos presentes que les devoraban con ojos repletos de admiración. Buscó alguien con quien compartir su descontento, alguien a quien exponer su tremenda frustración y su fracaso, alguien a quien culpar o responsabilizar por el incidente, cualquier cosa que le permitiera desahogarse, pero no halló a nadie. Todas eran caras de curiosidad, conmiseradas y humilladoras, a las que no podía dirigirse. Por eso miró en dirección de sus zapatos negros —esos zapatos que le habían acompañado fielmente a todas partes, en las mejores galas, en los mayores concursos y discotecas de la ciudad, sin fallarle— y les soltó unas palabras que desvelaban todo su resentimiento, todo su desencanto y su malestar: «Cuando más os necesito, me abandonáis». Siguió contemplándolos durante un largo rato, con ira y desolación, pensando en qué hacer con ellos, olvidando que habían estado a su lado la mayor parte de su existencia, que habían presenciado los mejores momentos de una vida dedicada al baile, a las fiestas nocturnas, a los guateques, a las clases de baile.

En los ojos del viejo hombre, aparecieron unas lágrimas brillantes que nublaron su vista. Quiso borrarlas con un gesto rápido e impulsivo que no sirvió para evitar la subida de otra ola de lágrimas. Entonces viéndose invadido por la derrota y los malos pensamientos, por la sensación de haberse equivocado durante toda su vida, de haber sido ciego ante la valía de otros mejores bailarines, alzó un pie con furia y dio un golpe fuerte en el suelo para castigar a uno de sus zapatos negros. Fue un gesto impulsivo y mal calculado, un gesto arrebatado, lleno de impotencia, de resentimiento y frustración, que ejecutó para sancionar a esos zapatos obedientes y sacrificados. Un gesto infantil e inconsciente. El pie de su zapato chocó con dureza contra el suelo de la discoteca, con un ruido atronador que se impuso sobre la música de la Orquesta Siboney y llamó la atención de los circundantes. Y enseguida el viejo profirió un grito desgarrador, apabullante y seco: «Aaaahhhhhhhh». El dolor recorrió todo el cuerpo del viejo hombre que justo ahora, después de toda la frustración y las emociones de derrota, se daba cuenta que, sin quererlo, había golpeado el pie que tenía herido. Entonces, el dolor en su tobillo fue demasiado fuerte para aguantarlo. «Aayaahyyaahaayy», siguió gimiendo mientras que la gente a su alrededor le observaba con extrañeza, sin atreverse a aproximarse porque el hombre se había mostrado bastante huraño y tosco.

Un joven se atrevió a preguntarle si necesitaba ayuda, y esta vez, con un tono más cortés y comprensivo, Jorge El Saltarín respondió: «Gracias. Yo ya no estoy hecho pa´ esto...». El muchacho quiso discutir esa idea, esbozó una mueca de desaprobación, según él no existía una edad predeterminada para el baile, era algo que podía disfrutarse toda la vida, y Jorge El Saltarín entendió enseguida su error y rectificó con un aire de melancolía: «...Sólo quería decir que ya no puedo dar saltos como lo hacía hace veinte años. Eso es todo».

FIN


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Johari Gautier Carmona (1979), es un narrador español nacido en París (Francia). Actualmente reside en Barcelona, ciudad central dentro de su creación literaria, tras una estancia de varios años en Inglaterra. Ha publicado en 2009 su primera novela El Rey del mambo (Ed. Irreverentes) y en 2010 el libro Cuentos históricos del pueblo africano (Ed. Almuzara). Colabora asiduamente en distintos
medios de comunicación y ha sido galardonado con varios premios literarios.

Web del autor: http://joharigautier.blogspot.com

ILUSTRACIÓN RELATO: Disco Ball3, By Sarah from Brizzzzzle, UK (Disco ball in blue Uploaded by TheCuriousGnome)
[CC-BY-2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.



n.º 53 / julio-agosto de 2010