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Déjà vu
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Gustavo Marcelo Galliano
«¡Hola, hola… Buenas tardes!,
¡Vamos, vamos!…
¿Cómo está Usted
Señorita, se comportó bien Francisco hoy?…
Dale Frank,
apurate, vamos que se hace tarde para la práctica en la Escuela de Fútbol.
¡Hasta mañana
Señorita!… ¡Pero qué manera de haber gente amontonada esperando a los chicos!,
parece el ingreso a la cancha… ¡cuidado señora, que está pisando a mi hijo!… ¿Me
pareció a mí o ni me miró tu maestra?… ¡Claro!, en tremenda avalancha de gentío,
cómo me podría prestar atención… pero podría ser un poco más simpática, una
sonrisa a la semana no le produciría comezón… después dicen que hay seguridad a
la salida… ¡cuidado señor!…
Dale nene, no
ves que se hace tarde y tenemos que andar a las corridas. Sí, ya sé, seguro que
preferís ir en taxi… pero si sabes que no tengo ni una moneda… dale, camina,
camina más rápido… que se hace tarde… ¿cómo se llamaba tu maestra de primer
grado?… ¿Ludmila?… ¿Lucrecia?… tiene un par de ojos tremendos… ¡Hay si algún día
me mirara!, ja… aunque no sonría, ni me mire, ja…
Pero vamos,
vamos, camina un poquito más rápido que no te hace mal, dale. Y no me vengas
con que la mochila es pesada, porque te compré una bien livianita, eh… y de
buena marca, para que no hablen los demás. Vamos que el saber no ocupa lugar…
así que apurate… y no me digas que estás cansado porque tuvieron gimnasia en la
última hora… si no hacen nada… ustedes son bastante perezosos, y los
profesores la ganan bastante fácil…
Mira, cuando yo
era niño vivía en el campo. A una legua del pueblo. Me iba en bicicleta… ¿Cómo
que es una legua… ni eso te enseñaron? Son unos cinco kilómetros… bueno, te
decía que me iba en bicicleta a la escuela y ya llevaba la pelota de cuero en
una bolsita. A la salida del colegio, nos íbamos con todos los amigos a la
cancha del baldío de enfrente, y le dábamos hasta bien entrada la tardecita. Y
así como estaba, bien transpirado, me subía a la bicicleta y pedaleaba bien
fuerte la legua de regreso, que parecía más larga y empinada, para estar de
regreso para la hora de cena, compartiendo la mesa… ¡Sino mis viejos…!
Llegaba
destruido, con más tierra encima que el camino mismo… había cada guadal que las
ruedas se hundían como en la nieve… y masticaba tanto polvo que se me fueron
limando los dientes… entre el sudor y la tierra, llegaba todo embarrado, y
encima nada de haraganear, a ducharse rápido y con el agua helada, hasta en
pleno invierno, porque la garrafa de gas se reservaba para los abuelos primero y
los padres después. La excusa era que el agua fría te reactivaba la circulación…
ja… si yo tenía la circulación como una coctelera de tantas horas de fútbol y
bicicleta. Y cepillarse los dientes, y peinarse el cabello… esos remolinos
enredados y pinchudos, con pan de jabón blanco federal, me hacen recordar a
los tuyos…
Entre bocado y
bocado del puchero se me cerraban los ojos. No veía la hora de acostarme. Pero
aguantaba. Así se hacen los hombres, nada de andar quejándome… después de la
cena, la tarea. Y una vez en la cama… nada de dormir por un buen rato… primero
había que repasar mentalmente en la oscuridad todas las jugadas del partido de
esa tarde, para meter imaginariamente en el arco las que había pateado afuera…
para soñar despierto con los goles que haría el día siguiente… ¡Qué cansancio ni
ocho cuartos!… yo no protestaba nunca… jamás. ¡Y tampoco traía malas notas, eh!
Porque sino me castigaban y me dejaban sin la bicicleta y la pelota por un buen
tiempo… ¡y ambas eran sagradas!…
Y vos ahora te
cansas por caminar ligerito estas diez cuadras… anda… los chicos de hoy son
todos unos flojos… unos malcriados… ¿acaso no te das cuenta? El único padre que
va con su hijo, soy yo… los demás ni ahí… todos llegan con sus mamitas, sus
abuelas, o las «chicas que los cuidan»… ¡Por favor!… Vaya a saber qué resultarán
de grandes… por eso todo está como está en este mundo.
Seguro que los
padres se justifican, «no puedo ir, tengo que trabajar»… ¡sí, seguro!… Se quedan
en sus oficinas, o en el after office hablando de mujeres, de «minas»,
entre ellos… eso hacen…les parece que es rebajarse el acompañar al hijo a la
escuelita de fútbol… ¡Agrandados!… ¡Mediocres!… ¡Perdedores de billeteras
gruesas!
Entonces, el que
queda como un bestia soy yo, cuando me prendo al alambrado periférico y te grito
alguna indicación… y ni qué hablar cuando se me escapa algún insulto… las
mamitas me miran con repugnancia… como si yo fuera un degenerado… ¿Qué saben
ellas de fútbol, eh?… nada… ¿acaso yo me burlo al verlas lloriquear cuando
cuentan el final de sus novelitas por la televisión?… no… ¿y entonces qué se
tienen que meter conmigo?… si yo te traigo acá porque ya no hay potreros, las
plazas son baños para perros, y la pelota no pica, queda encastrada en la
porquería… entonces te tengo que traer acá… a correr en esta pista de cemento… y
encima los «profesores» que te «enseñan fútbol» no pisaron el césped nunca, no
tienen la menor idea… pero total qué importa… las «mamitas están contentas»…
trajeron a sus hijos a descargar tensiones, a descontracturarse, a desintoxicar
stress y volver más cool a la escuela el día siguiente.
¡Y vos me salís
con que estás cansado!… pero anda…
Eres el típico
producto de estos tiempos modernos, pura tecnología. Todos los chicos se pasan
horas y horas sentados como pavos reales frente al televisor. Si por lo menos
mirasen algún partido… pero no… los señores miran luchas de dinosaurios robots,
de mamarrachos con forma de escoba desflecada que lanzan «rayos láser»,
figuritas mal dibujadas por japoneses que hablan en inglés subtitulado en
español, héroes con trajecitos ajustados y de colores raros… ¡Por favor!… ¡Qué
fácil que ganan dinero algunos!… y a costa de petrificar cerebros pequeñitos.
Yo lo único que
miraba era al Patito Saturnino y al Lagarto Juancho… el Show de Carlitos Balá y
su perro invisible Angueto y las canciones de la divina Silvia Mores… yo estaba
enamorado de ella… ahhh… y sólo un ratito los sábados y domingos al mediodía… y
mira, me gusta el fútbol como a ninguno… en cambio ustedes los tecnocibernéticos
siempre tienen problemas… juegan pero no les gusta la pelota en absoluto… es un
compromiso para conformarnos a los adultos… después vuelven y se enfrascan en la
TV o en la Play Station.
Vamos… apurate,
dale…
Yo me desvivo
por vos. Te compro los botines ultra-livianos, esos de la propaganda, con la
«célula de aire para mayor comodidad y ajuste al pie, que perfecciona la
pegada»… y vos no corres ni dos metros… ¿sabes lo que me costaron?… de chico yo
tenía unos botines de cuero que parecían acero… ni lengüeta tenían. Si le
pegabas de lleno se te clavaban los cordones en el pie. Todavía tengo las
cicatrices. Mira con los zapatos viejos que ando yo todos los días… y vos ni
pedís la pelota… ¿no te das cuenta que tenés que patear al arco?… ¿para qué
entras a la cancha a jugar y después pedís ser arquero?… te juro que si vas al
arco otra vez, entro a la cancha y te saco de una oreja… ¡arquero!… anda…
Vos tenés que
ser centrodelantero… vos sos el «nueve», entendés… el «NUEVE»… y tenés que meter
bien duro…
Si hay un
corner, te paras al lado del arquero y lo molestas. Sos morrudo y grandote, él
no te puede mover. Y entonces lo anticipas y cabeceas al gol… y a festejar al
alambrado… ¡Pero cabecea nene!… me paso horas enseñándote en el patio con la
pulpito y cuando viene un corner en la práctica, vos te corres para afuera del
área… ¿te burlas de mí o le tenés miedo a la pelota?… decime, no agaches la
cabeza, decime…
Me pones loco, y
si te grito… las «minas» que me miran feo… bah… si por lo menos estuvieran
lindas… pero los maridos las mandan tranquilos porque saben que son bagre y
medio… sino, ya las iban a dejar venir… sí…
¿Vos sabías que
tu papi ha sido un tiburón implacable?… me he comido cada pececito que ni te
cuento y hasta… pero eso no importa ahora, no me cambies de tema… el tema pasa
por tu actitud … ¿no te enseñé a pegarle a la pelota?… la pierna de apoyo bien
cerquita de la bola y con la de impacto le das bien fuerte… los ojos en el arco…
bien abiertos y enfocados en el perímetro de gol… si podés le apuntas al
arquero, eso no falla, entra seguro… y shotea como te enseñé… le pegas abajo y
se clava arriba, le pegas bien al medio y la clavás abajo… fácil nene,
fácil…¿sí?… ¿entonces por qué cuernos no lo haces?… le pegas a la pelota como
pifiada de billar, con un miedo terrible… ¿miedo a qué?… ¿miedo a qué?… ¡eh!
Vamos, apúrate
que ya falta poco… dale…
Deja de quejarte
y obedece, vamos, yo soy tu padre. Yo ya fui chiquito y aprendí, entonces vos me
tenés que escuchar. Es para que no te golpees en la vida como me paso a mí.
Hacéme caso y listo. Aprende de mis errores, no de los tuyos. Ganá tiempo. Yo
hubiera sido un jugadorazo si no me agarraba esa neumonía… y después tuve que
laburar como un condenado para mantener a mi madre, que quedó viuda, la pobre. Y
encima, para empardarla más, me fui a casar jovencito con la Noemí… ¿Para qué?…
de puro calentón nomás… capaz que hoy estaría forrado en dinero y hasta te
podría traer en auto importado a la escuelita…
Aunque anda a
saber… capaz que si tenía «guita», me quedaba charlando como los maridos de las
«minas» estas, y vos ni aprendías fútbol… qué se yo… ¿Viste cómo me marca
siempre la madre del colorado amigo tuyo, o me parece a mí?... ¿nunca te
preguntó por mí… no?
¿Ves que no
tenés que ser un pobre tipo como yo?… Ni como esos vagos de porquería que andan
hoy por la calle… mira allá más adelante en la vereda, ves así vas a quedar si
no me prestas atención… vagos, drogones… Si algún día te veo con esos pelos y
esa mugre, no serás más mi hijo, ¡Palabra!
Vamos que
llegamos, dale, entra rapidito, entra, dale… vamos rapidito al vestuario que
tenés que cambiarte… ¡Dale Francisco!… no me hagas enojar… escucha… escucha… ya
se siente que los chicos están peloteando… y los bagres de las mamitas
parloteando… vamos nene, dale, dale…vamos que tenemos que ganar… no me hagas
quedar mal…».
«Rasta, ¿viste
al tipo ese?…
Pobre, venía
hablando sólo desde lejos el loco.
Primero pensé
que estaba hablando por el celular, de esos que vienen tipo «manos libres», ah.
Pero no, ni ahí… el tipo venía caminando y hablaba y hablaba solo. Hasta me miró
feo cuando se dio cuenta que yo lo miraba. Ahí, justo delante de la puerta de la
Escuelita de Fútbol.
Después entró.
Solo. Cada vez encuentro más gente que viene hablando sola… esta ciudad se está
llenando de enajenados, de loquitos, Rasta.
¿Por qué será…
el agua estará contaminada?… no sería raro, viste que todas las porquerías de
las fábricas las tiran al agua, para que se la lleve la corriente. Y los
desechos cloacales también. Ja, en el agua no se marcan las huellas. O en una
de esas es la tecnología.
¿Viste que dicen
que las antenas de los celulares te llenan de radiación?… dicen que eso te fríen
el cerebro…
¿Rasta?… ¿Rasta?…
¿dónde te metiste?… ¿No ves que me dejas hablando solo como un imbécil otra
vez?…
¡Rasta!… ¡Raaastaaaaaaaaaaaaaa!»
!!!!!!!!!!!!!!!!!».
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Gustavo
Marcelo Galliano Escritor,
poeta, docente universitario. Reside en Rosario, Santa Fe, República Argentina.
Se desempeña como Corresponsal Especial de la revista internacional de Arte y
Literatura Cañ@santa (Toronto, Canadá) y Columnista Literario de la columna de
Cultura y Arte en RMC (Florida, USA), Portal de Rossana Azuero. Asimismo; es
colaborador habitual en importantes publicaciones literarias de España, USA,
México, etc.
Integra la Red de Escritores en Español (REMES), Poetas de Mundo, y la Sociedad
de Escritores y Escritoras Argentinos (SEA).
Sus escritos han sido seleccionados y publicados en prestigiosas revistas y
antologías literarias internacionales, traduciéndose al inglés, italiano,
francés, búlgaro, rumano y portugués.
La cita (Ed. Aries, Bs. As., Argentina, 2008/9), su primer libro de
narrativa breve, ha obtenido excelentes críticas por parte de escritores como de
los lectores en general; mientras tanto, está trabajando en culminación de su
poemario Ocultos tras la bruma, y de su libro de narrativa breve Un
Dragón en el Acuario.
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