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Rastros sobre el agua (Poemario)


Rastros sobre el agua
Parra Virgen

No soy Eva, ni Beatriz

(Adán antes de ver la hoja de parra
o canto a la Ingenuidad)

Suerte de este amor bello que me permite contemplarte.
Suerte de este cuerpo de mujer que el azar genético conquistó para mi alma,
que me posibilitó engendrarte, construirte, albergarte en mi centro sin haber tenido que
introducirte en él./
Suerte de suertes irrazonables que irradian la belleza de lo extraído de la materia viva,/
palpitante,
llena de sanguínea flor de vida, inefable habilidad por la que los sentidos,
harto claros,
inteligentemente dúctiles, maleables, hacedores en mis tersas yemas
de preñez plenas, culminan su indestructible afán por poder aprehender la intangibilidad
de los azules conquistados con las hormonas por bandera./
Beso tus pies,
con suerte de que al hacerlo, beso los míos, como al independizarte de mi seno te acaricié con las livianas  manos de la libertad que para ti construí, yo, que sólo sé arquitrabar ideas./
Suerte de magia terrena hilada en el sentido de las verdades honestas con el ser y la materia viva plena de omnipotente energía, fuerza, arrojo, valentía, ingenuidad humanas y buenas./

Sin el perjuicio de las lenguas sin boca, yo puedo amarte,
adorar tu cuerpo,
beber de tu mente y hasta instruirte en el hambre.
Suerte mía. Suerte buena de ser tu madre.

Suerte de que todavía habitan entre nosotros, ángeles pre-claros,
seres que a fuer del ser, más que transparentes, crean la luz.
Y con ellos habita la herida en las opacas impertinencias de los ritmos simétricos,
las logo y loco-ritmias batidas a fuerza de esperpento humano que se autonombra,
doctores encauzados en la circunspecta utilidad de las etiquetas,
descorduras disfrazadas de monjes genuflexos y monjas desorientadas, desubicadas, perdidas del único

arrobo del ser de hembras,/
quimioterapia renacida desde sus propias células suicidas,
leyes circunscritas a su propia osadía, que ni osadía ni oleaje borrascoso,
sino tibieza de propio ser fútil y filamentoso, gusanos con estirpe de villanos.

Suerte que tú, Dante, alquimista de nuestra belleza cercana y plena,
pariste especie procreadora de adalides seráficos que con sus alas flameantes arrasan
la, parecía, inabarcable, inderrotable, intocable alambrada de espinos zarzales secos
que separaron al Paraíso del ser humano./
Y que hoy ya humea.
Huele a ceniza y polvorín mojado por las lluvias doradas, u orinas, de todos los seres claros.

Suerte de que el álbum secreto de la vida nos depare la espléndida visión de la cristalina sombra blanca.
Suerte que poesía y utopía caminen con los pies calzados con la imbatible consistencia de los lugares

creados  a fuer de amor, de luz,
maternal costumbre de la Ingenuidad,
siempre pretendidamente materia imperdible de mi ser de poeta.

Suerte, buena suerte la mía.


Ilustración: Fotografía por Sofía Serra ©

sserragiraldez[at]yahoo.es




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Reedición de la página de publicación original en octubre de 2017
Revista Almiar - ISSN 1695-4807 (2009)
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