PRESENTACIÓN

MIEMBROS

ACTIVIDADES

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RELATOS
PUBLICADOS
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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta






La ciudad de los artistas
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Cristina Aparicio



Entré en el coche con el semblante triste. Los ojos comenzaron a llenárseme de lágrimas. Me llevaba la maleta llena de recuerdos y experiencias agradables, tantas fotos que un día volvería a mirar y a descubrir de nuevo lo que había vivido en aquella ciudad y que ahora se perdía entre la lluvia. Llovía, como acompañándome en el sentimiento. Odiaba a mis padres por alejarme de mi gente, de mi ciudad, de mis raíces. Me sentía desdichada porque me separaban de mis amigos, aquellos que un día me olvidarían. No conocía nada acerca del nuevo lugar. Nadie con quien salir o charlar o con quien estudiar.

Había terminado mi último curso antes de entrar en la universidad. Había sacado muy buenas notas y el premio había sido ese. No era justo que me lo hubieran compensado así. A mi padre le habían destinado allí y no podía hacer nada por evitarlo, porque ellos eran adultos y yo no; una pobre adolescente que tenía que decir sí a todo: sí a llegar temprano a casa, sí a no beber ni fumar, sí a estudiar y sacar buenas notas, sí a ser educada y tener buenos amigos que no se metieran en líos. Estaba harta de ser buena. Nadie me había preguntado si me parecía bien o mal mudarnos a la nueva ciudad, nadie me había sugerido si podría haberme quedado en casa de la abuela, por ejemplo. Lo hubiese preferido, al menos no estaría sola. Ahora me veía obligada a conocer gente nueva y no me apetecía. Ya no quería ser más obediente. Desde la mudanza, me había prometido a mí misma que haría algo inusual, algo que mis padres no estuviesen acostumbrados a que hiciese, algo que les recordarse que su hija era normal y así me tuviesen más en cuenta. Pensé en escaparme de casa.

Llegamos al lugar donde viviríamos desde aquel momento. El viaje se me hizo eterno durante las cuales ni comí, ni bebí, ni dormí, ni hablé una sola palabra. Mi madre comenzó a preocuparse pero ellos ya sabían el motivo de mi descontento, así que no me hicieron mucho caso.

Subí a la que sería mi habitación. Pensé que me llevaría mucho tiempo arreglarla y decorarla a mi gusto para sentirme como en casa, como antes. Me costaría superar aquel trauma, no podía evitar llorar. Lo hacía muy a menudo, no quería, pero yo no era dueña de mis sentimientos en esos momentos. Las lágrimas fluían como si se me hubiera muerto la abuela. La zona era tranquila, había un parque cerca el cual visitaba a menudo para ahogar mis penas.

Hacía dos meses que era mayor de edad, sin embargo todo seguía igual, sin ningún cambio aparente. Cuando tenía catorce me imaginaba que la mayoría de edad iba a ser algo importante y fuera de lo común pero cuando los cumplí, una gran decepción me invadió. Los cines estaban cerca, pero poco me importaba, no tenía con quien ir. Las tiendas estaban también cerca, pero bueno, en aquel momento me daba igual todo, yo quería volver a mi ciudad.


Empecé la universidad con pocos ánimos. El autobús que me llevaba hasta allí tardaba demasiado y odiaba tener que esperar en la parada, sobre todo cuando ya empezaba el frío y los morros y las orejas se me quedaban congelados. Había elegido Historia del Arte porque me fascinaba desde pequeña y era la asignatura del colegio en que sacaba mejores notas. Presté mucha atención a la primera clase: historia de las humanidades. El profesor era un señor de mediana edad, algo calvo y gruesas gafas. Explicaba con parsimonia y casi me dormía, pero en lugar de eso, me entretuve en observar a los compañeros de clase en un intento, casi por inercia, de buscar con quién desayunar aquel día, pero no tuve éxito ya que excepto algún despistado que andaba por ahí, los demás formaban pequeños grupos, así que aquel día estuve sola. Cuando llegué a casa, mi madre me preguntó cómo había sido el primer día. No me apetecía contarle nada así que fui a mi habitación a enchufarme los walk-man a tope para olvidar un poco aquella situación.

Las próximas semanas fueron iguales de tediosas excepto algún fin de semana que volvíamos a mi ciudad, porque para mí seguía siendo mía y la otra, a la cual nos habíamos mudado, era la intrusa. Tan sólo cuando íbamos de visita, se me quitaban todos los males; entonces volvía a sonreír, a gritar de alegría, a saltar de emoción, salía con la pandilla, visitaba a mi abuela y a mis primos, hacía mil cosas y acababa exhausta y de pronto, cuando llegaba el domingo por la tarde y entraba de nuevo en el coche para volver a mi solitaria vida, todo se volvía gris.


Todo cambió cuando conocí a Estella y a Ruth, dos chicas de clase muy simpáticas y extrovertidas con las que me lo pasaba bien y me recordaban que aún era muy joven para estar triste. Entonces todo se me apareció distinto; podía disfrutar de los cines, del parque, de las tiendas y ahora veía la ciudad de otra manera, tenía otro color porque podía compartir cosas con gente de mi edad.

Un sábado Estella y Ruth iban a una fiesta de unos amigos y querían que fuese con ellas pero mi madre se opuso por desconocer con qué tipo de chicas me juntaba y no se fiaba, por lo que fingí acostarme temprano y me escapé a media noche para ir a la fiesta. Aquella noche quería desfogarme, hacer cosas que nunca había hecho, beber, fumar, bailar a tope, ligar...; cosas que a mis padres no les parecía bien, pero yo ya era mayor de edad y quería hacer cosas diferentes, cosas que me mantuvieran viva, ahora que estaba lejos de los míos.

Al principio me sentía fuera de lugar, no conocía a nadie y envidiaba a Estella y a Ruth por ser tan alegres y dicharacheras. Iban de un lado para otro abrazando a una, besando a otro riendo a carcajadas y yo en un rincón hasta que Estella me cogió del brazo para presentarme a sus amigos. Casi todos ellos venían del mundo artístico; o escribían o pintaban. Uno de los chicos se presentó como Lucas y era actor. Me sentí ignorante porque lo único que sabía era lo que estaba empezando a estudiar en la carrera pero me fascinaba ese mundillo, por lo que no paré de hablar con uno y con otro. Le pedí a Nando, que era escritor, que me escribiese algo que se le ocurriese, pero se mostró reticente a hacerlo ya que, según él, la mayoría de los escritores noveles son reacios a ser leídos por gente desconocida. Me dijo que la literatura es ficción pero que también hay mucho del autor, por eso él sentía pudor en enseñarme algo que consideraba muy suyo. Pero después de unas copas, accedió. Me dijo que lo leyese cuando estuviese en casa, pero no le hizo caso y en cuanto se alejó un poco la curiosidad me venció. Cuando me disponía a leerlo, alguien me arrastró hasta donde estaban todos bailando, así que metí el trozo de papel en el bolsillo del pantalón. Ruth insistió en que me fumara un cigarro, pero a la primera calada me dio tal mareo que desistí. Luego comenzamos a bailar, todo me daba vueltas, sólo podía ver aquel espacio invadido de humo, cuerpos en movimiento empapados en alcohol y sudor y la música distorsionándose en ondas expansivas a punto de explotar. Buscaba a mis amigas sin éxito. Un chico se me acercó y me dio una pastillita.


Estábamos de vacaciones y decidí pasar unos días fuera de casa. Mi madre, milagrosamente, me había dejado. Les dije que iba a pasar unos días en la casa de campo de Ruth, pero no era verdad. Ruth y Estella me habían prometido que me llevarían por los más recónditos lugares de la ciudad y que descubriría cosas nuevas, fascinantes e inquietantes, por lo que no me lo pensé dos veces y mentí a mamá. Nuestra aventura acababa de comenzar.

Antes de emprender el viaje, Estella y Ruth me contaron que la ciudad se dividía en cuatro barrios diferenciados en artes, así se conocía a la Ciudad de los Artistas: El barrio de los escritores, el barrio de los pintores, el barrio de los músicos y el barrio de los escultores. Decían que la mayoría de los artistas venían de fuera y según cual fuera su afición pertenecían a un barrio o a otro. Mis amigas me preguntaron que por cuál de las artes me decantaba y les dije que me gustaban todas: escribía un poco, pintaba otro poco, tocaba el piano otro poco y había hecho pequeñas esculturas de escayola. Pero me contestaron que aquello no era posible, que tenía que elegir una de las artes, porque era mejor realizar tan sólo una con maestría que cuatro mediocres. Por eso había que visitar los cuatro barrios y elegir cuál de las artes prefería. Todo estaba listo para emprender aquel emocionante viaje dentro de la ciudad. Mi mochila estaba preparada con todo lo necesario. Mostré un poco de preocupación por saber dónde dormiríamos, pero Estella y Ruth me dijeron que aquello no era problema, que todo estaba bajo control.

Comenzamos nuestra andadura por el barrio de los escritores. Hacía mucho frío y la escarcha se adhería a las ventanas de las casas y a las lunas de los coches. Nos refugiamos en un café llamado «La Escribanía». Nos apetecía algo calentito y qué mejor que un buen café humeante. Entramos y un olor penetrante absorbía el aire. Las mesas, distribuidas en círculo, daban el aspecto de que, los escritores allí reunidos, se encontraban en tertulia. El lugar se caracterizaba por tener un cierto aire de nostalgia en el ambiente. Las paredes eran prácticamente estanterías repletas de libros, de todos los autores del mundo, de todas las épocas, nacionalidades, títulos y de todos los tamaños jamás vistos. Estella sugirió que preguntase por el título más raro que se me ocurriese asegurándome que allí estaría. Y estaba en lo cierto. Nos sentamos en una pequeña mesa redonda que quedaba libre en uno de los rincones y se nos acercó un tipo de pelo largo, perilla y gafas redondas. Estella y Ruth se levantaron para saludarle, me lo presentaron como Totó. El café que me estaba tomando de seguro que le habían echado algo, porque mi timidez había desaparecido y comencé a relatar al joven mi astucia por haber mentido a mi madre y haberme alejado de casa de aquella manera tan extraña y le aseguré que nunca había hecho semejante cosa. Totó me preguntó que por qué lo había hecho y qué estaba haciendo en el barrio de los escritores. Le contesté que hacía poco que había cumplido los dieciocho y que sentía que tenía que hacer algo diferente y además estaba entrando en una fase de depresión y necesitaba un cambio urgente. Totó empezó a reírse porque no se creía que una joven de dieciocho como yo con aspecto de no faltarle de nada pudiera tener depresión, pero continué contándole la razón por la que estaba en aquel café rodeado de escritores de todo el mundo. Miré a mis amigas que me observaban con atención. Le conté a Totó que estaba estudiando Historia del Arte en la universidad y que me interesaba mucho el carácter extraño y bohemio de los artistas y que yo, debía de decantarme por una. Mi sed de conocimiento me había llevado hasta allí. Se hizo un silencio y las tres dirigimos nuestras miradas hacia Totó que se quedó un momento pensativo.

—Conque aquí tenemos a una jovencita nueva que quiere saber de nuestro arte. El arte de escribir. Primero debes ponerte el nombre de alguna escritora que te guste, no me digas tu nombre verdadero.

—Está bien. Pues..., me llamo Jane Austen.

—De acuerdo. Y ahora, Jane, ¿has escrito algo en los dieciocho años de vida?

—Pues, en realidad no sé si el diario se puede considerar 'escribir'...

—Vamos bien, eso tiene un significado importante. Tu inquietud por escribir parece clara. ¿Has leído mucho?

—Pues la verdad no mucho. Es ahora cuando estoy leyendo más, pero me parece más divertido escribir en el diario que leer un libro aburrido. Y tú ¿has escrito muchos libros?

—Escribo poesías pero en realidad un escritor puede escribir de todo aunque casi siempre tiene alguna preferencia a la hora de escribir.

—¿Y sobre qué escribes?

—Todo escritor escribe sobre los principales temas de la vida: la muerte, el amor, el odio, el misterio de la vida, en fin, todo lo que preocupa al ser humano. Lo que para el resto de la gente pasa desapercibido es lo que nosotros captamos y contamos.

—Pues eso es muy interesante, ¿no?, ¡a mi también me gustaría escribir sobre eso!

—Aún eres joven, pero podrás hacerlo algún día si lo que verdaderamente te motiva es esto. Para eso estás aquí, ¿no?, de momento sigue leyendo, y recuerda, tan sólo observa y escribe.

—De acuerdo, eso haré.

Totó sacó una hoja de papel y una pluma y me lo dio. Me dijo que escribiera algo que se me ocurriese y que antes de volver a casa se lo diera. Me parecía increíble que existiera un barrio sólo para escritores. Pero lo más increíble era que Ruth y Stella conocieran a tantos escritores y que ellas también escribieran y, al igual que Totó, pudieran aconsejarme sobre el arte de escribir.

Totó continuó relatando que el barrio estaba lleno de talleres de escritura, de tertulias, charlas literarias, de recitales poéticos y que, tanto los escritores reconocidos como los noveles, se mezclaban en aquellos ambientes. De pronto se escuchó una voz presentando a un poeta que leería unos poemas de creación propia. Los allí reunidos aplaudimos y un silencio sepulcral se hizo en la estancia. Mostré a mis amigas mi admiración y emoción por estar rodeada de gente con tanta creatividad. Estella y Ruth terminaron su café y al acabar el recital me propusieron ir al barrio de los pintores, pero antes de marcharnos, les dije que necesitaba escribir tan sólo una frase en aquel lugar que me había cautivado. Puse el papel sobre la mesa, miré alrededor y escribí: «El silencio se tornó poesía y el poeta entregó sus versos como en una ensoñación». Nos despedimos de Totó, nos levantamos y salimos afuera.

Caminamos durante un tiempo, no supe cuánto. Me di cuenta de que ninguna teníamos reloj pero no nos llevó mucho llegar hasta allí. Una calle estrecha y empinada nos dirigió hacia una plaza enorme, nunca había visto una plaza de tales dimensiones. La calle se ensanchaba, desde arriba, se divisaban cientos de pintores en la plaza, con sus caballetes, sus lienzos y paletas de colores. El cielo raso y el sol llameante hizo que me quitase el anorak que llevaba. Los jardines de alrededor estaban repletos de flores y me pareció extraño que en el barrio de los escritores fuese invierno y ahora ya estábamos en primavera pero no hice preguntas, estaba tan emocionada de ver tantas acuarelas juntas, tantos óleos y dibujos al carboncillo que se me olvidó el tiempo. Por un momento se me nubló la vista, pero enseguida me di cuenta de que me encontraba ante un cuadro impresionista, pero en vivo. Vistos desde arriba se me aparecían como motas de color en una colcha. Tanta pintura junta, comparada con el arco iris, convertía a éste en una sombra, aquello era una auténtica fiesta de color. Nos acercamos a la plaza donde fuentes de todos los tamaños y formas aparecían a cada paso que dábamos. Los artistas, muy concentrados, observaban absortos diferentes cosas: una flor, una fuente, el cielo raso y radiante..., aquel lugar contaba con salones en exposición permanente, de cuadros de todas las épocas y de pintores de distintas nacionalidades. Por cada rincón que pasábamos había un museo y éstos estaban especializados en un pintor, algunos eran tan pequeños que parecían estar diseñados para duendecillos y otros eran tan grandes, que podías perderte en ellos durante días.

Seguimos la ruta de los museos hasta llegar a un parquecito donde los pintores intercambiaban cuadros e ideas. Mis amigas se acercaron a un grupo de pintores que conversaban animadamente. Fumaban hachís, unos tumbados sobre el césped y otros sentados. Estella besó a una de ellas, ésta se levantó y las dos se dirigieron hacia mí.

—Mira, ésta es Clara. Es pintora y es buenísima, tienes que ver algunos de sus cuadros para darte cuenta de la gran sensibilidad que posee.

—¡Hola Clara!, soy una amiga de la facultad de Estella y estoy aquí en el barrio de los pintores porque me encanta el arte.

—¿Has pintado alguna vez?

—Pues, poca cosa, pero sí que me gusta. He pintado algún que otro lienzo.

—Ya, pero todo tiene su aprendizaje, su trabajo y su técnica. Tú, por ejemplo, puedes poseer talento para pintar, pero si no lo trabajas de nada te sirve que te apeteciera pintar en ese momento ¿conoces los matices?, debes estudiar la paleta cromática, la técnica del dibujo y sobre todo pintar, pintar mucho.

Le conté que estaba allí para descubrir cuál de las artes era la que realmente me llenaba de verdad. Al menos averigüé que la literatura me gustaba, y más tarde al descubrir aquellos colores en ese ambiente primaveral, supe que la pintura me fascinaba. Clara sacó algunos de sus cuadros para enseñármelos y me parecieron de una belleza exquisita. Pintaba paisajes marítimos; el mar, las olas flotando en el aire como si las crestas de éstas agonizaran, caracolas en la orilla y peces, muchos peces de colores y caballitos de mar. Hubo un momento que me metí tanto en el cuadro que pareció que realmente estuviese en la orilla contemplando un mar azul intenso centelleando. Miré a Clara atónita y no pude articular palabra, tan sólo dije una: «magnífico». Deseaba pintar alguna vez como ella. Nos despedimos y continuamos nuestra aventura.

Confesé a mis amigas mi preocupación por mis padres, ya que no les había llamado en días y quise buscar una cabina para llamar. Ruth me dijo que en la ciudad de los artistas no existían teléfonos y tuve que esperar a volver para llamar. Estaba disfrutando mucho de aquel viaje, pero, a pesar de estar resentida con ellos me pareció mal que no supieran nada de mí, al fin y al cabo yo era su hija y se merecían una lección pero me estaban entrando remordimientos. Estella me pidió que no pensara más, no se podía hacer nada ya que no había teléfonos para comunicarme con ellos y me alentó para que tratara de disfrutar al máximo del presente y me dio algunos consejos para pintar.

Ya anochecía y Estella nos llevó hasta un edificio bajo de dos plantas como las de las casas inglesas de ladrillos rojos y buhardilla. Nos dijo que allí vivía un amigo suyo que era pintor y que nos recibiría con mucho agrado, era muy hospitalario. Nos abrió un joven de unos veintitantos. Llevaba un pijama ancho de rayas y unas babuchas. Cuando miré su rostro, me pareció un chico de rasgos suaves y dulces, casi femeninos, a no ser por la pelusilla que brotaba de su barbilla y su bigote podría pasar por una chica guapa. El espacio que habitaba era acogedor. La buhardilla era pequeña pero lo suficiente como para él y sus útiles de pintura. El saloncito estaba decorado con sus cuadros. Apenas había colorido en ellos pero eran enigmáticos y profundos como sus ojos, de un color verde oliva. Nos sentamos los cuatro en un cómodo sofá de grandes cojines. Miré alrededor, el mobiliario era escaso pero tampoco hacía falta más, ya que el suelo de madera y los cuadros hacían el resto. Una alfombra de estilo marroquí cubría parte del salón y tenía colocado incienso, que en ese momento ardía perfumando el ambiente. Kiko, que así se llamaba, nos relató cómo había llegado a ser pintor y que, a pesar de todo, aún se consideraba un pupilo.

—La vida de un artista está siempre en una continua búsqueda. Una búsqueda que dura casi o más que una vida. Siempre se está perfeccionando, nunca es suficiente, ¿sabéis?, nunca el tiempo es suficiente porque se sigue aprendiendo hasta que mueres o hasta que te matas.

—¿Y por qué te vas a matar?

—Porque a veces no ves sentido a la vida. Yo, por ejemplo, tengo mis épocas de euforia, todo me sale como había pensado. Un cuadro que se me aparece como el mismo dios, un color, una forma, un espacio que creo tal y como lo tenía en mi cabeza, pero cuando acabo, siento algo en mi interior, baldío, como si toda mi creatividad desapareciera y me sintiera vacío e inútil. Son en esos momentos de peligro en los que eres capaz de matarte.

Me quedé tan sorprendida al escuchar aquello que por un momento deseché la idea de ser pintora, pero luego pensé que no todos los artistas están irrevocablemente locos. Kiko nos sirvió té y unos pastelitos que estaban riquísimos y después de pasar casi toda la noche hablando, nos acompañó a una pequeña habitación de dos camas que unimos para poder dormir las tres.

A la mañana siguiente nos despedimos de aquel extravagante pintor y continuamos nuestra andadura por el barrio de los escultores. Por las calles no se escuchaba un alma, y el calor era sofocante. Las persianas de las casas estaban echadas, como si los escultores hubiesen desaparecido de la faz de la tierra, pero Ruth me contó que éstos eran especiales en el sentido de que su arte y su manera de trabajar eran distintos a lo que habíamos visto hasta entonces. Era verdad que los escritores tienen un tipo de trabajo solitario pero luego se reunían en talleres y tertulias donde poder refutar ideas, intercambiar textos y debatir sobre libros y autores. Por otro lado, los pintores también pintaban en grupo y los músicos hacían más o menos lo mismo, pero los escultores necesitaban de una concentración especial y un silencio casi de ultratumba y me temí que no pudiéramos visitar a ninguno. Estella nos llevó hasta una plaza. En el centro de ésta se erigía una estatua gigantesca. Era la figura de un hombre con una bolsa de pan de molde en su mano. Estella me explicó que el hombre era el señor que íbamos a visitar y se llamaba Bimbo y que en un ataque de egocentrismo se autorretrató para que todo el barrio supiera que era un escultor único. Y en verdad lo era. Observé detenidamente la escultura, esculpida en oro y me imaginé los rasgos de Bimbo exactamente como lo estaba viendo. Calculaba que tendría unos cuarenta años, de rostro atractivo y varonil, el torso lo llevaba desnudo entreviendo sus músculos bien definidos y su vientre plano y duro como una piedra recién tallada. Aquella escultura era el retrato perfecto de su autor como si el molde fuese el mismo Bimbo. Deseaba con urgencia conocer a ese artista tan audaz, por atreverse a exhibir su propio cuerpo en medio de una plaza. La puerta de su casa, de madera, estaba justo enfrente de su retrato. Estella llamó y Bimbo acudió a abrirle. Cuando salió a recibirnos, no salía de mi asombro cuando la estatua de oro se me apareció hablándome y mirándome a los ojos. Casi me desmayo de la sorpresa. Supe entonces que no era la estatua sino Bimbo porque éste era de carne y hueso. Nos recibió muy afable y nos invitó a que pasáramos a una estancia amplia y agradable. Tenía dos salas enormes. En una de ellas se exhibían todas sus esculturas clásicas y en la otra, otras más modernas y surrealistas. Nos hizo café y recorrimos las salas. No salía de mi asombro al ver aquellas magníficas obras de arte. Le pregunté por qué no las llevaba a algún museo donde todo el mundo pudiera contemplarlas y disfrutar de su arte, pero él no era muy condescendiente con las masas populares. Él prefería mostrar sus esculturas a gente culta que entendiera de su arte ya que era muy celoso de su intimidad como artista. Me preguntó si yo esculpía y le dije que tan sólo de pequeña hacía pequeñas esculturas de escayola y que tenía un molde para hacer pequeñas cabezas humanas. Bimbo comenzó entonces a reírse escandalosamente como si menospreciara lo que yo entendía por escultura. Me dijo que tenía mucho que aprender y que la mayoría de los artistas necesitaban de un ego para poder sobrevivir, cosa del que yo carecía. Me pareció un hombre vanidoso y Estella me miró y sonrió de forma cómplice como queriéndome decir que me encontraría por el camino a mucho de ellos y que era precisamente esa genialidad pero a la vez esa vanidad lo que les diferenciaba del resto de los mortales. Cuando salimos de la casa de Bimbo, mostré a mis amigas mi descontento con el artista y que me había gustado más su obra que su persona. Estella y Ruth rieron y me dieron unas palmaditas en el hombro y me dijeron que tenía mucho que aprender del mundo de los artistas.

Nos adentramos en un lugar donde soplaba un viento que barría las hojas amarillentas arremolinándolas como en un tiovivo. No entendía que acabáramos de abandonar el barrio de los escultores donde el calor era angustioso, y, de pronto, el otoño había aparecido de repente, pero no hice preguntas y llegamos a una carpa enorme donde podrían caber cuatro estadios de fútbol. Entramos por un pórtico donde había una inscripción «La música es la fe de un mundo en que la poesía no es sino la alta filosofía (Giuseppe Mazzini)». Ya dentro descubrimos que la carpa grande se dividía en otras más pequeñas. En una de ellas daban conciertos de músicos ya consagrados, en otras los pupilos recibían clases magistrales de solfeo, historia musical y prácticas de cada instrumento de la especialidad. Así estaban la carpa de la guitarra, la del piano, la del violonchelo, la del saxofón, el arpa y un sinfín. Todos los músicos del mundo se daban cita en ese barrio que según Ruth era la cuna de la música, donde nacían los más extraordinarios desde la época de Mozart. En las otras carpas se componía música así que decidimos entrar e interesarnos por conocer qué se cocía en el cerebro de un compositor.

«El rulo» con su estrambótico pelo rizado nos recibió cortésmente y nos llevó a un espacio privado donde su piano forte descansaba de un largo día de aporreo de teclas. Un pequeño espacio, invadido de partituras, tinta y vino, un antro que él llamaba el estudio de un músico genial. El extravagante músico nos contaba que tan sólo vivía por y para la música. Ensayaba día y noche y no lo dejaba hasta que la pieza le salía perfecta. Nos relataba con mucha pasión lo que sentía en el mismo instante en que acariciaba las teclas, el ritmo, el compás, las notas, todo lo que en un momento surgía de una partitura. Estella y Ruth me miraban divertidas por las muecas y los gestos de El Rulo. Más tarde nos contó su apasionada vida por la creación y cómo comenzó por escribir música hasta convertirse en un compositor aplaudido en casi todas las partes del mundo. Nos despedimos de él y continuamos caminando. Dejamos atrás museos, escuelas, cafés y demás lugares para los músicos.

Stella y Ruth me recordaron las tres reglas de oro de todo creador: trabajo, paciencia y constancia pero, a pesar de lo duro que pudiera parecer, me animaron a que en cualquier arte que eligiera, aplicara estas tres reglas y que nunca me desanimara. Si me decantaba por la literatura que escribiera con el corazón, si al final me decidía por la pintura, que innovara con nuevos colores, si la música se convertía en mi pasión, que pusiera todo mi empeño en llevar a cabo cada cosa que me propusiera, o si la escultura me había cautivado, que tratara de utilizara todos mis sentidos para que la pieza que pudiera tener en mente se convirtiera en realidad. Me contaron que cada artista llevaba su arte en el interior y que ese arte debía de ser su máxima aspiración, su alegría pero al mismo tiempo su agonía. Les agradecí su apoyo y su amistad por llevarme hasta aquel insólito barrio que me había llenado de gozo. Más tarde me advirtieron que debíamos regresar pronto a la ciudad. Pero al volver, me desvanecí.


Cuando desperté, me encontré con los ojos de mi madre escudriñando mi cara y me di cuenta de que estaba postrada en la cama de un hospital. Había estado sedada y en observación durante ocho meses, los ocho meses que había durado el coma. Habíamos vuelto a mi ciudad de origen. No volví a ver ni a Estella ni a Ruth. Más tarde me enteré que en aquella fiesta había ingerido éxtasis y que la Ciudad de los Artistas no existía, tan sólo había existido en mi cerebro durante todo ese tiempo, pero yo juraba y perjuraba que todo había sido real.


Ya llevaba como tres semanas convaleciente y noté algo extraño en el bolsillo del pantalón. Era un trozo de papel arrugado. Lo abrí con cuidado y tenía una nota: «El silencio se tornó poesía y el poeta entregó sus versos como en una ensoñación».


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Texto seleccionado en el Taller del 20.11.2002,
ex-aequo con La mar tenebrosa, de RAÚL ROLDÁN.