PRESENTACIÓN

MIEMBROS

ACTIVIDADES

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RELATOS
PUBLICADOS
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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta






La colección
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Pedro M. Martínez Corada


No me gusta el metro. Lo llaman el tubo pero es una cañería repleta de bichos asquerosos: jovenzuelos de labios perforados con pendientes, que corren y empujan a los demás y se sientan en el suelo de los vagones, como perros callejeros; mendigos costrosos tumbados sobre cartones en los pasillos; negros malolientes; chinos de mirada estúpida vendiendo porquería; drogadictos y borrachos que escupen y vomitan en los andenes... No, no me gusta el metro, pero aquella tarde hice de tripas corazón y lo cogí en Goya, estaba muy cansado, no me apetecía andar y eran tan sólo cinco estaciones.

¿Por qué no cogí un taxi? Siempre voy en taxi, me asquean también los autobuses y no tengo coche pues me aterra conducir, pero aquella tarde la ETA acababa de poner una bomba en Colón, la calle Goya era un completo atasco y yo quería estar en casa lo antes posible, tomar un baño y después disfrutar del placer de una copa de vino contemplando mi colección, así que entré en el metro con la mano bien apretada en torno al asa del maletín de piel de cocodrilo, regalo de mi madre, mientras pensaba una y otra vez son sólo veinte minutos, son sólo cinco estaciones, procurando mirar hacia ninguna parte, agobiado por el calor veraniego.

Sin embargo, aquella tarde el metro me deparó el encuentro de mi vida. El andén estaba a rebosar y cuando llegó el convoy me dejé llevar por el rebaño hacia el interior del vagón; alguien se levantó, empujé con fuerza y después de varios codazos me encontré sentado sin preocuparme la mirada que me dedicó una individua, gorda, rubia, que había perdido la oportunidad de ocupar mi sitio y que tenía unos pies espantosos. Miré los pies de la mujer y me horripilaron: grandes, infames, desparramados entre las tiras de plástico azul de unas chanclas baratas; dedos gordos con juanetes colorados y uñas pintadas de color rojo, el esmalte descascarillado, y una enorme dureza blanquecina en cada talón... Aparté los ojos de aquel obsceno espectáculo y me repetí: son cinco estaciones... En Velázquez se llenó todavía más el tren y el olor a sudor y colonia barata era insoportable. Entonces la vi, mejor dicho, los vi; aparecieron brillando, como una moneda de oro tirada en una pocilga, sobre el suelo grisáceo del vagón: eran unos pies de mujer perfectos de piel fina y casi transparente, reluciente de suavidad; dedos rectos y proporcionados con las uñas cuidadosamente pintadas de color nácar y plantas muy blancas de curvas armoniosas que concluían en unos talones mórbidos ceñidos por unas elegantes chinelas negras.

Nunca olvidaré aquel instante supremo, demostración irrefutable de que el Destino existe y escribe con renglones rectos para los elegidos. Era el encuentro que siempre había esperado, la parusía de mi culto incomprendido. El corazón me golpeó violentamente en el pecho y una suave indolencia me inundó los músculos mientras miraba la Belleza hecha realidad, tan solo a unos pasos, tan próxima... El tren comenzó a frenar, un chirrido de ruedas me sacó del éxtasis y comprendí que estábamos llegando a otra estación. Levanté la mirada y la busqué ansiosamente pero no conseguí verla entre los cuerpos hacinados que me rodeaban; el tren se detuvo, los pies se movieron y comprendí que en mi arrobo no había pensado en la posibilidad de que se bajara. Me levanté impetuosamente entre protestas que me importaron bien poco e intenté llegar desesperadamente hasta la puerta de salida del vagón, pero ya era tarde: a través de la pintarrajeada ventana vi una fugaz melena rojiza que se perdía hacia la salida de la calle Serrano...

Aquella noche casi no pude dormir. A las cuatro de la mañana, continuaba mirando ávidamente mi colección pero ahora me parecía insulsa, ramplona. Los tarros de cristal iluminados, la reluciente mesa, los cuadros de las paredes, todo me parecía vacío y hasta empecé a odiar la foto de O'Toole mirando el autorretrato de Van Gogh* en el museo. Comprendí que todo aquello no tenía sentido sin la mujer de las chinelas negras, que lo había atesorado, cuidado, ordenado para que ella estuviera allí, conmigo, mirándome desde el sillón de terciopelo rojo. Sí, ella sería el colofón, la definitiva y gran pintura, y yo había estado construyendo el marco que la abrazaría para siempre.

Empecé a coger el metro todas las tardes a la misma hora. Casi llegó a gustarme. Incluso en una ocasión, tres días después, cuando me apeé en Bilbao desesperado de nuevo por no haberla encontrado, me sorprendí echando diez céntimos a uno de esos pedigüeños que berrean sin control por los pasillos. Era un tipejo bajito, con un lazo negro al cuello y sombrero mejicano, y aullaba a través de un micrófono abollado algo sobre «una mujer bonita como aquellos juguetes que yo tuve en los días infantiles de ayer...»**, creo que lo vi como una especie de fontana que me devolvería mi Destino extraviado tres estaciones antes y cuyo frenético recuerdo me asaltaba a todas horas. La encontraría, seguro que la encontraría y volvería a ver sus pies perfectos caminando esbeltos sobre la mugre, pensé mientras miraba como la moneda caía en la pringosa caja de madera del pordiosero.

Cada mañana soñaba con que llegara el momento de volver a la estación de Serrano y esperar a que apareciera. ¿Y si aquel día había cogido el metro por la misma razón que yo y no volviera a hacerlo? Algo me decía que no, que no había sido ocasional, que la estación formaba parte de su rutina. Un tren, otro y otro... Me aprendí de memoria el andén: gente de mirada vacua que se cruzaban de brazos mientras esperaban el tren; moracas tapadas hasta las orejas, como fantasmas; turistas rubios con macutos; estúpidos ensimismados en los juegos del móvil; parejas que se besaban licenciosamente; rebajas de El Corte Inglés; visite Galicia, y calor, siempre calor. El último tren pasó hace..., y los segundos caían de diez en diez en el panel, mortificándome.

Aquel día se cumplía una semana de nuestro encuentro. Tal vez cogía el metro semanalmente... Me pareció tan plausible la idea, que preparé con especial esmero mi maletín cuidando que todo estuviera ordenado y bien a mano. Llegué al andén con veinte ansiosos minutos de anticipación y me quedé de pie, apoyado en la pared, cerca de la salida a la calle Serrano, escudriñando la gente que se bajaba de cada tren, buscando mi melena rojiza. Y, por fin, apareció. Llevaba un vestido ceñido, de color azul claro, y escuché febril el ruido de los finos tacones de sus zapatos blancos cuando pasó a mi lado, indiferente todavía al encuentro que le había deparado el sino. Miré hacia el suelo cuando se cruzó conmigo y casi perdí el control al contemplar sus pasos, la perfección de sus tobillos y los suaves talones apretados por la fina cinta trasera de los zapatos. Miré para otro lado, no podía llamar todavía su atención..., y eché a andar detrás de ella.

—¿Quieres alguna cosa? —pregunté suavemente a la reina de mi colección: estaba tan quieta, tan serena—. ¿Salir, dices? ¿Y para qué? Aquí tenemos todo lo que necesitamos —la casa estaba en silencio y se me ocurrió la idea de poner algo de música que acompañara nuestra conversación—. ¿Chopin, Scarlatti...? Ya sé, ya sé..., Debussy, ¡qué gran gusto tienes, mi amor! —sonó Claro de luna y volví a servir vino en nuestras copas.

—Primero un brindis por ti y luego otro por nuestro encuentro..., no, mejor por el Destino... —paladeé el Riesling y la miré. Sus ojos estaban cerrados, el rostro sereno, algo pálido, y los labios entreabiertos... Aquella noche la besaría por fin, sí, me atrevería a besarla, ¡estaba tan bueno el vino!, ¡era tan bella!—. ¿No te gusta Esparragoza?, quitaré el cuadro mañana, te lo juro, amor... Y ahora, ahora..., voy a pintarte las uñitas de los pies, mira..., mira..., es de Dior, lo guardaba para ti... —abrí el frasco de esmalte, lo dejé con cuidado sobre el brazo del sillón de terciopelo y cogí uno de sus piececitos. Estaba muy frío, pobrecito amor, ni una sola queja, tendría que apagar el aire acondicionado... Lo acaricié y apreté entre mis manos sintiendo la suavidad de la piel, la redondez del talón, la ondulación maravillosa de su planta y el fino talle del tobillo. Dejé su pie con cuidado sobre el suelo de madera, para que no se golpeara.

—No te vayas querida, no te vayas..., voy a bajar la refrigeración —le dije, aunque ella ya no se irá jamás de mi lado, se ha enamorado de mí y de mi colección...


NOTAS:
* Se refiere a una escena de la película La noche de los generales, de Anatole Litvak
(1966).
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Bonita, bolero de Luis Alcaraz.


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Texto seleccionado en el Taller del 22.01.2003
Página web del autor: www.martinezcorada.es