PRESENTACIÓN

MIEMBROS

ACTIVIDADES

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RELATOS
PUBLICADOS
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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta






El deseo de Celia
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Isabel Gallego Rubio


Celia tiene la cara pálida y el pelo es una media melena muy negra y lisa, ella no lo sabe pero también muy brillante. Su piel ha empezado a madurar, hace unos días se podía ver muy bien, porque como ella se encargaba de repetir con cierto sentimiento de culpa, iba sin pintar y la verdad, se echaba de menos en sus labios el granate oscuro. Es dulce recordar un día del verano pasado que llegó corriendo al trabajo, iba empapada con la camiseta estrecha y blanca pegada al cuerpo resaltando sus pechos y dos grandes pezones. A alguien le encantaron sus rodillas embutidas en las medias color café, entonces se lo dijo, que tenía las piernas muy bonitas y ella sonrió coqueta encendiendo con prisa un cigarrillo y disculpando que le hubiera pillado la tormenta en plena calle Ríos Rosas.

El jueves, como todos los días desde que le pillaron los últimos recortes laborales, era domingo. Celia se levantó a las 12:30 horas para tomarse un café con leche con un bollo. Luego se sentó en el sofá. Conviene fijarse un poco en él porque es parte fundamental en la vida de Celia: es de color beige con florecitas marrones y los brazos, a fuerza de roce, son casi negros. Está lleno de almohadones del mismo estampado que nadie como ella sabe componer según las diversas actividades del día. Ese mismo día y después de darse una relajante ducha se sentó un rato en el sofá a fumarse unos Ducados mientras ojeaba algún papel que hubiera por allí de una pizzería o una revista atrasada. Pensó en acercarse al teléfono y llamar a una amiga, pero ya lo haría por la tarde. Eran las 2:30 y decidió comer, fue a la cocina a ver si se le ocurría algo y vio una bolsa de pan mohosa que le quitó el apetito y pensó que lo mejor sería hacerse un café con leche. Calentó la leche y le echó Nescafé, se fue al salón y se sentó en el sofá y mientras fumaba y ojeaba alguna otra revista vio las noticias, éstas la pusieron de muy mal humor porque había que ver cómo estaba el mundo. Eran las 5:30 aproximadamente cuando se despertó, se encendió un nuevo cigarro y se dio cuenta que tenía bastante hambre, en la tele ponían alguna serie infantil de dibujos animados. Llegó a la cocina y abrió una lata de lentejas que puso a calentar. Volvió al salón y se entretuvo un rato fumando y mirando por el balcón antes de echar las cortinas. Había pasado casi una hora y se acordó de las lentejas. Fue a la cocina y se habían pegado, esto la puso de mal genio, pero las dejó en la pila con agua y decidió hacerse un café con leche y comerse unos bollos y unas chocolatinas. Se manchó comiendo y al limpiarse miró su ropa y por un momento dudó en recordar cuando había cambiado la minifalda y las medias por el pijama azul claro. Por la noche hizo poca cosa, se sentó en el sofá, puso la tele sin elegir ni siquiera un programa para ver, fijó de vez en cuando la mirada en el techo, en el círculo oscuro de la bombilla y leyó los papeles sueltos que había a su alcance, como revistas antiguas o bien hojas de periódicos que habían llegado como envoltorios de algún paquete. Sobre las 23:00 se acostó y antes de dormirse, le pareció oír una lluvia lejana sobre un techo de uralita, se arropó cubriéndose la cabeza.

Aquella noche Celia se despertó con un deseo metido por entre el pelo, las uñas y los dedos de los pies, un deseo lejano de hacía tiempo, de esos que le hacían imaginarse cosas a hurtadillas de ella misma, porque sabía que su madre, aunque nunca lo hablaron, se los habría prohibido. Intentó olvidarlo pensando en otras cosas y cerrando los ojos con fuerza, pero el deseo volvía y casi sin querer fue dirigiendo sus dedos hasta llegar a juguetear con el vello del pubis, igual de negro y brillante que el de la cabeza pero de un rizado enfermizo. Entonces se introdujo los dedos con fuerza y frotó para ver si conseguía dolor y si este era capaz de amortiguar algo. Poco a poco la fuerza de sus dedos cedió a la delicadeza, al reconocimiento lento del tacto y así durante un rato, hasta que sintió como si por toda la cabeza siguiendo la raya del pelo desde la frente hacia atrás, le cayera un jarro de agua templada, igual que cuando su madre le enjuagaba el pelo con el jarro de porcelana blanco mientras tenía la cabeza hacia atrás y el agua caía desde la frente lenta y luego al final fuerte y abundante. Más o menos ésa era la sensación pero con mucha intensidad, como si en vez de agua fuese un líquido más espeso.

Entonces se levantó de un salto y descalza, con las pelusas persiguiéndola por el pasillo agarradas a sus talones, llegó a la cocina. Le pareció ver cadáveres de arañas en la pila, abrió la nevera y cerrando los ojos, tomó un trago de leche muy fría y fue cuando una imagen, como un pecado le vino a la mente. Lo había estado viendo durante todo el día en una página oscura por encima de la mesa y pensó que si no se lo decía a nadie sería como si nunca hubiera pasado, además quién se podría enterar. Así volvió por el pasillo libre ya de pelusas al salón y sin tener que mirar en ningún papel marcó el número, la voz que le contestó le pareció de lana, íntima y discreta como prometía el anuncio. Además era posible ir en ese momento. Entonces se decidió a sacar la minifalda, las medias de color café y pintarse los labios de un granate más oscuro que nunca para ir a la calle Coslada, número seis, metro Avenida de América.

Por fin, cuando estuvo dentro del taxi sonrió.


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Texto seleccionado en el Taller del 02.07.2003