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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta






El endemoniado
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Raúl Roldán García



La comarca de Las Hurdes tenía su propio demonio.

Desde luego, a nadie le extrañó que Francisco San Martín, más conocido como Paquito el Endemoniado, terminara siendo el terror de los contornos en vista del final que tuvieron sus progenitores.

La memoria colectiva había olvidado voluntariamente los nombres de aquella pareja de quinquilleros que, desde Ladrillar a Pinofranqueado y desde Rebollosa a Ovejuela, acarreaban todo tipo de artilugios y mercancías en su destartalado carromato. Cuando entraban a un pueblo él mostraba su género mientras ella leía las manos o echaba los naipes. Nadie les apreciaba, especialmente a ella, a la que temían, y tampoco causaba simpatías aquel mocoso de apenas cinco años que, a cambio de unas monedas —y alguna que otra pedrada— bailaba y cantaba mientras sus padres atendían sus propios negocios.

Cuando aquellos dos muchachos de Avellanar desaparecieron muchos fruncieron el ceño. Y cuando días después aparecieron sus cuerpos desollados y destripados junto a los restos de uno de los campamentos de los quinquilleros, otros tantos asintieron al ver confirmadas sus sospechas.

La alguacilería local formó una partida de paisanos encolerizados que rastreó la comarca hasta encontrarlos. No hubo juicio, tan sólo sentencia. A él se limitaron a ahorcarle. A ella, a la bruja, la subieron a una improvisada pila de leña y, como en los buenos tiempos de la Santa Inquisición, la quemaron viva. Y con Paquito, aquel mocoso que les miraba sin decir palabra y sin mediar llanto alguno… no supieron que hacer. Pensando que al ser sólo un niño podría ser salvado del mal que le había rodeado toda su vida, finalmente decidieron internarle en el Hospicio de San Martín, cercano a Cambrón, para que las monjas que lo regentaban enderezasen su alma.

De los siete años que permaneció en el hospicio, sólo guardó el muchacho recuerdos del hambre, las palizas que recibía y el apellido. Una noche saltó los muros y se echó al monte, donde entró a formar parte de una partida de salteadores de caminos.

Cinco años después Paquito regresó al Hospicio de San Martín, pero ahora como jefe de la cuadrilla, y dispuesto a vengarse. Los pocos que sobrevivieron a aquella mañana siempre temblaron al recordarla. Las monjas fueron violadas y degolladas, todas menos la Superiora, a la que Paquito ordenó quemar viva, vengando así a su madre. Muchos de los muchachos que allí vivían fueron también pasados por las armas. Otros, los más mayores, se unieron al grupo. Después, tras saquear todo cuanto pudieron llevarse, prendieron fuego al hospicio, del que no quedó piedra sobre piedra.

Allí nació la leyenda del Endemoniado, pues así comenzaron a llamarle a partir de ese momento, y era fácil reconocerle allí donde estuviera, pues siempre llevaba al cuello un pequeño rosario de plata que había pertenecido a la Superiora. Desde allí podía seguirse su paso por un camino de sangre y destrucción que asoló la comarca, pues ya no se dedicó la banda a asaltar caminos, sino a saquear aldeas y pueblos, a asesinar campesinos, y a incendiar casas de campo. No era ya el hambre lo que les movía, sino el odio.

Después de dos años en los que la alguacilería local se vio desbordada por la banda del Endemoniado, pidieron ayuda a la Capital. Desde Madrid llegaron refuerzos y en dos ocasiones se formaron partidas para tratar de detener a aquellos bandoleros, mas ambas terminaron en fracaso, pues a pesar del odio que la gente sentía por Paquito, éste parecía tener oídos en todas partes y conocía los caminos y los montes como nadie.

Luego, llegaron a la comarca los ecos de otros demonios llegados de fuera, demonios mandados por aquel Bonaparte que era emperador en Francia y que se habían apoderado de casi toda España. Y aunque pocos franceses vieron por aquellas tierras, tan lejanas de los caminos principales, las noticias que llegaban de todas partes sirvieron para que la banda de Paquito el Endemoniado quedara relegada en el odio y el miedo de todos a un segundo plano.

La noticia de la llegada de aquel viajero corrió como la pólvora por toda la comarca. No todos los días, y menos en aquellos tiempos peligrosos que se vivían, llegaba de la capital un muchacho tan apuesto, tan elegante, tan refinado y culto a aquellas tierras perdidas de la mano de Dios. Y mucho menos, llegaba preguntando por Francisco San Martín.

Bien claro dejó desde el principio cuáles eran sus intenciones. Traía un mensaje para el Endemoniado y permanecería en la posada de Nuñomoral hasta haber conseguido su propósito. Lo dijo a todo el mundo que quiso escucharlo, aunque muchos de los que lo hicieron se santiguaron y temblaron ante la sola mención de aquel nombre. Todos pensaron que aquel muchacho, de tan buenas y distinguidas maneras, no saldría vivo de Las Hurdes.

Por ello a nadie le extrañó que una mañana su aposento en la posada de Nuñomoral amaneciera desierto, aunque las cosas del muchacho aún estuvieron en ella. El posadero dijo no haber escuchado nada ni saber nada del tema, aunque lo cierto es que bien había visto él por una rendija de su puerta como de noche cerrada dos o tres hombres entraban por la ventana de la planta baja y sacaban al muchacho de la cama a punta de pistola. Todos le dieron por muerto y se limitaron a rezar una oración por su alma.

Pero si extrañeza había causado la llegada de aquel caballero entre los vecinos, no menos causó a Paquito el Endemoniado y los suyos. Por ello, en lugar de matarlo, como todos pensaban, lo subieron con los ojos vendados a un caballo y le tuvieron dando vueltas por los montes de la comarca hasta que el alba estuvo próxima a asomar. Sólo entonces, le llevaron a uno de los muchos refugios que utilizaba la banda, donde el Endemoniado esperaba.

En la oscuridad de la madriguera, y apuntado por no menos de tres arcabuces, le quitaron la venda. El hombre que le miraba frente a él preguntó:

—¿Me buscabas?

Con sólo ver el rosario colgado de su cuello, supo el caballero ante quien estaba, y sin más preámbulos habló:

—Soy el alférez Santiago Olaz, del Quinto Cuerpo de Dragones, y he recorrido un largo camino para encontrarme con vos. Traigo un mensaje de la Junta Central que os conviene escuchar.

—¿La Junta Central? ¿Son ese hatajo de cabrones que ha sustituido al rey?

—Son un puñado de patriotas que defienden la libertad frente a la tiranía de los franceses.

—Conmovedor. ¿Y qué desean tan ilustres caballeros de un ser despreciable como yo?

—Que ayudéis a la causa.

—La causa, ¿qué causa? ¿Dices, tal vez, su causa?

—La causa de todo español que se precie de serlo.

El Endemoniado sonrío socarronamente.

—¿Qué te hace pensar que yo y los míos nos sentimos españoles? ¿Acaso España nos ha dado algo para que le debamos lealtad?

—Lo cierto es que desconozco los detalles de su vida y no me interesan. Ni sé que os ha dado España, ni sé qué es lo que os ha quitado —el alférez permaneció impasible ante el revuelo que sus palabras causaron en los reunidos—. Tan sólo sé que por esta vez el destino quiere que vuestra causa y la de España sean una sola.

—¿Acaso sabes cuál es nuestra causa? —preguntó el bandolero.

—¿Dinero, tal vez?

El Endemoniado sonrió.

—Tal vez nos conoces mejor de lo que dices. Esta bien, ¿cuál es el mensaje que tus amigos te han encargado darme?

El alférez Olaz tuvo que hacer una detallada síntesis para ponerles en situación. Tras la llegada del propio Napoleón a la Península para reforzar a su hermano, el usurpador José Bonaparte, las fuerzas españolas se habían visto obligadas a retroceder y defenderse. La Junta Central había tenido que abandonar Sevilla tras cruzar el Emperador Despeñaperros y refugiarse en Cádiz, donde estaba sitiada desde hacía meses, resistiendo la plaza heroicamente.

Pero Napoleón no tenía la situación bajo control ni muchos menos. En todas partes surgían los patriotas. De todos lados aparecían ejércitos y bandas dispuestas a patearle el trasero a los franceses y sus mariscales se veían impotentes para cubrir todos los frentes que los españoles abrían día a día. Era cuestión de tiempo que la situación se escapara de su control y las tornas se volvieran, recobrando la iniciativa los que luchaban por la libertad.

Ahora, la Junta había pensado dar un golpe más a los invasores. Un golpe moral en la parte más vulnerable de su estructura: la tropa.

Gracias a los desvelos de algunos buenos patriotas que operaban valientemente en torno a José Bonaparte, se había sabido que un convoy partiría en breve desde Madrid para entregar a los sitiadores de Cádiz la soldada anual. Al parecer, los jerifaltes franceses esperaban, no sin razón, que el camino que el convoy tendría que recorrer sería duro y peligroso. En toda Sierra Morena operaban no menos de veinte bandas de guerrilleros, perfectamente entrenados y dispuestos a atajar dicho convoy. Por ello, Bonaparte y los suyos habían ideado un plan alternativo: un convoy cruzaría, efectivamente, Despeñaperros, mas sin dinero, porque el oro para pagar a los soldados saldría en un segundo convoy que tomaría un camino alternativo, más largo, pero también más seguro. Y ese camino pasaba directamente por la comarca de Las Hurdes.

La Junta Central pedía a Paquito el Endemoniado y los suyos que hiciera lo posible por impedir el paso de aquel convoy y, a ser posible, que se hiciera con el oro. De esta manera, los soldados que cercaban Cádiz sufrirían un golpe moral que sin duda beneficiaría los intereses de los patriotas y que tal vez fuera el detonante que cambiara el curso de la guerra. Como pago de sus servicios a España, la banda recibiría, en caso de apoderarse del oro, un cuarto de cuanto hubiera. En caso de no poder hacerse con el oro, pero impedir el paso del convoy, le sería entregado a cada uno de los que participaran en las operaciones cien mil reales de las arcas de la Junta.

—Y vos, ¿cuál será vuestra recompensa? —preguntó el Endemoniado al alférez.

—Yo estaré pagado con la derrota de nuestro enemigo —respondió el militar.

—Sí, conmovedor, realmente conmovedor.

La emboscada tuvo lugar no lejos de Arrolobos, en el lugar en que el camino atravesaba el río Hurdano sobre un destartalado puente de madera cuyos tablones podridos no ofrecían muchas garantías.

El convoy francés estaba compuesto por dos carros tirados por caballos e iba escoltado por una guarnición de cien lanceros.

El puente era estrecho y el paso de los carros se hizo lento, por lo que el comandante francés apostó a la mitad de sus hombres a cada lado del río mientras los hombres encargados de los carros se afanaban en vadearlo.

Fue entonces cuando sonó el primer disparo y el jefe de la guarnición cayó al suelo fulminado. Luego, la calma del atardecer reventó en un pandemonio de arcabuzazos y gritos de miedo. Los franceses, desconcertados, trataban de encontrar el lugar del que provenía la agresión sin conseguirlo. Los más listos, desmontaron de sus caballos y se pusieron a cubierto, pero la mayoría de ellos se dejó llevar por la confusión. Trataban de repeler a unos enemigos que no podían ver, y en su empeño, maniobraban sus monturas desesperadamente, chocando unos con otros, partiendo sus lanzas contra el suelo o contra las corazas de sus propios compañeros. Nadie era capaz de poner orden en aquel revuelo, aunque muchos gritaban órdenes y consejos que se confundían con los gritos de miedo.

Fue entonces, cuando no menos de veinte de ellos yacían muertos o heridos, cuando comenzaron a aparecer de todas partes hombres armados con navajas, con azadones, con lanzas o guadañas. Salían de las alamedas cercanas, de las piedras que había junto al río…, hasta de debajo del puente aparecían, y caían como locos gritando contra los asustados franceses. No había forma de saber cuantos eran.

Todos ellos venían vestidos con ropas de campesinos o pastores, todos excepto uno, un joven que traía el uniforme de oficial del ejército español, y que, gritando consignas a los demás, fue de los primeros en lanzarse al cuerpo a cuerpo.

Desde las casas cercanas, desde las chozas de los pastores, desde los campos de cultivo, aquella algarabía fue perfectamente audible. Los que la escucharon sintieron un terrible pavor y corrieron a buscar refugio dentro de sus casas, o detrás de una roca, o encima de un árbol. Largos minutos duraron los gritos, los disparos, los relinchos asustados de los caballos… Luego, igual de bruscamente que habían comenzado, terminaron.

No fue sino al cabo de una hora larga después, que alguno de los más osados se atrevió a acercarse para ver qué había sucedido.

La escena que encontraron en el puente les heló la sangre. Decenas de cadáveres yacían al sol de la tarde, tiñendo de sangre el camino y el río. Franceses mezclados con españoles. Otros agonizaban lentamente, con apenas un hilo de vida ya en sus cuerpos. Los había que lanzaban quejidos lastimeros, mientras se arrastraban buscando un lugar donde morir.

Ambos carros aún estaban sobre el puente, con sus cargas intactas.

Realmente era difícil saber si alguien había sobrevivido a aquella escaramuza, y si lo habían hecho, desde luego había sido huyendo del lugar y dejando abandonado a su suerte al motivo de la disputa.

Muchos de los españoles muertos fueron reconocidos enseguida por los paisanos. La banda de Francisco San Martín al completo parecía haber caído. El propio Paquito el endemoniado fue encontrado con la cara destrozada, una lanza clavada en el costado y una herida de espada en la espalda. A su alrededor yacía un buen número de soldados franceses.

Del que no hallaron ni rastro fue del muchacho de la capital, claro que a esas alturas nadie esperaba encontrarlo con vida, después de desafiar públicamente al Endemoniado.

Dado que poco sabían de la identidad de los cadáveres, en muchos casos, o poco importaba, en otros, decidieron enterrarlos a todos en una fosa común, que abrieron no lejos del lugar, que dieron en llamar desde entonces como el vado de los buitres, por lo mucho que tuvieron que luchar contra ellos para espantarlos mientras daban sepultura a los cuerpos.

En cuanto al oro de los carros, concluyeron que no podían dejarlo allí y que, dado que no sabían legalmente a quien pertenecía, bueno era que se lo repartieran entre ellos. Aunque hay que decir, en beneficio de los lugareños, que cuando las autoridades locales propusieron entregar dicho oro a la Junta Central, buena parte del botín fue devuelta para dicho fin.

El día en que el coronel Peláez fue nombrado Director del Real Cuerpo de Policía, elección firmada directamente por el rey don Fernando VII, en las tertulias y reuniones de la Corte, muchos se preguntaron de dónde había salido dicho coronel.

Alguno recordó a un alférez Peláez distinguiéndose en la batalla de Los Arapiles. Otro cayó en la cuenta de un capitán Peláez en el frente de guerra de Cataluña. Sonaba el nombre de un comandante llamado Peláez al frente de un regimiento de dragones reales en Valencia, ya terminada la guerra contra el francés. Pero nadie podía asegurar que todos estos fueran la misma persona.

Lo que si pudieron aseverar, en los años venideros, aquellos que tuvieron la desgracia de ocupar los calabozos de las prisiones reales, fue el celo con que este coronel desempeñaba su cometido. Y pronto fue famosa en todas partes la manera en que comenzaba sus brutales interrogatorios, jugueteando con las cuentas del rosario que colgaba de su pecho antes de arremangarse la camisa y meterse en faena.


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Texto seleccionado en las reuniones del Taller de los días 13.08 y 03.09.2003.