PRESENTACIÓN

MIEMBROS

ACTIVIDADES

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RELATOS
PUBLICADOS
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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta





La firma
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Marcelo López-Conde Alonso



Amparo llega a la puerta principal, gira sobre los tacos aguja y observa por última vez el que ha sido su Petit Hotel por más de 40 años. La garganta comienza a cerrársele, los ojos se le van inundando y un ardor lacerante en el estómago le recuerda su situación. Oculta detrás de gafas oscuras, imagina su casa como antes; así recobra los muebles de estilo, las pinturas del siglo XVII, los vidrios firmados, las alfombras persas, los cubiertos de plata, los bronces. Se ve sentada frente al necessaire del siglo pasado probándose sus alhajas y perfumes, sus vestidos, sus zapatos de las mejores casas. Juega con las lamparillas de luz que recorren el marco del espejo donde ella, Amparo, representa el mejor papel de todos en su larga y famosa carrera de actriz, ser ella misma; y hasta saborea su exquisito Veuve cliquot. Luego, prueba una cucharadita de caviar negro con un toque de limón como siempre le ha gustado comerlo.

Se percibe deseada, con su pelo rubio, sus labios carnosos; y mucho más aún cuando recuerda la foto en blanco y negro de ella con aquél actor venezolano: Ricardo Thompson atrapada entre marco y espejo.

En ese entonces, él la miraba y ella sonreía, y sabía que esa sonrisa era todo su corazón: grande como la luna llena que hacía de fondo en la fotografía y daba fondo a aquel amor de película que ambos habían hecho realidad.

Ricardo Thompson conquistaba corazones; todas las chicas se derretían con su look de Latín Lover, enamorando a esa hermosa rubia de ojos verdes y elegante sonrisa del famoso póster de La luna que nos unió.

Las revistas de la época se agotaban cuando en la tapa salían ambos y él lucía sus trajes impecables, sus sombreros, sus cigarros.

La gente idealizaba la pareja que formaban. Los hombres se vestían como él, se peinaban con el brillo de él, querían ser él. Y las chicas querían ser Amparo y hasta se dibujaban aquel lunar en la cara que tanto deseos despertaba.

Ella disfrutó de las lunas llenas, del champagne, de los aplausos y de sus mágicos vestidos. Hizo cualquier cosa para seguir junto a Ricardo. Previó todo, menos a la famosa actriz King Raymord que con la seguridad de los grandes supo conseguir rápidamente su objetivo: llevarse a Ricardo Thompson para América a descubrir un mercado que estaba ávido de galanes como él.

Después de la ruptura, el corazón de Amparo estalló. Sintió que su vida ya no sería igual; lo amaba y lo había perdido. Entonces, su sensibilidad de actriz se vio afectada. Supo que había más cosas de ella dentro de él que dentro de ella misma. Se sintió vacía y sus previsiones se derrumbaron como las piezas de un dominó.

Amparo comenzó a marchitarse, perdió la confianza. Durante un tiempo, buscó nuevas relaciones como aquella con Dino Cagnassi, el actor italiano, que más que para amarla se acercó a ella como trampolín en su carrera profesional. Afectada en su amor propio, a partir de entonces su suerte se precipitó: los ofrecimientos escasearon y se vio obligada a aceptar películas y personajes de inferior categoría. Las hipotecas y los préstamos se encargarían de consumir los últimos bienes.

Suena el portero eléctrico y Amparo entiende que es el auto que la llevará a la notaría a firmar la entrega de la casa. Durante todo el viaje, sentada en el medio del asiento trasero, no se quita las gafas ni el sombrero, sólo lleva su cartera sobre las piernas, sólo se seca un par de veces los ojos y piensa en lo gentil que ha sido el escribano al enviar por ella.

Cuando ingresa a la sala de firmas, imagina que firmará para su próxima película y se convence cuando le dejan la cabecera de aquella mesa presidida por calvas y trajes grises.

El escribano acerca los papeles que marcan el fin de la deuda. Amparo firma. Lo hace con las ganas y la vanidad de todo autógrafo. Los papeles pasan por las manos de aquellos hombres que los rubrican con el placer de saber que pronto ya comenzaran a contar esta anécdota en sus clubes sociales mientras beban whisky.

Cuando terminan, la mujer pide al escribano que le indique el camino al tocador. Sobre la mesa no hay dinero, sólo la hipoteca. De pronto se escucha un disparo. Todo es estupor. Alguien, previendo una desgracia, revuelve los papeles con un único objetivo: el original con la firma. Lo encuentra y los tranquiliza.

El escribano halla el cuerpo tirado en el baño junto al revólver y la pequeña cartera vacía.

En la mesa descansa la lapicera de Amparo, su único capital.


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Texto seleccionado en el Taller del 26.03.2003