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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta





El jardín de la luz de la noche
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Raúl Roldán García

¡En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso! ¡La alabanza a Allah, el Único, que levantó el Firmamento y extendió la Tierra, y la oración y la paz sobre nuestro señor Muhammad y sobre su familia y sus compañeros hasta el Día de los días!

Cuentan, pero Allah es el más sabio, que en los tiempos del califa Abd al-Rahman, el tercero, vivía en la ciudad de Qurtuba un joven mercader que tenía por nombre Raschid [1] ibn Mesaud. Era este mercader inmensamente rico, pues había heredado de su padre fortuna y negocio, además de conocimientos y habilidades propias de su gremio. Poseía tiendas en los zocos de Qurtuba e Isbîlîya, que había dejado bajo la administración de esclavos y sirvientes, y en el puerto de Malaqa tenía empadronada una flota de cinco barcos que surcaban los mares para mercar sus productos en los puertos de Oriente. Estaba, pues, este Raschid, colmado de favores y dichas como dijo el poeta: «Allah te dé tantos deleites que no tengas lugar donde ponerlos».

Mas he aquí que a pesar de tantas riquezas, no era el mercader feliz en un punto, y esto era porque en el lecho de muerte, su padre había puesto en su mente este consejo:

Raschid, hijo mío, eres joven y rebosas hermosura, y es la voluntad de Allah que busques entre las mujeres de tu edad alguna a la que hagas tu esposa para que te traiga la dicha y la descendencia. Mas una cosa te digo: busca de entre ellas a la más virtuosa y a la más hermosa, pues sólo si tu corazón te habla en su favor, estará destinada a ser tu esposa.

Y hete aquí que pasados los años de la muerte de su progenitor, seguía Raschid mancebo, y esto era porque siguiendo la anterior amonestación, no había escuchado aún en su corazón la voz que le dijera que mujer era aquella adecuada para ser su esposa. Y como el tiempo pasaba y su corazón callaba, se iba sintiendo cada día más triste y se decía a sí mismo:

—Es voluntad de Allah.

Sucedió un día en que Raschid se hallaba en su casa, llorando su cuita, que llegó a visitarle un scheij [2] que había sido amigo personal de su padre. Viéndole en semejante estado, preguntóle por su dolencia, y Raschid, que en él confiaba como en un amigo, todo le contó sin omitir palabra, y hecho esto, volvió a llorar desconsolado. Mas he aquí que el scheij le dijo:

—¡Detén ya tu llanto, oh Raschid, hijo de mi hermano [3]! Ahora parto en peregrinación a La Meca buscando la purificación, y estaré ausente de Qurtuba largo tiempo. Has de saber que tengo entre mis posesiones una alquería a las afueras de la ciudad que posee el jardín más hermoso que han visto los ojos, y que es bien admirado por todos los que le conocen. Es me deseo que en mi ausencia te solaces en dicho jardín que tiene el don de liberar las dolencias del alma y calmar los males de los hombres. Tan seguro estoy de que en él sanarás de tu dolor que si a mi vuelta no es así me afeito la barba y la cabeza.

—Oír es obedecer —contestó Raschid, y en eso quedaron.



Y cuentan los que de esta historia antes escucharon, que esa misma tarde, antes de que cayera la noche, llegó Raschid hasta la alquería, solo, pues buscaba allí la paz y el sosiego que no podía hallar en la ciudad. Encontróse ante unas puertas cerradas, altas y robustas, en las que había grabada la siguiente inscripción: Cuando me traspases estarás entrando en el jardín de la Luz de la Luna. Deja tus miedos fuera que Allah cuida ya de ti. Maravillóse el mercader de tan hermosas palabras y abriendo las puertas, pues la llave tenía, entró cerrando tras de sí.

Y he aquí que penetró entonces en un enorme jardín, mas quedó decepcionado de lo que allí había. Pues a la luz del sol que ya caía tras el horizonte descubrió un lugar descuidado y abandonado, como si hiciera años que un jardinero no se ocupara de él. Las ramas de los setos que ceñían el jardín habían crecido libremente molestándose unas a otras; las flores estaban marchitas o muertas; la hierba mal cortada y salvaje. Dos albercas fragmentaban el jardín, y vio Raschid que las fuentes que las alimentaban estaban secas y nada manaba de ellas, por lo que las aguas que tenían estaban estancadas y verdosas, y olían mal. Más allá del jardín se veía una casita de campo, y sus soportales aparecían sucios de hojas secas.

—¡A qué lugar tan feo me ha mandado venir el scheij! —se dijo Raschid—. No hay duda que tendrá que rasurarse la barba y el cabello, porque no veo que aquí pueda yo encontrar lo que mi corazón necesita.

Y sintióse tan triste y apenado, que fue a tumbarse en la hierba y allí rompió a llorar, como dijo el poeta: «No habrá consuelo para un llanto que desde tan dentro nace, ni charca que albergue tanta lluvia derramada». Y así el sopor se fue adueñando de él y no tardó en quedarse dormido.

Y sobre él, la luz gris de la tarde se fue volviendo opaca y fue muriendo en las sombras de la noche. Y poco a poco el cielo se fue llenando de estrellas que, como un sendero abierto en la oscuridad, fueron mostrando la ruta por la que se fue asomando la luna.

Entonces sucedió que de la nada surgió una voz que cantaba y una música que navegaba la brisa, que tan bellas eran, la una y la otra, que los pájaros y las cigarras callaron por escucharla, y hasta pareció que el viento se detenía, y se detenía también la edad del mundo.

Y cuando hasta los oídos del mercader llegaron aquellas armonías, tornó a volver de su letargo y al abrir los ojos se quedó tan maravillado que aún creía estar en un sueño. Pues al mirar a su alrededor, lo que antes fue abandono era ahora hermosura, de manera que le pareció estar en otro jardín distinto. Bajo la luz de la luna y de las estrellas vio que los setos, perfectamente recortados, se alineaban ordenados y guardaban su distancia unos de otros. Las ramas de los almendros estaban en flor y los naranjos estaba cargados de azahar, cuyo olor lo inundaba todo. La hierba estaba cortada como si alguien hubiera medido uno a uno todos los tallos para dejarlos al mismo ras. Y las aguas de las albercas aparecían cristalinas, alimentadas por los cantarines chorros de las fuentes.

Sintió Raschid que se desmayaba ante tanta belleza, pero era aún más hermoso el canto y la música que llegaban a sus oídos. La voz de una mujer entonaba palabras tan gratas que hería escucharlas. Con esfuerzo se incorporó el mercader e hizo por descubrir de donde salían aquellos sones, y al punto comprendió que venían desde los soportales de la alquería, que ahora aparecían despejados de suciedad y en cuyas paredes se leían, labradas en la piedra, palabras del Corán y de la Sunna.

Según se fue acercando Raschid, descubrió que un rayo de la luz de la luna entraba entre los naranjos y los almendros y percutía de lleno sobre un fino lienzo que, colgado de la rama de un árbol a modo de velo, transparentaba la sombra de una muchacha sentada sobre la hierba en cuyas manos había un laúd.

—¡Ay de mí! —se dijo Raschid—. Es verdad lo que me decía el scheij, que ahora siento que las cuitas que tenía se desvanecen. No tengo más remedio que ver el rostro de esa mujer, porque me dice el corazón que ella ha de ser la madre de mis hijos.

Y con estas se acercó, mas con tan poco tacto y sigilo que tropezó con uno de los setos y cayó cuan largo era causando alboroto tal que inmediatamente la música cesó y el canto se ahogó en la noche.

—La paz sobre ti, Raschid Ibn Mesaud, el mercader —dijo entonces la voz de aquella mujer.

—¿Quién eres y cómo sabes mi nombre? —quiso saber Raschid sorprendido.

—Mi nombre es Nuru-l-Leila [4], soy la guardiana de estos jardines. Y el motivo por el que sé tu nombre, y otras muchas cosas de ti, es porque te estaba esperando.

—¿Te avisó el scheij de mi llegada?

—Sabía de tu llegada mucho antes de que tú hablases con el scheij.

Maravillóse Raschid de aquellas palabras y preguntó:

—¿Acaso tienes el don de la adivinación?

—Has de saber, mi señor, que en efecto ese es uno de mis dones. Otros tengo, y alguno de ellos ya los has visto.

—¿Y cómo es eso?

—¿No recuerdas cuan marchito y feo estaba el jardín cuando llegaste? Míralo ahora, como rebosa vida y hermosura. Y esto no es sino que yo, con mi voz y con mi música, he hecho brotar lo que estaba muerto, pues has de saber que el sonido de mi laúd es el fertilizante que nutre a las plantas y a los árboles y mi voz la droga que sana sus enfermedades.

Sintió Raschid que el corazón se le llenaba de alegría y de amor, y supo que las palabras de Nuru-l-Leila eran ciertas, pues también notó que su corazón rebosaba vida y salud, como si parte de aquel jardín fuera.

—¡Por Allah que no queda otro remedio —dijo— que te vea el rostro, pues has de saber que desde que escuché tu canto y tu música mi corazón se zarandea loco de amor por ti! Solo una mujer tan extraordinaria puede ser mi esposa.

—Antes de que tu corazón enloquezca del todo —dijo Nuru-l-Leila— muchas cosas de mí debes conocer. Soy mujer, pero no de las de tu raza, pues el mío pertenece al linaje de los afarit [5], que se remonta en los siglos hasta la sangre del Profeta, al que Allah colme de dichas y venturas. Aun así, contigo me desposaría, pues desde el día en que supe que vendrías a este jardín mi corazón también te anhela, como el tuyo a mí. Pero has de saber que sobre mí pesa una maldición que me tiene aquí presa, y esa es una historia peregrina y larga que trataré de resumirte.

—De mil amores la escucharé.

—Pues entonces te diré que mi padre, que es uno de los afarit más poderosos y temidos de los que surcan los cielos y la tierra, profetizó al nacer yo que un hombre, de la raza de los hombres, había de prender mi corazón y hacerme enloquecer hasta la muerte, pues de mi se alejaría abandonándome. Y como mi padre me tiene en tanto aprecio y celo, me puso en este jardín, amonestándome a no salir nunca de él, y echó en torno mío la maldición de que aquel hombre que de mi se prendase, había de quedarse para siempre a mi lado en este lugar. Sólo así podré ser tuya.

—Eso no ha de ser problema —dijo Raschid— pues en cuanto regrese el scheij de su viaje le compraré este jardín y podremos vivir juntos. Sin duda eso contentará a tu padre y a su maldición.

—¡Oh mi señor, qué cándido es el corazón el hombre enamorado! De nada serviría todo eso, sino que para tenerme a mí, de todos vuestros bienes tendrías que desprenderte, y despedirte de toda tu familia y amigos y quedarte aquí conmigo, y no salir nunca de este jardín. Y como mi padre no confía en la palabra de los hombres, otros términos agregó a la maldición.

—¿Y cuáles son esos términos?

—No te lo diré sino es al oído, pues son palabras que no pueden ser llevadas por el viento y escuchadas libremente. Sólo te diré que el sacrificio que tendrías que realizar por mí sería tan grande que muchos hombres valientes retrocederían al conocerlo y temblarían antes de someterse a él. Si te avienes a soportarlo, mi padre sabrá a ciencia cierta de tu amor y no dudará de él.

—¡Por Allah que sea cual sea ese sacrificio estoy dispuesto a sobrellevarlo, y a dejar atrás todos mis bienes y a todos los míos, pues desde que te escuché cantar sé que jamás podré volver a ser feliz si no es contigo, y de nada me serviría entonces los placeres del dinero y el cariño de familiares y amigos!

—Oh mi señor, piensa dos veces lo que dices —le atajó Nuru-l-Leila— pues este no es asunto ligero. Te diré lo que vamos a hacer: Ahora vendrás hasta mí y descorrerás este lienzo que nos separa, verás mi rostro y escucharás de mi boca el sacrificio del que te hablo. Si después de eso el miedo se apodera de ti y decides irte, podrás hacerlo con libertad y nunca más se volverá a saber del asunto. Si decides cumplir el sacrificio, esta noche me harás tuya y seré tu esposa para el resto de los días.

—Será como tú dices —se avino Raschid.

Entonces Nuru-l-Leila volvió a rascar el laúd y entonó una hermosa canción que envolvió la noche.

Raschid escuchó unos instantes embelesado, diciéndose a sí mismo que por muy grande que fuera aquel sacrificio, nada le podría alejar de aquella mujer, pues sólo escuchar su voz templaba su sangre y se acunaba su espíritu.

Luego comenzó a caminar hacia la muchacha, y mientras su mano avanzaba para descorrer el lienzo, Raschid se decía que, fuera como fuera el rostro que ahora iba a descubrir, nada podía ya alejar el amor que le tenía cautivo.

Cuando el lienzo se movió y la luz de la luna le mostró a Nuru-l-Lelia, a poco estuvo Raschid de caer desmayado, pues tal era la hermosura que tenía delante. Y entonces se preguntó si esa realmente la luz de la luna quien iluminaba aquel rostro, o era aquel rostro quien daba luz a la luna.

Sabedor de que nunca se negaría a aquella mujer, se arrodillo a su lado y escuchó su música, sin permitir que sus ojos miraran ya a otro lugar que no fuera aquella cara. Y así estuvieron largo rato, hasta que Nuru-l-Leila terminó su canto y entonces acercó su boca al oído de Raschid y formuló en un susurro, que ni los pájaros de las ramas cercanas pudieron escuchar, el sacrificio al que debería someterse.

Oído que lo tuvo, Raschid sonrió y dijo estas palabras:

—Tan sólo una condición pongo para avenirme a tal.

—¿Y cuál es?

—Que mientras hagamos el amor esta noche no dejes un momento de cantar tan lindas canciones.



Cuando meses después el scheij regresó de su peregrinar, lo primero que hizo, después de poner en orden sus asuntos, fue acercarse a su alquería, pues en ningún sitio como en aquel se sentía mejor en este mundo.

Cuando hubo traspasado la puerta y penetrado en el jardín, los padecimientos del largo viaje le parecieron cosa tan lejana que llegó a creer que no habían existido. El jardín estaba hermoso, tanto como lo recordaba. El agua cantaba en las fuentes, el azahar lo inundaba todo, las flores llenaban la vista con sus miles de colores.

Suspiró satisfecho al sentirse de nuevo en casa.

Al mirar al fondo, hacia los soportales, pudo apreciar algo que antes nunca había visto, algo que le hizo, primero sonreír, y después soltar una carcajada.

Se acercó lentamente hasta tocar el árbol con su mano. Era un árbol joven y robusto, lleno de vida en sus largas ramas. Era un árbol feliz de serlo.

Aún sonriendo, se acarició las barbas y el cabello y asintió convencido mientras decía:

—Siempre supe que no tendría que rasurarme.

Y luego se marchó canturreando dichoso, convencido de que el amor de aquel nuevo árbol de su jardín siempre sería sincero y duradero.


NOTAS:
[1] «El bien encaminado».
[2]
Jeque.
[3]
Esta expresión no determina un grado de parentesco, sino de amistad. Todos los musulmanes son hermanos ante Allah.
[4]
Luz de la noche.
[5]
Genios.

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Texto seleccionado en el Taller del 19.02.2003