PRESENTACIÓN

MIEMBROS

ACTIVIDADES

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RELATOS
PUBLICADOS
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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta






Revelación
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Juan José Vico Sampedro



Los colores giraron alrededor del cenit, buscando entrechocar y cabalgando unos sobre los otros hasta fundirse en una luz blanca, sobre la que se dibujó, en perfecto color negro, un pentagrama.

Las notas fueron surgiendo desde todos los lados, y a pesar de su elevado número fueron colocándose unas detrás de las otras; notas blancas y notas negras; corcheas y semicorcheas, los silencios, las cadencias...., todas en perfecta armonía. Y a la vez que se colocaban , hablaban, cada cual en un tono diferente: unas rápidas otras lentas, unas agudas otras graves; la mayoría solas pero otras, sin embargo, susurraban al unísono.

Una armonía plácida, serena, fue envolviéndolo todo. La conciencia un poco extraviada no acababa de situarse. Era a la vez algo irreal, pero perfectamente claro, nítido, las vibraciones sonoras sometidas al ritmo y la proporción según las viejas leyes de la melodía y de la armonía.

La música se esparció como un racimo, ya no eran solamente notas, ahora se distinguían instrumentos hablando unos con los otros, el violín tocaba y los oboes le replicaban. Componían un cántico monocorde que fue creciendo poco a poco, hasta que al final, y, como si de unos fuegos de artificio se tratase, estallaba con la entrada de toda la orquesta, para nuevamente caer de golpe a un sólo instrumento donde el tema recurrente volvía a hacer su aparición.

La melodía componía un cuadro evocador, una visión placentera, casi idílica de la naturaleza, rebosante de luz y color y donde el fraseo de la narración fluía como un arroyo plañidero.

Los distintos movimientos de la obra se sucedían unos tras otros, aparentemente diferentes, pero siempre con un lazo de unión, un hilo conductor, capaz de formar un cuerpo etéreo, pero sin embargo tangible, un conjunto uniforme y con sentido.

Apenas había terminado de oír los últimos compases, cuando otros sonidos llegaron hasta él. Notó como le sacudían, alguien le estaba llamando de forma repetida y enojada.

—¡Cada día estás mas sordo! ¡Despierta hombre! ¡Despierta!

Abrió los ojos lentamente, la luz le lastimaba. De pronto recordó ¡La melodía! Se incorporó, y arrojándose contra el desordenado escritorio se puso a garabatear apresuradamente las notas. Cerraba los ojos tratando de mantener el máximo tiempo posible el recuerdo de la música.

Después de un corto periodo de tiempo se tranquilizó, al comprobar que la composición seguía clara en su memoria y sonaba acompañando sus notas.

Tras un día de febril trabajo la obra quedó acabada. Sobre sus márgenes se detallaban todo tipo de aclaraciones: murmullo del arroyo; la codorniz; canto del ruiseñor, la oropéndola y el cuclillo; crepitar de la lluvia; truenos y relámpagos...

Esa misma noche se la mandó a su editor.

Mi querido amigo adjunto te remito el fruto de una noche maravillosa y aunque quedan ligeros retoques, no resisto la tentación de mandártela. He pensado llamarla «La Pastoral» que como sabes haría la número 6 de mis sinfonías. Espero impaciente tu respuesta. Tu amigo.

Ludwing van Beethoven

Diciembre de 1808.


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Texto seleccionado en el Taller del 04.06.2003,
ex-aequo con Conversaciones con el diablo, de CARMEN GÓMEZ MENÉNDEZ.