PRESENTACIÓN

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ACTIVIDADES

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RELATOS
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Isabel Gallego Rubio Vuelve a casa

Cristina Aparicio La ciudad de los artistas

Raúl Roldán García La mar tenebrosa

Pedro M. Martínez Corada La colección

Raúl Roldán García El jardín de la luz de la noche

Marcelo López-Conde Alonso La firma

María Yuste Pastelitos de miel

Carmen Gómez Menéndez Conversaciones con el diablo

Juan J. Vico Sampedro Revelación

Raúl Roldán García Los durmientes

Pedro M. Martínez Corada La gordita

Isabel Gallego Rubio El deseo de Celia

Raúl Roldán García El endemoniado

Catalina Hernández Noriega Para un astronauta






Vuelve a casa
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Isabel Gallego



Escena I


(Por la tarde en un patio de una residencia de ancianos: 'Residencia La Esperanza', se podría ver en algún letrero. Hay geranios y un cactus exageradamente grande. Las paredes encaladas, blancas. Una mujer vieja, BÁRBARA, con la cara lustrosa, pelo blanco y recogido en un moño. Va vestida totalmente de negro con un mandil y zapatillas de estar en casa. Está en mitad de la escena, sentada en una silla de ruedas moderna, delante del cactus, un poco de lado, no de frente. Está sola. Una jaula con un periquito en algún lado.
La anciana saca un pañuelo de tela arrugado del bolsillo del mandil y se suena los mocos con gran intensidad, luego se seca los ojos. Se guarda el pañuelo y suspira. Luego saca del otro bolsillo un rosario y se pone a murmurar el rezo.
Por la parte izquierda aparece una mujer, ANTONIA, de unos sesenta años. Lleva puesto un vestido azul marino y una chaqueta de punto del mismo color, muy decentemente. Contrasta con su pelo, de rubio amarillo tintado y sus ojos y su boca exageradamente pintados de colores muy chillones).

ANTONIA.- ( su voz es ronca y fría, como la de una mujer que ha fumado tabaco negro durante muchos años, aunque tratará de ser dulce durante todo el tiempo) Buenas tardes.
BÁRBARA.- (sin volverse a mirar) ¿Buenas? !Tú me dirás para quién son buenas! (continúa con su rezo).
ANTONIA.- (muy educadamente) No hace ni frío ni calor y desde aquí se pueden ver los árboles del camino del paseo...
BÁRBARA.- Es decir, otro día sin sustancia ninguna, como todos.
ANTONIA.- Hay que ser más optimista.
BÁRBARA.- ¿A mi edad? ¿Para qué? Además, ¿quién interrumpe mi Rosario? (vuelve el cuerpo con esfuerzo para mirar de dónde proviene la voz y mira a la mujer, también como puede, de arriba abajo) ¡Francisca! ¡Francisca! ¿Dónde se ha metido Francisca? Y tú quién coño eres. Eres nueva en este sitio y quieres traer alegrías a unos viejos despachurrados. Anda, muéveme un poco hacia delante para que me de el fresco.
ANTONIA.- Verá, sí soy nueva y me voy a hacer cargo de usted. (mueve un poco y torpemente la silla).
BÁRBARA.- Pues menuda te ha caído, porque yo guerrera soy todo lo que puedo y más. Y tú ... tampoco eres muy joven ni pareces fuerte y con esa cara pintarrajeada. Mira, estoy coja, porque me caí y los huesos con la edad ya no sueldan bien, pero salud en cuanto a salud, como un toro. Nunca he tenido ni una mala digestión. Anda siéntate un rato a contestarme con el Rosario.
ANTONIA.- ¿Yo? Hace mucho tiempo que no he rezado.
BÁRBARA.- ¿Y has tratado con viejos? No sé yo, no te veo muy mañosa. Los viejos no tenemos buen llevar, no te creas, ni somos tan débiles como parecemos. (suspira)
Bueno, 'modosita' y ¿cómo te llamas? porque tendré que llamarte de alguna manera.
ANTONIA.- Antonia.
BÁRBARA.- (La mira de nuevo de arriba abajo) Así que..., Antonia. Y dices que sabes rezar o que no.
ANTONIA.- Pues mire usted, si, un poco, aunque casi todo lo he olvidado. Pero mi madre cuando era chica me hacía rezar todas las tardes, hasta que me hartó y creo que por eso lo he olvidado.
BÁRBARA.- Lo que se aprende de niña no se olvida nunca. Eso te lo digo yo que casi con noventa años que tengo y con un pie en la tumba, me acuerdo mejor de los cuentos que me contaba mi abuela que de lo que comí ayer.
ANTONIA.- Si, es verdad (poniéndose un poco melancólica). Yo recuerdo muchas cosas de mi pueblo.
BÁRBARA.- ¿Ah sí? ¿Y de dónde eres tú?
ANTONIA.- No tiene importancia ninguna.
BÁRBARA.- Mira hija, las cosas tienen todas la importancia que les queramos dar, si no..., muerta estaría yo, con los disgustos que estado recibiendo siempre. No hay nada peor para una madre que perder a sus hijos. Y mira aquí me tienes.
ANTONIA.- ¿Y cuántos hijos perdió usted?
BÁRBARA.- Mis hijos, mis casas. Todo en el aire.
ANTONIA.- (con ansiedad) Cuénteme y así se desahoga.
BÁRBARA.- (parsimoniosamente) Tuve un hijo medio tonto que no se le ocurrió otra cosa que irse a Barcelona y mira, vino un par de Navidades después con una mujer medio loca, una suegra y dos hijos (uno suyo y otro no). Se embobaban viendo la tele y comiendo turrón. Acabé enviándoles allí el turrón y fin de la historia.
ANTONIA.- Vaya. ¡Cómo es usted!
BÁRBARA.- Y la hija que tenía se fue. Y no quiero ni contar donde me dijeron que la habían visto.
ANTONIA.- ¿Pero la vieron? ¿En serio?
BÁRBARA.- Ya lo creo, al principio. Entre el cielo y la tierra no hay nada oculto. La vieron por las carreteras, en los bares. Y todo por la mala sangre en el cuerpo: de ella, de los vecinos que venían a contármelo y mía que la parí. Debo tener las entrañas podridas.
ANTONIA.- No diga usted eso.
BÁRBARA.- Yo no lo estoy, es mi sangre.
ANTONIA.- (algo excitada) Eso son tonterías. Seguro que ella se fue porque quería salir del pueblo y conocer otra gente.
BÁRBARA.- Seguro. Conocer otros hombres.
ANTONIA.- (poniéndose exageradamente dramática) Es usted muy dura Puede ser que los vecinos no contaran toda la verdad, hay veces que la gente miente porque sí. A saber cual sería la verdad. Seguro que ella también sufrió lo suyo, pensando que ya nunca podía volver al sitio donde había nacido por temor a las habladurías.
BÁRBARA.- No te aflijas, hija, que a esa ya la enterré.
ANTONIA.- ¿Pero…, murió?
BÁRBARA.- No lo sé, pero yo la enterré aquí. (dándose golpes con la palma de la mano en el corazón)
ANTONIA.- Pero, se queda usted sola.
BÁRBARA.- Siempre lo estuve. Sola con mi casa. Y ahora me voy a morir en este sitio sin nombre en mitad de una carretera.
ANTONIA.- El sitio es bonito.
BÁRBARA.- ¿Ah sí? pues te lo regalo. Todos chochean y no encuentro conversación con nadie.
ANTONIA.- ¿Y qué quiere usted?
BÁRBARA.- ¿Qué quiero?, pues mira lo que quiero: morirme en mi casa. Tranquilamente, al lado de las únicas cosas que han sido mías.
ANTONIA.- ¿Y allí no queda nadie?
BÁRBARA.- Ni un alma.
ANTONIA.- Es una lástima
BÁRBARA.- Pues si, una verdadera lástima.
ANTONIA.- La vida (suspira).

(callan un rato y se quedan las dos pensativas. ANTONIA saca un paquete de Ducados del bolsillo de su vestido y enciende uno. La vieja la mira. De pronto y con bastante energía la vieja comienza a rezar la letanía del Rosario. ANTONIA contesta muy rápidamente en mitad de una calada de cigarrillo, como si la hubieran puesto alerta. El rezo es muy rápido).

BÁRBARA.- Madre Purísima.
ANTONIA.- Ruega por nosotros.
BÁRBARA.- Madre Castísima.
ANTONIA.- Ruega por nosotros
BÁRBARA.- Madre Adorable.
ANTONIA.- Ruega por Nosotros.
BÁRBARA.- Madre Admirable.
ANTONIA.- Ruega por Nosotros.
BÁRBARA.- Ideal de Santidad.
ANTONIA.- Ruega por Nosotros.
BÁRBARA.- Reina llevada al Cielo.
ANTONIA.- Ruega por Nosotros.
BÁRBARA.- Virgen concebida sin pecado original.
ANTONIA.- Ruega por Nosotros.

(BÁRBARA se para y mira a ANTONIA de nuevo. Luego se pone a hablar con el tono de quien ya tiene algo decidido).

BÁRBARA.- Acabo de pensar en algo.
ANTONIA.- (desconfiadamente) ¿Sí?
BÁRBARA.- Tú y yo, nos vamos a ir mañana al pueblo.
ANTONIA.- No, no, yo no voy a volver mañana al pueblo. Quiero decir, a su pueblo.
BÁRBARA.- Pero si no sabes cómo es.
ANTONIA.- De todos modos, no me parece buena idea. En los pueblos todo el mundo se conoce.
BÁRBARA.- Pero en el tuyo, no en éste.
ANTONIA.- En todos, en seguida empiezan los cotilleos y más cotilleos.
BÁRBARA.- Venga, venga…, no digas bobadas.
ANTONIA.- Ya, pero la gente qué diría de mi.
BÁRBARA.- (alzando la voz) ¡No seas tonta mujer! Yo explicaría que eres una enfermera que he contratado para que me cuide.
ANTONIA.- (alzando la voz también) Nadie la creería. La gente es muy mal pensada.
BÁRBARA.- Además, que piensen lo que quieran.
ANTONIA.- No es tan sencillo.
BÁRBARA.- (apaciguada) Mira la casa no es muy grande y se limpia pronto, además para una mujer el trabajo es salud.
ANTONIA.- No si eso no me asusta.
BÁRBARA.- Verás lo bien que vamos a estar, lo tranquilas allí las dos.
ANTONIA.- Sí, tranquilo desde luego sería.
BÁRBARA.- Mira, no se hable más. Mañana mismo nos vamos. ¿Tienes mucho que preparar?
ANTONIA.- Yo, poca cosa.
BÁRBARA.- Pues entonces, fin de la discusión. Venga, llévame para dentro.

(Se marchan las dos ANTONIA empujando la silla de la vieja por un lado del escenario).


Escena II


(Día siguiente, el mismo escenario. Está BÁRBARA, en la misma posición del principio pero con un abrigo puesto. A su lado un bolso pequeño de viaje. Está muy bien peinada).

BÁRBARA.- (gritando) ¡Antonia! ¡Antonia! (nadie contesta) ¡Antonia! ¡Venga mujer! (sigue sin contestar nadie).

(Al cabo de un minuto aparece FRANCISCA. Una mujer de unos cuarenta años gruesa y vestida con uniforme).

FRANCISCA .- ¿Qué son esos gritos? ¿No puede hablar como Dios manda?
BÁRBARA .- ¿Dónde está Antonia?
FRANCISCA .- Tu hija se fue esta mañana sin decir nada a nadie.
BÁRBARA .- ¿Se ha ido?
FRANCISCA .- Creo que la asustaste un poco, ¡cómo no tienes medida de las cosas!. Mira que querértela llevar al pueblo así de repente y después de tanto tiempo.
BÁRBARA .- Pero si a mí me quedan cuatro días, quería que se quedase con la casa. Lo único que tengo.
FRANCISCA .- Ya pero ella se vio acorralada. Primero por ti y luego por lo que pudiera pensar la gente.
BÁRBARA .- ¡Pero si de los pocos que quedan, nadie se acuerda ya de nada!
FRANCISCA .- Mire usted, lo que yo creo es que se asusto de ver que tenía que cuidar a una vieja y quizás limpiarle el culo.
BÁRBARA .- ¡Pobre muerta de hambre! ¿Adonde habrá ido a su edad y con esa cara?
En fin. Francisca, ¿por qué no me traes una manzanilla con un chorreoncillo de anís para entonarme?

(FRANCISCA lanza una carcajada y se va a buscar la manzanilla. BÁRBARA saca un pañuelo de tela limpio del bolsillo del abrigo, lo extiende, se suena el moco ruidosamente, se limpia los ojos).

FIN


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Texto seleccionado en el Taller del 16.10.2002