Cuéntanos un viaje en...
              TAXI


 

AUTORES PUBLICADOS:

· Carmen López León
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· José Romero P. Seguín
· Luis E. Mejía Godoy
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· María A. Moreno Mulas
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· Juan Rincón Ares


FOTOGRAFÍA: Diego Martínez Carulla © 2004

    

Llovía como llueve en mi ciudad, corriendo el riesgo de anegarlo todo. Tomé un taxi tras acudir a aquella cita que me había exigido imperiosamente, incapaz de soportar otra noche insomne.

Una densa cortina de agua desdibujaba los perfiles de los edificios volviéndolos cada vez más irreales, como desenfocándolos del campo visual.

Las gotas resbalaban a lo largo del cristal de la ventanilla y creaban formas fractales que se componían y descomponían sin cesar hasta que  comenzaron a brillar en toda la gama de colores del espectro.

Ahora, hacía sol y la línea del horizonte era azul, yo estaba en una burbuja que rodaba describiendo la curva del arco iris pero que nunca llegaba a meterse en el mar, porque este se alejaba, se alejaba...

Todo era extrañamente hermoso y del cielo anaranjado comenzaron a caer letras cárdenas que acabaron componiendo una frase: ...«fuera del mundo, no importa dónde» [1].

Creo que mi dentista se había pasado esta vez con el anestésico.
 

Carmen López León
 

[1] De Ch. Baudelaire .— Pequeños poemas en prosa.

El desesperado claxon de un Chevrolet guayín del 53 pretendió alertar la distraída atención del taxista no revolucionario. La aparente neutralidad de su discurso había invadido dos carriles en el descenso del Malecón de La Habana. Todo comenzó con un: «Les diré que yo no soy revolucionario».

Dieciséis cuadras y tres minutos más tarde metamorfoseaba su palabreo interpretando en olvidadizos aplausos, alejados del volante, el grito jubiloso del pueblo cubano: «¡Fidel, Fidel! ¡Sí, la gente le aplaude y corre para verle... incluso aquellos que se jactan de no ser revolucionarios! ¡Les diré que admiro los cojones de ese...!». El impotente aviso frenó bruscamente el elogio de la frase. Bajo la lluvia de un Malecón mojado, Fulgencio, regresó a la realidad que planteaba su leve accidente habanero. Bajo la lluvia, observé los desperfectos causados por la distraída admiración de un hombre que decía no ser revolucionario.

Reni
 

 

Un taxi me llevó al rencuentro. Muchos fueron los años que pasaron desde que nuestras risas se mezclaban con láminas de dibujos, ecuaciones y preparación de exámenes. Mucho tiempo había pasado de aquellos momentos en que me reflejaba en tus ojos y flotaba en una nube tan sólo por ser tu amiga, por sentir que me necesitabas aunque sea para definir los contornos de un dibujo. No sé lo que fui para ti. Sé lo que sos para mí, ese sueño de joven que no se cumplió.

Y hoy escuchar tu voz al teléfono...

No podía otra cosa decir: «Me tomo un taxi y salgo para allá».

ALZ


 

Era de noche. Miré mi reloj. Las once y media. Llegaría tarde al club social, precisamente hoy que se organizaba la gala de inauguración de la nueva sala de ocio. Y mi chofer en huelga. Esto no va a traer nada bueno. De Gaulle debería ser menos transigente... Ahí está mi taxi. ¡Sí que ha tardado! Pues mi urbanización no está tan lejos.

Diez minutos más tarde el condenado taxista ya estaba intentando entablar conversación conmigo. Odio que los taxistas no paren de hablar, dialogar no forma parte de su oficio.

Qué noche más fría, ¿verdad? Y pensar que ya estamos en mayo... Es que París es una ciudad muy fría…

(Silencio).

Usted no hace huelga, ¿no? Yo es que no puedo mire. Tengo cuatro bocas que alimentar, ¡y eso sin contarme!

(Silencio).

...Pues sí, sólo 45 años. ¿A que aparento muchos más?... Si estamos en el 68 y yo nací en el... Sí, sí, 45 años.

(Silencio).

Al llegar al Barrio Latino, cientos de jóvenes mantenían una intensa pelea con la policía. Otros quemaban cuanto encontraban a su paso. La mayoría entonaban himnos donde sonaban las palabras libertad, izquierda...

Oiga, mucho me temo que no vamos a poder seguir, todas las calles a partir del Barrio Latino están cortadas. El importe es...

Condenados niños inconscientes. Yo en su época servía a mi patria en vez de destruirla. Mierda de hippies... Menos mal que son cuatro locos. Esto en quince minutos esta solventado. ¡Bah! No tiene importancia. Aquí tiene.

Gracias señor, ¡y vaya con cuidado!

(Gruñido).

 

Bajo aquella noche estrellada del 3 de Mayo, aquel señor se dirigía al Club Social enfrascado en su gabardina y con un miedo atroz a que esos jóvenes vándalos le robasen o le tirasen piedras, porque «no respetan a la autoridad», que diría. Esos mismos jóvenes que diez días más tarde junto con los obreros harían una huelga general arengados por un deseo de cambio, de justicia. Aquel Mayo francés que sería recordado por sus movilizaciones, por su afán revolucionario. Fue el Mayo francés del pop art, el arte conceptual, el happening, la instalación, los graffiti, el collage, la historieta, el cambio, la regeneración, la vida, la utopía. Fue rozar el cielo con los dedos...

José Manuel Godoy Macías


 

Graciela siempre había sentido cierta prevención por los taxis. En su familia habían crecido con algunas carencias, «con lo necesario, pero sin lujos», le gustaba decir a su padre, un hombre austero y recto como pocos. Uno de los lujos más ostentosos era, en su opinión, subir a un taxi. «Es el recurso de los desorganizados», argumentaba. «Si calculas bien el tiempo que necesitas para trasladarte de un lugar a otro, jamás necesitarás tomar un taxi».

Graciela había vivido creyendo que esta y otras aseveraciones de su padre eran verdades incontestables, porque el ser humano siempre podía controlar el tiempo.

Pero esta mañana le sobresaltó el timbre del teléfono. Llamaban del hospital. Su padre había sido atropellado al cruzar la calle. Se encontraba grave.

Sólo dudó unos segundos. Salió de casa y desde el bordillo de la acera, alzó la mano para detener uno de aquellos vehículos por primera vez en su vida. Le dio la dirección al conductor, añadiendo que era urgente, y se arrellanó en el asiento con la soltura de quien lo hace a diario.

Cuando llegó al hospital, su padre estaba esperándole con la mano extendida. Graciela se la estrechó con afecto. El anciano sonrió, cerró los ojos y expiró suavemente.

Esther Zorrozua


 

Llovía a cántaros. Entré por una puerta y ella por la otra, los dos nos miramos, dijimos el mismo destino, el conductor arrancó sin preguntar nada más y nos vimos obligados a compartir el viaje. Nervioso, pensé que no era bueno compartir el mismo vehículo con alguien que no conoces, a mi edad, soy mayor, todo te da pánico. Mi cabeza iba por senderitos arriesgados, era bonita la joven. Recordé que a mi hermano le habían robado la billetera en una situación similar. Me puse muy nervioso, cambié de actitud, me senté cerca de la puerta, el taxi giró de golpe y ella se precipitó sobre mí. El conductor explicó que había un desvío y tenía que continuar el viaje por la autopista. Me resultaba extraño que ella no hubiera dicho nada, pero yo tampoco lo había hecho. Y allí estaba yo mascullando pensamientos.

Ella dijo: me bajo aquí. El auto frenó de golpe, tuve que sujetarme del asiento delantero. Quise bajar también, busqué mi billetera y no la encontré. Allí comenzó la historia, hice un escándalo. Su cara enrojecida no me detuvo. La amenacé. Me entregó la billetera, sin mirar la guardé y exigí que la joven descendiera del automóvil. Continuaba la tormenta y llovía como si fuera la última vez. El paraje desolado no me conmovió. Que se arreglara. El conductor dijo algo a lo que respondí que se callara.

Llegué a casa tarde, me esperaba mi hija con la cena. Lo primero que le dije fue: a que no sabes qué me pasó. Levantó algo pequeño y oscuro, que no alcancé a ver sin los lentes: te olvidaste la billetera.

No terminó ahí todo. Mi hija insistió en acompañarme a devolver lo que no era mío. Fuimos en su auto. La madre de la joven del taxi me atacó luego de explicar lo que había ocurrido. Su hija estaba internada, un vehículo la había atropellado en la autopista. Siempre recuerdo ese viaje. Si me hubiera puesto las lentes para ver la billetera, el que se hubiera bajado del taxi era yo. Mi hija dice que no los uso porque me resisto a la edad. Yo sé que es verdad. Tampoco acá los uso. Mi compañero de celda lee el periódico en voz alta y le lleva todo el día hacerlo.

Miranda Fried


 

Al desembarcar, ya de noche, tomé un taxi. El taxista me ayudó a meter la maleta en el maletero. Pensé en mí misma, y me comparé a aquella maleta. Estaba llena. Llena de sensaciones que sólo suelo tener cuando hago este mismo viaje año tras año. El trayecto, nervios, olores, el cambio en el acento y la actitud de las gentes… El haber ido en cubierta casi todo el tiempo me había dejado un aroma a salitre en la ropa y el pelo. Mi estómago se resentía, tanto por el vacío de no haber probado bocado en largas horas como por la llegada, por la inquietud. El interior del taxi, olía a cuero y a ambientador. Desde dentro me quedé mirando a través del cristal. La noche, las luces del puerto, la gente abrazándose…, sentí cómo el vello se me erizaba…, no oí al taxista…

Perdón…, ¡señora!

Oh…, disculpe…

¿A dónde quiere que la lleve? —debió insistir el hombre.

¿Podría…, podría usted dar primero un paseo por la ciudad? —casi le supliqué.

—Claro. ¿Por algún sitio en especial?

—No, no…, por donde usted quiera, por favor.

El hombre levantó los hombros y suspiró. Encendió la radio, dejó el volumen muy bajito, y una música de estilo árabe puso fondo al recorrido que comenzaba.

—¿Le molesta esta música? —preguntó el taxista.

—No, claro que no.

—¿Es usted de la tierra o viene a visitarnos? —preguntó de nuevo.

—Soy de aquí…, aunque hace muchos años que falto.

—Vaya…, lo encontrará todo muy cambiado… —objetó el taxista.

—Bueno, en realidad vengo casi cada año. Pero no resido ya habitualmente.

El hombre me observó un par de veces por el retrovisor.

Al subir desde el puerto hacia el centro de la ciudad, pude comprobar que el desdoblamiento de carreteras que me había dejado el año anterior en obras estaba terminado. Las calles estaban serenas, iluminados algunos edificios antiguos. Bajé el cristal de la ventanilla para poder sentir el aire fresco de finales de verano.

—¿Se siente bien? —se preocupó el hombre.

—Sí. Estoy emocionada, eso es todo. Se está muy bien aquí dentro de su coche, desde donde puedo verlo todo y hacerme una idea de estos días que me esperan. La ciudad está tan despejada ahora…

El taxista sonrió…

—Bueno, usted lo ha dicho, está despejada a estas horas…, aún me queda algo de tiempo antes de acabar, no tengo prisa…

Le di las gracias y la dirección a donde debía llevarme.

El hombre de forma sutil dio aún unas cuantas vueltas más.

Alina León López

LA CARRERA

 

La mano alzada, la luz verde, el parpadeo de las luces de freno, la prisa sin ganas, el rudo tacto de otra mano disputándote la manija, la mirada dura y sostenida, el duro reproche, la tentación de los más soeces insultos, la velada amenaza, el estridente portazo, el desganado encogerse de hombros del conductor desentendiéndose de la disputa; el sólido humo del tubo de escape ahogándote, la noche caída y su sombría angustia, la velada maldición mirando con desplante al cielo, el seco zapatazo de rabia sobre la silenciada y paciente acera, los ojos clavados en el final de la calle, la esperanza de una nueva oportunidad.

Y otra vez la luz verde, y otra vez la mano alzada, y otra vez la tensa urgencia, y otra vez el amargo sabor de saberte ganador; y otra vez sentado sobre el ajado y sucio asiento, y otra vez oliendo a ambientador de pino descarnado, y otra vez las mismas palabras, la misma dirección y el mismo ritual de ruidosa mecánica; y otra vez el mal disimulado escrutarse buscando exorcizar temores, y otra vez el marchar a trompicones por una avenida cuajada de coches, y otra vez la mutua proposición de itinerarios alternativos buscando uno saber si sabe y el otro hacerle saber que sabe; y otra vez los continuos insultos del taxista, y otra vez su mirada buscando complicidad en tu mirada, y otra vez mirar sin curiosidad la heteróclita naturaleza de los objetos que decoran el interior y que sin duda definen la suya, y otra vez hablar de las inclemencias del tráfico y los desatinos de la meteorología, de las chapuzas de la alcaldía y los fracasos del club; y otra vez el incesante alarido de las sirenas, y otra vez el silencio manchado por la luz derretida de las farolas, y otra vez el sincronizado parpadeo de los semáforos, y otra vez el irritante tictac del taxímetro desgranando monedas, y otra vez mirar el reloj y mirar las aceras buscando reconocer en un rostro o en un escaparte un lugar que sabes aún lejos; y otra vez un coche de policía encalando de azul un oscuro callejón, y otra vez las prostitutas acodadas a la barandilla del puente, y otra vez las melancólicas sombras de los solitarios navegando atadas a la pena de un libro de amarillentas hojas; y otra vez el monótono y deshilachado desfilar de las miles de cenicientas flores de neón con que la ciudad engalana su particular cielo, y otra vez el tedio de transitar por una ciudad enana que se repite sin asco hasta hacerse infinita, y otra vez de vuelta de todo volviendo a todo; y otra vez dos hombres perdidos en la inmoralidad de un corazón de chapas buscando ignorarse a través de un vasto mar de inequívocas señales; y otra vez saber que a lo mejor lo peor es aún mañana, y otra vez y siempre como en un laberinto, como en la esperanza de un condenado a muerte, como en un hito inalcanzable, la carrera, la inevitable carrera...

José Romero P. Seguín

 

Salía como siempre, a las cinco en punto de la tarde de mi turno de trabajadora de la Zona Franca, donde todo el santo día coloco botones a unas camisas de marca extranjera que después aparecen vendiéndose en el Mercado Oriental.

 

Decidí no tomar la ruta 114 del Bus que me deja, como todos los días, a dos cuadras de mi casa en aquel barrio marginal de la Managua terremoteada, donde vivo (mejor dicho, sobrevivo) desde que nos casamos con Terencio.

 

Miré venir un taxi destartalado pero sin pasajeros, entonces lo paré y le pregunté por cuánto me llevaba al BAR LOS COCTELITOS. Nos arreglamos en cinco córdobas y me acomodé en el asiento trasero (no me gusta irme a la par de los chóferes porque son unos frescos...).

 

Sentí que el conductor del taxi me vio las piernas por el retrovisor y le sonreí por no dejar. En la radio sonaba el bolero de Jaramillo: «Te odio y te quiero porque a ti te debo mis horas amargas, mis horas de miel...». Ahí fue donde agarré fuerzas no sé de cómo. No quise que el hombre me viera llorar y saqué de la cartera mi lápiz labial para hacer como que me maquillaba. Toda la cabeza me daba vueltas con la letra de Jaramillo: «Me muerdo los labios, para no llamarte...». Y la guitarra matándome despacito con su requinto. Entonces recordé los golpes que el desgraciado de Terencio me daba cada vez que llegaba borracho a la casa y penqueaba a los chavalos con un chilillo y después insultaba a la vecina.

 

Fue entonces que lo decidí. Hoy me voy de la casa o lo mato, me dije. Vi por el espejito la boca gruesa del chofer y su bigotito que me recordaba a Terencio cuando estaba más joven y me llevaba al cine. Jaramillo terminó su turno y dieron la hora en la radio.

 

Déjeme aquí, le dije. Me bajé en la gasolinera de la esquina. A una media cuadra está el BAR LOS COCTELITOS. Pedí una cerveza y rompí el silencio. Hoy sí, le dije a Pedro el cantinero, el único que conocía mi historia y mi desgracia. Hoy me voy de la casa o lo mato.

 

Lo demás se los cuento en el siguiente viaje.

Luis Enrique Mejía Godoy

De regreso...


 

Como dos sombras nos desplazamos entre los coches y las calles, impregnados de silencios. Hacía frío. Las noches ya no evocaban el sabor de aquellos labios. Sólo una incesante niebla de olvido y soledad abarcaba nuestro viaje...

El taxi siguió el itinerario de siempre hasta tu casa. Descendí atónita de miedo enfrentándome al pasado que aún habitaba en mí...

Un tiempo de recuerdos atrapó ese instante de murmullos y luces como una acuarela que se desdibujaba lentamente. Hasta que los brazos de tu ausencia dejaron de aferrarse a esta mirada trunca y me hice libre...

Ana Cecilia

 

En España los taxis son un servicio publico y no se puede decir siempre que un taxista sea una persona humilde. De hecho, algunos son arrogantes. Una vez en Valencia recuerdo que, recién llegado de Frankfurt, me subí a un taxi y traté de cruzar unas cuantas palabras sobre la guerra de Irak con el taxista. Me encanta hablar con los taxistas, —pensaba— siempre tienen algo interesante que decir. Este me miró por el retrovisor, se percató de mi acento sudamericano y balbució desganadamente algo como respuesta. ¡Uy, me dije, vaya tipo! Qué pena, ya habrá oportunidad de hablar castellano con mis amigos, estaba ansioso por hacerlo. El taxi iba silencioso y parecía la sala de un aeropuerto alemán. Me bajé y le dije que se quedara con el cambio, que ni agradeció, me parece que lo tomó como una pequeña afrenta... pero ni modo, —pensé— no voy a dejar de ser amable por una persona así, habrán otros que sí lo agradecerían.

El primer taxi que subí en Lima era un Toyota del 80 color rojo.

—¿Cuánto? Oe, ¿qué crees ahh, que soy gringo?

—Cinco soles no es mucho.

—Cuatro.

—Bueno.

El taxista resultó ser un hombre muy feo. Con una cara que daba miedo.   ¿Usted cuántos años lleva de taxista, jefe?

Miró por el retrovisor y me dijo: como 10 años, más o menos.

—Y ¿qué tal?

—Bueno, bien, da para la mesa... pero hay que chambear parejito. Yo me tiro 14 horas diarias en mi carrito. Suerte que lo tengo en propiedad, esos Ticos de alquiler son una vaina, las primeras ocho horas son para pagar el carro y la gasolina, recién a partir de ahí empiezas a chambear pa’ tu familia...

—¿Y antes del taxi a que se dedicaba? –yo estaba en vena interrogadora.

—Trabajaba en el mundo del espectáculo.

—No me diga.

—Sí le digo. Era catchaskanista...

—¿De verdad?

—Para que le voy a mentir, caballero —me dijo mirando por el retrovisor— ¿usted se acuerda del programa Los Colosos del Catch?

—Claro.

—Yo era La Momia.

—Noooooo.

—Sí, aquí donde me ves, era La Momia. Uno de los rudos. Lo malo es que nadie me reconoce porque siempre salía totalmente vendado...

El taxi se alejaba con la momia adentro y una buena propina, me había hecho el día, ese hombre. Levanté mis maletas del suelo y comencé a subir las escaleras.

Reyvaj

Esperanzas grises

La noche me abrazó a las puertas del viejo taxi, cuando todas las vidrieras escurrían nostalgia y los flemáticos faroles encandilaban tu recuerdo. Todo lo que tenía era aquella maleta, y algunos años perdidos entre esperanzas grises. Cuando el taxista cerró la puerta concluyó nuestra historia y comenzó mi viaje con destino al olvido.

Roxana Heise

 

Estábamos allí, en la quinta avenida y Madison... donde un taxi amarillo, los de la ciudad, nos recordó que debíamos de cumplir esa promesa...

 

En New York, tomar un taxi es el modo más rápido de llegar a cualquier parte.

Hay que contar con tiempo para subirse a ese paseo «local» o «expreso», por toda las arterias que revientan de razas: como un arcoiris de autómatas que marchan por la gran urbe. Y tiempo era lo que no tenía, sobre todo, tiempo para volverlo a ver. O bien para tornar a verme iluminada, a través de su mirada, ambos conscientes del embrujo. O volver sobre esos ocasos del día: ... donde compartir una taza de café caliente, unas roscas de pastel de almendra, y las caricias escondidas, por debajo de la mesa... Y platicar de mil temas que nos hacían tiritar y excitarnos de pasión, aunque se tratare de la fibra exegética de la pintura de Pollock; o sobre la obra de Picasso; o, simplemente, por el roce tímido de sus gruesos dedos de restaurador de obras de arte sobre mi inexperta piel. El reloj, tirano con cara de bufón... se reía de nosotros, cada vez que anunciaba el fin de esas citas. Nos despedimos, como anunciando el final... queriendo cincelarnos.

 

La promesa... ¿recuerdan? Era la del último adiós, y no empañar con lágrimas ese momento. Me subí al taxi que, inmediatamente arrancó, se bañó de sales y ausencias.

Nunca volvimos a crear burbujas de fantasías en acrílicos, sólo abstractos en la memoria...

Elizabeth

 

Ahí estaba yo, pensando y divagando acerca de aquel viaje que tanto necesitaba, pero que nunca me decidía a hacer. ¿Lo haría sola o acompañada? Y en tal caso ¿de quién? También debía pensar en un destino, quería cambiar de aires, abandonar la isla durante unos días... o semanas.

Si me decidía por un lugar frío tendría que comprar ropa de abrigo, aunque también la podía pedir prestada. ¿Y a quién le dejaré las llaves de casa? A mi madre no, seguro que se pondrá a fisgonear en espera de encontrar algo «interesante» que poder reprocharme. Tal vez se lo pida a Laura, pero temo encontrar una bacanal al regresar de mi viaje... mmm... bueno, ya pensaré en eso cuando tenga todo más organizado.

Turquía. Es posible que allí encuentre pasión, pero ¿es realmente eso lo que necesito? No, no, no... que después me pasa como a esa mujer del libro, que se convirtió en esclava de su amante. ¿Y Grecia? Entre ruinas y yogures podría encontrar un Adonis. Definitivamente, tengo que quitarme de la cabeza la posibilidad de encontrar a mi hombre, me condiciona continuamente.

Será en Septiembre, cuando me den las vacaciones. Tendré entonces que buscar la climatología de cada país, para saber cuándo hará el tiempo que más me conviene, pero ¿cuál es el clima que me conviene? Es todo tan...

—Señora... señora...

—¡Ah!

Hemos llegado a la escuela.

Y tras pagar al taxista fui en busca de mis churumbeles. Nunca me acuerdo de ellos cuando pienso en viajes...

Yahlia

 

Siempre acudía a verle en autobús, era más barato y menos ostentoso. Pero aquel julio de oleada de calor, las calles convertidas en fuegos apenas extinguidos, las ropas moldeando los cuerpos de los transeúntes y la brisa fresca huída, quién sabe si más allá de las montañas, marqué el 923 25 00 00.

La línea 8 era la que tomaba, el autobús que salía a las media, como mi corazón repartido, medio en mi cuerpo y medio en el otro lado del río, en la casa de irás y no volverás.

Un coche blanco, flamante, llegó puntual y el trayecto fue suave y dulce, aliñado con la voz trémula de Pasión Vega, «que uno y uno siempre suman tres», mi pelo ondeando como heroína de película por arte de magia del bendito aire acondicionado.

Cerré los ojos y esperé. Iba casi siempre en autobús, era menos costoso y llamaba menos la atención. Esa tarde, el cielo se había vuelto plomizo y el calor emanaba de los cuerpos, de las piedras, de las farolas. Esa tarde, me había puesto el vestido rosa que dejaba ver mis rodillas y había bebido, un momento antes, una cerveza en la bañera, mientras practicaba: «Hello, how are you? I think that you are very attractive, but a little bossy...».

Él era merecedor de eso y de más, de música al atardecer en una casa de Iowa y dos vasos de bebida fuerte, muy fuerte, para templar los nervios del encuentro.

Ahora iba camino de la mitad de mi corazón, allá, en la casa de la que nunca retornarás. El taxi, veloz, se deslizaba dulce y con algún trompicón, como las burbujas de la buena cerveza. «Hello, how are you?"».

Llegué, al fin. Hoy era el último día. El ciclo de cine «Clint Eastwood, el duro más duro» finalizaba con El sargento de hierro y yo me había preparado para la ocasión «Yes, you are very attractive, but very, very bossy...».

 

María Antonia Moreno Mulas

«! Para, arranca, pita, corre más!».

Y el taxista me obedecía como un robot.

«Más vueltas, otra vuelta».

La farola, el jardín. Lo conocía desde siempre. Aquel viaje me dejaba verlo desde otro ángulo, desde otra altura, mas importante.

El ruido, los asientos, las luces, los espejos.

Y yo, orgullosa dentro, mandando al hombre de uniforme. Estirando las piernas hasta el límite. Mirándome los zapatos negros de charol y la maleta de colores a mi lado.

Feliz de verme reflejada en el espejo, con los rizos recién peinados y mis gafas de sol recién estrenadas.

Alrededor el ruido de los otros coches, y la admiración de los caminantes. Y yo sonriendo, volviendo a decir las frases mágicas: «!más, corre más, arranca, para!».

Y en una puerta una mujer mirándome sonriente y divertida.

Cuando el sueño empezaba a amodorrarme y las ganas de hacer pis empezaron a aparecer, le dije muy dispuesta al conductor: «Para ya, que hemos llegado a la India».

Y entonces el forzudo taxista, paró ante mi casa, y me abrió la puerta muy amablemente. Me cogió en sus fuertes brazos de papi y me llevó a grandes pasos a los brazos de la señora sonriente, mi madre, y me dijo: «Señorita, son dos monedas de oro». Y yo muy formal abrí mi bolsito rosa con un pato amarillo dibujado y le di mis monedas de chocolate, las que me habían regalado en navidad.

Luego él arrancó de nuevo el taxi y se perdió a lo lejos en la carretera que llevaba a otro país lejano, seguramente a la China.

Mañana también me llevaría allí a mí.

Mistery

¡Por si las moscas!

 

El día que robé mi primer taxi, llovía a mares. Había pensado estrellarlo contra una joyería que llevaba días controlando. Un golpe fácil que me permitiría unos meses de relajo tras huir de la cárcel.

Pero, las cosas nunca son sencillas y cuando estaba a un par de manzanas de mi objetivo, una anciana que chorreaba bajo la lluvia levantó el brazo llamándome y no pude por menos que parar y montarla.

Podía haber muerto de neumonía. Ni siquiera le cobré la carrera hasta el aeropuerto pues no sabía como se ponía en marcha el taxímetro. De vuelta tuve que llevar a un japonés hasta la Gran Vía pues no hubo manera de explicarle que yo no... Después vinieron la chica embarazada, cargadita de bolsas, que salía del Corte Inglés y hasta un parapléjico que iba a Móstoles. Cuando me pilló la policía, repostando en una gasolinera de vuelta a Madrid, hacía seis horas que había robado el coche y me costó Dios y ayuda explicarles a qué me había dedicado desde las seis de la mañana. Todavía se estarán riendo. Ya no me llaman «el torete». Ahora soy «el buen samaritano».

Estoy pensando volver a fugarme pero seguramente lo haré un día que no llueva como Woody Allen en Toma el dinero y corre.

Juan Rincón Ares

 

____ESTE VIAJE ESTUVO PUBLICADO HASTA EL 12.06.04____

 

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«Cuéntanos un viaje en...», es una sección
ideada y coordinada por Carmen López León
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