Cuéntanos un viaje
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Carmen López León
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P. Seguín

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 Mulas

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· José M. Godoy
· Lina Museros
· Mali
· Juan Enrique Soto Castro
· Pedro Pereira
· Luis E. Mejía Godoy
· Parny
· Juan Rincón Ares
· Humberto
· Jesús Sánchez Payan

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     FOTOGRAFÍA: Pedro M. Martínez (©2004)

 

    

Es la primera vez que he mentido y estoy asustado. Creo que lo llevo escrito en la cara. He salido al andén receloso, la azafata al pie del vagón me ha ofrecido la máscara de su sonrisa profesional, pero a mi me parece que escondía una segunda intención cuando me ha susurrado el habitual: —Buen viaje, señor.

He dejado mi bolsa de mano en la rejilla, el resto del equipaje, bastante voluminoso por cierto, lo he mandado por mensajería, eso despertará menos sospechas. Localizo mi asiento y espero que parta el tren, me sentiré más tranquilo cuando se ponga en movimiento.

Los altavoces anuncian la inminente salida, indican el trayecto en varios idiomas y las paradas que realizará durante el mismo, sólo dos capitales de provincia me separan de mi destino y en cada una de ellas el tiempo en que el convoy se detiene es escaso.

Nadie parece advertir de mi presencia, es cierto, pero yo sé lo que he hecho y me basta para sentirme culpable, me enseñaron a no mentir, decir la verdad aún a costa de asumir el castigo era un valor y ahora, por primera vez, he tenido que engañar a mi madre y también aquí mismo, en esta Estación, he vuelto a mentir.

Los paisajes se suceden después de atravesar los barrios del extrarradio urbano con sus galerías acristaladas incendiadas por el sol poniente donde cuelgan banderolas multicolores de ropa tendida. La línea del mar que se perfila constante a mi derecha, acompañando al tren, me da seguridad con su quietud.

La rutina del viaje se sucede como está prevista, el tentempié que ofrece la Compañía, el reparto de prensa diaria y el revisor que comprueba mi billete falseado. Es la última prueba y la he superado, no ha dicho nada, ni siquiera me ha mirado a los ojos, no lo ha notado, no sabe, realmente no sabe que aunque he comprado un billete de ida y vuelta ¡no pienso volver!

Carmen López León

El AVE fluye ligero, es la primera vez que viajo a España, y desde luego, la primera vez que hago uso de este tren infinitamente veloz.

Retorno de Sevilla hacia Madrid. Por mi ventana surgen caleidoscópicas imágenes que horadan indelebles mi memoria. Tierras rojas y aromáticos azahares que ya no alcanzo a percibir en mi olfato, pero que quedan sutilmente arraigados en él. La belleza del paisaje se nubla, es mi llanto.

Es el adiós que dejé junto a la Giralda. El beso último y las distancias.

Lejanías que se van ensanchando a trescientos kilómetros por hora, y que repercutirán hasta el Atlántico para incrementar su crueldad.

Madrid me recibe con su sonrisa gris, descender no es fácil, pero lo hago. Me paro en el andén junto a mi equipaje, está completo, más mi cuerpo se inquieta por el extraño vacío en el pecho, y es que mi corazón, viaja de regreso en el mismo tren.

Issa Marcela Martínez Llongueras

Desde que era un niño, Daniel había visto pasar los trenes sin detenerse jamás en el apeadero del pueblo. Eran convoyes largos, como interminables orugas ruidosas que cruzaban el paisaje dividiendo el tiempo y el espacio en dos realidades divergentes: la estática del pueblo, siempre igual, y la trepidante que él adivinaba en el interior de los vagones.

El primer tren pasaba puntual cada día a la hora del Ángelus, coincidiendo justo con la salida de la escuela. Daniel se lo quedaba mirando embelesado, soñando con los ojos abiertos otros mundos que tendrían como destino aquel enorme gusano de hierro, deseando con fuerza que hoy, sólo hoy, se detuviese unos minutos en el apeadero para satisfacer su curiosidad infantil y poder mirar a través de las ventanas el misterio que allí se escondía. Pero una y otra vez, el tren pasaba de largo.

El segundo tren se dejaba oír al filo de la medianoche, cuando Daniel lo esperaba arrebujado bajo las mantas, con los ojos cerrados, pero la atención muy viva. Este convoy era diferente. Daniel no había llegado a verlo nunca, pero oía cada noche el rastro que su pitido dejaba sobre las vías, un rastro a veces melancólico, otras alegre, otras dolorido. Con el tiempo, aprendió a interpretar aquel reclamo, incluso llegó a establecer conversaciones mudas que sólo él era capaz de interpretar y de las que no habló jamás a nadie.

Era ya un muchachote de buen ver cuando, una noche, Daniel se parapetó tras los arbustos de brezo que crecían paralelos a la vía y esperó conteniendo la respiración. Al tiempo que el reloj de la torre daba las doce campanadas, el tren de medianoche hizo su aparición tras la curva del cementerio. Pitó tres veces: «Ven... Ven... Ven...». Daniel se colocó en posición y, aprovechando el repecho que se iniciaba nada más pasar el apeadero, saltó al estribo del último vagón que lo llevaría a un mundo nuevo.

Esther Zorrozua

Érase una vez...

Un año antes del Bachillerato se inició el primer viaje que hice en tren hacia España. Cabe decir que entonces vivíamos en Francia y que yo intercambiaba cartas con una chica española muy simpática que me invitaba a menudo a visitarla.

Así que una noche del mes de julio, subí al tren con el pasaporte y la maleta, rumbo a la frontera. Primera parada en la estación de Burdeos. Cambio de tren. Espera de cinco horas. Me acomodo en el vagón de tercera, vía Irún. Mucho calor. Tengo sed. Hay mucha gente, familias que van de vacaciones a las playas. Pasa un revisor: «Aduana, pasaporte».

El tren huele a España.
     La frontera; pasaporte; revisión de la maleta. Cambio de tren. Tengo hambre.

Cambio de tercio: un tren, como los del Oeste americano. La locomotora echando carbonillas y dejando escapar humaradas hediondas. Pero el paisaje es de ensueño: son los relieves encantadores del País Vasco. Tengo sueño, pero se amontonaban las nubes de una tormenta como sólo las hay en los Montes Pirineos, y empezaron a oírse los retumbos del trueno, multiplicado por el eco de los montes; y las mujeres se amontonaron poco a poco en la plataforma central del vagón y se pusieron de rodillas a rezar en una lengua que yo no entendía: yo hablaba solamente algunas palabras de castellano y, claro, nada de vascuence. Tengo miedo.

El viaje duró no sé cuántas horas, con paradas en pleno campo no se sabía porqué. Horas, siglos, entre truenos y relámpagos. Hasta que oímos «¡Pamplona! ¡Pamplona!». Son las doce de la noche.

Mi amiga está aquí, me conduce a su casa: «Ven, ven, corre, arréglate, vamos a salir». ¿Salir ?

Sí.

Era el 7 de julio de 195O y empezaban los San Fermines.

No lo olvidaré nunca.

Consuelo

Un viaje especial
 

Había desempolvado la vieja y raída maleta; hacía tiempo que no salía de viaje y ya era hora de hacer una escapada, la tenía bien merecida, y ninguna ocasión mejor que ésta para llevarla a cabo.

Tampoco le hacían falta pretextos para salir de viaje, era una mujer libre y nada le ataba en su vida monótona y aburrida. Así que después de una concienzuda meditación se disponía para llevar a cabo uno de sus viajes más difíciles.

Abrió la maleta, quejumbrosa por el paso de los años, y, conforme desataba sus correas, el frío tacto de la piel se le metió en lo más profundo de su cuerpo haciéndola vacilar por unos momentos. Pero ella estaba firme y decidida. Las decisiones se toman para llevarlas a cabo, le había dicho un viejo amigo no hacía mucho. Y más que nunca debía ser consecuente con ella misma.

Minuciosamente lo preparó todo; pensó en los objetos que le serían útiles y los fue colocando uno a uno en el interior. Conforme la maleta se iba llenando, variedad de pensamientos le venían a la cabeza y los sentimientos afloraban en su corazón.

Recordaba el día que había comenzado todo y no podía evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios. Sin embargo, la pena y el dolor eran más grandes y por nada en este mundo daría marcha atrás.

Miró de reojo el viejo reloj suspendido en la pared y recordó las horas tristes que le había hecho compañía; cuando inútilmente había esperado en vano que los acordes metódicos de su móvil sonaran una vez más; pero nunca llegaron a oírse. El silencio había sido la única respuesta que había recibido.

Casi sin darse cuenta había llegado la hora de marchar, le quedaba el tiempo justo para llegar a la estación y coger aquel tren que le llevaría a alguna parte, lejos de todo aquello. Quizá entonces pudiera olvidar y comenzar una nueva vida, lejos de sus recuerdos, aislada de sus emociones. Ella sabía que nunca volvería a ser la misma, todo lo que le había sucedido en los últimos meses la había marcado demasiado para que la cicatriz que quedaba en su alma pudiera borrarse algún día.

Subió al taxi, bajó la ventanilla. Quería ver por última vez todo aquello. Y al tiempo que las lágrimas le inundaban los ojos y resbalaban tímidamente, como queriendo escaparse de puntillas sin hacer ruido, le recordó con ternura; cuando aquel día de verano acercando sus labios a los de ella la había besado por primera vez. Y después de tanto tiempo, todavía le venía a la boca el mismo dulce sabor que sintió aquella tarde…

Poco a poco se alejó de aquel lugar y si de una cosa estaba convencida era que, por más que su vida durase mil años, no podría olvidar jamás las horas que pasó a su lado, y que, aunque sabía que no debía hacerlo, contra toda esperanza… le seguiría esperando.

Y aunque sabía que estaba haciendo lo correcto, cuando estaba a punto de subir al tren no pudo evitar vacilar, se detuvo en las escalerillas y miró a su alrededor; el corazón se le quería escapar del pecho; entonces comprendió que hubiera dado la vida por verle venir a lo lejos corriendo hacia ella, pidiéndole que se quedara.

Pero aquel tren que no entendía de deseos, ni de sueños comenzó a moverse lentamente. Ella se detuvo un momento en el pasillo. Se inclinó sobre la ventanilla para ver por última vez en dirección de los andenes. Pero no vio sino el tumulto de gente desconocida que como ella se disponía a emprender un viaje. Entro en su compartimiento, colocó sus cosas en el altillo de su asiento. Se aproximó a la ventanilla de nuevo, en un intento desesperado de que se cumpliera su deseo. Pero no le vio. Solo la vieja estación que cada vez más diminuta empezaba a volverse un punto en el infinito.

… Quizá era mejor así, no dejaba de repetirse. Mientras se abandonaba poco a poco a la difícil tarea de aceptar las consecuencias de la decisión que acababa de tomar.

De repente. Algo la sobresaltó… era la melodía de su teléfono móvil…

Sofía Campo Diví

El momento había llegado.

Marcos lo supo al abordar el tren que lo llevaría al pueblo de sus padres.

De Buenos Aires a Roma el viaje sucedió sin sobresaltos, un vuelo casi divertido, pensó, o tal vez fueron los nervios los que hicieron que se riera tanto.

Durante años había soñado con ese viaje, quería conocer su origen. En Italia vivían aún algunos primos, con ellos tenía planeado encontrarse.

Apenas unas horas y llegaría a destino.

Su destino.

Había llegado a Roma pasadas las 5 de la mañana, de allí a Lucca el trayecto lo haría en tren.

Apenas puso su pie en el escalón del vagón supo que ese era el momento.

Lo supo.

Ocupó un asiento del lado de la ventanilla, quería disfrutar del paisaje.

Amanecía.

La luz dibujaba arabescos sin sol, la lluvia no se animaba a caer, los ojos de Marcos guardaban paisajes entre gris y rojo.

Pueblo tras pueblo, gris y rojo, rojo y gris.

Una estación, sólo una ahora, lo separaba de su sueño.

Una estación.

El corazón le latía con fuerza, con tanta fuerza que le costaba respirar.

Quiso abrir la ventanilla, la sintió pesada, un dolor en el brazo que se expandió por su tórax lo hizo desistir.

—¡Attenzione signori passeggieri, prossima stazione Lucca! —creyó escuchar.

Y el aire que no entraba.

Y el paisaje que se alejaba de sus ojos.

Y la transpiración salvaje que se había instalado en todo su cuerpo.

Y el dolor cada vez más fuerte.

Y el silbido del tren que anunciaba la llegada a su destino.

Apenas pudo recordar que lo supo al abordar el tren.

Graciela Pucci

RELOJES Y TREN

Aletargados pasajeros miran sin ver lo que ofrece el paisaje. Campiña verde, sembrados amarillos, lejanas montañas azuladas, el cielo manchado de blanco y el sol, naranja luminosa a punto de zambullirse detrás del azul gris. Se empeña la luz en extender el día. Para ayudar los relojes se detienen.

Las siluetas de los árboles cercanos atesoran el rápido movimiento de los vagones que se desplazan imponentes. Dentro de alguno una voz canta la eterna melodía que adormece a los niños. Las agujas de los segunderos, se empecinan en el mismo lugar.

El tren balbucea tres sonidos; anticipan que el largo túnel lo hará desaparecer; boca oscura, abierta en la montaña interpuesta entre el campo y la ciudad. Desde los vidrios bajos de las ventanillas, el rostro de una figura vestida de rojo mira, está confundida. Consulta un largo papel. Sonríe. Nadie la ve.

Más allá las barreras bajan presurosas, interrumpen el tránsito, los vehículos se detienen obedientes. La estación, en las afueras del núcleo urbano despierta del sueño, hace horas que espera este tren. El gran reloj ha detenido sus viejas agujas.

La figura de rojo camina despacio hasta la puerta del vagón, espera que se detenga el movimiento. Baja. Desde su brillo, un vidrio espejado devuelve la sonrisa de color rubí; ansiosa resalta en una piel excesivamente blanca. Camina ignorando las miradas que huyen.

Una casa ofrece sus puertas abiertas, es una tentación. Entra. El viejo, de espaldas, abre los ojos. Te esperaba, dice. La voz se pierde dentro de la boca color rubí. El contacto de los labios es breve, pero suficiente para que el anciano vea en esos ojos, los ojos de los que se irán después que él. La figura sale. La noche retrasada, llega de improviso. Los relojes alteran los segundos en un intento de retroceder. Es inútil.

La figura roja, consulta el largo papel, camina hacia la estación. Sabe que tendrá que hacer otro viaje en tren.

Cecilia Ortiz

Nací muy cerca de una estación, atardeceres rojos y olor a hierro y a café. Cada noche, antes de dormir, escuchaba la voz que anunciaba, fría y distante, la llegada o la salida de un tren...

Me acunaban los silbatos y los sonidos familiarmente ferroviarios y me gustaba viajar en aquellos gigantes que besaban mi pueblo, sin importarme demasiado el destino ni el tiempo... Lo realmente importante eran los paisajes, aquella ventana abierta al mundo, llena de colores que me daba cuerda al pensamiento y me hacía sentir libre. Recuerdo que me llenaba de entusiasmo subir los dos peldaños desde el andén y recorrer el estrecho pasillo hasta encontrar el hueco, siempre cálido y acogedor, junto a la ventana... Era entonces cuando sentía detenerse el tiempo y volar mi pensamiento.

Ahora, algo más allá de los cuarenta, miro pasar los paisajes que tanto me gustaban, desde la ventana de este vagón cómplice de nuestro secreto y se me escapa un suspiro en el que va tu nombre. Este viaje, que no me lleva a ninguna parte, me ofrece, al ritmo impertinente del tren, escenas imposibles que sólo han existido en nuestra imaginación y, aún así, las saboreo como reales y paisajes cargados de caricias clandestinas y besos fugaces que, por un instante, conseguían levantarnos los pies del suelo...

Mi sonrisa, mientras te pienso, se refleja en el cristal de la ventana y quedan atrás los árboles y las palabras que no se quedaron en el papel, aquellas que rompimos, aquellas que dijimos, aquellas que soñamos, aquellas que me llevo en esta ruta sin destino ni estación. Tú vas conmigo en este tren, y estás en los huertos y en los campos que dejo atrás, viaje y memoria, en la penumbra casi hogareña de un vagón, en el reflejo de mis manos y tus manos, jugando en el cristal. Y es tu voz, la banda sonora de mi viaje, una vez más.

Mary Carmen


EL ÚLTIMO TREN

 

La lánguida y amarillenta luz del compartimiento cae derrotada sobre nosotros, dando a nuestros oscuros ropajes y nuestra rugosa piel una gravedad cuando menos inquietante.

Sara duerme plácidamente, con su cabeza apoyada en mi hombro, como tantas otras veces, como siempre, el movimiento y mi hombro son para ella garantía suficiente de poder vivir sin que el miedo la mate. Mientras, yo me arreglo para seguir escribiendo un cuaderno más de este vivir de estaciones intermedias y ajeno a cualquier destino. El nuestro no es llegar, llegar es una palabra que no figura en nuestro dialecto de eternos viajeros. Quién lo iba a decir de nosotros, dos sedentarios natos, pero al final todo se dice, hasta lo imposible de pronunciar, y es que al final no somos sino lo que los demás pronuncian, pero eso no lo aprendimos hasta que nos fuimos criminalmente pronunciados. Antes nos creímos invulnerables, no en vano éramos tan jóvenes como estúpidos.

Como lo debe ser ese joven que tengo sentado frente a mí y que al menor descuido se roba con una ingenuidad que me maravilla la mirada del libro que está leyendo, y trata de leernos, de algún modo pronunciarnos, pero ahora, lo sé, con cierta pena, no en vano somos dos viejos a la sombra de una luz a la que le resulta imposible ocultar nuestro ancestral y peculiar cansancio, el que sin duda imprime el ir continuamente de un lugar a otro sin otro afecto que el de cambiar de tren, que el de retomar el viaje.

En algún momento, aprovechando un cruce de miradas, me va a preguntar algo, lo sé. La sospecha se cumple de inmediato, el joven baja la voz y pregunta: «¿Un largo viaje?». Si estuviera ella despierta me acompañaría en la complicidad de una sonrisa, pero ella duerme, debo ser yo el que responda y lo hago sin excesiva convicción, bastante, sí bastante. Podría haberle dicho, 59 años con sus 365 días más los de los bisiestos, pero eso sonaría a senil excentricidad, y él no desea pronunciarnos así, él desea hacerlo con lástima.

Además, qué trayecto soportaría explicarle a alguien que llevamos viajando más de tres cuartas partes de nuestra vida. Que hemos recorrido todos y cada uno de los kilómetros de vía férrea que recorren la geografía de la vieja Europa, y las arterias principales de buena parte de Asia. Si lo hiciera, él esperaría una historia interminable, y más tratándose de un viejo, pero le defraudaría, lo sé.  Porque la razón, es miedo a detenernos, sólo eso, y la razón de ese miedo, el huir de un mal presentimiento que se hizo un día realidad y que nos obligó a creer en todo lo que no habíamos creído antes, a rogar a los cuatro puntos cardinales, a jurar en nombre de virtudes de las que aún no disponíamos, y en un último momento, a expresar un deseo que se nos hizo realidad, marcando a fuego de raíl el sendero de nuestras vidas.

Hacía unos días que nos habían detenido, después de que alguien denunciara nuestro escondite, y cuando ya las tropas aliadas cercaban Berlín. Fuimos conducidos con otros muchos, demasiados todavía para la sistemática brutalidad de aquella feroz persecución, al interior del sucio vagón de un tren de mercancías, tal vez de ganado. Todos sabíamos por la estrella trapo que nos cosieron en la solapa, cuál era nuestro destino, Dachau. Y lo era, pero cuando el tren se iba a detener en la estación de Munich, la encontraron tomada por las tropas rusas, y el tren tuvo que seguir, y ya no se detuvo, y fue así como aprendimos que para huir del horror no había otra posibilidad que la de impedir que se detuviese, y no lo hizo ni lo va ha hacer, al menos mientras Sara y yo vivamos.

José Romero P. Seguín

Los árboles se desmayan con el ímpetu del viento. El campo está amarillo de trigo y calor. El tren nos mece, baile de nana a niño medio dormido. Viajo, como antes, como siempre. En la estación, el viejo reloj marcaba los minutos de un tiempo que descuenta. Una mujer muy joven se prendía del cuello de un hombre, con anhelo, con fuerza, con pasión. Los minutos se les iban en un vértigo mientras por mí pasaban con lentitud de caracol agotado. No me despidió nadie y al final del viaje nadie estará, aguardando impaciente. Me quedaré un momento despistada, mirando en derredor como antes, como siempre. Tardaré poco en caer en la cuenta de que él no vendrá. Se acabó, como el agotamiento. Lo supe hace mucho, antes, siempre. Una mañana no tomó el café de mi taza, prefirió una taza limpia, reluciente. Desayuno amargo del adiós que duró lo que dura el convencerse. Aquella mujer tan joven se colgaba del cuello de aquel hombre y era un espectáculo verlos desde el vagón, unidos en un beso interminable que eran miles de besos. No estará. Se terminó.

El campo está agotado de tanto calor. El tren es un látigo que resplandece. Aquel árbol se tumba, lánguido, impulsado por el vértigo del tiempo.

María Antonia Moreno Mulas

EL TÚNEL

El tren cada vez corre más deprisa. El paisaje ya no se percibe. Tan sólo una ondulación del aire, unas líneas verticales desdibujadas dan fe de su endiablada velocidad. Ahora empieza a entrar en un larguísimo túnel, un túnel negro, interminable, de paredes que rozan el aliento de los pasajeros con un fuerte abrazo de piedra y humedad. El tren en estos momentos está tomando una curva muy cerrada, y es entonces cuando María vislumbra el final del túnel. Un semicírculo blanco, muy pequeño al principio, pero que paulatinamente se va haciendo más y más grande conforme el convoy gana terreno.

El semicírculo blanco avanza y avanza, está muy cerca, muy cerca. Lo atraviesa el tren. María sólo ve luz, una luz vivísima, blanca, inundándolo todo, pero no hiere la vista. Y a medida que el tren sale del túnel, una suave melodía se deja escuchar, primero débilmente y después, in crescendo, hasta llegar a impregnar cada rincón del tren. La música ahora es intensa. Ocupa todo el ámbito. El tren atraviesa la nube de luz. Ya sólo existe Luz.

María del Carmen Guzmán

Cuando subí me ayudó con la maleta.

Era alto y desgarbado, con suavidad me preguntó el número de mi asiento para acompañarme con el peso hasta mi asiento.

Lo colocó y me cedió el lugar de la ventanilla, sentándose luego a mi lado.

Me acomodé, dejando sobre el suelo la pequeña mochila y a mi costado, contra la ventanilla, el bolso de donde ya había sacado el libro que leería durante el viaje.

Cerré los ojos descansando un momento mientras el tren comenzaba su marcha.

Abrí el libro en la página 34, el autor volvía a describir a Roberto, un joven bohemio, desgarbado y alto, con suave voz y manos fuertes, siempre preparado para ayudar a quienes lo necesitaban.

Pensé que se parecía a mi acompañante de asiento pero cuando giré la mirada me encontré con una anciana rubia que limpiaba sus gafas.

Adriana Serlik

Cuando subí al tren una sensación extraña recorrió mi cuerpo. Algo distinto me iba a suceder.

Caminé por los largos pasillos buscando mi asiento. La claridad que entraba por esas grandes ventanas hacía que cualquier cosa que mirara resplandeciera de una manera especial. Así fue que vi niñas de cabellos dorados, de perfectos rulos y asombrosos ojos, niños morochos de sonrisa amplia y brillantes miradas, una anciana que se abanicaba con su colorido abanico y con él abanicaba los rayos de sol, un caballero alegre con un gran sombrero que reflejaba cada color, un trabajador del campo que descansaba bajo el cuidado del sol. Yo caminaba despacio para que nada de esto pasara sin que lo notara.

Antes de llegar ya supe cuál sería mi asiento (y aunque no lo fuera igual me hubiera sentado).

Ella estaba allí, con sus mejillas rosas, sus ojos claros y su pelo lacio y negro. No sé que disfrute primero, si los rayos del sol entremezclándose en su pelo o sus expresivos ojos que seguro estaban disfrutando todo como yo. Su expresión, su mirada, su sonrisa. Allí estaba como una y otra vez me la había imaginado. El tren comenzó su marcha. Y lentamente el paisaje se tiño de rojos. El sol con su mirada cómplice se oculto de nosotros. Y llegó la noche. Y el reflejo de los miles de estrellas se instaló en su rostro. No sé que hablábamos. Entrada la noche sus enormes ojos se fueron cerrando. Me tomo la mano, susurró un saludo de buenas noches y se durmió en mi hombro. Fue ahí donde supe que al tren de los sueños había subido.

¡Seguro, el tren de los sueños! Porque en Uruguay, que es donde vivo hace muchos años que los trenes se han ido. Qué lindo seria que todo esto no hubiera sido un sueño mío.

ALZ

Allí va en la niebla pitando, el viejo tren de madera y hierro. Desbordado de cadáveres. Rompe el aire de la mañana con su pestilencia a carne húmeda y sangrante.

Es el alimento vital para las tropas. Para las grandes tropas que devoran cuerpos. Salió de la estación de la intolerancia y se encamina sin paradas, sin pausa, sin respiro hacia la estación término de la destrucción. Lo conduce un fantasma, con el corazón de hierro, con las manos nudosas y aceradas, con la sangre helada del desprecio. Es la sinrazón.

Mistery

ESPERANDO AL TREN

 

Andando con aire pesado, sombrío, pesadumbroso, dejando arrastrar los pies por el suelo al caminar, llegó a la estación. Un pensamiento no se apartó de su mente en todo el trayecto, y la sensación de que el cielo se cubría de negras nubes allá donde él pasaba no se desvanecía. Sentía un malestar físico provocado por un gran agujero en su corazón, que nunca podría volver a rellenar. Ese trozo de corazón se había ido por siempre, y cada vez que él mirase en su interior encontraría las frías tinieblas del olvido y la soledad.

Se encaminó hacía el andén número 12 mientras las lágrimas estaban a punto de brotar de sus ojos, que las contenían cada vez más dificultosamente. Su cuerpo era movido por una fuerza hasta ahora desconocida, quizás las últimas fuerzas que quedan en el cuerpo, aún cuando se tiene la sensación de haber muerto al menos, de espíritu.

Esa sensación de ser dos, de que alguien está pensando en ti en cualquier momento iban desapareciendo, dando paso a un halo de recuerdos teñidos de oscura melancolía, mientras que intentaba abrirse a la nueva realidad, imaginarla con otro, sonriendo, era imposible. Sólo controlaba su vida pasada, la que él tanto amaba y deseaba recuperar, aquella que le cortaron de raíz hace tan sólo unos minutos. Ahora la posibilidad de nuevos caminos en su futuro quedaba cerrada por el anhelo de recuperar algo que él amaba, algo por lo que él daría la vida, aún después de saber, que le había fallado, que consciente o inconscientemente jugó con su corazón hasta hacerlo pedazos, totalmente inservible.

Media hora, y el tren no llegaba. Más de quince minutos de retraso, y sin poder salir de esta triste agonía. Ahora pisaba un mundo que le era adusto, mientras tenía que mantener la compostura cuando lo que más deseaba en este mundo era acostarse en su cama, echar la persiana y en la oscuridad más absoluta, llorar desconsoladamente encogiendo su cuerpo, hasta que éste fuese tan pequeño que resultara invisible a los ojos de los demás y él, dejase de existir para siempre.

Por fin el tren. Ya iba a huir de todo su pasado al que a la vez, tanto soñaba con abrazar. Antes de dar el primer paso para montar en él, volvió la mirada atrás con la esperanza de encontrarse con ella que, como en las películas, regresase corriendo con lágrimas en los ojos pidiendo perdón desconsoladamente. Y todo volvería a ser como antes. Todo se olvidaría. Todo sería lo mismo. Pero todo siguió siendo igual, al bajar de nuevo a la realidad y no encontrarse con ella. Así que sin poder evitar que una lágrima le corriese por la cara inundando su alma de ahogo y desesperación, subió al tren, y fue a ocupar su asiento cuando escuchó que alguien lo llamaba por detrás. Se volvió y allí estaba ella, la mujer más hermosa del mundo con un perdón en los labios que sonaba a una dulce melodía.

José Manuel Godoy Macías


 

11-3-04
Hora:8:15
Castellón de la Plana
 

El sol se esconde tras una fina capa de niebla, el día es gris, un muchacho de unos treinta años, atildado hasta la nuez con gomina, perfume de BOSS, cara redondita y poner del Opus se planta delante de mí, mira hacia el final del vagón y decide no tomar asiento a mi lado.

Llegamos a Sagunto. Suben cuatro chicas que ya he visto otros días. El tren está parado un cuarto de hora y una de las chicas dice que esta mañana ha habido un atentado en Madrid, en la estación de Atocha.

Hora:18:35
 

Voy a salir en este tren después de pasar un día horrible por las noticias que hemos ido escuchando a través de la radio. En el Museo no tenemos televisión y solamente podemos enterarnos por ese medio; pero es aterrador. Un compañero me ha preguntado como me sentía, al tener que coger el tren después de lo sucedido. Suena El Concierto de Aranjuez y los rostros me parecen mas sombríos. Hoy el silencio del vagón es impresionante, nadie habla. Cae la noche y en el cristal se reflejan las luces del vagón. En un silencio poco común van pasando estaciones mientras la música se adueña de nuestros espíritus... sigue el silencio.

Lina Museros

Amanecía, mientras esperaba en el andén, la llegada del tren. A lo lejos se oía en el silencio, como se iba aproximando a la estación... tomando las maletas me preparaba para el viaje.

Subí al tren. Coloque el equipaje y busqué mi asiento, en aquel vagón compartido, las primeras miradas de desconfianza de unos a otros, cuatro personas, desconocidas, un mismo destino Italia, un lugar de partida España... poco más sabíamos uno del otro.

Partimos de la estación y a la vez que el sol iba descubriendo nuestros rostros, comenzábamos a vernos mejor y también empezamos a conversar, a conocernos un poco. Tres hombres, una mujer (yo) y palabras en el aire se cruzaban, logramos saber que andaluces, madrileños, catalanes y gallegos, lo que teníamos en común además de ser españoles es que decidimos viajar a Italia y hacerlo en tren, el motivo eran las vacaciones de verano, algunos tenían familia allá, otro por conocer lugares nuevos... y al final llegamos a formar una gran familia, pues quedamos en Roma para celebrarlo con una comida todos juntos y fue realmente maravilloso, sentirnos pequeños en aquella Roma colosal, donde dejamos nuestras monedas en la Fontana de Trevi, y esperamos regresar.

¡Qué felicidad viajar en tren y compartir aventuras por el mundo!

MALI

El último tren a Nápoles

 

Cogió ese tren, el último de la noche, sin conocer su destino. «A Nápoles, señor», le informó el empleado de la taquilla. Bien, iría a Nápoles, qué más le daba. No acabaría ese viaje, aunque eso, aún, él no lo sabía.

No llevaba equipaje. Al menos, no material. Sin embargo, sus brazos caídos, su espalda encorvada y sus párpados casi cerrados indicaban el gran peso que soportaba. En el alma.

Se sentó en cualquier sitio. Ni siquiera miró en el billete su asiento asignado. «Disculpe, señor, creo que ha habido una confusión. Yo tengo asignado el asiento que usted ocupa». No se molestó en comprobar su billete. Sin duda alguna, el otro tenía razón. Se limitó a levantarse y sentarse en otro lugar, solitario si podía. Pudo elegir un rincón. Acaso un viajero, cabeceando por el sueño y el traqueteo fuese su más sonora compañía.

No podía dormir. Tampoco quería hacerlo. Sólo deseaba verla, imaginar su rostro, su sonrisa, sus manos, sus palabras. Por una extraña razón que no entendía, las imágenes de ella no eran nítidas. Borrosas, se mantenían en su mente un efímero instante, siempre insuficiente y eso le provocaba desazón.  Había compartido años de cercanía con ella y no lograba retener su rostro, sólo una idea, una figuración inasible en la que era imposible recrearse.

Más allá de la ventana del tren todo era oscuridad. Se le antojó ser como ese tren, iluminado mientras atravesaba una profunda oscuridad de camino a un lugar incierto producto del azar. Veía su rostro en el cristal. Apenas se reconocía a pesar de reconocerse. «La razón mira hacia un lado; el corazón hacia el contrario», pensó de un modo tan claro como si lo leyera en sus ojos.

Descorazonado, perdido, producto de un arrebato arrancado a la frustración, se encaminaba a Nápoles, como bien podría haber sido a San Petersburgo o Berlín. «Si hubiese sido un barco en lugar de un tren, habría zarpado en dirección a Naufragio».

«¿Me permite su billete, señor?», solicitó el interventor. Se lo entregó como el que entrega la vida entera a otro, voluntariamente, para que disponga de ella. «Me da el visto bueno y me la devuelve, como si pudiese apurarla un poco más», pensó al recoger el billete perforado, como si le otorgase el empleado una nueva oportunidad de vivir. «¿Por qué no en Nápoles?».

Pero era imposible. Toda su actitud era negación. «Si no la podía tener a ella, mejor era no tener nada», era su sentencia y parecía querer cumplirla porque bien sabía que obtener su amor era imposible. Aunque él era el que estaba casado, aún amaba a su mujer, pero de un modo diferente, acostumbrado, no como a la otra mujer, apasionado, con ese fervor imaginado hacia lo que no se posee. Ni siquiera sabía si ella le amaba a él, o si tan solo le apreciaba. Parecía que sí, se trataban desde hacía años, pero con la cortesía que proporciona la educación. Él se quitaba el sombrero; ella inclinaba la cabeza levemente. Él comentaba una anécdota; ella le correspondía con otra.

Quiso recordarla y recordó que por más esfuerzo que hiciera no recordaba haber hablado con ella de sentimientos, deseos, ilusiones, miedos. Sus conversaciones solían ser triviales, serias todo lo más, nunca personales. «Quizá, ese ha sido mi error. Nunca me he mostrado ante ella». Pero estos pensamientos no hicieron sino hundirle más en la oscuridad que atravesaba el tren.

El tren hacía breves paradas, pequeños momentos de intercambio en los que el movimiento se convertía en quietud. Llegar a destino es eso, es encontrar la quietud, es ser recibido por aquellos que esperan la llegada del viajero, es entrar en un lugar reconocido como propio y que otorga la mayor parte de la identidad.

Él no podía sentir la felicidad que supone alcanzar el final del viaje porque lo único que él hacía era partir, alejarse de todo aquello que se suponía que daba forma a su mundo y se internaba en lo desconocido, la inseguridad y la incertidumbre.

En una de las paradas más prolongadas, mientras cargaban carbón para la locomotora, estiró las piernas en el desierto andén. La niebla empequeñecía todo lo que tocaba y creaba una sensación de frío mayor que la real. Se envolvió en su capa y caminó con lentitud. Los toques de su bastón resonaban siniestros. Todo eran sombras a partir de los faroles impotentes.

«¿Puede amarse a dos mujeres al mismo tiempo?», le preguntaba a los raíles, a las piedras, a los bancos de madera en un gesto que sabía inútil como inútil habría sido preguntárselo a un ser humano. Qué sabían los hombres del amor. Nada, absolutamente nada salvo que es dueño y señor de su voluntad y de sus actos, de su cordura y su locura, de su autocontrol y sus instintos. Ante el amor, sólo queda el recurso, si la entrega total fracasa, de la huida, la huida ciega, absoluta, irracional.

Eso era lo que él hacía, huir. Contra el amor no se puede luchar. La derrota es segura. El amor siempre vence, por encima de las vidas de los amantes. Cogió ese tren, el último tren para él aunque no lo sabía todavía. A pesar de estar cerca de su destino, no llegaría a Nápoles.

En el solitario y frío andén, la niebla le inundó el alma de profunda melancolía, esa vieja pasión separada de la desesperación por un único y definitivo acto.

Como ráfagas, las imágenes de la amada le invadían, al igual que los remordimientos. Las unas y los otros competían en intensidad y al poco tiempo era tal la lucha que el hombre apenas pudo respirar. Sus ojos se movían velozmente en sus cuencas, como si se negaran a mirar a ningún sitio. No podía escapar del torbellino que bullía en su mente y le aplastaba el corazón. Sus sentimientos le martirizaban aunque eran confusos. Si no la veía a ella, la razón conseguía confirmar su vida de amante esposo y desplazar y mantener a raya sus emociones, construir castillos de raciocinio y se sentía, en el dolor, fuerte como para que su vida continuara siendo perfecta. Sin embargo, todo se derrumbaba en cuanto la veía. Su voz, su olor, el color de su pelo, su radiante rostro, su mera presencia, le volcaba el pecho y debía amarrarse a los brazos del sillón en el que se sentaba para no arrojarse a sus pies, delante de todos, y suplicarle que le diera a probar el sabor de sus labios.

Pero ya era tarde para volver. «¿Para qué?». No querría, ni habría podido, dar explicaciones. No quería ver sus rostros en la certeza de que nada habría de cambiar porque él no tenía valor para cambiarlas. Sus dos rostros le mirarían interrogantes. No respondería y el no hacerlo sería peor. Optara por lo que optara, el colapso sería fatal.

Si no podía amar, mejor era morir.

El silbato del tren anunció su partida.

No cogió el tren, pero el tren tuvo que parar de inmediato. Era el último tren de la noche, con destino a Nápoles y su interventor debería informar de un triste suceso que justificaba el retraso de su llegada a destino.

Juan Enrique Soto Castro

Centenares de paisajes he capturado en mis viajes a Italia y Francia, casi siempre y como hoy, en tren. Son para mí bellos regalos que sólo su creador podría darme, así que no las rechazo y las capturo con una cámara. Al momento de llegar a Madrid, donde hoy me dirijo, habré utilizado el último espacio en este rollo.

Al amanecer el sol intentó partir las nubes con sus fuertes rayos, aunque no pasó a ser más que un esfuerzo infructuoso. Los nubarrones apenas lograron cubrir con sus espesas capas todo el firmamento, comenzaron a descargar finas gotas sobre el campo alcanzando después la ciudad y los fríos rieles que hoy parecen estar más oscuros que de costumbre.

Imagino que Madrid está fría y húmeda, no me gusta mucho pero no podía faltar a la fiesta de cumpleaños de mi hija y a pesar de mi trabajo cada 11 de marzo hago este viaje. Aun recuerdo cuando nació Belén, mi hija, un frío amanecer de 1994, quien diría que ya pasaron diez años. Llevo su regalo a mi lado, un dinosaurio lila que sólo gusta a los niños.

Este que observo por la ventana, no es el paisaje más bonito, es triste. No podría compararlo con el de aquel en Irlanda donde a pesar de la lluvia, el cielo estaba dividido por un arco de colores alegres, dibujado por el sol. Este paisaje no es más lindo que aquel en donde veía a las ovejas pastar en un verde campo punteado por pequeñas flores silvestres, cerca de ese lago que reflejaba el azul del cielo adornado por nubes blancas típicas de todas las primaveras. No se parece a aquella que capturé allá en Cantabria, donde las aves volaban pintadas mágicamente en el cielo incendiado por el atardecer de enero.

Este paisaje es diferente, fúnebre, macabro, incierto como la profecía de un final próximo.

Pedro Pereira

Mi abuela me llevó de León a Managua cuando no había carretera y el tren era el único transporte, además de las bestias de andar, las carretas haladas por bueyes, y el viaje en lanchas del Lago Xolotlán hasta el puerto Momotombo.

Nunca había visto un tren en vivo. Sí en las películas de vaqueros que pasaban en el cine del pueblo, en las cuales siempre los indios los asaltaban... Así que cuando me monté en el vagón de Segunda Clase, esperé que en cada pitazo que daba aquel gusano de acero, con su tos de humo negrísimo, aparecieran los indios con sus gritos, montados en sus caballos salvajes a puro peo, lanzando sus flechas incendiarias y sus hachas cortando cabelleras a los caras pálidas. Pero no pasó nada. Me dormí, y solo en cada estación me desperté por los pregones de las vendedoras de tiste, quesillo, chancho con yuca y cajetas de todos los colores y sabores.

Cuando llegamos a la estación de la Ciudad Metropolitana, me abuela me enseñó con orgullo el Vagón Presidencial que había utilizado el General Zelaya y que le prestó al poeta Rubén Darío en su primer regreso a Nicaragua.

Así que el ferrocarril del Pacífico, para mí sigue y seguirá siendo un hermoso carnaval, para mis recuerdos de niño, que he logrado guardar en lo más limpio de mi memoria y que es un tesoro que quiero heredar a mis nietos, sobre todo, después que a un gobierno reciente se le ocurrió vender como chatarra hasta los rieles.

Luis Enrique Mejía Godoy

No sé en qué momento partió el tren, cuando me quise acordar ya no veía gente saludar sino el alternarse del verde de los campos con edificios y casas de decadente arquitectura mientras los postes del teléfono (¿del teléfono?) pasaban velozmente delante de mi ventanilla.

Todo me parecía extraño, no podía concebir que todo fuera así de pequeño, que la distancia entre un pueblo y otro fuera tan corta, que nunca quedara el tren sumergido en la inmensidad del campo sin otra compañía que su sombra; no, siempre había alguna casa o algún poblado que impedía ese contacto con el infinito, ese quedarse a solas con la nada. Tan habituado estaba yo a las enormes extensiones sudamericanas que me sentía casi agredido por ese paisaje minúsculo de la Italia, sin quererlo me di cuenta dramáticamente de las diferencias de espacio.

Era como si la imagen del mundo hubiese cambiado para mí, me di cuenta entonces que había otro mundo y otra perspectiva.

Después de algunos años de vivir en estas tierras ya no me parece minúsculo el paisaje que veo desde el tren, es más, ya ni reparo en él. Creo que aprendí a moverme en este mundo distinto cuyas dimensiones descubrí viajando en tren. Me queda sin embargo la nostalgia de ya no poder experimentar esa sensación de inmensidad que una vez era común para mí.

Parny

¿De veras sólo era eso?

Dos años después tropezamos en el mismo tren regional que unía Cádiz y Sevilla y sin darnos cuenta empezamos a comparar nuestros recuerdos sobre la tarde que viniste, en idéntico tren, a decirme adiós. Me citaste en la estación y tú recordabas un día de primavera y sol, y aun seguías impresionada por la entereza con la que te di el último abrazo y te deseé felicidad para el resto de tus pasos sin mí. Yo sólo me recordaba llorando en la cafetería de la estación mientras fuera las nubes emborronaban la tarde, mientras mi teléfono no sonaba con tu voz al otro lado para decirme que todo era mentira, mientras en mi cabeza golpeaban tus últimas palabras lanzadas desde la ventanilla, como para que todo mi mundo lo supiera, como para que el tren llevara la noticia al tuyo: ¡No te quiero, sólo es eso, que ya no te quiero! ¿De veras hubo sol? ¿De veras te abracé y te deseé felicidad? ¿De veras sólo era eso, que ya no me querías?

Juan Rincón Ares

      Andenes

Aura del amor en fuga
andenes axesuados
indiferentes rieles desnudos
espejos del negro cielo
donde cada estrella es un adiós
no puedo partir hacia el olvido
tampoco volver al calor de tus senos

Estoy sentado sobre el ultimo suspiro
esperando el silbido de la última muerte.

Humberto

La vuelta

 

El ruido de vagones y la oscuridad de la continua noche, le obligó a decir algo:

—¿Cuál es tu motivo? —preguntó X.

—Herida de bala, ¿y el tuyo? —dijo Y.

—Herida de celos… —sonrió X, y tomando aire, añadió: —Amor y guerra….

—Sí. Locura que ciega. Realidad solo percibida a posteriori... ¿Habremos perdido tanto como parece? —se preguntó Y.

 

El silencio, camuflado por el paso del tren por los raíles, adornaba sus palabras:

—Fui demasiado valiente, pensé en lo orgulloso que se sentirían, y corrí, y corrí… y ya ves… —reflexionó Y.

—Al final siempre quedan los mismos, que desde sus paranoias, mal dirigen y mandan.

—¿Qué te pasó? —preguntó Y a X.

—Bebí demasiado, y también corrí, corrí demasiado, no soportaba tanto dolor… no me importó no ver el fin de la calle… por cierto, ¿es cómodo tu ataúd?, ¿qué tal se va ahí dentro?

—Bueno, el ejercito pagó algo de dinero, y me colocaron fundas con algo de gomaespuma… tengo la espalda totalmente dormida.

—Ya llegamos...

—Sí. Que descanses…

—Igualmente.

 

El silbido del tren, y los llantos de la estación, dieron la bienvenida a los pasajeros que volvían a su tierra, para no salir nunca de su terrenal abrazo.

Jesús Sánchez Payán


 

___________ESTE VIAJE ESTUVO ABIERTO HASTA EL 24.11.2004______

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ideada y coordinada por Carmen López León
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