Diario de un viajero
por

Víctor López Pérez-Fajardo

PAÍS DOGÓN (Malí)


11.03.89

Contratamos por 10.000 C.F.A. al guía. Son doce kilómetros de camino ardiente hasta Kani-Kombolé, en la falda de la falla de Bandiagara, donde está situado el País Dogón, pueblo de principios animistas, aunque hoy en día con muchos conversos musulmanes o cristianos.

Kani-Kombolé tiene su pequeña mezquita. Eduardo ha sufrido una lipotimia ligera un poco antes de llegar, sin mayor importancia. Hacemos la comida, descansamos antes de iniciar en la tarde el camino de cuatro kilómetros hasta Teli. Las casas antiguas deshabitadas colgadas del farallón son preciosas, solamente vive arriba una familia de un jefe al que le suben la comida y el agua; una de las casas se utilizaba para las mujeres que no se quedaban embarazadas: estaban varios días y después dicen que la vida se generaba en ellas. Debajo, el pueblo moderno, donde dormiremos en una terraza bajo las estrellas, todo son voces de las fiestas cercanas, primero las niñas cantan y bailan antes de ir a dormir, después, durante largas horas, gentes venidas de otros poblados hacen lo mismo, hasta que suena como un gran trueno, más tarde sabremos que producido por un disparo de fusil. El paisaje, con baobabs inmensos, en la caída de la tarde ha sido fascinante; para mí son los grandes árboles góticos de la naturaleza. La noche está plagada de ruidos y de rebuznos de burros un tanto escalofriantes que retardan el sueño, pero al fin, como todo en la vida, llega.

12.03.89

Las primeras luces nos despiertan y rearmamos la mochila. Subimos hasta el pueblo colgado en la gran muralla natural producida por la falla; las primeras fotografías enmarcan el nacimiento del sol con los cucuruchos de los tejados de las casas recortados contra él. Más tarde desayuno con los primeros calores y la marcha hacia el siguiente poblado Dogón, Endé, a cuatro kilómetros de distancia, continuando el camino al pie de la muralla. Los niños salen continuamente a nuestro paso, hay pequeños huertos entre las grandes acacias, nos ofrecen mangos.





Tomaremos el descanso en la sombra del bar de Endé hasta la hora del mercado, al mediodía, en la que Eduardo y Javier van a verlo, envío a un niño a por pan y mangos y como cecina y tomo cerveza en la espera. A las 3,30 h partimos para Bankas; a la mitad del camino un carrito tirado por un burro nos lleva las mochilas, el calor es de impresión y nuestro paso nos aleja de la falaise. Al pie de un gran árbol, el recibimiento que nos brindan un montón de niños con sus palmas y canciones es formidable. Después, ya llegados a Bankas, el sol cede y asistimos a una carrera de caballos. La moneda de Oro se introduce en la caja de ahorros del horizonte como siempre en su ahorro diario. Bebida, cena, conversación y dulce sueño bajo las estrellas.



De colores fantásticos el mercado
                                 se llena
Mango, frutos, algodón, ñame
Lumínicos peinados
erizados sobre expectante sonrisa
vibran los cuerpos sobre el caminar
                                 cansino
Y de la espalda la vida
                                 resalta la inocencia
Se separan las manos
                                 chasquidos en el aire
La aridez del viento
                                 perfora los deseos
Y electricidad densa
manifiestan nuestros movimientos
                                 en el abrazo de la música.


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