Diario de un viajero
por

Víctor López Pérez-Fajardo


TANZANIA

06.11.1995

Amanece y salgo a tomar fotos del campamento, la tienda, entre un rotundo baobab y una acacia que esparrama sus brazos armados de púas. La cálida luz crea un clima como de cuento. Hoy abandonamos este inmenso parque del Tarangire, parque de baobabs y elefantes donde los haya, ayer despedimos el día con una gran manada cortando el horizonte casi en la oscuridad.

Atravesaremos el Riff Valley, esa inmensa hendidura por la cual se desmembrará esta parte de África en el futuro, una fértil zona de granjas antes de alcanzar el Lago Mandyara, bastante seco en esta época del año, pero de vegetación exuberante. Más tarde nos desviamos hacia el Lago Eyasi, dejando a la derecha el camino del N’ogorongoro, al que nos dirigiremos dentro de unos días. La ruta es un tanto tortuosa, para Carmen, quizás un tanto pesada, pero aguanta estoicamente, le está gustando este viaje realmente. Los días pasados plenos de naturaleza, los termiteros como chimeneas, con las mangostas como inquilinos, los avestruces, negros los machos, marrones ellas, con la libertad de sus largas patas, la mayor de las cigüeñas el marabú con su enorme pico, el pájaro secretario con su gran penacho, la pesada avutarda de Kori y sobre todo la visión del leopardo, tan difícil, encaramado sobre la musculada acacia.

Pasamos la tarde apacible, desde nuestro campamento mirando aves con los prismáticos, buena cena, conversación, sobre la luna llena, la vida, la muerte…

07.11.1995

Sueño y recuerdos de mi ascensión al Kilimanjaro, justo hace diez años, de todas formas más de nueve horas durmiendo. Desayuno americano, rica miel. Vamos a visitar a los Hadza o Tindiga (bushmen), parecidos a los del Kalahari, nómadas que no tienen ni cabañas, apenas una esterilla, calabaza para el agua, un espacio para dormir entre ramas. Hace pocos años iban sólo con taparrabos, cuchillo muy rudimentario, arco y flechas de diferentes tipos, para cazar diferentes animales, incluso búfalo o león, las puntas están impregnadas de veneno, me advierten que peligroso. Practicamos a tirar con arco. Vamos de caza, el terreno seco, con arbustos de acacia con grandes espinas, no cobraran ninguna pieza, pues rebuscan tubérculos, parecidos a las batatas y los encuentran e ipso facto, preparan una fogata, un fuego primitivo, con yesca, palo y una base de madera, en menos de dos minutos, asan las batatas y a comer, nos las dan a probar y su sabor es dulce y agradable. En el lugar donde duermen, más tarde cantan y bailan para nosotros y por cierto qué bien.



Regresamos al campamento para el lunch, mirar pájaros, oír música, charlar. A las cuatro de la tarde salimos de nuevo para visitar a los Datoga, enemigos acérrimos de los Masai, con el mismo tipo de vida que estos, pastoreo de ganado. Visitamos un poblado propiedad de un solo hombre, que tiene siete mujeres, nos enseña su casa de techo muy bajo, adobe, palos, caña, cama con piel de vaca, pequeño hogar en el suelo. Ellos son muy altos, parecen burundis. Les tomo fotos, no tienen cuchillos, sí lanza, Ellas cantan una nana, grandes agujeros en los lóbulos de las orejas, con pendientes metálicos, aros de bronce en el cuello (muy parecidos a los masai), tienen grandes círculos de escarificaciones alrededor de los ojos. Nos despedimos y nos acercamos hasta el Lago Eyasi, está completamente seco en esta época, pero las líneas de colores y contrastes hacen que el paisaje sea de gran belleza. Las montañas del N’ogorongoro, al fondo con las dos cimas marcando el gran cráter, palmeras, grandes cactus, el suelo tamizado amarillo. Vemos ibis sagrados y flamencos, también gacelas de Thomson.

En la noche en el campamento hay un camión safari con 20 holandeses, nuestra cena preparada y servida, oigo a los Chieftains antes de dormir.

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Fotografías: Víctor López Pérez-Fajardo © Derechos reservados
Revista Almiar (Madrid, España) / n.º 37 / enero 2008
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