relato Cat

Cat

por Luis A. Alcocer

No le gustaban los gatos, en realidad no le gustaba ninguno de los animales llamados «domésticos», sentía animadversión, asco, hacia sus babas, sus pelos, sus excrementos..., pero, en particular, desde muy pequeño odiaba a los gatos más que a ningún otro animal casero. Por eso, cuando un día aparecieron su mujer y su hija con uno de ellos en una cestita, cogió un cabreo monumental:

—¡Mira, Papá, me lo han comprado Mamá y la abuelita de regalo de cumpleaños!

—Pero, vamos a ver... ¿no os he dicho mil veces que no quiero animales en casa...? Y tú, Araceli... ¿Cómo le compras eso a la niña...? ¡Claro, habrá sido tu madre que siempre anda buscando la manera de tocarme las narices...!

—¿Te quieres callar, Enrique?... Vas a acabar haciendo llorar a Toñi... ¿No ves lo ilusionada que está?

Era cierto, la niña había cambiado su sonrisa por un gesto compungido..., estaba a punto de empezar a llorar.


Enrique era un buen hombre, no soportaba ver triste a un niño y mucho menos a su única hija. Toñi, sólo tenía nueve años, era su debilidad, su ojito derecho, nunca había sido capaz de negarle nada. Trató de explicarse:

—Mira, Toñi, es que los animales son un problema dentro de las casas... Al principio se hará caca en todos los lados, se pondrá enfermo muchas veces, llenará todo de pelos..., luego, cuando sea mayor tendrá otros problemas...

—¡Cuidado, Enrique, no seas animal...! ¿A ver que le vas a decir a la niña?

Miró a su hija, dos pequeñas lágrimas estaban resbalando por sus mejillas. Acarició su cabeza...

—Bueno, bien está, pero luego no digáis que no os he advertido.

Toñi volvió a alegrar su carita.

—Gracias, Papá... Ya verás como no te vas a enterar de que está en casa... Va a ser muy bueno... ¿Verdad, Pichín?... Le vamos a llamar Pichín, ¿sabes...?

Enrique sonrió con un gesto forzado y volvió a su despacho. El gato, la suegra, su mujer y, sobre todo, su hija le habían ganado la batalla casi sin esfuerzo. Procuró hacer, a partir de ese momento, como si el gato, Pichín, no existiera.

Pasaron dos meses casi sin problemas. Él trataba, tal como se había propuesto, de ignorar al gato... Durante ese tiempo, hizo como si no viera las mierdas que el tal Pichín iba dejando en cualquier lugar, se hizo el sordo ante los maullidos nocturnos, se cepillaba los pelos que permanentemente llevaba pegados a la ropa... Y, como única venganza, cuando nadie le veía, daba una leve, ligera patada al gato en el culo; cuando esto pasaba, Pichín le miraba con auténtica expresión de odio, enseñaba los dientes y bufaba al tiempo que erizaba sus pelos. Enrique le sonreía, no le tenía ningún miedo, y repetía su mínima patada. Esa era su única relación con el gato.

Una mañana de domingo, él estaba leyendo el periódico, se acercó su hija:

—Papá, Pichín me ha dicho que no quiere que le volvamos a llamar así... Que él es inglés y quiere que le llamemos Cat... Así que ya sabes...

Enrique procuró esbozar su mejor sonrisa:

—Mira, Toñi, los gatos no hablan, ¿sabes?... Yo creía que sí lo sabías... Los gatos maúllan..., pero, aunque sean tan guapos e inteligentes como Pichín, no pueden hablar porque...

La niña le interrumpió:

—No seas bobo, Papá... Él habla desde hace mucho, pero sólo conmigo y, ya te dicho, no vuelvas a llamarle Pichín, no le gusta.

Pensó que lo mejor era seguir la corriente a su hija. Ya se le pasaría, eran cosas de niños.


Quince días después, su hija, antes de irse a la cama, volvió a hablarle del gato:

—Papá, Cat me ha dicho que no le gustáis nada ni Mamá ni tú... Que vosotros hacéis siempre lo que os da la gana y, a mí, no me dejáis ni respirar... que no sois buenos conmigo.

Como es natural, Enrique se preocupó... Esa misma noche habló con su mujer:

—Araceli, vamos a tener que regalar el gato... —le explicó lo que su hija le había contado.

Su mujer, dudaba:

—No sé..., pueden ser cosas sin importancia, ya sabes la imaginación desbordante que tiene Toñi... Aunque, por otro lado, eso que dice de nosotros dos... Tal vez tengas razón, déjame que hable con ella mañana y, si todo es como dices, nos quitamos al gato de encima; además, yo ya estoy empezando a cansarme de él...


A la mañana siguiente, Enrique encontró a su mujer muerta en el suelo de la cocina. Dentro de la pila, había un vaso medio lleno de líquido y una botella de lejía tumbada, el cuello sobre dicha pila.

—Está muy claro —le explicó la policía—, su mujer ha bebido, pensando que era agua, de este vaso que por desgracia se había llenado de lejía... Ha sido una triste casualidad, también es mala suerte que se vuelque una botella sobre un vaso... No sé como ha podido pasar...

Enrique estaba atónito, no asimilaba lo que había pasado, no entendía nada..., hasta que vio, en un rincón de la cocina, al gato, los ojos brillantes y, no cabía duda, una maligna sonrisa en su boca.

Cuando volvieron del tanatorio, le dijo a su hija:

—Toñi, vamos a llevar al gato a la tienda... y, si no le quieren allí, lo regalaremos a quien sea, pero no puede seguir en casa.

La niña empezó a llorar con una rabia como nunca le había visto. Temblando y a gritos le contestó:

—¡Ni lo sueñes Papá, si lo haces me escapo de casa... Cat es mi único amigo, no podría estar sin él, le quiero más que a ti... Además, no te lo había dicho, me ha asegurado que cuando pase un poco más de tiempo, nos vamos a ir a vivir juntos los dos solos...!

Le siguió la corriente, ella estaba fuera de sí. Decidió ir al día siguiente a un médico, a un psiquiatra infantil, su pobre hija no estaba bien.

Cuando la niña se acostó, Enrique fue en busca del gato. Le odiaba más que nunca. Le vio en el pasillo, desafiante, la misma sonrisa de maldad en su boca, en sus ojos.

—¡Maldito seas, gato! — le intentó dar una patada, pero el animal se apartó:

—¡Maldito tú, cabronazo!... Y sé más obediente..., te han dicho que me llames Cat... Ah, el próximo en caer vas a ser tú... —le respondió, claramente, el gato.

Enrique quedó paralizado, pensó que se había vuelto loco..., pero no, aquel monstruo asesino hablaba, la pobre Toñi tenía razón...


Estuvo toda la noche en vela; no podía decir la verdad a nadie porque pensarían que se había vuelto loco, tampoco podía matar o sacar al gato de la casa, su hija le odiaría siempre y, seguro, acabaría traumatizada... Y, a él, quién realmente le importaba era su hija.

A la mañana siguiente, tras dejar a Toñi en el colegio, fue a ver a un psiquiatra, uno de los más conocidos. Le explicó, como buenamente pudo, todo lo referente a la niña desde que compraron el gato.

—Lo de su hija no es frecuente, pero está tipificado dentro de la psiquiatría. Los niños tienen una imaginación tal que, en cuanto esta confluye con aspectos emocionales, les hace confundir la realidad, llegando a creer que aquello que imaginan ha sucedido realmente. Su hija, a la que el cariño hacia su gato le hace suponer que este habla...

—No, espere —le cortó Enrique—, tal vez no me he explicado bien... El gato habla, como usted y como yo..., anoche me llamó cabronazo y dijo que me asesinaría igual que hizo con mi mujer.

El psiquiatra le miró, se levantó de su asiento:

—Venga, túmbese aquí y vuelva a contarme toda la historia del gato a partir del día que lo compraron...


Hace dos años que conozco a Enrique. Cuando ingresó en el Centro le asignaron la celda dónde yo estaba, habitación la llaman. Yo llevaba allí tres años, desde que denuncié que mi perro hablaba, había intentado asesinarme y se acostaba con mi mujer.

Enrique y yo hicimos buenas migas, es natural..., ambos sabemos que el otro no está loco, no miente. El sábado pasado estaba contento; por primera vez, desde que entró aquí, venía su hija a verle. Como yo también tenía visita, salimos juntos a la sala de encuentros. Enseguida reconocí a Toñi, él me había explicado como era..., además, no cabía duda, llevaba en brazos a un gato que sonreía maléficamente.

—Hola, Papá...

Miré a Enrique, su cara era una mezcla de dolor, asombro, pena, estupor... No se puede explicar...

—Pero, Toñi...

—Espera, Papá, no digas nada aún... Él quiere saludarte.

Y el gato habló, lo juro...:

—Hola, cabrón... Procura portarte bien... y a ver que le dices a tu hija o la próxima será ella... Ah, y no se te ocurra llamarme gato, me llamo Cat.


Esa noche encontré al bueno de Enrique ahorcado en nuestra celda... Era lógico, lo esperaba..., yo hubiera hecho igual.



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Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©


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    Revista Almiar (2003)
    · ISSN 1696-4807
    · Miembro fundador de A.R.D.E.

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