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Tarde de enero
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Esther Zorrozua

Raquel se marchó una tarde de enero, cuando ya empezaba a disolverse la luz y una lluvia fina caía en silencio sobre las hortensias del jardín arropando sus yertos tallos con un velo transparente. Se fue sin alboroto, con discreción, como había sido siempre su existencia. Pero, en realidad, había empezado a irse mucho antes.

Su viaje comenzó en el mismo momento en que le dio por pensar qué salvaría si alguna vez tuviese que marcharse. Esa idea le nubló la frente el día que por primera vez Tomás llegó tarde alegando problemas de trabajo. Raquel no necesitaba pruebas para saber que le mentía. Su intuición siempre había sido para ella más dolorosa que la incertidumbre en otras mujeres. Pero no dijo nada. Recalentó la cena con abnegación y le acompañó a la mesa, mientras Tomás, entre bocado y bocado, hilvanaba con embustes los hilos de una madeja enmarañada que se iba enredando en las entrañas de Raquel y tiraba de sus vísceras sin piedad, tratando de remolcar hasta el muelle una barca cuya quilla se había quedado atorada entre las inmundicias del fondo del puerto.

—Te hubiese avisado —forzaba Tomás sus explicaciones—, pero estábamos demasiado enfrascados en el asunto y perdí la noción del tiempo.

—Sí, lo comprendo. No te preocupes —restaba ella importancia a lo que pronto se iría haciendo costumbre y ni siquiera despertaría en él la necesidad de inventar una excusa.

La ausencia de hijos jalonó otra de las fases decisivas. La esterilidad incierta de alguno de los dos, que ni siquiera se ocuparon de dilucidar, interpuso entre ellos un espacio de nadie que jamás se atrevieron a hollar con palabras. Pero Raquel no permaneció indiferente a las oleadas de acusación con que le llegaban cargadas las miradas de Tomás. Tampoco podía mantenerse insensible a la prolífica estirpe de niños que iba poblando el vecindario, ignorando su casa y su vientre, oprimidos ambos por las notas mudas de un ensordecedor himno al silencio.

—¡Qué pena! ¡Cuánto niño huérfano en el mundo! —comentaba ella con intención ante las dramáticas noticias de los informativos, que alternaban reportajes de catástrofes naturales y de horrores causados por la mano del hombre. Cómo le hubiese agradecido a Tomás que, por una vez, le prestase atención y fuese capaz de leer entre líneas la necesidad que ella sentía de dar cauce a tanto amor malgastado, pero, sobre todo, de recibir en respuesta la ternura torpe de una caricia, el balbuceo gozoso al estrenar una palabra, la luz de una risa gratuita.

—¿Decías algo? —preguntaba él con desgana en medio de un bostezo.

—No, nada —replegaba velas Raquel ante la indiferencia de Tomás y dilapidaba los días y las noches tejiendo patucos para niños ajenos e inventando vidas más gratificantes que la suya en países imaginarios donde brillaba el sol, y su hombre la festejaba en vertical y en horizontal, y su vientre se hinchaba cada primavera con la tersura y el terciopelo de un melocotón maduro.


Y cuando regresaba de aquel tránsito imaginario sus ojos se anublaban con el caudal de dos torrenteras que se desbordaban sobre su labor tejiendo los patucos en perlé y cristal. La agonía se prolongaba durante horas inacabables mientras esperaba a Tomás, que la tenía condenada a un abandono que le iba diluyendo por dentro.


Fue en uno de esos atardeceres en que el ocaso la encontró bañada en soledad cuando bajó la maleta del último altillo del armario y empezó a hacer el equipaje. Al plegar la falda de franela gris y colocarla en el fondo de la valija, le asaltó la certeza de que Tomás ni siquiera la echaría en falta, que no advertiría el hueco dejado por su ausencia, que no le buscaría en el calor del lecho a la madrugada, porque hacía demasiado tiempo que había dejado incluso de ver su figura etérea a la que la costumbre fue adelgazando hasta convertir en invisible, mientras ella seguía moviéndose por la casa con la inconsistencia de un fantasma familiar, atenta sólo a las necesidades de él.

Esta constatación le empujó a acelerar los preparativos. Se llevaría sólo lo imprescindible, nunca había necesitado demasiado. Al terminar, comprobó que todo quedaba en orden: la colada recogida y guardada en los armarios, oliendo a plancha reciente; el periódico sobre la mesa del salón, como a él le gustaba; el baño con suficiente reserva de papel higiénico y la cena de Tomás en el horno.


Paseó su mirada en redondo por última vez desde el recibidor. Hizo un gesto de aprobación y salió cerrando tras sí con cuidado. Un cielo impenitente disparaba agujas heladas a un ritmo de guerra abierta. Atravesó la vereda del jardín a paso rápido. Salió a la calle y cerró la cancela a su espalda. Se subió el cuello del impermeable y echó a andar por la acera con la maleta en la mano, hasta que poco a poco su silueta se fue difuminando en la lejanía, absorbida por la bruma de la tarde de enero en busca de un lugar en que brillase el sol y le calentase su tristeza de musgo antiguo.



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ESTHER ZORROZUA
(Bilbao, 1955). Licenciada en Filología Románica y Doctora en Filosofía y Letras enseña Lengua y Literatura en un Instituto de Bachillerato. Publicó en colaboración La savia del tamarindo (2001) y 60 relatos, 60 autores (2002). En breve aparecerá su primera novela en solitario: La casa de La Galea.

Página web de la autora: http://www.albumestheryagustin.com/

ILUSTRACIÓN RELATO:
Fotografía por Juanjo Barinaga y Pedro M. Martínez ©


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Sólo te veo cuando cierro los ojos | La presencia del profeta