relato por
Gabriel Garrido Parent

 

1

Por las noches le sostenía en mis brazos sin esperar que se durmiera.

Éramos valientes, cuando vivíamos. Gravitábamos satisfechos en torno a este hecho tan cotidiano como los mismos pasos que tomábamos para ir a comprar el pan, detergente o su leche.

Así, desde hacía exactamente tres meses, cada vez era yo más receptivo a una realidad de donde manaban, con absoluta naturalidad, cocodrilos con narices de dragón, libélulas con alas de pirita o pájaros con picos hechos de hojas de libro.

Si aparecían unicornios él me mantenía alejado de sus largos y afilados cuernos, por si acaso.

Aunque en presencia de las hadas nunca supe de qué hablar, el silencio nunca me resultó incómodo, ya que él poseía la facultad de encandilarlas con su sola presencia.

Aquella mañana, las extintas pelusas que en la oscuridad se habían adueñado de la habitación, se replegaron sobre sí mismas presas de una urgencia inusitada en cuanto llegó el crepúsculo. En su lugar, surgieron infinidad de diminutas motas de polvo congregadas alrededor de un incipiente rayo de sol que atravesaba la ventana.

Los coches rugían veloces por la avenida; el ruido de sus motores llegaba a mis oídos con tal proximidad que, por un momento, di por hecho que la ventana debía estar abierta.

2

Si de una cosa puedo estar seguro es que era Navidad. Me atrevería igualmente a asegurar que me encontraba justo en ese momento en el que tocaba pagar al casero el alquiler del próximo mes. Por tanto, próximamente iban a pasar el recibo de la luz, del agua, de la calefacción, del teléfono e Internet.

Me levantaba, desayunaba, trabajaba, comía, trabajaba, me acostaba, me levantaba desayunaba, trabajaba, comía.

Sin saber por qué, en ocasiones se sucedían días en los que sentía un deseo irreprimible de alterar esta previsible cadencia. Para ello, trabajaba antes de desayunar como si al comportarme de esa manera pudiera soliviantar al transcurrir de los días. Tenía fantasías en las que me imaginaba con autoridad como para poder decidir sobre el destino de la tenaz apisonadora que es la costumbre.

Todo podría haber sido mejorable, por supuesto, incluido el nivel de humedad que las gotas de lluvia provocaban al precipitarse sobre la tierra, cuando, sentado en un banco en el parque de los patos, recuerdo haber observado cómo una araña tejía diligentemente su tela. Captó la totalidad de mi atención, pero es sorprendente comprobar cómo, aun así, no fui capaz de comprender qué estaba sucediendo en realidad, más allá del hecho aparente de una araña que tejía su tela.

¿Cómo podría haber imaginado que ese arácnido se afanaba en mi cerebro, en esos precisos instantes, con semejante ímpetu definitorio con respecto a los próximos acontecimientos de mi vida?

Si ahora mismo la araña fuera algo más que una mera imagen proyectada en mí memoria no dudaría ni un segundo en exterminarla, sin embargo, cuando estuvo a mi alcance no fui capaz de hacer nada. Su belleza ancestral y misteriosa me oprimió hasta el punto de bloquearme. Llames o no fuerte a su puerta no le importan tus preferencias. Debe ser sorda.

3

Cuando él me llevaba al parque de los patos de Villaviciosa de Odón me era imposible discernir qué discurría fugaz sobre mí; podría haber sido un árbol, una farola, una tienda de comestibles, un banco, todo ello al mismo tiempo o nada en absoluto.

Entonces, no podía más que divisar sobre mí un trazo nebuloso que, tan pronto como él abría la pequeña boca, se resquebrajaba y de las hendiduras producidas salían chorros de un líquido propulsado que extendía su humedad hasta mis ojos.

De este modo, afloraba aún más líquido de las entrañas del trazo que ya no estaba desdibujado, sino que tenía la transparencia propia del agua, de un agua que cubría nuestros cuerpos, sumergidos como estábamos.

Así, nuestro alrededor se transformaba para conceder un sentido insólito a aquella farola que se tornaba en un palo de algodón coronado por una luciérnaga saltarina o a aquella alcantarilla de la cual emergía una mariposa con alas de mantequilla que animaba a empujar el carrito por medio de delicados aleteos.

4

Aquel día no pudimos ni jugar ni dar de comer a los patos, ya que nos vimos abocados a tener que intentar respirar bajo el agua.

Porque nos detuvieron. ¿Qué nos detuvo? ¡Qué sé yo!

Un torrente de agua cristalina que se perdía en dirección al parque de los patos manó vehementemente del seno de sus fontanelas y salpicó mis ojos; un arroyo aquél al cual yo me confié, una vez más sin discusión, porque inocentemente creí que se originaba en su persona. ¿En quién si no? Yo no tenía motivos para desconfiar. Estaba haciendo lo que tenía que hacer. Me dejaba llevar. Era lo que tocaba. Era lo que había.

El asfalto, las hojas, los ladrillos y las alcantarillas atravesaron entonces los lóbulos de mis orejas. Así, se alzó frente a mis ojos lo que aquel día acabó siendo (ahora es evidente) un recorrido sin progreso y tortuoso.

De su boca brotaron proyectos de sonidos. Cada intento de fonema que pronunció descendió como una pluma sobre la acera y, en el punto exacto donde lo hizo, un resplandor señaló el camino que debíamos seguir para llegar al parque de los patos.

Ignoraba por aquel entonces las precisas instrucciones que la araña de las mil hormigas había tejido en su tela y, consecuentemente, en mi cerebro. No le supe dar importancia. Insensato de mí.

Como ya he indicado anteriormente durante nuestros paseos diarios brotaba un líquido de sus ojos que salpicaba los míos. Esto era lo habitual.

Tengo, sin embargo, un recuerdo vago de algo que sucedió entre el momento en el que salimos de la fiesta y nuestro recorrido hacia el parque.

Aquel día, mientras dicho líquido se esparcía sobre mi rostro, me pareció que una avispa negra me picaba en el hombro cuando, unos segundos antes, quizá atisbé, no lo podría confirmar, justo antes de que dicho insecto se posara sobre mí, un coche veloz que se aproximaba a nosotros.

5

Mis manos bajo el agua y, muy a mi pesar, son mías.

Reales como agua irrumpiendo en los orificios nasales cual aguijón que buscara esculpir nuestros cuerpos en el agua.

Escuché los nombres inmersos en el sonido que paulatinamente traía un motor desde la distancia, hasta concluir en un impetuoso estruendo.

El carrito se detuvo. ¿O lo detuve yo? ¿Qué lo detuvo? ¡Qué sé yo!

Tras el frío azote, nada. Después, un gorjeo que ululaba alrededor de los árboles:

«¿Dónde estás hermoso sol? ¿Dónde estás?

Te echamos de menos. Por favor, ven pronto.

Nos maravilla tu casa en las montañas.

Nos fascina tu ventana en el cielo.

Nos entusiasma la puerta de tu calidez.

Nos encantan las nubes hechas de flores.

Nos emocionan tus cejas de césped».

6

Desde la profundidad del lago miro hacia arriba. Veo patos que mueven sus patitas y flotan sobre mí. Escudriño a mí alrededor e intento actuar, pero no puedo hacer más que desistir. Me tengo que limitar a que mis ojos sigan el lento recorrido de unas plumas que pasan indolentes a mi lado.

Si es la barba o no lo que se ha enredado entre las patas de los patos no lo puedo dilucidar. Tampoco si esta tonalidad rojiza que se expande en el agua como un paraguas desplegado es tan solo un fiel reflejo del disfraz que llevo puesto u otra cosa bien diferente.

Siento corrientes de agua en mi nuca y permanezco sujeto al carrito.

Ignoro quién gritó primero en la cavidad de la inmensidad. Yo, desde luego, pensaba en él y esperaba que él pensara en mí; al mismo tiempo el uno en el otro porque yo, como él, soy producto de una ameba primitiva generada por una coma centelleante. Somos lo mismo y nos deberíamos de seguir queriendo. Más aun ahora que no somos más que dos comas desmadejadas manejadas por los impulsos caprichosos del agua. Bueno, yo le querré siempre.

En esto que atisbo entre el verdor de las algas una casa de piedra con ventanas de PVC situada en una estrecha calle.

No creo estar allí presente, pero sí el mismo agua que, a través de vías que conectan neuronas que se extienden por medio de venas estiradas y separadas de mi cuerpo, traspasa la entrada de la casa y permanece, así, suspendido en el aire, sin que caiga gota al suelo, mientras, extenuado, parece estar intentando comprender qué es lo que está sucediendo en el interior de ese amasijo de sombras retorcidas.

Al fin, desde los ojos y las orejas de mis venas puedo distinguir vasos, cerveza y ecos de fiesta.

Una forma se hubiera desvanecido irremediablemente si no hubiera sido por unas luces intermitentes de colores que, primero débilmente y luego cada vez más insistentemente, iluminan, desde un pino donde están colocadas, su contorno.

De una superficie cubierta por una tela roja aterciopelada brotan pelos blancos que se baten como medusas lloronas en un fondo donde estamos, donde quizá ya no estemos. La superficie aterciopelada levanta una cerveza que, asimismo, alza sobre sí una silueta, ahora sí, claramente humana que alumbrada por las luces en el pino, ahora también, muestra una persona con blanca barba y disfraz rojo de Papá Noel.

7

El agua penetra cada poro de nuestra piel y nos insta a comprender que debemos conformarnos con mirar las patas de los patos agitarse sobre nosotros y nada más. Nos abrazamos, él y yo, en el fondo. Yo soy él en el abismo. Uno.

Una bolsa de plástico sucia se acerca lentamente hacia mis dedos impulsada por un tímido flujo de agua. Yo intento en vano tocarla con las yemas de mis dedos estirados.

Los ojos de él están en blanco y es proyectado levemente hacia mí por ese mismo flujo. Puedo verle porque yo resulto ser él y sus ojos están abiertos.

Los pelos de la blanca barba y el disfraz rojo de Papá Noel se extienden por el agua cuando sobre el carrito me elevo por encima de la superficie.

No alcanzo a ver las patas de los patos ya, ni a sentir las ondulaciones en el agua provocadas por su febril movimiento, pero sí puedo apreciar sus picoteos para encontrar alimento.

Si no fuera porque de pronto comienzo a perder altura, hubiera querido rozar las nubes con el peso de esta blanca barba que apenas se mantiene ya en su sitio.

¡No quiero descender! ¡Quiero ascender hasta el techo del cielo, si lo hay!

¡Esquivar todas las estrellas, Universos, Galaxias y tocar con el dedo meñique del pie izquierdo el techo del cielo, si lo hay!

Pronto vuelvo a distinguir los cuerpecitos marrones de los patos que se deslizan grácilmente; sumergen sus picos con la esperanza de encontrar lombrices o caracoles.

No me es permitido transitar el cielo, deduzco. Instrucciones de la araña de las mil hormigas, sospecho.

8

Mis ojos de hombre tuvieron el hábito de frecuentar sus pupilas de mujer porque acaso eran las mías.

Su madre y yo éramos huéspedes de una misma pupila compuesta por miles de millones de pupilas transparentes que se estiraban y comunicaban entre sí desde los albores de la humanidad hasta el momento presente y el futuro.

A su madre y a mí nos descubrió esa misma pupila que siempre ha estado presente, pero que desde luego no inventamos. A pesar de que, posiblemente, estuviera destinada para nosotros, no nos pertenecía, y lo sé porque la encontramos en un momento en el que, precisamente, habíamos logrado desprendernos de nosotros mismos. Nos cruzamos en el camino de la pupila una noche; en una gran fiesta de amigos donde nos dimos incipientes chapuzones de desprendimiento que saboreamos con curiosidad creciente.

Nos encontró un borbotón porque nosotros fuimos capaces de advertir su presencia: la madre con sus pupilas de mujer y yo con mis pupilas de hombre.

¿O mis pupilas eran de mujer y las suyas de hombre? No, ni lo uno ni lo otro porque pupilas no había en absoluto.

Lo cierto es que cuando nos descubrió el borbotón desaparecieron nuestras pupilas para dejar espacio a la formación de los ojos de él que se manifestaron en un gorgoteo liberado de todo propósito.

Era poderosa la red sobre la cual caminábamos día a día, la que nos descubrió a su madre y a mí. En ocasiones no éramos capaces de verla, invisible como era, a veces no éramos ni siquiera capaces de comprenderla, para nada intuirla.

Era una red cuyo original propósito fue arbitrariamente bosquejar la primera célula viviente. Probablemente la araña de las mil hormigas inventó ésta célula que ya reconocía como propia el pago de aquella factura de la luz que nunca llegué a abonar o a estos dos corazones íntimos que bajo una gélida capa de agua apagada necesitan compartir su desvalimiento, pero no pueden.

La pupila de la araña debió de disolver los cráneos de todos y cada uno de nuestros antepasados que, al igual que su madre y yo, fueron capaces de respetar, en el preciso momento en el que sus pupilas reconocieron la red que se transmitía de ojo a ojo, la esencia de quién iba a nacer.

Infinitas líneas que aparecieron y se entrelazaron sin pausa, constantemente cada momento, desde la primera creación hasta el último instante en el que él y yo pudimos respirar. Unas líneas invisibles que mostraban la red que, supimos, no cabía otra que seguir porque la araña la llevaba confeccionando incansablemente desde el comienzo de la vida y la proyectaba hacia el futuro como única solución.

Yo era él y ya sabiendo que no respiraríamos de nuevo es probable que le reconfortara pensar, como a mí, en la madre que le amamantó, en Ella. Cuando al darme de mamar se incrustaban nuestras pupilas la una en la otra un ascendente torbellino de caricias se mecía entre ellas para empujar la leche hacia los pezones y hacer desaparecer el espacio y el tiempo entre nosotros. Madre, al darnos el uno al otro me desprendía de mí mismo y tú de ti misma. Crecíamos al abandonarnos el uno en el otro. La tela de la araña se expandía en nosotros y nos hacíamos grandes en el abandono.

Mi madre y mi padre me reconocieron en el mismo momento en el que sus pupilas se encontraron y sus respectivas necesidades de afecto quedaron satisfechas, al menos en ese instante en el que rindieron sus vidas a hacerme aparecer y a dejarme ser al dar un paso atrás y no intervenir.

Yo soy tu padre y aunque es prácticamente imposible sustraerse a la red, cuando he creído ver tu cuerpecito sin vida hundido en el agua he pensado en qué hubiera pasado si hubieras llegado a adulto y, ante el pensamiento de que yo no podré presenciar aquel momento, ahora me angustia no saber cómo transmitirte que nosotros, tus padres, erigimos un monumento a tu esencia que contuvo momentáneamente la intención de la araña de las mil hormigas y a la expansión de su red. Éramos valientes, cuando vivíamos.

 

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GABRIEL GARRIDO PARENT. Estudió periodismo y trabajó en el Reino Unido en varios medios de comunicación, antes de adentrarse en el mundo de la educación. Actualmente se dedica a la enseñanza de inglés en una Universidad en Madrid y escribe en sus ratos libres.

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📩 Contactar: gagapa [at] hotmail.com

 Ilustración relato: Fotografía por MartinStr / Pixabay [dominio público]

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Revista Almiarn.º 95 / noviembre-diciembre de 2017MARGEN CERO™

 

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