Parménides o Heráclito
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Isabel del Río


¿Quién y cómo somos? Sería la pregunta que fundamenta toda la Filosofía, al menos la occidental —siempre tan individualista—, porque si contestamos a esta pregunta podemos responder también a sus otras dos cuestiones hermanas: ¿de dónde venimos?, y ¿hacia dónde caminamos? —que los demás vayan o no con nosotros es un tema que nos aflige sólo de soslayo.

Quizás los dos primeros filósofos que han marcado el rumbo a seguir a la hora de investigar la contestación a tan fundamental pregunta han sido los presocráticos Parménides y Heráclito, o Heráclito y Parménides (que tanto monta, monta tanto…). Ambos comparten época (siglo VI a. C.), cultura (la helena, claro) y textos perdidos y recopilados (o deformados) en la noche de los tiempos. Sobre la Naturaleza es el título del filosófico poema de Parménides, Sobre la Naturaleza es también el título del libro de aforismos de Heráclito. Oscuras son las metáforas que adornan el poema del primero, «el Oscuro» fue el mote que recibió el maestro del aforismo y la antítesis (oxímoron, para hablar con propiedad)… demasiadas coincidencias. Sí, demasiadas, porque en definitiva indagaban el mismo campo de la Metafísica aunque, sin embargo, han pasado a nuestra cultura popular como padres de respuestas opuestas que nunca llegan a encontrarse.

Al gran Parménides se le asocian los adjetivos de« «inmóvil», «único», «perfecto», «indestructible» e «íntegro» para calificar al Ser (en nuestra mentalidad, la existencia individual de cada uno, que es lo que nos importa). A Heráclito adjetivos antitéticos y, de hecho, resumimos su pensamiento con la famosa frase de «todo cambia y nada permanece» o con esta otra (más estilo ejecutivo agresivo) de «conviene saber que la guerra es común a todas las cosas y que la justicia es discordia».

Trabajos ha habido y hay que complementan las especulaciones de uno y otro pero los siglos XIX y XX (y lo que va de XXI), y más allá de los manuales de Filosofía de los institutos y facultades, han ignorado a Parménides y sus principios básicos no sólo han sido rechazados sino elevados a la categoría de incomprensibles por nuestro batallador pensamiento que afirma que siempre estamos mejorando, que con nuestro esfuerzo y saber podemos cambiar el rumbo de los destinos y que todo es posible en éste, el mejor de los mundos (el heredero de la Revolución Industrial).

Lo estático e inamovible han pasado así a ser atributos del mundo oriental y sus ajenas religiones y los incorporamos (cambiando los conceptos a nuestro antojo) dentro de la faceta exótica que da color a nuestras vidas, como parte de nuestros hobbies o religión new age que casi nadie se toma en serio, por lo menos a la hora de pedir el aumento de sueldo.

Como española y heredera, yo también, del pensamiento ilustrado, me resulta imposible aplicar el estatismo y la no dialéctica a la hora de interpretar mi vida, pero (y esto es lo que me resulta chocante), no entiendo cómo toda nuestra cultura y literatura ha llegado a rechazar de manera tan evidente lo que no sea cambio (es decir, progreso) y casi no haya acercamientos a esa otra existencia «perfecta» en sí misma a un nivel especulativo o literario (al menos poético).

Recientemente, he leído un libro occidental, una novela, que sí lo hace: se titula Un Siglo de Cenizas, de Martín Cid (Editorial Akrón) y con estructura cabalística (el árbol de la vida es el camino que guía capítulos y personajes) indaga en un mundo ya terminado y completo en sí mismo, donde sus personajes nada pueden cambiar y viven en la metafórica (¿es un oxímoron?) contemplación del humo de sus pipas mientras las Guerras Mundiales (e industriales) intentan transformar economía y sociedad para volver al punto de partida: las cenizas. ¿Es Un Siglo de Cenizas, de Martín Cid, una novela oriental? Tal vez no podamos cambiar el devenir tanto como creemos, tal vez vivamos en una esfera cerrada en la que aprendemos sólo meditando, tal vez la palabra «progreso» sea sólo una falacia…, o tal vez no. Pero si Parménides forma parte de las raíces de Occidente ¿por qué sólo fijarnos en Heráclito? No es bueno demediar el pensamiento ni intentar convencer al que está en crisis de que mañana todo cambiará; no, no es bueno porque las verdades a medias son siempre una mentira (dijo el poeta) y porque no se progresa en base a la estupidez ni a la repetición de eslóganes.

Entre tanto libro publicado igual al anterior, donde los protagonistas hayan un pergamino (preferiblemente templario) que les conduce a la superación personal (en el mejor de los casos, por constatar una verdad que ya conocían; en el peor, porque se forran con el hallazgo de algún tesoro estrambótico), una novela que se interroga sobre otras maneras de pensar y vivir, es fuente de sabiduría: es una creación artística, más necesaria que nunca en un tiempo de crisis «inmóvil», «único», y «perfecto».




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Isabel del Río

es directora de arte de la revista cultural bilingüe (español-inglés) Yareah Magazine desde donde promueve jóvenes artistas y autores de más de 50 países.
Ha publicado la novela Ariza (editorial Alcalá, 2008) y Las Chicas del Óleo, pintoras y escultoras anteriores a 1789 (editorial akrón, 2010). Es profesora de Historia del Arte en un instituto de Madrid.

Web de la autora: http://www.isabeldelrio.es/


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