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Inocente
Alejandro Mármol

 

You are innocent when you dream.
Tom Waits

Ayer quiso matarme la mujer de mi vida.
Apretaba el gatillo cuando se despertó.
Joaquín Sabina

 

Coincidió con su estado de ánimo la muerte de la última de las ballenas; quizás por eso, sólo quizás, nadie notó el gris opaco de sus ojos ni la fealdad que obligaba el gesto adusto y triste. La población lloraba tardía el último fracaso de la humanidad, anticipado desde cuatro años atrás cuando la ballena hembra había varado en las costas del sur, y pisaba cabizbaja y ausente las baldosas quebradas de las veredas del centro, mientras Abril, silenciosa y seria, repetía las palabras que suponía habían sido murmuradas para ella: «Eres inocente cuando sueñas».

El mundo se había detenido después de las cuatro palabras y lo que continuó cantando el viejo hombre frente al piano, con una voz ronca que desfiguraba todo fraseo a un murmullo oscuro, se perdió en senderos confusos detrás de una niebla sin tiempo. «Eres inocente cuando sueñas», fue su susurro, «inocente», cuando buscó un rostro a quien dirigir las palabras, sintiéndolas, estremeciéndose, despertando apenas de su íntimo letargo; y a Abril no le parecía inocente que le rostro elegido hubiera sido el suyo.

Me pisabas papá, caminabas sobre mi cuerpo y yo sentía las suelas de tus botas en mi pecho.

¿Te hacía doler?

No, porque yo era una montaña. Era una montaña hermosa con piedras, nieve, y árboles que nacían bajo mi piel. Era una montaña y desde la cima te llamaba a gritos.

¿Y yo qué hacía?

Vos estabas desesperado. Trepabas corriendo tropezándote con todo y repetías mi nombre sin pausa.

¿Y después?

Después escalabas hasta mi cara pero no te dabas cuenta. Yo sabía que a mis espaldas se escondía un precipicio pero no te avisaba. Entonces llegaste corriendo y agitado hasta mis ojos pero no me sabías ver.

¿No te sabía ver?

—No. Tropezabas de nuevo papá, trastabillabas y caías al vacío soltando un grito horrible. En ese momento me desperté.

Sudaba cuando recordaba el sueño y había sudado entonces, junto a su padre, cuando confesaba lo que la atormentaba, que no era algo nuevo, sino una continua repetición de un mismo sueño con distintos escenarios. Sabía que su padre se obligaba a disimular la mueca de temor y entendía sin palabras que el temblor de la mano que la acariciaba desmentía los consuelos que él utilizaba para calmarla.

Entró al bar y buscó una mesa alejada. La gente observaba extasiada el televisor donde una grúa inmensa movía el cadáver descomunal de la última ballena. Un silencio imposible reinaba en el ambiente sólo quebrado, cada tanto, por algún sollozo y algún comentario tardío y lastimero. Cuando el mozo se acercó, casi sintió pudor del eco que las palabras «un café con leche» producirían.

Arlt no comprendió nada —dijo súbitamente el cojo acaparando las miradas de los que compartían su mesa. Él escribió la historia de Rigoleto, el jorobadito, como si fuera ficción, cuando en realidad debe haber escuchado la historia en algún bar. Quizás no la creyó, no sé… pero lo cierto es que Rigoleto existió Sermoneó el cojo sabiéndose dueño de la atención general. El jorobadito fue mi tío —fue la sentencia y una estruendosa carcajada ocupó la atención de los que bebían en el bar y en silencio observaban lo que paulatinamente se había ido transformando en un ritual de velorio.

Abril se robó a si misma una sonrisa y luchó por aferrarse a la conversación de la mesa vecina, pero un recuerdo la obligó a desistir. Sintió un escalofrío que se confundió sin prisa con una sensación de plenitud. En aquel sueño ella nadaba, sumergía su cuerpo en el agua y sentía que cada roce del mar era una caricia. Nada había alrededor mas que las estelas que sus movimientos provocaban. Luego hundía la cabeza y sus brazos comenzaban a empujarla con suaves impulsos hacia las profundidades. No necesitaba respirar, avanzaba como si bailara sobre el fondo de las transparentes aguas y distraía su mirada en las oscilaciones de las algas, en los efímeros pasos de las estrellas de mar y en las eléctricas reacciones de pequeños peces anaranjados. Mientras tanto, el agua la acariciaba con una ternura que pocas veces logró volver a sentir. Entonces la alertaban los alarmados gritos de su padre y ella lo descubría nadando con torpeza, apresurado. En vano se obstinaba en demostrarle que no había peligro, que no necesitaba respirar. Cuando su padre al fin lograba alcanzarla, con un veloz giro intentó alejarse para invitarlo a un juego; fue en ese instante que le dolieron sus piernas golpeando con algo y sin asombro descubría que una inmensa y fuerte cola de pescado se extendía hasta terminar su cuerpo. Su padre yacía sobre las algas dormido, desmayado. Infructuosamente procuraba alzarlo para elevarlo hasta la superficie pero sus brazos no podían asirlo. Pesaba y resbalaba, se escurría entre sus manos como la misma agua. Entonces despertó.

Llevó la taza de café con leche hasta sus labios y creyó recordar gesto a gesto la transformación del rostro de su padre cuando sentada en la cama y sudando le había relatado el sueño.

Por mi se pueden ir bien a la mierda —fueron las palabras del cojo mientras avanzaba velozmente entre las mesas con su única pierna y una nueva carcajada colmaba los rincones silenciosos de bar.

Es todo un personaje este peruano —dijo alguien en la mesa luego de unos segundos.

No sabía que era peruano —respondió otro.

Según él nació en Puno, una ciudad a orillas del lago Titicaca, y vivió en unas islas de caña, que parece ser que flotan a la deriva, hasta que tuvo que huir.

¿Huir de qué? —preguntó el mismo que había hablado antes.

Estafaba a los turistas —respondió el hombre riendo—. Así como lo ves, se las rebuscaba para quitarle plata a los incautos viajeros ofreciéndose para no sé que extrañas diligencias. Según sus propias palabras lo persiguió una turba por las calles de la ciudad que lo obligó a saltar a un bote y largarse por el lago a Bolivia.

Escatológico —dijo un tercero y las risas volvieron a ocupar la atención del bar.

Abril encendió un cigarrillo. La historia del cojo había logrado distraerla por un momento pero pronto las palabras del viejo pianista habían resurgido apoderándose de todo. Eres inocente cuando sueñas. ¿ A que se referiría el músico?

Tarareó la canción dos o tres veces como si intentara hallar algo distinto en cada oportunidad. Necesitaba una llave que abriera la puerta, algo a que aferrarse, como si el simple hecho de comprender a que inocencia se refería el viejo pudiera a modo de extraño hechizo liberarla de los recuerdos. Una mujer estalló en un llanto y Abril pronto entendió que la forzada congoja era fruto de las imágenes del televisor, donde cuatro ballenas jugaban y expulsaban sus chorros de agua mientras el locutor, circunspecto, susurraba que era preferible recordarlas así.

¿Puedo sentarme Abril? —le preguntó el viejo pianista sorprendiéndola.

Sí… —titubeó confundida.

Cuando te vi desde el escenario, sola en esa mesa, te reconocí y recordé a tu padre. Recordé los sueños tuyos que él me había contado acongojado y creí que quizás… no sé… por eso te dirigí una mirada —dijo el viejo con una voz que no se asemejaba a la carraspera de sus canciones.

No sabía que lo conocía —fue lo único que acertó a decir.

Eras muy chica —respondió el viejo pretendiendo una sonrisa.

¿Qué sueños le contó?

Tantos… creo que todos… recuerdo uno donde vos eras un verdugo…

Esa noche había visto una película —interrumpió Abril.

Vos eras un verdugo que estabas por ejecutar a un hombre encapuchado. El hombre tenía la cabeza bajo la guillotina y vos eras la encargada de soltar las cuchillas. Entonces una niña gritaba cerca del cadalso y vos descubrías que eras vos misma la que llorabas desconsoladamente. Antes de soltar la soga mirabas al reo, le quitabas la capucha y descubrías que era tu padre.

La soga escapó de mis manos por el terror y antes de que lo decapitara desperté —dijo Abril perturbada—. Siempre era igual, siempre despertaba sudando justo antes de verlo muerto.

Reinó el silencio. Abril miró al viejo pianista y sintió un íntimo deseo de tomarle las manos. Pensó en preguntarle qué decía su padre, qué sentía. Deseaba que las palabras de ese hombre le repitieran lo que siempre había imaginado. Pero no preguntó nada, tampoco movió sus manos.

Él siempre temía que algún día no desearas despertarte antes de matarlo —murmuró el viejo pianista.

Eres inocente cuando sueñas —susurró Abril ensimismada.

Es solo un triste y viejo sentimiento... —respondió el viejo haciendo alusión a la canción.

Un gesto extraño ensució la cara de Abril. Una mueca oscura que la despojaba de la edad y de la vida. Tomó un cigarrillo y buscó en el encendedor algo que la alejara de la mirada perturbadora del viejo. Tal vez transcurrieron cinco minutos, tal vez más.

—Contalo. No perdés nada y quizás te pueda servir —dijo el pianista.

—Volaba —comenzó a relatar Abril sin convencimiento después de unos segundos—. Volaba y la sensación era tan placentera que nada podía equipararla. Sentía el viento en la cara que me arremolinaba el pelo y mi cuerpo era como de pluma. Me deslizaba cadenciosa con leves movimientos de mis brazos-alas e imitaba a las águilas que planean en lo alto de las montañas. Abajo mío corría un río que algunos kilómetros adelante desembocaba en un lago espejado y calmo. Era irreal, fantástico, pero yo sólo era una niña. En un momento escuchaba unos gritos y era mi padre que desde el borde de un acantilado me llamaba aterrorizado. Entonces giré mis alas y me deslice lentamente hasta él. Cuando estuve casi al alcance de su mano moví apenas mi brazo y me elevé sobre su cabeza. Jugaba. Él intentó aferrarse a mis pies y cayó al vacío. Yo escuchaba su grito que se perdía en el fondo del abismo y entendía que debía despertarme, pero la sensación era tan placentera que no lo hice. Continué volando, flotando despreocupada, y luego busqué las alturas de la montaña, donde había un nido de cóndores —dio una fuerte pitada al cigarrillo y luego observó al humo dibujar espectros en el aire—. Cuando desperté estaba muerto.

El viejo no dijo nada.

En ese momento irrumpió en el bar el cojo arrastrando a un contrahecho de las manos. Zigzagueó entre las mesas con destreza y se acercó a los hombres que habían compartido su mesa.

Acá lo tienen, este es mi primo, el hijo del jorobado Rigoleto. Vamos… —arengó con las manos— pregúntenle cómo murió su padre ahorcado por el loco del que habla Arlt… —las carcajadas generales no le permitieron seguir hablando.

El viejo pianista tomó la mano de Abril y la invitó a salir. Ella accedió, ensimismada, procurando hallar en el silencio una explicación a ese deseo de contar la historia siempre oculta. ¿Porqué lo había hecho? Ni siquiera creía que esa confesión pudiera modificar en algo sus recuerdos. Hubiera preferido hablar de la canción, quitarse las dudas y preguntar al viejo sobre el sentido de la inocencia. Preguntarle, quizás, porqué el estribillo se repetía incansablemente en su memoria, sin pausa, sin tregua.

Unas pocas personas deambulaban todavía por las veredas y comentaban apesadumbradas los titulares de los diarios que acababan de salir.

Sabes una cosa —dijo el viejo después de unos minutos— …lo que contaba el cojo en el bar es completamente cierto. Tu padre y yo conocimos a Arlt. A él lo había obsesionado la historia y sabía que escribirla, trasladarla a la ficción, era la única manera de desligarse de ella.

Abril no le creyó pero entendió, de todos modos sonrió. Observó la luna que se alzaba redonda y plateada sobre el final de la avenida y buscó la mirada algo cansada del viejo.

Mirar a luna… —dijo por fin—. Pero realmente mirarla, con detenimiento, con suma atención, examinando los cráteres que desde acá distinguimos, su redondez y su presencia casi irreal, fantástica, es lo único que me hace tomar conciencia de que habitamos un planeta —confesó tímidamente.

Unos pasos adelante, frente a una vidriera colmada de televisores, una pareja lloraba desconsoladamente.
 

Buenos Aires. Octubre de 1994, febrero de 1998.

 

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Web del autor: http://www.cuentos.8m.net/
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ILUSTRACIÓN RELATO: Bowhead, By Artist: Bárður Jákupsson, airbrushed by User:Calliopejen [Public domain], via Wikimedia Commons.
 




 

 

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