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Delicados fragmentos de un arcoiris roto por Manuel
Lozano |
-Todo
esto es un milagro -alcanzó a decir- I. Transfiguraciones
de una apariencia
¿Cuál
es el rasgo determinante de la alegoría que tradicionalmente se ha dado en
llamar "las edades del hombre"? ¿La muerte inmanente, acechando en
cada resquicio, o acaso esperando, que también es una forma del asedio? ¿El
hambre y la avaricia de los años y los detritus que dejan
bajo un mismo, aparente sol? ¿La mera perplejidad ante los ambiguos
enigmas de toda vida? ¿O sólo el espacio que dibuja ese enigma insoluble
sobre las rotaciones del tiempo? Dentro de esa alegoría, la juventud ha simulado siempre -al menos, en
Occidente- un espacio epifánico tramposamente seguro y triunfante, por más
que se omitiesen, en ciertos períodos, sus rasgos más notorios. Aun con sus
temeridades y el siempre sospechado pathos, el joven Prometeo simula vida frente al ataque del buitre.
Dionysos, portador de la primavera, conoce de antemano su ciclicidad. Cristo
(de muchas maneras, un nuevo Dionysos y un Prometeo transfigurado) muere a los
treinta y tres años, legando a sus seguidores una promesa eternal exudante de
parábolas fervorosas. ¿Cómo entender al Paraíso sino como el arquetipo
platónico de la juventud? ¿Leerlo como la perpetua sombra de un Paraíso
Perdido jamás reencontrado?
Dilatada
en los siglos, entretejida por la apología o el rechazo -momentos extremos de
las redes del poder según Michel Foucault-, la juventud obstina vida. Desnuda
vida. Desordena vida. Se sumerge en la sed de un mar de sangre. Allí reside
la transfiguración de su tragedia: su máxima aspiración.
Oscar
Wilde redescubrió los misterios irisados del infierno en la
La esfinge calla y se precipita al abismo.
III.
Inutilidades del Yo
La juventud resultaría, entonces, un larguísimo concepto en su tribu
inquieta de significantes. Un coup de
des, para parafrasear a Mallarmé, pero vindicando la etimología árabe
de dado: Azar. También parecería lamer en las márgenes de su propia
alteridad, de los "desechos" de un yo inasible, furiosamente
mutable,
para descomponerse luego en un doble extrañamiento que la revele ilusión
de integridad y memorial sísmico. Porque si todas "las edades del
hombre" son posesas de un hambre que las nutre o las desquicia por igual,
dentro de ellas la juventud se erige en espejo azogado de esta obsesión:
alienante rebeldía adorada por el mismo sujeto que la padece, busca de verdad
a pleno sol de los deslumbramientos, conjunción tanática y orgásmica
danzando por encima de un panteón de dioses falibles cada vez, crasa e
incompleta cuando explora - sobre todo, navega- la fresca piel criminal de la
especie. Yo es tú, nos recuerda
quien precisamente abjuraría de sus preocupaciones juveniles: Arthur Rimbaud.
Tan
inútil como una niebla clara alrededor de un bosque. Así se me presenta la
agonía de la juventud: la música de su éxtasis, y luego el golpe en la
piel.
No es posible al fin que el milagro
no estalle.
Quiero
acercarme a la emboscada. La escritura de VI. In signo balbus
Los
equívocos diccionarios vienen definiendo la juventud (entiéndase a la
definición en tanto otra falacia) como aquella "etapa entre la niñez y
la edad viril". Luego, no agregan sino unos torpes ejemplos del tipo
"la flor de la juventud". Si viril vale por varonil o lo propio del
género masculino, ¿qué no-espacio se reserva a las mujeres? ¿Una niña daría,
por ejemplo, un salto abrupto hacia la vejez? ¿O simplemente remplazaría ese
"período" por dosis más largas de infancia y vejestud?
En pleno siglo V un monje de Suiza le envía una carta a otro de
Alemania, diciéndole "te escribo in signo balbus", es decir con los
signos del balbuceo. Los bárbaros estaban a las puertas de una Roma
incendiada, se esperaba un seguro apocalipsis. Hoy asistimos desasosegados a
las múltiples invasiones de ese Leviathán llamado globalización. La
globalización vomita estadísticas económicas y balbucea. Los diccionarios
también. VII.
Juvencia
Dicen que el rey Salomón se rodeaba también de numerosas adolescentes
en busca del contagio, de ese emigrar hacia lo prematuro. VIII.
Transcronologías
Por
eso el simulante y joven Tom de El Zoo
de Cristal, excediendo los meros usos y costumbres de su época, dará con
la feliz metáfora del arcoiris roto, los delicados fragmentos que hacen al
cuerpo y al alma de esta insaciable peregrina. La que nunca se cansa. La que
apuñala muerte con todo su temblor. Con las heridas del grito.
Manuel Lozano
nació en Córdoba, Rep. Argentina. Es escritor (poeta, narrador, crítico literario y ensayista). Ha cursado estudios de literatura y lingüística en Europa. Gran
En mayo de 2003 fue invitado a formar parte de la Comisión de Honor de la Sociedad Mundial de Amigos de Jorge Luis Borges, con sede en Mallorca, y de la que forman parte Woody Allen, Henri Atlan y Francisco Ayala, entre otros. Ha sido distinguido con el Primer Premio de Poesía El Semillero
Azul, de Barcelona (votado por unanimidad), por su serie de poemas Todo animal
nocturno. |
NOTA: La fotografía del guante de bronce hace referencia a dicho objeto encontrado por Alain Glass, en un bazar, y sería la reproducción del que aparece en el libro Nadja de André Bretón, según recoge Gloria F. Orenstein en su artículo "La vida secreta del guante de bronce".

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