Deslices de la identidad

por

Nieves Soriano Nieto


 

Ironía.
Lector,
a tu sonrisa,
a tu complicidad



Agradecimientos


A Nieves Soriano Nieto, que amablemente se prestó a escuchar las palabras que rezan ser mías.

A Cojón Etcétera, yo mismo, nosotros.


Prólogo


Aquí se ofrece el diario de nuestro personaje, que dejó escrito momentos antes de caer por el acantilado de la locura.

Nunca supimos su nombre; quizás ustedes entiendan el porqué, una vez que lo hayan leído.

Mi tarea ha sido la de recopilar sus palabras, escritos dejados, sin claridad alguna, en unos papeles en el lugar donde se le encontró ya huido de la realidad.

He tratado de estructurar ese cúmulo de folios que me prestó el destino. Son claramente los componentes de un diario, pero poseen cierta diferencia unos de otros. Algunos narran el presente de su escritura, y otros, la mayoría, se constituyen como recuerdos y experiencias del personaje, incluso recuerdos de personajes ajenos a sí mismo, los cuales ha interiorizado como suyos.

Publico este libro, pensando que posee un interés especial en la consideración del sujeto actual. Saquen ustedes las conclusiones filosóficas que les correspondan.

Tan sólo decirles, queridos lectores, que una nota más fue escrita de la mano del personaje, y quizás la última que permita redactar. Cuando le comenté que sus papeles iban a ser publicados, de mi mano, escribió las palabras que aquí se recogen en los Agradecimientos, y que ustedes deben haber leído ya, si han seguido el orden del libro, lo cual no es estrictamente necesario.

Disculpen que figure yo como autora de estas palabras, que ustedes juzgarán si me pertenecen.


Nieves Soriano Nieto


Manifiesto


Los abismos me persiguen en la cotidianeidad. Son la sombra de mi existencia. Siempre están conmigo, me acompañan a la cama, al trabajo, se disocian en las palabras que escribo o pronuncio. Pero la mayor parte del tiempo permanecen ocultos. Tan sólo se manifiestan en algunos momentos de incertidumbre, en aquellos instantes en los que me quedo parado reflexionando sobre la identidad.

Es entonces cuando dejo de engañarme, cuando me doy cuenta de nuestra fugacidad, de la futilidad de todos los esfuerzos, placeres y dolores que asumimos como absolutos. La angustia me corroe, y por fin soy consciente de lo poco que valgo. La ansiedad se apodera de mí, y deseo salir del abismo, construir de nuevo el puente por que caminaba, tan seguro, sin mirar abajo.

Tengo miedo a caer en un abismo para siempre, y, tal vez, tener que cargar, como Sísifo, con una inmensa piedra eternamente.

Tengo miedo a gritar sin que el sonido pueda propagarse.


Yo mismo, nosotros


11/5/2001


Manifiesto de mi pobreza en estos folios, yo, que nunca he sido quien soy, que tantas veces he sido quien no soy. Yo, quien siempre ha vivido en otros, yo, que no me pertenezco.

Yo, triste alusor a la eternidad, que es tan fugaz como el mínimo segundo lascivo del brillar de tus ojos. Yo, sujeto desbordado por las experiencias vividas, habitante de varias embarcaciones que naufragan, todas a un tiempo.

Yo, Auguste, en el límite de la locura escribo estas líneas. Y es que sé que mañana estaré muerto; mañana las heridas de mi deseo habrán rasgado conscientemente mi piel, y ya no quedará cuerpo mío, yo, Frances, que no esté impregnado por el veneno de la cicuta que aguarda, muy fresca, en mi frigorífico.

Sujeto deshecho, de vértebras metálicas; sujeto, desecho de vértebras metálicas, yo, James, sucio agonizante de sí mismo, que vierte su odio, en agonía, a su propio ser, que fagocita el vómito del lenguaje, quemándose, ardiendo por dentro. Yo, Jules, cansado de las arrugas que marcan mi falsa sonrisa, decido hacer público este llanto tan doloroso, por si pudiese herir también a otro «yo», que, quizás, tenga un nombre como el mío.

Yo, Karl, carente de identidad, elijo el suicidio, porque ya no puedo tener ilusión ni motivo que me lleve a seguir adelante con esta agonía. Yo, que ayer fui el señor Rodríguez, interesado por la filosofía, que hoy soy Friedrich, lagrimando accidentes en el océano, y que, a cada segundo que pasa, poniendo el límite de la muerte mañana, mi alma tiende más al infinito de la disuasión.

Yo, Hölderlin, repudiado, expulsado del paraíso del amor, cansado de tener esperanza, en el límite de mi paciencia, yo, Werther, sigo buscando tus ojos en cada uno de los que me observo, ojos que seguiré buscando más allá de mañana, cuando esté muerto, en el lecho de mi tumba, leyendo con tus ojos en mis ojos el epitafio: «Tan sólo el amor salva», y aunque no lo crea, yo, Hegel, que todo conseguí menos tus labios.

César, sí, yo, desarraigado, anoréxico de ágapes en familia, muerto en vida que vive muriendo, que llevó tanto tiempo una margarita desdibujada en su muslo derecho, que lloré tantas lágrimas hasta quedar extasiado.

Yo, Sevein, invento aquí mi relato, resultando totalmente insincero, protegido y lícito, ilícito antes de la muerte que me abordará mañana.

***

Yo, Russell, amante de los condicionales, Russell, yo, que llego a convertirlos en el punto de partida absoluto, cuando no son más que puntos de partida desde mí mismo hasta mí mismo. ¿Cómo averiguar la validez de un argumento lógico, yo, sujeto aislado?

Yo, Pessoa, deseoso de que el estanquero de la acera de enfrente me retire de este llanto con un sencillo gesto en su mano, quizás un saludo, uno sólo, sólo uno.

¿Sé yo mismo que estoy llorando? ¡Si restriego mis ojos y no encuentro lágrimas! Ya sé, desaparecieron en las líneas anteriores, ya no lo sé, porque el saber quedó catorce palabras atrás.

***

«Al fin el horizonte de la muerte cercano lo tienes».

Sí, al fin cercano lo tengo, y el solo hecho de pensarlo alivia.

«Como si éste fuese el único orgasmo que has tenido nunca».

Ahora sé que los demás fueron en vano.

Ejercer el derecho a la muerte, antes que el derecho a la vida.

Mañana voy a conseguirlo, violando toda norma moral hecha ley.

«Quizás a otros no les duela tanto vivir».

Quizás no. A mí ya me dolió nacer, treinta horas de llanto insaciable, y la premonición de mi muerte prematura. ¿Cómo vivir cincuenta, sesenta, setenta años con esta agonía? ¿Cómo llegar a esa edad siento un sujeto único?, yo, Ulises, a quien el océano volvió a llamar para ofrecer experiencias nuevas, que deshicieran algo más mi identidad.

Tan sólo una ética he tenido, a pesar de mí, sujeto en disolución, y ésta ha sido la de evitar causar dolor a aquellos que, inexplicablemente, me han querido. Y ahora, yo, loco, conscientemente sujeto deshecho, estoy solo, y sólo ahora poseo esa tranquilidad de poder morir sin responsabilidad: ni madre, ni amigos, nada queda. Todos marcharon aquel día en que empecé a sentirme otro sujeto, y otro, y así hasta que cada una de las palabras que escribo resulta estar pensada por una de mis personas.

«Ella no quiso tener tantos hijos».

Lo entiendo, ausente de mí en mi discurso.

***

Todo lo sólido se desvanece en el aire, yo, Karl, querido, admirado por todos, auténtico revolucionario, lector ávido de biblioteca, escritor en noches blancas, yo, Fiodor. ¿Por qué tanta bella palabra, por qué? ¿Tanto admirarme vosotros? Tú, Mario, vos me dijiste lo que valgo, pero no logro más que darme asco a mí mismo, yo, Anne, sin valor alguno más allá del que ellos me atribuyen.

***

Psicoanalista, algunas de mis veces lo fui, yo, demacrado ser corrupto que desvela los secretos de mis otros.

Psicoanalista desesperado que espera con desesperanza la llegada de un nuevo pensamiento. Yo, doña Choticalva Pendulesca, frustrada señorita soltera, aquí os dejo mi legado, en las líneas de mi desaparición, justo en el momento en que llegue al punto final de estas mis palabras:


Periféricos objetivos asquerosos,
Enfrente vuestro os dejo mi acróstico,
No sin antes vomitar mi dolor,
Escupido como sangre de lagarto.
Péndulos sin razón de ser,
Oscilantes entre cualquier teta,
Libidinosos frustrantes, egoístas,
Leo la falta de sentir en vuestros ojos.
Abismos de mierda croquetera,
Final de toda esperanza sois.
Agudos, punzantes, creo,
Liendres que me sentís como objeto,
Obligando a construir mi llanto.
Vulgares sortilegios que reclaman,
Emergiendo de no se sabe dónde,
Risotando con ese horrible clítoris demacrado.
Gamuzas llenas de polvo,
Auscultando paraísos recónditos.
Cuándo dejaré de buscaros,
Ignorantes de lo que llevo dentro,
Paranoica Choticalva Pendulesca soy.
Ominosos monstruos desbordantes,
Tenéis mi fe en vosotros,
Entonces, cuando haya muerto.

***

Siempre necesité tiempo ante las experiencias que me desbordaron. Tiempo para poder olvidar aquello que nunca quise recordar, tiempo para poder engañarme de nuevo, para adaptar la realidad al mundo que he creado. Y, ahora, ni siquiera puedo hacer esto. Acabemos, pues.

***

No he muerto, no he muerto porque no sé quién soy, quizás no haya muerto porque no sé quién soy. No puedo morir. Encerrado en un instante. No es eternidad. No es tiempo. Sin embargo puedo escribir, tan sólo en la literalidad de mis palabras habito, yo, Kafka, tan sólo en la escritura. Como un fragmento, como aquella ruina sin arqueólogo, o como aquel triste trozo de piedra resquebrajada luciendo en la mano de una mirada global. No hay tiempo, no existe el tiempo en la disolución. Una mirada microcósmica, nunca podrá morir, o puede que esté en constante muerte, a cada instante, a cada palabra en la que mi ser sea otro, en el cambio, o en el estar del recuerdo escindido de que soy todos ellos.

Una vez tuve un hijo, sí, yo, Frances, y lo llamé Identidad.

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NIEVES SORIANO NIETO es estudiante de Doctorado en Filosofía en la Universidad de Murcia.



(Página reeditada en mayo de 2017)

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