ALGO MÁS QUE PALABRAS

por

Víctor Corcoba Herrero

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Víctor Corcoba es un escritor que vive en Granada; licenciado en Derecho y Diplomado en Profesorado de E.G.B,
tiene varios libros publicados.


El eterno ejercicio
de escribir

Escribo sin vivir en mí, venía a decir una de las prosas más vivas de la universal literatura. Lo apasionante de Santa Teresa era su voluntad por ser de la poesía a través del ejercicio de la escritura. Se produce una donación de la palabra nacida de las diversas sensaciones y emociones. Y hasta un desdoblamiento. El escritor no es él sólo, es también parte de los demás. Por eso, es tan importante abrir las puertas y ventanas del corazón al mundo, beber todos los aromas que nos circundan, si queremos ser níveos oficiantes de la palabra. De ahí, que los sectarios grupos literarios, que se encierran en su propio ombligo, no sirvan para nada, si acaso para que existan los mediocres. Quizás, por ello, el pueblo también le vuelva la espalda y, a los actos, acudan ellos mismos para oírse a sí mismo. Al verdadero escritor ha de importarle todo y ha de implicarse en todo; ha de gritar o pedir auxilio si el mundo se ahoga de injusticias, y ha de estar en guardia por si tiene que sembrar amor. Lo fundamentó Jean Cocteau, cuando dijo: «Escribir es un acto de amor. Si no lo es, sólo es escritura». Ciertamente, hay demasiado escribidor que no aporta nada ni reporta beneficio al planetario.

El silencio nos despierta el lenguaje, lo que somos, el verbo primero. La escritura no es nada, sin la voz viva de ese eterno celebrante del léxico, que sabe discernir e invitar a la tierra, a subir y ascender hacia dentro, compartiendo gozos y saberes. La palabra es un dominio especial sobre el mundo; y, por ello, los jardineros del vocablo han de estar más presentes en los borrosos perfiles de la existencia, como en otro tiempo lo estuvieron poetas y escritores que expusieron su vida ante tanta represión y vientos de tragedia. Hoy la situación no es para menos. Urge el análisis estético de los éticos; o lo que es lo mismo, el eterno ejercicio de escribir para que los últimos alcancen a los primeros y no se acrecienten las desigualdades, ni el desorden impuesto, fruto de un mercado basado sólo en el feroz sistema productivo, generador de una serie de esclavos siglo XXI. Se requiere, pues, la asistencia y el batallar de las gentes de palabra. Han de salir, como antaño lo hicieron otros, con la palabra precisa y el justo adjetivo, a denunciar las tropelías de los ricos frente a los más pobres.

El «desastre» más horrendo, más angustioso, más llorado por poetas y no poetas, es, por supuesto, la muerte: muerte en los frentes, en las ciudades, en los campos... Muerte, muertos, anónimos o con nombres, muertos que «se han callado en dos meses» —como diría Miguel Hernández—. Por desgracia para todos, hoy también vivimos unos momentos repletos de víctimas y ocasos, y todavía no hemos visto a ese gran movimiento literario, unido, peleando fuerte por los valores, sin otra arma que el universal lenguaje de la palabra. Se precisa, para que luego no sea tarde, que se calmen las bombas en las calles del mundo y se colmen de paz todas las tierras. ¡Qué sólo el viento rompa el sigilo!

Ante tanto galopar de bestias, hemos de injertar la inmensa ternura del aire y dar aliento al mucho desaliento que padecemos. Las verdaderas gentes de palabra, con su hondo lenguaje, pueden curar esas heridas al hacernos partícipes de la reflexión. A veces es cuestión de pensar y de pararse a pensar. Así, en el poema España, de Vicente Huidrobo, los soldados muertos en el frente, esos que ya no van a regresar; son, al final, la vida misma: una vida que se proyecta hacia mañana: «Son esqueletos vivos debajo de la tierra/ serán los instrumentos de una música eterna». A lo mejor si hiciésemos memoria, los de una frontera y otra, los de un mundo y otro mundo, tomábamos otro lenguaje para entendernos. Mirarnos en la historia, en los anales de estos amantes de la palabra, puede darnos alas para vivir más solidarios y cambiar el paso.

Otro ejemplo: Con España, aparta de mí este cáliz, César Vallejo aporta no sólo un prodigioso libro inspirado en la incivil guerra española, sino, además, una obra cumbre del pensamiento poético en el mundo hispánico. Tampoco hoy abundan esos grandes libros de pensamiento, capaces de hacernos permutar el ritmo mortecino por otro más gozoso y esperanzador. Debieran surgir y debiéramos poner de moda su lectura, sí los hallásemos. El sentimiento de afecto, cercano al de la compasión, y que va más allá de la solidaridad, se manifiesta en más de un poema y en más de un poeta clásico. Sin embargo, en las nuevas generaciones que practican el oficio de escribir, no se percibe ese mensaje de necesarias voces a favor del indefenso, cuya indefensión incita a la protección.

Esa lucha con la palabra, ese querer contar algo y no poder, ese no poder canalizar el pensamiento, el traspaso de la idea a la palabra, hemos de darle posada en cada uno de nosotros. Y, a pesar de ello, el escritor ha de expresar aquello que la memoria esconde, para que en su morada habite el ser humano, sin ningún tipo de condicionantes ni etiquetas. En la palabra reside toda la magia de la escritura o como lo escribe Camilo José Cela: «…la palabra es el reflejo de la vida, la sombra y la silueta de la vida, y debajo de cada palabra subyace la idea que la hace inteligible y le da sentido; (…) la palabra es la herramienta del hombre, el arma con la que el hombre ama la vida, pelea con la muerte y contra la muerte y deja constancia de sí mismo y de todos sus anhelos y vicisitudes». Por eso, es tan saludable, volver a la palabra y a su hondonada belleza.

El eterno oficio de escribir ha de ser algo más que una acertada unión de palabras, más o menos concertadas. Han de ser una apuesta por la esperanza. Lo importante no es la fama, o el ser considerado como escritor, sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable cultivo, que no hace concesiones, porque todo ha de ser autenticidad e ingenio. Es algo puro, que debiera practicar todo el mundo, porque escribir es corregir la vida, aunque sólo corrijamos una sola coma al día, es lo único que nos protege de las magulladuras insensatas y de los golpes absurdos. Llegado a este punto, no me resisto a evocar lo que Italo Svevo, recetó al mundo, al escribir: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera». Ahondando en la búsqueda de ese retiro interior, donde todos nos escuchamos y nos leemos, no hay tiempo para la puesta a punto de las armas, y sí para la puesta a punto del corazón. Goya defendió al pueblo con sus aguafuertes cuando el pueblo se defendía a navajazos. Los cultivadores de palabras o los cautivadores de arte, han de plantarle cara a la mentira, utilizando la verdad de la imagen auditiva. Es posible, que con la justa señal, hasta en el desierto florezcan jardines. Es cuestión de sembrar purezas y no sucedáneos.






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Margen Cero (2002)
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